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El último viaje

El pasado 2 de mayo se cumplieron 32 años del hundimiento del Crucero General Belgrano, uno de los hechos más dolorosos del conflicto del Atlático Sur, en el que murieron 323 compatriotas. El testimonio de los sobrevivientes sobre los últimos momentos del emblemático buque.

Con el testimonio de quien fuera su último comandante, el capitán de navío Héctor Bonzo -ya fallecido- y de varios de los sobrevivientes de aquella jornada del 2 de mayo de 1982, revivimos los últimos momentos del emblemático buque.

Había tomado el mando del crucero ARA General Belgrano, el 4 de diciembre de 1981. Un mes después, el capitán de navío Héctor Bonzo, ordenó una navegación de adiestramiento por el mar Argentino con cadetes de la Escuela Naval Militar, que los llevó hasta Punta del Este. Luego, hizo poner proa hacia el sur para recalar en Puerto Madryn. Durante la travesía, sus hombres realizaron ejercitaciones y diversos adiestramientos de combate, control de averías, abandono y otras prácticas marineras. En cercanías de la isla de los Estados, efectuaron disparos en forma real contra sus rocas y salientes. De esa manera, el comandante pudo constatar el grado de preparación de los hombres encargados de las baterías, los tipos de impacto y la munición utilizada. Llegaron a Ushuaia donde recibieron información sobre lo que estaba sucediendo con el conflicto que ya se avecinaba. Más tarde, zarparon hacia Puerto Belgrano y el 12 de febrero, atracaron en el apostadero para hacer una serie de reparaciones generales ya previstas. En medio del recorrido de turbinas, equipos, sistemas de armas y mejoramiento y mantenimiento de sus condiciones habitables y de operatividad, se produjo el desembarco del 2 de abril. Por esa razón,  el Belgrano no pudo participar en la Operación Rosario. Recién el 16, ya remozado y como unidad de tareas 79,3, partió hacia el Teatro de Operaciones, al sur de la zona de exclusión marítima, declarada por Inglaterra unos días antes. Y sin saberlo, a su trágico destino.

MOMENTOS PREVIOS

En este punto, transcribimos fragmentos del reportaje al capitán Bonzo, a quien entrevistamos cuatro años después de aquellos sucesos, en las oficinas del entonces Astillero Domecq García, hoy Astillero Almirante Storni. “Las órdenes contemplaban nuestra ubicación equidistante para evitar una eventual entrada de unidades inglesas hacia las Malvinas desde el Océano Pacífico y además, formar una barrera en caso de la proyección de la Task Force británica sobre nuestro territorio continental”, precisó con exactitud. El veterano crucero podía medirse con cierta paridad de fuerzas frente a buques sin misiles superficie-superficie. Sus sistemas de control permitían dividir el fuego con quince cañones de 152 mm instalados en cinco torres de tres armas cada una; ocho cañones antiaéreos individuales de 127 mm; dos montajes dobles antiaéreos de 40 mm y otros tantos cuádruples, de misiles Sea Cat de corto alcance, instalados entre 1967 y 1968.

El 30, el buque-tanque Puerto Rosales lo reabasteció en mar abierto, uno al lado del otro, a 20 metros de distancia y navegando juntos. “En un momento, tuvimos que cortar amarras y mangueras por la detección de un avión desconocido y que podía tratarse del enemigo. Nos separamos rápidamente para eludir cualquier ataque aéreo. Pasada la alarma, finalmente pudimos continuar con la maniobra que terminó el 1º de mayo por la mañana”. Aquí recordó un hecho anécdotico. “Antes de la despedida, envié a la plana mayor del tanquero unas botellas de vino como retribución por la entrega de combustible. Un hecho normal durante ese tipo de encuentros, pero no tanto en ese momento en que estábamos en operaciones de guerra. Fueron guardadas en la cámara de su capitán. Cuando el Belgrano fue hundido, esas botellas cobraron un significado muy especial para nosotros. Tiempo después, cuando visité el Rosales, seguían allí en su cofre de madera como un símbolo de respeto hacia nuestro buque”, sostuvo.

