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Estuvo en la Armada, fue padre, empresario y director de Rigolleau: Enrique Shaw, el argentino que será beatificado por León XIV

Conocido como el santo de los empresarios, Enrique Shaw fue marino durante 11 años, empresario y padre de nueve hijos. Murió a los 41 años y dejó una historia singular: hizo de la dignidad de los trabajadores una prioridad. El papa León XIV aprobó el milagro atribuido a su intercesión, un paso decisivo que habilitó su beatificación. 

Hay historias que reúnen mundos difíciles de conectar. La de Enrique Shaw es una de ellas: oficial de la Armada, empresario, esposo y padre de nueve hijos. Murió a los 41 años, pero dejó una huella por su manera de entender la empresa, el vínculo con los trabajadores y su compromiso con la doctrina social de la Iglesia.

El 18 de diciembre de 2025, el papa León XIV aprobó el decreto que reconoce un milagro atribuido a su intercesión y habilitó su beatificación, cuya fecha aún debe confirmar el Vaticano. Su historia vuelve a plantear una pregunta: ¿es posible ser santo en el mundo de los negocios? Para conocer su legado y el significado de este reconocimiento, DEF conversó con monseñor Santiago Olivera, obispo castrense y vicepostulador de su causa.

Un dato: hay dos libros que para Olivera son fundamentales para conocer la vida de “el santo de los empresarios”. Uno es Shaw. De cadete naval a aspirante a Santo, una biografía escrita por el contraalmirante (retirado) Luis María González Day (publicado por el Centro Naval) y María y comunidad de vida. Recopilación de pensamientos de Enrique Shaw de la editorial Claretiana. 

El obispo catrense, monseñor Santiago Olivera, recibió a DEF para hablar de la causa de beatificación de Enrique Shaw, el santo de los empresarios (Foto: Giovanni Sacchetto)

Santos argentinos: por qué crecen las causas de beatificación y quiénes son los referentes de la Iglesia

Para monseñor Santiago Olivera, el crecimiento de las causas de beatificación y canonización en Argentina responde, en parte, a una mayor conciencia sobre la importancia de los santos como modelos de vida. Recuerda que Juan Pablo II impulsó la recuperación de la memoria de hombres y mujeres ejemplares de cada comunidad, una idea que Francisco retomó con el concepto de los “santos de la puerta de al lado”. “Es vivir de un modo extraordinario lo ordinario”, sintetiza.

Aunque reconoce que la llegada de un papa argentino dio mayor visibilidad a las causas locales, sostiene que el proceso había comenzado antes. Entre los referentes menciona a san José Gabriel del Rosario Brochero, Mama Antula y san Artémides Zatti, cuya labor se desarrolló en la Patagonia. También destaca al cardenal Eduardo Pironio, Laura Vicuña, Tránsito Cabanillas, Catalina de María Rodríguez, los mártires riojanos y los del Zenta. Argentina cuenta actualmente con alrededor de 16 beatos y numerosas causas en distintas etapas.

Monseñor Santiago Olivera, vicepostulador de la causa de Enrique Shaw: “Está autorizado, el milagro está reconocido. Solamente falta oficializarlo con la beatificación” (Foto: Giovanni Sacchetto)

Cuáles son los pasos que exige la Iglesia para alcanzar la santidad

Según explica monseñor Olivera, el camino hacia la santidad suele comenzar después de la muerte del candidato, cuando existe una reconocida fama de santidad y elementos que permiten considerar que su vida fue ejemplar.

El obispo de la diócesis donde murió puede recibir un pedido para iniciar la causa o tomar la iniciativa. Tras una investigación preliminar y la consulta a otros obispos, debe solicitar autorización al Dicasterio para las Causas de los Santos, en Roma. Si obtiene el aval, se constituye un tribunal para investigar su vida y la persona recibe el título de siervo de Dios.

