“La imagen de Lionel Messi, el mayor ídolo del fútbol mundial, adquiere una dimensión política inevitable. En otras palabras: la empatía hacia un ídolo puede convertirse, consciente (o no), en una identificación hacia el marco político que lo rodea. Desde mi perspectiva, este encuentro revela algo más profundo: cómo en la era de la hiperconectividad, esas imágenes operan como dispositivos simbólicos capaces de moldear percepciones e ideas colectivas”, dice, contundente, sobre el encuentro del jugador del Inter Miami CF y de la Selección Argentina con Donald Trump, la especialista en geopolítica, Camila Astesana.
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Mientras el mundo “tribunea” sobre la escena que dejaron Trump y Messi, Camila, dueña de @ambienteinternacional -la cuenta en Instagram desde donde aborda temas vinculados a ambiente y política internacional- no toma partido. Todo lo contrario: explica por qué el encuentro en la Casa Blanca no pasa desapercibido globalmente. ¿La pelota no se mancha? El soft power, adelanta, juega su propio partido y, quizá, mucho más estratégico.

El deporte, ¿un instrumento de poder para la política?
-¿Qué lectura geopolítica se puede hacer del encuentro entre Lionel Messi y Donald Trump?
-Desde una perspectiva geopolítica, el encuentro no puede leerse únicamente como un evento deportivo protocolar. Ocurre en un momento de alta fragilidad del sistema internacional y con Estados Unidos involucrado en múltiples tensiones simultáneas. Por un lado, Washington atraviesa una escalada militar en Medio Oriente (con Irán). De hecho, durante el propio acto en la Casa Blanca, Trump hizo referencia a las operaciones militares contra ese país y a la posibilidad de reconfigurar el orden político en la región. Por otro lado, EE. UU. vive también un conflicto interno ligado a la cuestión migratoria.
En ese contexto, la presencia de una figura global latinoamericana como Messi adquiere una dimensión simbólica particular: la fotografía con uno de los íconos más poderosos del planeta, no es políticamente neutra. Forma parte de una larga tradición donde el deporte funciona como un instrumento de legitimación política y construcción de imagen internacional.

-Tomando marcos teóricos clásicos, podemos analizar la imagen desde lo que Pierre Bourdieu denomina como “capital simbólico”: el reconocimiento y la legitimidad social que poseen las figuras públicas les permite influir sobre las masas. Este poder funciona precisamente porque las personas tienden a internalizar como legítimas las posiciones de quienes admiran.
-¿Cómo sería eso?
Esto se vincula con lo que Joseph Nye llamó soft power: la capacidad de los Estados de influir, no mediante la fuerza, sino a través de la atracción cultural y simbólica. En ese sentido, el deporte global, principalmente el fútbol, se convierte en una herramienta muy poderosa de ese poder blando. Además, en el acto con el Inter Miami, Trump aprovechó la visibilidad mediática para reafirmar su narrativa política: habló del conflicto con Irán, mencionó la situación en Venezuela y sugirió que Cuba podría ser el próximo foco de presión geopolítica estadounidense.
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-¿Esto ya pasó antes?
-Las figuras deportivas son, históricamente, instrumentos de poder blando y de disputa simbólica. Un ejemplo clásico ocurrió en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, organizados por el régimen nazi, porque se buscó utilizar el evento como una gran operación de propaganda internacional. Décadas más tarde, en los Juegos Olímpicos de México 1968, los atletas afroestadounidenses Tommie Smith y John Carlos levantaron el puño con un guante negro durante el himno estadounidense al recibir sus medallas, en protesta contra el racismo y la discriminación.
Un evento más reciente que muestra cómo el deporte también funciona como herramienta de sanción geopolítica fue que, tras la invasión de Ucrania, Rusia fue excluida de numerosas competiciones. Incluso se decidió que no participará como delegación nacional en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno 2026. El deporte funciona como un espacio de disputa simbólica entre Estados. La cultura es, en sí misma, un instrumento de poder. Por ejemplo, un caso actual es el de la esquiadora Eileen Gu, nacida en Estados Unidos pero de ascendencia china, que decidió competir representando al gigante asiático en los Juegos Olímpicos de Invierno. Su figura se transformó rápidamente en un símbolo para millones de jóvenes, convirtiéndose en un furor en redes.
“No hay prácticamente ningún lugar del planeta donde un niño no tenga una camiseta de Messi o Ronaldo”
-Comparable con otras herramientas, ¿el fútbol tiene un peso clave en las relaciones exteriores?
-Sí, sin duda el fútbol tiene un peso muy significativo en las relaciones internacionales y, en muchos casos, incluso mayor que otras herramientas culturales. Esto se debe a varias razones: tiene una dimensión social profundamente popular (la imagen del niño jugando descalzo en un potrero y que luego se convierte en una figura global construye un relato de movilidad social que conecta emocionalmente con millones de personas) y porque es el deporte más masivo del planeta. Según la FIFA, miles de millones de personas siguen los mundiales y las grandes ligas internacionales, lo que lo convierte en una plataforma global de comunicación cultural y política. Además, la industria del fútbol moviliza enormes volúmenes económicos, patrocinios y audiencias mediáticas.
No hay prácticamente ningún lugar del planeta donde un niño no conozca o no tenga una camiseta de Leonel Messi o de Cristiano Ronaldo. Esa capacidad de penetración cultural es lo que convierte al fútbol en un recurso estratégico para los Estados y para las élites políticas.