A todo esto, y ya con el mediodía a pleno, Bonzo hizo rumbear al Belgrano hacia el este, a 35 millas al sur de la zona de exclusión. “El tiempo era realmente malo, con mucho viento y un mar encrespado. Navegábamos en absoluto silencio electrónico. Así, entramos en una zona al alcance de la aviación inglesa y por supuesto, de los submarinos. A estos no los podía combatir, pero sí a los aviones con armas no adecuadas, pero por lo menos para intentar rechazarlos”, precisó. Hizo una pausa y continuó mientras en las manos bailaban nerviosamente sus anteojos. “Llegó la tarde, muy fría y desapacible y es ahí, donde soy conciente de que podíamos ser atacados. Esta sensación la hice transmitir a la tripulación a través de mi plana mayor con la que me había reunido unos instantes antes”. Con esa noticia en boca de todos y antes de subir al puente de comando  acompañado por su segundo, comenzó a recorrer las torres y las distintas dependencias para palpar el estado de ánimo de los marineros, ver sus reacciones y cómo estaban. “Créame, que ojalá hubiese aparecido un avión sobre nosotros para demostrar que si en lugar de un torpedo que no pudimos ver, nos atacaba algo visible nuestro contraataque hubiese sido hecho con tanta fuerza y coraje como los que se emplearon para salvar luego, a 770 hombres. Estábamos realmente bien preparados”.

Esa tarde noche, el derrotero se hizo cubriendo combate permanente; o sea, con todo el personal en sus puestos de batalla. Hasta entrada la madrugada, sirvieron un caliente mate cocido para atemperar un poco la baja temperatura reinante, especialmente para quienes estaban en cubierta. Continuó con sus recuerdos. “Llegamos hasta una posición donde la orden de operaciones indicaba cumplir determinadas tareas. Llevadas a cabo, dimos la vuelta con rumbo oeste, hacia el continente. A medida que nos alejábamos se hacía más remota la posibilidad de ataques de los Harrier o de naves de superficie, pero seguía latente el encuentro con los sumergibles”. Un respiro que se hizo patente por la mañana. “Entonces, en consideración a que muchos tripulantes estaban sin dormir desde la tarde anterior, dispuse cubrir crucero de guerra; es decir, poner a una parte en guardia de combate durante cuatro horas; a otra, cambiando munición y preparando el armamento y a una tercera, descansando. Todo de manera rotativa”. La modalidad comenzó a las 10 y continuó hasta las 16.01 de aquel domingo 2 de mayo de 1982, hace treinta años.

COMIENZO DEL DRAMA

A esa hora exacta, se produjo la explosión de uno de los dos torpedos disparados por el Conqueror. Bonzo la rememoró visiblemente conmovido. “Había salido de la central de operaciones que montamos en la cámara del almirante aprovechando que este no había embarcado, para seguir la situación estratégica con mayor claridad. Mientras subía las escaleras rumbo al puente de comando, sentí el impacto… tremendo, sorpresivo… Y a los tres o cuatro segundos, sin tiempo casi para reaccionar, el segundo. El primero pegó en la sala de máquinas, debajo de la quilla y le produjo una tremenda herida al buque que después la pudimos ver cuando se dio vuelta”.

El marinero conscripto Gustavo Díaz, de 19 años, de Santa Rosa, La Pampa, sintió ese golpe seco en su puesto del pañol en el recinto de la Santa Bárbara, a varios metros por debajo de la cubierta principal. “El Belgrano se estremeció y frenó de súbito mientras se producía un nuevo sacudón. Todo quedó a oscuras. “¡Nos dieron!”, gritó alguien en medio de las tinieblas. Comencé a llamar a mis compañeros. Solo me contestó un pibe de Buenos Aires; los demás por suerte, habían dejado el lugar”, comentó después.

