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Con el bastón de generala

Un deseo de la presidenta de la Nación de contar con mujeres generales, almirantes y brigadieres movió el avispero para saber cuáles de ellas están en condiciones de acceder a la máxima jerarquía de las Fuerzas Armadas. Hoy, las candidatas son del Cuerpo Profesional, mientras que para el Cuerpo Comando habrá que esperar muchos años. ¿Cómo se presenta el panorama? DEF lo revela.

“Me llama la atención que todavía no tengamos una mujer general de la agrupación profesional, en la cual seguramente y espero que antes que termine mi mandato como presidenta, pueda ver a una general, una brigadier, una almirante. Sería bueno… por lo menos sé que van a ser de esas armas porque estimo que son en las que han ingresado más mujeres; pero es necesario que tengamos la más amplia participación, sobre todo cuando la comandante en jefe de las Fuerzas Armadas es una mujer. Resulta casi una paradoja que no pudieran ingresar a determinadas armas precisamente en este caso, solamente por su condición de género”. Así se expresó la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, durante el acto de egreso conjunto de 328 oficiales de las Fuerzas Armadas, que se desarrolló en el Colegio Militar, en El Palomar. Y fue más allá en su expresión de deseos. Le pidió al ministro de Defensa, doctor Arturo Puricelli, allí presente, que a partir de septiembre próximo las armas de caballería e infantería del Ejército Argentino no sean vedadas al ingreso femenino. “Tal vez tengamos en un no demasiado largo tiempo una general que pertenezca a esas dos especialidades”, sin menoscabo de las otras, aclaró. En la ceremonia, recibieron sus despachos 162 subtenientes del Ejército (141 hombres, 18 mujeres y tres extranjeros, uno de Ecuador y dos de Paraguay); en la Armada, 89 guardiamarinas (64 hombres, 24 mujeres y un extranjero de Panamá); y en la Fuerza Aérea, 77 alféreces, (71 hombres, 5 mujeres y un extranjero de Bolivia).

Cabe recordar que a poco de asumir su primer mandato en 2007, la mandataria argentina nombró edecanes mujeres porque quiso que sus asistentes en representación de las tres Fuerzas Armadas fuesen oficiales del  sexo femenino. Desde entonces, están a su lado la coronel licenciada en Informática, María Isabel Pansa; la capitán de fragata médica, Claudia Fenocchio; y la vicecomodoro bioquímica, Silvina Carrascosa. Entre sus funciones, la acompañan en las actividades oficiales, reciben audiencias y llamadas telefónicas dirigidas a ella y transmiten sus órdenes. Tienen acceso al despacho presidencial y son las encargadas de llevar los discursos que pronunciará la primera mandataria (y guardan una copia por cualquier imprevisto). Sus jornadas comienzan muy temprano por la mañana y deben tener leídos todos los diarios.

EN EL MUNDO

Muchos países dieron lugar a esta “apertura” de los cuarteles a las mujeres luego de la Segunda Guerra Mundial. Los más adelantados fueron, obviamente, los que pertenecían a la OTAN. De acuerdo con los informes del “Committee on Women in the NATO Forces”, en los Estados Unidos las admitieron en 1948; en Gran Bretaña, en 1949; Canadá, en 1951; Francia, en 1972; Bélgica y Alemania, en 1975; los Países Bajos, en 1979; la hoy República Checa, en 1980; España, en 1988; Portugal, en 1992; Hungría, en 1996; e Italia, en 1999. Al principio ocuparon solo algunos cargos, pero a partir de las décadas de los 80 y 90, la gran mayoría derogó las restricciones para que accedieran a todos los puestos en el escalafón militar de las distintas armas. En 2006, ya eran 12.350 en las fuerzas armadas alemanas y representaban el 6,5% del total de efectivos; 7945, en las canadienses (12,8%); 15.722, en las españolas (13,5%); 277.622 en las estadounidenses (10,5%); 48.816, en las francesas (13,3%); 17.820, en las británicas (9,1%); y 4399, en las portuguesas (12,0%).

