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Un desarrollo argentino

En el Departamento de Propulsión del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnica para la Defensa (CITEDEF), ingenieros mecánicos, aeronáuticos, electrónicos y estructuralistas, licenciados en química, doctores en cálculo, técnicos y artesanos argentinos diseñan cohetes y misiles.

Probados con éxito, ahora el desafío es cada vez más ambicioso: llegar más alto y más lejos.

Un un enorme galpón de Villa Martelli, a metros de la Expo Tecnópolis y frente a Parque Sarmiento, más de una treintena de émulos de Werner von Braun, el padre de la cohetería moderna (salvando las distancias, sobre todo económicas), proyectan distintos tipos de vectores autopropulsados.

En una tarea, diríamos, silenciosa y sin rimbombantes anuncios, les dan forma en sus divisiones Aerodinámica (la parte del vuelo), Estructuras, Cálculos y Pulvimetalurgia (el trabajo con los materiales compuestos). Y en la de Experiencias Operativas los hacen surcar los cielos con lanzamientos, por ejemplo, en la zona de Magdalena y Mar Chiquita, en la provincia de Buenos Aires, y en Serrezuela, Córdoba.

“Nuestra función está vinculada con la investigación y desarrollo de lanzadores para cohetes y misiles desde que llega un requerimiento operativo de cada una las FF.AA. Nos dicen qué tipo de arma necesitan, su determinado alcance y empezamos a estudiar y diseñar el proyecto”, confía a DEF el coronel de infantería Juan Carlos Villanueva (52), ingeniero militar en la especialidad de armamentos, jefe del departamento, quien está secundado por el capitán Raúl Marino.

En la dependencia trabajan 32 personas y han firmado convenios con institutos de enseñanza superior como la Universidad de Palermo, la Escuela Superior Técnica del Ejército, la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). “También recibimos pasantes para cumplir sus prácticas profesionales supervisadas en el último año de la carrera. Los asociamos con un proyecto y les damos una tarea concreta. Deben cumplir 200 horas y un trabajo a entregar. A ellos les sirve y a nosotros también porque nos dejan una tarea terminada”. Veamos sus desarrollos más importantes.

EL LANZACOHETES CP-30

El proyecto data de principios de la década del 90. El Ejército Argentino evaluó sus posibilidades y en los últimos años le hizo tomar impulso para dotar a sus Grupos de Artillería. Se trata del lanzacohetes CP-30. Fue diseñado entre CITEDEF y la fábrica militar Fray Luis Beltrán, de Santa Fe.

Son tres módulos lanzadores de nueve coheteras cada uno. Por lo tanto, pueden lanzar 27 cohetes en 18 segundos, de a uno por vez o todos en ráfaga. En pocos minutos pueden ser reemplazados. Son accionados por un propulsante compuesto que permite mayor energía y alcance. El vuelo es de 70 segundos a unos 1800 km/h y en su trayectoria de caída, una vez que supera la altura máxima, puede alcanzar una velocidad Mach3, o sea, unos 3600 km/h.

Villanueva explica sus performances: “Al llegar a un determinado lugar con una misión de fuego, el operador en la cabina del vehículo carga en la computadora las coordenadas y la distancia sobre el blanco asignado. Cuenta con una tabla de tiro y automáticamente el sistema posiciona el lanzador en alza y deriva, para eso tiene un GPS, un compás magnético y una estación meteorológica portátil que marca la velocidad del viento, humedad, temperatura y presión atmosférica. Así, hace las correcciones al cálculo original y efectúa el disparo”.

En pocos minutos los módulos son reemplazados para que el sistema sea operativo otra vez. Una grúa autoportante instala los cohetes sobre la plataforma de tiro. Están montados en camiones con tracción 6×6, porque el valor agregado de los lanzacohetes es la alta movilidad. Necesitan salir rápidamente para no ser batidos por las contrabaterías porque son detectables por el humo, el ruido, etcétera. En 2010, fue creada una unidad operativa que es el Grupo de Artillería de Junín, con la idea de que los primeros cuatro lanzadores, que produce Fabricaciones Militares, integren su dotación. Con dos más, formarán una batería.

El oficial superior, que además es veterano de la guerra de Malvinas, agrega que se trata de un proyecto nacional y que “en la región no muchos países manejan esta tecnología, sobre todo el propulsante compuesto, que se desarrolla en el departamento de Química Aplicada del organismo”.

MAYOR ALCANCE

Con el cohete Gradicom II, que pone a punto el Departamento de Química Aplicada, los hombres de Villanueva  participan en su protección térmica. “Diseñamos un encamisado especial de distintas fibras para evitar que el calor del motor-cohete y del propulsante llegara a la estructura metálica, que de otra manera se quemaría; y las toberas, por donde sale el flujo de gases a alta velocidad y temperatura, necesitan una serie de materiales especiales que den una determinada protección”, revela con precisión. Sin embargo, va más allá. “Junto con el CP-30 estamos pensando en buscar mayores alcances para, en algún momento, colocar en órbita algún tipo de satélite de baja cota. Para esos vectores utilizaríamos los mismos propulsantes. Entonces, el conocimiento y resultados de esta tecnología nos permitirían lanzar cohetes de artillería con mayor alcance. Muchas veces se piensa que se utilizarán para agredir; pero son elementos disuasivos y, al tenerlos, permiten decir que se está en capacidad de defenderse.

