Enfrentarse a una potencia, en desventaja de medios y tecnología, tiene su costo. Sin embargo, en 1982, durante la Guerra de Malvinas y pese a enfrentarse a un enemigo mucho más poderoso, los militares argentinos jugaron con una carta a su favor: la capacidad de adaptabilidad y creatividad de quienes deben encontrar una solución con lo que tienen a mano. Esa fue una de las ideas que atravesó la tercera Jornada de Innovación y Tecnología, organizada por la secretaría de de Investigación, Política Industrial y Producción para la Defensa de la cartera castrense, dedicada a la innovación durante el conflicto en el Atlántico Sur.
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En esta oportunidad, en el aula magna de la Facultad de Ingeniería del Ejército Argentino, veteranos de guerra de la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea reconstruyeron, desde sus propias experiencias, cómo la guerra electrónica, las comunicaciones y la inteligencia se convirtieron en herramientas decisivas en el conflicto.
“Lo que pudimos hacer, lo hicimos con lo que teníamos”. Con esa frase, el capitán de navío retirado Juan José Membrana sintetizó el espíritu de su exposición.

Algo quedó claro en el claustro del Ejército: detrás de los sistemas, los radares y los aviones que pelearon en Malvinas, hubo hombres que enfrentaron el combate con coraje y heroísmo y que, al mismo tiempo, debieron adaptar equipos, interpretar señales y encontrar respuestas frente a un adversario con una capacidad tecnológica superior. La jornada permitió así mirar Malvinas desde otro lugar: no solamente desde las operaciones y los combates, sino también desde el ingenio y el conocimiento de quienes, aún en condiciones adversas y con recursos limitados, encontraron la manera de seguir adelante y cumplir la misión. Una historia de tecnología, pero, sobre todo, de hombres que pusieron su valor al servicio de la defensa de la Patria.
Tecnología y coraje: las lecciones que dejó Malvinas
Para comenzar la jornada organizada por el Ministerio de Defensa, el decano de la Facultad de Ingeniería del Ejército, coronel -ingeniero militar- David Fiorito, destacó que la guerra dejó enseñanzas que trascienden el campo estrictamente militar. “Malvinas demostró, entre muchos otros aspectos, la importancia decisiva que tuvieron la tecnología, las comunicaciones, la guerra electrónica, la información y la capacidad de adaptación frente a escenarios complejos”, señaló.

En ese contexto, remarcó que detrás de cada sistema y cada decisión estuvieron los hombres que hicieron de sus conocimientos, iniciativa y valor herramientas para cumplir la misión.Además, sostuvo que recuperar las experiencias de quienes combatieron no implica solamente volver la mirada hacia 1982, sino aprender de lo ocurrido para proyectar el futuro. “Estudiar nuestras experiencias, comprenderlas y extraer de ellas enseñanzas constituye una herramienta fundamental para afrontar los desafíos que vendrán”, afirmó.
Para el decano, escuchar a los protagonistas también constituye una forma de mantener viva la memoria de quienes combatieron por la Patria: “Uno de los mejores homenajes que podemos brindarles es escuchar sus experiencias, aprender de ellas y transformar esas enseñanzas en conocimiento”.

Mario Katzenell: “No solo vinieron a exponer teoría, compartieron las vivencia y enseñanzas del aprendizaje bajo fuego”
“Quienes estuvieron hoy no solo vinieron a exponer teoría, compartieron la vivencia y la enseñanza del aprendizaje bajo fuego, demostrando esa actitud indispensable donde la reflexión técnica se transforma en doctrina y acción”, destacó durante la tercera jornada de Innovación y Tecnología para la Defensa, dedicada a la innovación en el conflicto de Malvinas, Mario Katzenell, secretario de Investigación, Política Industrial y Producción para la Defensa.
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“El conflicto del Atlántico Sur nos dejó lecciones operativas invaluables. En 1982 vimos exactamente eso: el ingenio local, la guerra electrónica y las comunicaciones, junto con improvisaciones tácticas audaces para superar severas limitaciones tecnológicas”, contó. En ese sentido, remarcó que algunas de las acciones desarrolladas durante la guerra fueron “la manifestación de un proceso acelerado de adaptación tecnológica”.

“Para que la innovación sea sostenible dentro de las Fuerzas Armadas, debemos entender la integración y encontrar un equilibrio dinámico: la estabilidad que otorga la norma y la flexibilidad que exige la innovación continua”, sostuvo. Y agregó: “El cambio no destruye la continuidad, la perfecciona y la mantiene viva. El pasado no es una pieza estática de museo, sino el prisma desde el cual definimos el presente para proyectar la soberanía del futuro”.
El Tracker de la Armada Argentina: los ojos que buscaron a la flota británica en Malvinas
El Tracker de la Escuadrilla Aeronaval de la Armada Argentina se convirtió, durante la guerra de 1982, en una pieza clave para la exploración y detección de la flota británica. Así lo explicó el capitán de navío retirado y Veterano de Guerra Juan José Membrana: el avión, equipado con radar y sistemas de guerra electrónica, debía localizar las emisiones de los buques enemigos y determinar su posición sin exponerse a ser detectado.
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Para lograr la misión, las tripulaciones desarrollaron procedimientos específicos y adaptaron los equipos disponibles: “Esto nos permitió en la noche del 1 de mayo acercarnos a 38 millas de la flota”. La precisión de esas detecciones era fundamental para transmitir información a los aviones de ataque y permitirles operar sobre un blanco que se encontraba en movimiento.
La tarea exigía volar a muy baja altura y, al mismo tiempo, interpretar las señales captadas por los sensores del Tracker. “Si yo alcanzaba 10.000 pies de altura, automáticamente tenía que bajar. Porque si no me convertía en un blanco”, relató el capitán de navío retirado.