Durante la Operación Tormenta del Desierto, que comenzó el 19 de enero de 1991, cerca de 11.000 mujeres formaron parte del contingente de cien mil soldados norteamericanos emplazado en el Golfo Pérsico. En 1995, en Beijing, China, durante las deliberaciones de la VI Conferencia Mundial sobre la Mujer, sobre la potenciación de su rol en la sociedad contemporánea, muchos gobiernos tomaron la decisión de incorporarla a sus fuerzas militares.

Un ejemplo emblemático fue la designación de la primera mujer comandante de un submarino noruego con una tripulación integrada por hombres. Hay muchos más. En 1979, la mexicana Estela Gracia García y Martínez obtuvo las jinetas de teniente coronel; y en 1986, María Elena Gómez López las de coronel; cinco años más tarde, las de general brigadier, y en 2002, de general de brigada. España recién en 2017 tendrá su primera general. El Brasil estudia esa posibilidad. Como es sabido, Israel y los Estados Unidos tienen  gran presencia de mujeres en el máximo grado de la jerarquía castrense.

OPINAN LOS QUE SABEN


¿Cuáles son las causas de la creciente incorporación femenina en los ejércitos?

Los estudiosos afirman que constituye una característica de la modernización de las fuerzas armadas y que, en primer lugar, “responde a intereses netamente militares”. En ese sentido, agregan la reestructuración de los ámbitos castrenses como las reformas de educación, entrenamiento, equipamiento, los roles a cumplir y los cambios institucionales en favor de la integración de género. Luego, aseguran, “son estrictamente instrumentales. No son producto de una reforma institucional integral sino que responden a factores aislados”. En este punto, hacen hincapié en que los principales factores que propiciaron ese ingreso “han estado vinculados con la estructura organizativa de la institución militar y con las políticas de acceso”. Entre ellas, apuntan a la eliminación del servicio militar obligatorio que llevó a un déficit de personal. Y además, a la facilidad de contar con un trabajo rentado, casa, comida y vestimenta. Asimismo, para el caso de los soldados voluntarios en nuestro país y durante diez años, desde los 18 a los 28, la posibilidad de acceder a distintas profesiones y oficios. Como causa adicional destacan el contexto democrático y las exigencias y ajustes que  implica para las instituciones del Estado. “Desde esta perspectiva, el debate de equidad de género no surgiría en los cuarteles si no fuera parte del debate público, lo que sumado a factores estrictamente militares convergería en una tendencia de integración de las mujeres a las Fuerzas Armadas”, concluyen.

EJEMPLOS DE VIDA

En nuestro país (ver recuadro), una de las primeras coroneles que alcanzó ese grado a fines de 2007 fue la médica Alicia Amato, cuando ejercía como jefa del Servicio de Ginecología del Hospital Militar Central, junto con María Rosa Romero y María Beatriz Edreira. En 1982, a los 25 años y ya con el título universitario bajo el brazo, ingresó con la primera promoción de médicos y enfermeros en la Escuela del Cuerpo Profesional Femenino del Ejército (EMOSPAC). “Tengo grandes recuerdos de aquella inserción de la mujer. En los hospitales, los vestuarios y las habitaciones de guardia estaban preparados para varones y por eso, cuando aparecimos nosotras se produjo un cambio muy grande”. Por su parte, en 2009,  la ingeniera María Inés Flores alcanzaba el grado de capitán de navío y la hoy teniente Débora Pontecorvo egresaba como primera piloto militar. Muchos son los testimonios de aquellas que lograron insertarse y salir airosas en un componente machista como el castrense y que hasta hace tres décadas, era exclusividad de los hombres. Elegimos un puñado de ellos.

