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Vivencias de la Antártida

Dos hechos lo presentan: el raid al Polo Sur en moto, con el nacimiento del siglo, y el doble rescate de varios hombres sepultados en las grietas antárticas. El coronel Figueroa relata la historia de esas gestas que condujo con valerosos compañeros en el inhóspito continente blanco.

Por Lauro Noro

Aunque es artillero -condición que lleva grabada a fuego en su corazón-, el coronel Víctor Hugo Figueroa, no oculta su pasión por la Antártida, a la que dedicó gran parte de su carrera militar. No en vano atesora cuatro invernadas y 15 campañas de verano. Pero su primer metejón fue con la montaña. Mendocino él (nació en la capital cuyana el 29 de agosto de 1956), desde sus primeros años como cadete en el Colegio Militar buscó especializarse en andinismo y esquí. Lo logró. Con el tiempo, vencería al Tupungato y las cumbres de los cerros de más de 5000 metros, en Uspallata y en  Bariloche, pisaría el techo de los picos Internacional y Argentino, el Campanile, las agujas del Catedral y cerca de allí, el volcán Lanín, entre otros. El paso por la Escuela Militar de Montaña lo marcó definitivamente. Como integrante del equipo militar de esquí del Ejército, su jefe, el teniente coronel Abel Balda -uno de los fundadores de la Base Antártica Benjamín Matienzo y más tarde, comandante antártico-, empezó a entusiasmarlo con el tema de invernar. “No tenía mucha idea de lo que era la Antártida ni de sus bases, que conocía muy por encima. Ahí, me empecé a interesar y elevé la solicitud para integrar la dotación antártica”, dice.

Mientras tanto, con aquel equipo participó en competencias nacionales e internacionales de biatlón, especialidad  que combina el esquí nórdico y tiro. Debutó en una competencia con el ejército chileno, que se hace anualmente, y posteriormente, en 1981, fue seleccionado para el campeonato mundial en Lathi, Finlandia; en 1982, participó en la Copa del Mundo en Ruhpolding, Alemania, y en Italia y en 1984, en los Juegos Olímpicos de Invierno, en Sarajevo, Yugoslavia. “Fueron experiencias únicas. Era un joven oficial con mucho ímpetu, energía y ganas de dar todo para representar a la Fuerza y al país”.

LA ANTÁRTIDA

No deja de confesar que experimentó un gran impacto cuando llegó por primera vez a la Base Esperanza. La describe. “Tiene un caserío polar donde viven familias -una idea del General Hernán Pujato-, con escuela, capilla y hasta una filial de Radio Nacional. Uno se asombra cuando ve los témpanos en el mar, el paisaje, la fauna. Es como entrar en otro mundo, pero mucho más hostil, sumamente desértico y donde se encuentra con los sentimientos de gente que vivió y dio la vida por ese pedazo de territorio argentino tan lejano”. Era su primera invernada de un año de duración. “Viniendo de la montaña, las cosas se hicieron más fáciles. Me adapté más rápido a las rigurosidades del clima y del terreno. En ningún momento extrañé. Todo lo contrario, tenía ganas de quedarme un año más, no sentí pena ni angustia por estar ahí”. Fue solo, lo mismo que en la segunda y en la cuarta, en la Base Belgrano II. La tercera experiencia la hizo con Adriana, su mujer.

¿Cuál es la clave para pasar tanto tiempo en ese entorno tan aislado del mundo? No duda al responder. “Primero, trabajar. Es fundamental estar ocupado y sentirse útil. Tener un sentido de pertenencia sobre ese lugar porque así como brinda muchísimas satisfacciones, si uno no lo respeta puede dejar la vida en ello. De hecho, ya son 54 los argentinos que han muerto en actos de servicio. Es un continente que debe respetarse mucho. No perdona. Y además, tener una buena convivencia, una sana camaradería, crearse actividades porque es increíble la cantidad de cosas que se pueden hacer pensando, sobre todo, en las próximas dotaciones que llegarán, para que encuentren las instalaciones en las mejores condiciones”. Como dato ilustrativo, dice que hay momentos en que no se puede salir a la intemperie. “A veces, son cuatro o cinco días con vientos de hasta 250 kilómetros por hora, con ráfagas de 300, en los que no se puede asomar la cara y que producen destrozos que luego deben repararse”.

No deja de apuntar que la actividad principal de las Fuerzas Armadas en la Antártida es el apoyo logístico a las actividades científicas que se realizan a través de la Dirección Nacional del Antártico y del Instituto Antártico Argentino y los mantenimientos generales en las bases.