A lo largo del conflicto, las tripulaciones de la Armada identificaron 18 radares británicos, registrando sus frecuencias y utilizando esa información para establecer rutas de aproximación más seguras. El procedimiento convirtió al Tracker en mucho más que un avión de exploración: fue una plataforma de detección que permitió conocer la ubicación y el comportamiento de unidades navales británicas en condiciones de extrema dificultad.
El detalle: nada de eso fue posible sin la creatividad y el ingenio del personal que adaptó la tecnología y los recursos disponibles para mejorar las capacidades de la aeronave.
Guerra electrónica: así se escuchó en la Patagonia la Guerra de Malvinas
Por su parte, el coronel Alejandro Luis Echazú, del Ejército Argentino, contó que, en Malvinas, la guerra electrónica se convirtió en una batalla silenciosa por obtener información, localizar al enemigo y anticipar sus movimientos.

Por entonces Echazú tenía el grado de subteniente e integraba una unidad de operaciones electrónicas del Ejército. Por eso, en la Facultad de Ingeniería, pudo recordar el trabajo de los equipos desplegados en la Patagonia para interceptar comunicaciones y realizar tareas de radiolocalización:“La guerra electrónica es una fuente más”.
A través de puestos instalados en Río Gallegos, Puerto Santa Cruz y otros puntos de la región, las tropas buscaban identificar señales y triangular su origen para aportar información a los órganos de inteligencia y a las fuerzas que operaban en las islas.
Echazú destacó que aquella experiencia demostró que la guerra electrónica no podía pensarse como una acción aislada, sino como parte de un sistema integrado. La tarea combinaba escucha, interceptación, análisis y radio localización, muchas veces con equipos que requerían procedimientos manuales y una fuerte capacitación de los operadores. Y, gracias a la vocación de servicio y a la entrega de cada uno de los efectivos desplegados para cumplir con esas misiones, las tropas desplegadas en el aire, el mar y el territorio de las Islas Malvinas, pudieron contar con información sobre los blancos.
Más de cuatro décadas después, el coronel considera que aquella experiencia mantiene una enseñanza central: “Relastar la historia no significa vivir en el pasado, sino contar con más herramientas para comprender el presente y decidir el futuro”.

Coraje, ingenio y el último Exocet: la tecnología detrás del ataque al portaaviones HMS Invincible
Malvinas encontró a la Fuerza Aérea Argentina con un material pensado para otro escenario: el avión A-4C Skyhawk. Uno de sus pilotos: el comodoro (retirado) y Veterano de Guerra Gerardo Isaac, quien tomó la palabra en la Facultad de Ingeniería del Ejército.
Según el relato del héroe de Malvinas, esta aeronave había sido concebida para el combate aeroterrestre, no para atacar buques en pleno océano. Isaac cuenta que sus mecánicos y armeros tuvieron que reinventar sobre la marcha la mejor configuración de bombas y munición para enfrentar un enemigo naval, mientras los pilotos aprendían a volar rasantes sobre el mar -sin referencias visuales, guiándose apenas por instrumentos- para escapar de la detección radar. Esa capacidad de improvisación, sumada al reabastecimiento en vuelo que le daba al avión mayor radio de acción, terminó siendo, según el piloto, el diferencial técnico que permitió llegar hasta objetivos que en teoría estaban fuera de alcance.
El verdadero protagonista tecnológico de la misión final, sin embargo, fue el misil Exocet: un arma subsónica. El problema es que, hacia fines de mayo, a la Armada le queda un solo ejemplar de este armamento. Por eso, Isaac subrayó que esa “bala de plata” se reservó para el momento indicado: aquel en el que el portaaviones británico HMS Invincible fue detectado.
Según su testimonio, la operación del 30 de mayo de 1982 se diseñó de forma conjunta: los Super Étendard de la Armada dispararían el Exocet mientras los A-4C de la Fuerza Aérea escoltaban y completaban el ataque con bombas y cañones, combinando dos sistemas de armas distintos en una sola maniobra coordinada.
El coraje, en el relato de Isaac, no aparece como un gesto individual sino como una decisión colectiva. Cuando se convocó a la tripulación para esta misión de altísimo riesgo, el primer teniente Ureta se ofreció de inmediato, seguido por su compañero y amigo, el primer teniente Vázquez. Isaac subraya que, aquellos dos oficiales -que lo eligieron a él y al primer teniente Castillo para acompañarlos en la misión- no ganaron su liderazgo por antigüedad ni por conocimiento técnico, sino por el ejemplo de dar un paso al frente sabiendo que las probabilidades de regreso eran bajas.
Finalmente, la difíficil misión a la que se enfrentaron combinó tecnología, coraje y absoluto profesionalismo. Los pilotos despegaron de Río Grande, tras haber rezado un Ave María dentro de sus cabinas, y realizaron un arriesgado vuelo de aproximación que, como si fuera poco, exigió múltiples reabastecimientos en pleno Atlántico Sur, coordinación milimétrica entre los aviones y un tramo final a baja altura para evitar la detección hasta el último segundo. Isaac relata el instante en que el Exocet se perdió en el horizonte y, segundos después, un estallido enorme surgió en el mismo punto. Como imaginaron, no todos volverían con vida. En aquella misión heroíca, Vázquez y Castillo cayeron en combate en defensa de la soberanía.