En las causas que no están vinculadas al martirio, el siguiente paso es demostrar que vivió de manera heroica las virtudes cristianas. Si la Iglesia lo reconoce, es declarado venerable. Para la beatificación, habitualmente se requiere comprobar un milagro atribuido a su intercesión, que primero se investiga en la diócesis donde ocurrió y luego se evalúa en Roma. La excepción son los casos de martirio, en los que no se exige un milagro para ser beatificado.

Para la canonización, en cambio, se necesita, por regla general, un segundo milagro atribuido a la intercesión del beato.

Enrique Shaw, su esposa Cecilia y sus nueve hijos (Foto: “Shaw. De cadete naval a aspirante a santo”, biografía escrita por el contraalmirante Luis María González Day y editada por el Círculo Naval)

En el caso de Enrique Shaw, la investigación del milagro comenzó en la diócesis de Zárate-Campana y continuó en Buenos Aires. Tras casi cuatro años de evaluación en Roma, el papa León XIV aprobó el decreto que reconoce el milagro atribuido a su intercesión y habilitó su beatificación. “Para que sea beato y santo se necesita un milagro en cada etapa”, resume Olivera.

En el caso de Shaw, se le atribuye la recuperación inexplicable de un niño de cinco años que, el 21 de junio de 2015, sufrió un grave traumatismo de cráneo en Suipacha, provincia de Buenos Aires, luego de recibir una violenta patada de un caballo que se había asustado por la presencia de una víbora. Su familia y miles de personas iniciaron una cadena de oración para pedir la intercesión del empresario argentino. El niño pasó por varias intervenciones quirúrgicas y, cuando los médicos se preparaban para realizar una nueva operación, el líquido acumulado en el cerebro comenzó a drenar espontáneamente. La medicina no encontró una explicación para lo ocurrido. El caso fue analizado por las autoridades eclesiásticas y, el 18 de diciembre de 2025, el papa León XIV aprobó oficialmente el decreto que reconoce el milagro.

Un marino que encontró su vocación en el mundo empresarial

La participación de monseñor Santiago Olivera en la causa de beatificación de Enrique Shaw tiene un vínculo particular con la historia del empresario: su paso por la Armada Argentina. El obispo castrense se desempeña como vicepostulador de la causa, una tarea que realiza con Silvia Correal, postuladora en Roma y una de las referentes argentinas con mayor experiencia en este tipo de procesos. Correal también intervino en las causas de Mama Antula, José Gabriel del Rosario Brochero y Catalina de María Rodríguez, entre otras.

“Enrique Shaw fue durante 11 años marino”, dice, al tiempo que agrega que, luego, Shaw solicitó la baja para dedicarse al mundo empresarial. “Él quería mucho a la Armada Argentina Argentina, y la institución también se siente cercana a esta causa porque Enrique es un hombre de su Fuerza”, señala el obispo. Por ese motivo, la institución manifestó su interés por mantenerse vinculada con el reconocimiento de quien también formó parte de su historia.

La decisión de dejar la carrera militar estuvo precedida por una experiencia que, según Olivera, ayuda a comprender su personalidad. Enviado por la Armada, Shaw tuvo la posibilidad de permanecer en Estados Unidos y desarrollar allí su carrera. Sin embargo, eligió regresar a Argentina. “Él decía que la Armada y el país habían invertido mucho en su formación y que quería devolverles todo lo que había recibido”, recuerda.

Un detalle, nada casual: su vida hacia la santidad comenzó a tomar forma en Chicago, la ciudad de donde es oriundo el papa León XIV. De hecho, allí fue donde entendió su vocación empresarial como misión social. En una conversación con un sacerdote de esa ciudad, Shaw le manifestó su deseo de trabajar por los obreros. La respuesta que recibió lo llevó a pensar que podía hacerlo desde otro lugar: no necesariamente convirtiéndose él mismo en trabajador, sino poniendo sus capacidades al servicio de quienes trabajaban en las fábricas.