-¿En qué tipo de cohete están pensando?

-En uno con 70 kilómetros de alcance. Cuando se superan los 35 o 40 kilómetros el motor del cohete termina de quemar el propulsante y hace su posterior trayectoria de manera balística y, entonces, está más afectado por los vientos y otros factores. La dispersión en precisión a veces se duplica o triplica.

-¿Cuál es la solución?

-Estamos viendo una forma de incorporar algún tipo de guiado asistido para que siga una trayectoria predeterminada y a medida que se aparte de su rumbo, lo vaya corrigiendo. Puede ser con un giróscopo, un GPS o un acelerómetro con la asistencia del departamento de Electrónica. No va a tener una cabeza buscadora como si fuera un misil, sino un sistema económico para cabalgar sobre su trayectoria.

-¿Qué beneficios se obtendrían?

-Además de intentar dominar esos elementos, permitirá tener autonomía desde el punto de vista tecnológico. E incluso si se deben comprar algunas cosas, saber qué es lo que se adquiere. Después, el mantenimiento de los sistemas lo haremos nosotros con el consiguiente ahorro de recursos.

CONTRA EL VIENTO Y LAS BALAS

Otro de los prototipos que salió de la mesa de diseño de los ingenieros aeronáuticos del departamento, encabezados por el ingeniero aeronáutico Aníbal Vettorel, es el generador eólico vertical Ventus. Así presentado, da la impresión de ser un simple aparato relacionado con la energía renovable. No es así. Hoy, funciona en la Base Marambio, en la Antártida, donde los tradicionales generadores tipo molino no resistieron la velocidad de los vientos de hasta 400 kilómetros por hora. “Hace un año que está instalado y resistió muy bien. Ahora, la idea es instalar otro más grande con una capacidad de 1,5 kw”, dice con satisfacción nuestro anfitrión.

-¿Con qué está asociado este desarrollo?

-Con la construcción de pequeños refugios antárticos desplegables que diseñó el Comando Antártico del Ejército. Una especie de iglú a gajos ensamblados como si fuera una mandarina y que le dan una gran rigidez para soportar vientos y nieve. Por eso, estamos buscando la manera de agregarles un generador Ventus que les permitiría contar con una luz mínima, operar una computadora y hasta algún elemento de medición. Hemos avanzado mucho.

-¿Qué otra cosa hacen?

-Con el conocimiento sobre materiales compuestos para protecciones térmicas, venimos trabajando desde hace algunos años, en los blindajes cerámicos de menor peso y alta prestación balística. Tenemos un experto en el tema para desarrollar alternativas con placas cerámicas que pueden llevar algún refuerzo metálico, de kevlar u otro tipo de fibra. Pensamos utilizarlos en chalecos antibalas, vehículos, en aeronaves y en la protección de garitas u otros lugares. Hasta ahora hemos validado su resistencia con disparos de un FAL.

OTROS PROYECTOS

Durante la entrevista, nuestro interlocutor no deja de hacer hincapié en que todos estos desarrollos tienen una aplicación dual, tanto para el ámbito militar como civil. En ese sentido, se refiere al proceso Filament Watling. “Es el que permite obtener cilindros de fibra de carbono o de cualquier otro material similar en lugar de los metálicos. Estamos trabajando en una máquina para fabricarlos. Todavía es un prototipo”.

-¿Para qué los aplicarían?

-Por ejemplo, para hacer morteros, que es un arma pesada de unos 20 kilos y que el infante la sufre cuando la transporta. Con ese material se tornan muy livianos; además para fabricar cuerpos de cohetes y un montón de aplicaciones. Se unen las fibras con una resina especial que les da una rigidez muy fuerte. Hemos hecho los primeros tubos.

-¿De qué se trata el equipo de sinterizado láser?

-Es muy útil porque podemos modelar pequeños prototipos que son difíciles de hacer con cualquier otra máquina de metal-mecánica convencional. Se pueden obtener piezas complejas y hasta la más extraña que se les ocurra. La pieza que se desea reproducir se escanea; luego, el programa es colocado en la computadora y se lo pasa a un equipo que tiene un polvo especial que reproduce a la pieza y la va endureciendo en un proceso ultrarrápido.

-¿En qué lo utilizaron?

-Había un manillar del TAM que era complejo de fabricar y se necesitaba hacer un modelo en escala 1/1. La obtuvimos mediante ese proceso de sinterizado. Es una especie de plástico especial con una importante rigidez.

Ya con la despedida, Villanueva se refiere a la tarea que realizan para transferir conocimientos de los hombres más experimentados. “Hemos incorporado ingenieros y técnicos jóvenes, entre los 28 y 30 años, que están trabajando junto con ellos”. Calcula que esa transición demandará entre cuatro o cinco años. “Ese profesional junior hoy está empezando, y cuando tenga que suplir al que se va, ya será un senior”. Durante las experiencias de tiro en el campo llevan tanto al experimentado como al novato. “Hay capacidades que llevan muchos años de generación y constituyen el real valor de estos institutos. Pero si se ha perdido el know-how sensitivo no se recupera más como desarrollar lanzadores, manejar propulsantes compuestos, etcétera. Son conocimientos de mucha importancia”, concluye.

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