EL POLO SUR

Habían pasado muchos años desde que el general Jorge Leal comandó aquella hazaña de la Primera Expedición Terrestre Argentina al Polo Sur geográfico, el 10 de diciembre de 1965. En 1998, comenzó a gestarse la idea de volver por segunda vez en 2000 y combinarla con el cambio de siglo y de milenio. Con hechos desde distintos puntos del país se enviarían saludos con referencia al acontecimiento. El coronel Miguel Angel Perandones, comandante antártico en aquel entonces, potenció la idea con el apoyo del Ejército, el Ministerio de Defensa y la Fundación Pérez Companc. Se fueron consiguiendo los medios y se designó al teniente coronel Figueroa como jefe de la expedición, a quien acompañarían el capitán médico Nicolás Bernardi; el suboficial principal mecánico Julio Dobargañez; los sargentos ayudantes Rosamel Celayes y Luis Cataldo, guías polares y topógrafos; Juan Brusasca, radioperador; y el sargento primero Daniel  Paz, mecánico. Cada uno montado en motos para nieve y a cielo abierto.

“Fue la primera expedición en el mundo en realizar esa travesía y llegar al Polo con esos vehículos, con un recorrido total de 4200 kilómetros (3000 de ida y regreso sumándole 1200 más por el traslado del combustible y racionamiento). Fue duro y hostil. Transitamos por el lugar mas inhóspito del planeta. Teníamos en contra la velocidad del viento más la generada por la moto. Así soportamos una sensación térmica de entre  55 y 60 grados bajo cero”. El punto de partida fue la Base Belgrano 2 (77ª 52’ latitud S y 43ª 31 longitud W) al sur del Mar de Weddel. Hacían noche en carpa que armaban y desarmaban todos los días y una comida diaria antes de ir a dormir. “Como se trataba de una expedición totalmente independiente y autónoma, no tuvimos apoyo de ningún tipo, ni siquiera aéreo. Todo lo realizamos nosotros como una manera de demostrar la capacidad de la Argentina para desplazarse con sus propios medios, en todo ese territorio que reclama”, asegura.  “En esa época del año -entre noviembre, diciembre y enero-, las 24 horas son de día con el sol sobre nuestras cabezas; entonces, tratábamos de realizar la mayor cantidad de kilómetros. La comida fue preparada con antelación por el cocinero de la base. Pasamos de hamburguesas y milanesas a pollo, arroz y otros menúes. Como emergencia llevábamos raciones deshidratadas”.

¿Cuándo tuvieron la sensación de que habían llegado al Polo Sur? “Hay un testigo simbólico, una esfera rodeada por las banderas de los doce primeros países firmantes del Tratado Antártico, y después, el GPS no se equivoca”, asegura mientras nos muestra fotos de la epopeya. Le cuenta a DEF la sensación de haber estado ahí. “Es la nada con grandes hondonadas y no hay palabras para describir ese lugar”. Recuerda que Robert Falcon Scott cuando llegó, en 1912, dijo: “Esto es lo más parecido al infierno”. Sin embargo, Figueroa considera que es un sitio único en el mundo. “Todo es profundamente blanco. Uno recorre miles de kilómetros con el mismo paisaje”. Tardaron 39 días en llegar. En el medio, soportaron una semana en la que no pudieron seguir por un intenso temporal, y permanecieron acurrucados dentro de las carpas. “Con el profundo blanqueo, se pierde la visibilidad, la noción del espacio”. No tuvieron serios percances. Superaron algunos campos con grietas porque utilizaron gran parte de las cartas de navegación de la expedición Operación 90 de Leal. Así cumplieron con el objetivo.