“Tenía un gran amor por el mundo obrero y una profunda formación en la doctrina social de la Iglesia”

Después de pedir el retiro de la Armada, se incorporó a la empresa familiar, Rigolleau. “Tenía un gran amor por el mundo obrero y una profunda formación en la doctrina social de la Iglesia”, destaca Olivera. Su concepción de la empresa estaba lejos de limitarse a la rentabilidad: entendía que el bienestar de los trabajadores también debía ser parte del éxito de cualquier organización.

En la catedral castrense también están las fotografías de los siervos de Dios que estuvieron relacionados con las Fuerzas Armadas: el coronel Larrabure, Enrique Shaw y el suboficial Manuel Ferrín. Sobre el último, Olivera cuenta que nació en Saldungaray y se radicó con su familia en Punta Alta. De joven, ingresó como maquinista de buques a la Armada (Foto: Giovanni Sacchetto)

Para Shaw, los trabajadores no eran simplemente una pieza de la estructura productiva. Eran personas con nombre, historia y necesidades concretas. “Les preguntaba cómo se llamaban, los saludaba, los miraba a los ojos, se preocupaba por ellos”, cuenta Olivera. Ese interés se expresaba también en gestos cotidianos: cuando alguno se casaba, por ejemplo, podía regalarle los muebles para su nuevo hogar.

“No los veía solamente como mano de obra, sino como parte de la empresa. Si a nosotros nos va bien, es porque a ellos también les va bien”, resume el obispo al reconstruir su pensamiento.

Esa mirada también se traducía en decisiones concretas, especialmente cuando la situación económica de la fábrica obligaba a pensar en una reducción de personal. En lugar de resignarse a que los trabajadores perdieran sus empleos, Shaw buscaba alternativas para sostener sus ingresos. Olivera recuerda que llegó a facilitar madera y alquilar un galpón para que algunos obreros pudieran continuar trabajando de manera tercerizada, mediante tareas vinculadas con el embalaje y la logística de los productos de la compañía. La preocupación por ellos no era una declaración de principios, sino una responsabilidad que asumía personalmente.

Shaw:  “Estoy feliz porque por mis venas corre sangre obrera”.

Esa relación tuvo una de sus expresiones más conmovedoras durante la enfermedad que terminaría con su vida. Cuando le diagnosticaron cáncer, Shaw tenía apenas 41 años y debió someterse a una operación: en aquel momento, sus trabajadores fueron los que se acercaron voluntariamente a donar sangre.  La escena quedó grabada en su memoria y, según recuerda Olivera, dio lugar a una frase que condensa buena parte de su vínculo con ellos: “Yo siempre quise a los obreros, trabajar por ellos. Hoy estoy feliz porque por mis venas corre sangre obrera”.

Para el obispo castrense, ese episodio permite comprender hasta qué punto Shaw había construido una relación que iba mucho más allá de la jerarquía entre empleador y empleado. “Él los quería de verdad, y ellos también lo querían”, sintetiza.

Enrique Shaw durante su paso por la Armada. Estuvo 11 años en la Fuerza, luego decidió dedicarse a la empresa familiar, Rigolleau (Foto: Giovanni Sacchetto)

Una pequeña libreta, un detalle para la causa de beatificación

La historia de la causa de beatificación de Enrique Shaw -cuenta Olivera- comenzó a tomar forma a partir del reconocimiento de su trayectoria y del testimonio de quienes habían conocido su vida. Fue durante una charla en la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), que se planteó la necesidad de iniciar el camino hacia los altares. Shaw había sido uno de los fundadores y el primer presidente de esa institución.

A partir de allí, un grupo de personas, entre ellas empresarios vinculados con ACDE, comenzó a reunir documentación y testimonios. Entre los materiales que despertaron especial interés estaban sus anotaciones personales, aquellas pequeñas libretas en las que registraba pensamientos y reflexiones, además de las cartas que intercambió durante el noviazgo.