“Ser la primera es una responsabilidad muy grande, porque detrás de mí van a venir más chicas. Es un compromiso para mucha gente que en estos momentos me está apoyando”, expresa la cabo primero Rosana Elizabeth Arias Heckel (28), una de las dos pioneras que cursan en la Escuela de Submarinos y Buceo de la Base Naval Mar del Plata, junto con 16 hombres. “Es una responsabilidad, un desafío, una meta, pero me encanta. La mujer hace cada vez más cosas; está siendo partícipe en lugares donde antes no estaba”, asegura. Hasta hace dos años, revistaba en el Bahía San Blas y cuando el buque ancló en Mar del Plata, vio los submarinos en el agua. Quedó fascinada con sus siluetas. Preguntó y le dijeron que el de submarinista era un curso selectivo, que debía rendir unos exámenes. “Así lo hice y ahora sigo estudiando. Lo que estoy viviendo es algo que no me esperaba. Estoy aprendiendo muchas cosas”, dice la oriunda de Punta Alta. “Es una linda experiencia y una buena capacitación y a todas les digo… ¡se puede!”. ¿Cómo es estar dentro de un submarino? “Es raro estar encerrada, contesta, porque una no ve lo que hay afuera ni cómo está el tiempo. Tenía la experiencia del barco, pero esto fue distinto y me sentí bien. Los instructores y la gente de la tripulación nos enseñan los diferentes tipos de maniobras”.

A su lado, la cabo segundo furriel salteña Alejandra Elizabeth García (21) expresa que “cuando egrese mi meta será navegar en el nuevo submarino San Juan”. Sobre su elección de navegar debajo del agua afirma que “me di cuenta de que no había ningún impedimento para la mujer y presenté los papeles para rendir. Me aceptaron. Los conocimientos teóricos los volcamos cuando estamos a bordo. Así asimilo más rápido”, dice García. “El trato es igual para todos, aunque seamos mujeres. Si vamos a limpiar, limpiamos todos. Si vamos a rendir, es para todos. Hacemos guardias igual que los varones y las mismas actividades que ellos. Quieren que salgamos buenas”, dice con una sonrisa.
La cabo Yesica Flores, de San Pedro, Jujuy, vivió una experiencia única. Formó parte de un contingente del Servicio de Hidrografía Naval que viajó hasta Faro Punta Piedras para su reparación y mantenimiento, en un lugar inhóspito de Verónica, provincia de Buenos Aires. Explica las razones. Claro, su meta es convertirse en torrera. Cuenta de qué se trata. “Mi camino es largo pero sé que estará lleno de retos, aventuras y muchos conocimientos para la vida que elegí, la fantástica e inexplicable vida de los Servicios Hidrográficos de Balizamiento”.

Sobre la especialidad, dice que “no es solo mantener en buen estado los faros sino ponerse a prueba todo el tiempo. Sentir que la adrenalina del cuerpo nunca baja; siempre con la ayuda de instructores para emprender esta especie de aventura”. Fue la primera mujer en realizar este tipo de tareas. Relata la experiencia en el faro más septentrional de nuestro territorio, que está en el extremo norte de la bahía de Samborombón, muy próximo a la desembocadura del río Salado y a 150 kilómetros de la Capital Federal. Es el último del Río de La Plata. Allí se lo instaló para contar con una señal luminosa que indicase la presencia de un bajo fondo que se extiende al este por 17 millas.

Fue inaugurado el 21 de marzo de 1917, en diciembre de 1975, una tormenta lo derrumbó y recién en 1983 lo pusieron nuevamente en funcionamiento. “Trepé cada uno de sus escalones con arnés y todos los elementos de seguridad porque mide 33 metros de alto. Y fue muy lindo porque cuando llegué a la mitad, un suboficial me pidió que hiciera pruebas de altura, como mirar hacia abajo y a los costados y me dije: ‘¡Yo nací para esto, me encanta!’. Quería estar arriba. Hasta que finalmente llegué a la cima. La sensación es inexplicable. Es una oportunidad para poner a prueba los increíbles retos que brinda el ser torrero: ingenio, destreza, sensación de vértigo y trabajo en equipo”, cuenta. Flores acompañó a dos suboficiales superiores, un cabo principal y tres cabos segundos. “Me ayudaron a hacer la tarea satisfactoriamente. Realizamos el cambio de batería y lámpara y revisamos las características diurnas”.

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