RESCATES EN LAS GRIETAS

El 17 de septiembre de 2005, en un zona de la Isla 25 de Mayo en las Shetland del Sur, asiento de numerosas bases extranjeras, el suboficial de la Armada, Teófilo González, y el biólogo Augusto Thibaud, expedicionarios de la Base Científica Antártica Jubany, al regresar de una misión con otros tres compañeros (que más tarde fueron salvados por un helicóptero trasandino), se encontraron con un campo de grietas. Al querer retomar la ruta, el vehículo -una moto para nieve en la que se desplazaban- cayó en la profundidad de una de ellas. Con la noticia, un comité de crisis determinó que fueran en su ayuda patrullas de la bases Marambio y Esperanza. “Nos pusimos en alerta, acá en Buenos Aires, porque las condiciones meteorológicas de la zona eran muy cambiantes. Así fue que por el mal tiempo los rescatistas no pudieron salir, a pesar de que estaban a 250 kilómetros del incidente”, detalla el actual comandante antártico de la Fuerza. En ese momento, Figueroa dirigía la Escuela de Capacitación Antártica. Ante la situación, en una operación que se planificó sobre la marcha, donde intervinieron las tres Fuerzas Armadas, se decidió que encabezara una sección de nueve expertos para ayudar a los accidentados. A bordo de un avión Hércules aterrizaron en la Base Frei, de Chile, muy cercana al lugar de los hechos. “Un helicóptero nos acercó a la boca de la grieta, que costó encontrar porque el viento catabático (característico de la Antártida y que sopla muy bajo arrastrando la nieve) fue tapando la entrada y acumulando nieve en su fondo. No pudimos ver los cuerpos a simple vista”, comenta. Comenzaron a bajar  con cuerdas en grupos de a cinco para sacar la nieve acumulada. La tiraban a los costados porque la grieta era muy grande y en lugares no se divisaba el fondo. El relevo era constante. Sin embargo, por el tiempo transcurrido (casi tres días), dedujeron que ambos hombres habían muerto. “Hicimos carpa y estuvimos más de una semana paleando nieve para tratar de  ubicarlos. Seguía nevando, corría viento y todo lo que habíamos hecho el día anterior volvía a llenarse de nieve. No podíamos cubrir la entrada con un nylon por sus dimensiones”, recuerda con precisión.

SOLIDARIDAD ENTRE PARES

El trabajo no se detuvo. En uno de los turnos y cuando se encontraba a 40 metros de profundidad, Figueroa recibió el aviso de un pedido de auxilio de una patrulla chilena de la Base O’Higgins, a casi 250 kilómetros de allí, que había sido tragada por una grieta. Con un grupo reducido, se trasladó en avión al glaciar donde cayó el vehículo. De los siete ocupantes, cuatro se salvaron y tres murieron. Los argentinos junto al personal de la dotación chilena, fueron los encargados de rescatar sus cuerpos. Estuvieron diez días acuciados por intensos temporales hasta que los pudieron buscar para continuar con el rasteo de sus compatriotas. Para colmo, la aeronave que los debía llevar de regreso a la zona de la grieta sufrió una avería que no hubo manera de solucionar. “Entonces, se me ocurrió pedirle ayuda a los coreanos, cuya base estaba a unos 15 kilómetros y con los que yo había estado el año anterior. Tenían unos botes MK 7 muy buenos y con los que podían llevarnos hasta una playa cercana a la grieta. Se ofrecieron sin problemas. Es lo que prima en la Antártida: la solidaridad y la ayuda mutua frente a cualquier circunstancia”, dice con particular calma. Desembarcaron y volvieron a pie. La desagradable sorpresa fue que la grieta estaba completamente tapada. Solo mostraba un hueco de un metro y medio de diámetro. “Bajamos caminado con la esperanza de encontrar a nuestros compañeros. Nos llevó ocho días. Hasta que por el olor a nafta que sentíamos, de un bidón que llevaban, empezamos a limitar el sector de búsqueda y así a los 57 metros encontramos el vehículo y el cuerpo del científico. Al otro día, el  del suboficial”. Como no sabían qué había debajo de sus botas estaban encordados con cuerdas de distinto color para identificarse, radio, casco y protección. En ese lugar y por sus características, calcularon que la grieta tendría unos 400 metros de profundidad.

En este momento del relato, la emoción embargó al jefe antártico. “La frase que más me tocó cuando llegamos a Aeroparque fue la de uno de los familiares de las víctimas. ‘Es el mejor regalo que le pudo hacer a mi hija porque hoy es su cumpleaños y le trajo a su padre’, me dijo. Son cosas que pegan. Y además, que no iba a alcanzar el tiempo del mundo para agradecernos el rescate. Es decir, habían depositado toda su confianza en nosotros”.  Recuerda los nombres de los integrantes de la patrulla: mayor Carlos Montenegro, suboficiales principales Luis Cataldo y Angel Bulacios y sargentos ayudantes Luis González, Juan José Brusasca, Paulo Aranda, Guillermo Aguilera Meneses y Joaquín Moya. Por supuesto y como era de esperarse, todos fueron condecorados por el Congreso de la Nación, la provincia de Tierra del Fuego y la República de Chile, entre otras distinciones.

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