“Hay cartas de novios de Cecilia y Enrique, que están publicadas. Son cartas de amor”, cuenta Olivera. Para el obispo, esos documentos permiten acercarse a una dimensión más íntima del futuro beato y conocer al hombre detrás de su trayectoria empresarial y religiosa.

Shaw no era un religioso ni había elegido una vida apartada del mundo. Era esposo, padre de nueve hijos y empresario. Participaba de la misa en la iglesia del Pilar junto a su familia, rezaba y encontraba en la Eucaristía una fuente de inspiración para su vida cotidiana. Murió a los 41 años, después de atravesar un cáncer. “Fue una vida breve, pero profunda”, sintetiza Olivera.

Enrique y su esposa Cecilia Bunge durante el casamiento. Cuenta monseñor Olivera que las cartas que Enrique le escribió a Cecilia fueron publicadas y son verdaderos mensajes de amor (Foto: Shaw. De cadete naval a aspirante a santo”, biografía escrita por el contraalmirante Luis María González Day y editada por el Círculo Naval)

Cuándo será la beatificación de Enrique Shaw: qué falta para llegar a la ceremonia

Con el reconocimiento del milagro atribuido a su intercesión y la aprobación del decreto correspondiente, el camino hacia la beatificación de Enrique Shaw ingresó en su etapa final. Según explica Olivera, los actores de la causa –ACDE y la Acción Católica Argentina-, junto con la arquidiócesis de Buenos Aires, donde se desarrolló el proceso porque allí murió Shaw, solicitaron a la Santa Sede que se avance con la definición de una fecha para la ceremonia.

La petición fue dirigida al prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el cardenal Marcello Semeraro, quien tiene a su cargo este organismo del Vaticano. Olivera aclara que, desde el punto de vista del proceso, ya no quedan instancias pendientes: “Está autorizado, el milagro está reconocido. Solamente falta oficializarlo con la beatificación”.

Por qué Enrique Shaw trasciende lo religioso

Para Olivera, la figura de Shaw excede ampliamente el ámbito de la Iglesia. “Sin duda, es un ejemplo de humanidad”, afirma. Lo define como un líder con un profundo compromiso social, que trabajó en el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia y anticipó debates que hoy vuelven a ocupar un lugar central, como la economía solidaria y la función social de las empresas. “Fue un adelantado. Ya hablaba de eso”, sostiene, y destaca especialmente su reflexión sobre el vínculo entre la Eucaristía y la empresa.

Su historia también permite discutir una idea extendida sobre la santidad, asociada muchas veces exclusivamente a sacerdotes y religiosos. “También un laico está llamado a ser santo. Todos estamos llamados a la santidad”, subraya Olivera. En ese sentido, recuerda la invitación de Juan Pablo II durante el Jubileo de 2000: preguntarse si uno quería recibir el bautismo era, en definitiva, preguntarse si quería ser santo.

Monseñor Olivera insiste que un santo puede ser cualquier pecador que tiene el valor de pedir perdón y volver a levantarse (Foto: Giovanni Sacchetto)

“Un santo no es un inmaculado, alguien sin pecado. Es un pecador que se levanta, que se arrepiente, y que vive”, explica. Y señala que el compromiso de Shaw también se reflejaba en los gestos cotidianos: empleados y personas que trabajaron con él recuerdan su trato con los más necesitados de Berazategui, donde funcionaba Rigolleau, y su alegría incluso durante la enfermedad. Sus nueve hijos, por su parte, evocan a un padre que, pese a sus responsabilidades laborales, encontraba tiempo para jugar y compartir actividades en familia

Qué mensaje deja la beatificación de Enrique Shaw para los empresarios argentinos

Olivera considera que el reconocimiento de Shaw permite recuperar una imagen más amplia de la sociedad argentina. “Argentina tiene muy buena gente, muchos valores, hay faros que nos iluminan”, plantea. También cree que su historia llega en un momento oportuno para discutir la responsabilidad social del empresariado.