-¿Cómo crees que cambió la diplomacia en la era de las redes sociales?
-Vivimos claramente en la era de la imagen. En muchos casos, si no hay foto publicada en alguna red social, parece que el hecho no existe. Pero, al mismo tiempo, una sola imagen puede redefinir una narrativa política, una relación diplomática o incluso la carrera de un dirigente.
Las redes sociales aceleraron enormemente la circulación de símbolos políticos. Lo que antes quedaba dentro de una reunión diplomática, hoy puede convertirse, en cuestión de minutos, en un evento global. En ese sentido, la diplomacia contemporánea también se volvió, en gran medida, visual. Un caso interesante es la reciente serie de retratos realizada por el fotógrafo Christopher Anderson para Vanity Fair sobre miembros de la administración Trump. Las imágenes generaron una gran controversia por varios motivos.
-¿Qué pasó con eso?
-Primero, Anderson decidió no retocar las fotografías, algo inusual en retratos políticos. Segundo, las imágenes muestran a los funcionarios incómodos o en posiciones de cierta vulnerabilidad, rompiendo con la estética tradicional, que suele buscar transmitir control y autoridad. Y tercero, desde el uso del color hasta la composición, muchos analistas interpretaron que las fotografías transmiten la idea de un poder que desborda, generando una especie de “mensaje dentro del mensaje”.
Este me parece un caso muy claro de esta nueva era: la diplomacia y la política ya no se juegan únicamente en las oficinas o en los espacios institucionales, sino también en la construcción visual. Los políticos ya no solo deben pensar en la política doméstica o en la diplomacia tradicional, sino también en cómo se representan públicamente, incluso en revistas mainstream que no pertenecen a esos ámbitos. Estamos atravesando una realidad donde todo se interpreta a través de imágenes.
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“Somos seres políticos por naturaleza”
-¿Consideras que los líderes políticos pueden asociarse a figuras populares para conectar con las audiencias?
-Sí, absolutamente. De hecho, es una práctica muy común. Las figuras populares, desde deportistas o cantantes, tienen una capacidad de conexión emocional.
Es una forma de ampliar audiencias y de ingresar a espacios culturales donde la política, por sí sola, no suele tener tanta llegada.
-¿Crees que una figura deportiva y popular como Messi puede ser neutral?
-Personalmente, creo que hoy es muy difícil que una figura pública de la magnitud de Messi pueda ser completamente neutral. Somos seres políticos por naturaleza pero, cuando además se representa a millones de personas y se concentran tantos intereses económicos, culturales y simbólicos alrededor de una figura, la neutralidad se vuelve prácticamente imposible.

-Analizás geopolítica en redes sociales, ¿qué desafíos implica trasladar ese ámbito, tan complejo, a formatos cortos y atractivos?
-Muchísimos. El principal desafío es lograr que temas complejos -como conflictos internacionales, que muchas veces tienen raíces históricas, culturales y políticas muy profundas- puedan ser entendidos por personas que quizás no tienen ningún vínculo previo con esas temáticas. Mi objetivo, cuando hago contenido, es justamente ese: traducir sin perder la profundidad del análisis. Me interesa que alguien que está simplemente scrolleando en redes sociales pueda detenerse un minuto y entender por qué una imagen, una declaración o un evento internacional genera tanta polémica.
Si logro que alguien se pregunte: “¿porqué pasa esto?” , entonces cumplí el objetivo. Porque lo más importante para mi, no es solo informar en la era de la hiperinformación, sino estimular el pensamiento crítico y motivar a las personas a buscar más conocimiento por su cuenta.




