Quince años atrás,el 20 de octubre de 2011, Muamar Gadafi fue capturado y asesinado por fuerzas rebeldes, en Sirte, su ciudad natal, tras una gran ofensiva de la OTAN. Su muerte marcó el final simbólico de la revolución libia, iniciada en febrero de ese año, con la Primavera Árabe. Sin embargo, la caída del régimen abrió un período de fragmentación política y violencia que trascendería las fronteras de Libia.

Actualmente, las consecuencias de este día todavía se sienten sobre el Sahel, una franja en África occidental que se convirtió en el principal foco terrorista de África y uno de los mayores epicentros del terrorismo yihadista internacional. De hecho, en 2025, esta zona concentraba el 51% de las muertes por terrorismo en todo el mundo.
Libia: de la ofensiva de la OTAN a la muerte de Muamar Gadafi
La intervención internacional de la OTAN en Libia se desarrolló durante las revueltas de la Primavera Árabe de 2011 y la represión ejercida por el régimen de Gadafi contra los manifestantes. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas autorizó el establecimiento de una zona de exclusión aérea y el uso de las medidas necesarias para proteger a la población civil. Francia, Reino Unido y Estados Unidos impulsaron las primeras operaciones militares.
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En marzo de 2011, la OTAN asumió el mando de la operación Unified Protector, en la que participaron países como Canadá, Italia, Bélgica, Dinamarca, Noruega, España y Turquía, mediante ataques aéreos, vigilancia y la aplicación de un embargo de armas. La campaña debilitó las fuerzas gubernamentales y facilitó el avance de los rebeldes. Tras meses de enfrentamientos, Gadafi fue capturado y asesinado el 20 de octubre de 2011, lo que puso fin a sus 42 años de gobierno.
La desaparición de Gadafi dejó el país en manos de múltiples milicias y facciones rivales. La proliferación de grupos armados y la circulación de armamento procedente de los arsenales libios contribuyeron a desestabilizar los países vecinos. Uno de los principales canales de propagación fue el regreso de combatientes tuareg del norte de Mali que habían servido en las fuerzas de Gadafi y que volvieron a su país con experiencia militar y armamento.

Con el tiempo, los rebeldes tuareg coincidieron con el avance de organizaciones yihadistas. Grupos afiliados a Al Qaeda y al ISIS aprovecharon la crisis política y militar para expandirse y ocupar ciudades como Tombuctú, Gao y Kidal. A su vez, el golpe de Estado que derrocó al presidente maliense Amadou Toumani Touré, en marzo de 2012, profundizó la desorganización de la respuesta estatal.
El terrorismo en el Sahel: el foco terrorista más violento del mundo
En los años siguientes, las organizaciones yihadistas desarrollaron redes transfronterizas, establecieron alianzas con actores locales y ampliaron sus operaciones hacia Burkina Faso y Níger. Entre los principales actores se encuentran Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), vinculado a Al Qaeda, y la rama regional de Estado Islámico en el Sahel.
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En este contexto, la desestabilización de Libia en 2011, el armamento y la experiencia militar que circularon tras la caída de Gadafi constituyeron parte de una cadena de desestabilización mucho más amplia.
En definitiva, la muerte de Gadafi no originó por sí misma la crisis de seguridad de África occidental, pero contribuyó a acelerar dinámicas que ya estaban presentes y que hoy constituyen una amenaza global.