“Hay empresarios buenos y otros no tan buenos”, advierte. Para el obispo, la riqueza no es incompatible con la santidad: “Se puede ser honesto, trabajar como empresario y tener plata”. La diferencia está en cómo se obtiene y qué se hace con ella. “No con caminos oscuros, siendo corrupto y evadiendo. ¿Y qué hacer con esa ganancia?”, reflexiona.

En ese sentido, destaca la función social de la empresa y la posibilidad de que el desarrollo económico tenga una dimensión solidaria. Shaw representa, para Olivera, ese modelo de empresario que puede alcanzar el éxito sin renunciar a la honestidad ni al compromiso con los demás. “Es un modelo que viene muy bien hoy”, concluye.

La familia militar, la memoria y la necesidad de construir puentes: la mirada de Santiago Olivera

La conversación sobre Enrique Shaw también llevó a Olivera a reflexionar sobre las Fuerzas Armadas y de Seguridad, un ámbito que conoce cuando lo nombraron como obispo castrense. Antes había sido sacerdote en Morón y obispo auxiliar en Córdoba. Su llegada al mundo militar, cuenta, le permitió conocer de cerca a sus integrantes y descubrir otra realidad. “Descubrí extraordinarias personas”, señala. Sin embargo, aclara que esa valoración no implica desconocer los capítulos más dolorosos de la historia argentina. “Nunca más, de verdad”, afirma. Y agrega: “Cuando yo digo nunca más, algunos militares se enojan conmigo, pero digo nunca más de cualquier lado. No puede haber violencia”.

“Descubrí que hay gente buena y entregada, que abrazó no solo una profesión, sino una vocación. Personas que están dispuestas a entregar su vida”, sostiene. Recuerda, por ejemplo, a un joven gendarme que le dijo: “Yo quiero mucho a mi pueblo. Por eso entrego mi vida para custodiarlo”. Desde la Iglesia, explica, la misión es acompañar a quienes cumplen esa tarea: “Queremos servir a los que nos sirven y cuidar a los que nos cuidan”, resume sobre el trabajo del Obispado Castrense.

En esa mirada también incorpora la historia militar argentina. Menciona a San Martín, Belgrano y el almirante Guillermo Brown, además de los héroes de Malvinas. “También recuerda a Argentino del Valle Larrabure, secuestrado y asesinado en cautiverio, y destaca el testimonio que dejó sobre el perdón y su rechazo a que las armas se utilizaran para matar entre hermanos.

En una Argentina atravesada por divisiones, el obispo busca acercar posiciones. “Cuando me hicieron obispo castrense dije que quería trabajar como un puente. Yo sé que el puente es lo primero que dinamitan, pero quiero serlo”, confiesa.

Argentina tiene buena gente: el legado de Francisco y los santos argentinos

Hacia el final de la entrevista, Olivera vuelve sobre una idea que atraviesa toda su reflexión: Argentina cuenta con figuras y testimonios que muchas veces no logra valorar mientras están cerca. En ese sentido, menciona al papa Francisco y reconoce que el país tomó dimensión de su proyección internacional, en parte, después de su muerte.

Olivera reconoce la entrega y la bondad del personal de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Para él, hay que cuidar a quienes velan por los argentinos (Foto: Giovanni Sacchetto)

Agrega que Francisco fue un hombre con capacidad de gobierno y una inteligencia reconocida en el mundo. Para Olivera, su legado se suma al de otros hombres y mujeres que hicieron de su vida un testimonio de fe y compromiso. Menciona a Brochero y a tantos otros referentes argentinos como un patrimonio espiritual y humano que merece ser conocido. “Son un tesoro que tenemos”, afirma.

Consultado sobre el momento actual del catolicismo en el país, considera que existen motivos para el entusiasmo, aunque también desafíos pendientes. “Estamos en un buen tiempo, sin duda, pero tenemos que estar mejor”, sostiene. Y advierte que muchos bautizados viven su fe de manera adormecida: “Tenemos que despertarnos un poco”.

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