Bonzo siguió dando más detalles. “Aquel primer torpedo causó el mayor daño porque pegó justo entre la quilla y la sala de máquinas. Y aquí lo inédito. La onda expansiva atravesó cinco cubiertas hacia arriba y el calor que produjo dejó el mayor saldo de muertos, quemados y averías en lugares impensados como los que estaban acorazados”. Según estimaciones posteriores, unos 275 marineros murieron en ese instante y no tuvieron la menor oportunidad de salvarse; el resto, para completar los 320, estuvieron entre los desaparecidos y más de veinte fallecieron en las balsas.

El buque se quedó sin fuerzas, sin luz, sin energía. “Y lo más tremendo, -expresó el comandante-,  sin capacidad para intentar reparación alguna. No funcionaban ni las bombas de achique ni el generador de emergencia. El impacto había desencajado todo de su lugar. Tampoco fue posible trasmitir lo que estaba sucediendo a las cubiertas bajas ni dar otras órdenes como la de abandonar el barco”.

TESTIMONIOS DEL DESASTRE

El cabo artillero Miguel Lapaz estaba tomando un café en el comedor. “Un gran fogonazo iluminó el lugar y la camareta de cabos. Vi como se partía la cubierta y como se levantaba todo mientras escuchaba fuertes ruidos de hierros  y explosiones”. El conscripto Einer Martínez sintió un calor insoportable mientras caminaba en el pasillo frente al detall de armamentos. “El humo me envolvió y me ahogaba y enceguecía. No podía ver nada porque no había luz, pero pude salir porque conocía el camino de memoria”. Mientras descansaba y leía un libro, el cabo principal artillero Orlando Cattáneo fue sorprendido por el impacto. “Bajé de la cama y como pude en medio de un denso humo negro que me impedía respirar, salí por el tambucho de escape a la cubierta principal casi ciego y completamente mareado”. Un extraño olor hizo lagrimear al suboficial primero Luis Raczkowski. “Vi como se levantaba la cubierta y escuché un impresionante ingreso de agua en el hangar”. Con el primer torpedo, el teniente de navío médico Alberto Delucchi Levene sintió como se sacudió violentamente el buque. “Estuve a punto de perder el equilibrio y de golpearme contra un mamparo.

Por su parte, Díaz cuando se dirigía a la cubierta superior recordó las palabras del capitán el día que se hicieron a la mar. “No sabemos si podremos volver”, les dijo. “Nos pidió tranquilidad. Realmente la teníamos porque la mayoría de nosotros nos habíamos ofrecido como voluntarios para participar en la guerra”. Una vez a la intemperie, algo lo asombró. “Me quedé admirado por el orden que reinaba en medio del desastre. El buque ya estaba escorado y en el piso había mucho petróleo derramado y era peligroso caminar y resbalarse. Vi como un conscripto entró por una puerta de donde salía mucho humo para buscar a un cabo del que se había hecho amigo. No volvió a salir”.

Frente a este desempeño de sus hombres, Bonzo no dudó. “Fue realmente de la más alta estima. Ellos sabían que podían ser hundidos y morir en combate y que el Belgrano no tenía las mejores características para enfrentar a semejante enemigo; sin embargo, estaban ahí por amor a la Patria”. Hubo quienes bajaron cuatro o cinco veces para rescatar heridos y hasta un oficial de guardia fue al calabozo para sacar a un soldado preso; otros a la enfermería con el mismo propósito donde evacuaron a los enfermos y a un recién operado de apendicitis y luego, se salvaron.

LA GESTA EN EL MAR

El segundo torpedo del Conqueror pegó en la proa. La cortó como si fuera un pan de manteca con un cuchillo. Desaparecieron 25 metros de esa estructura en medio de una gran columna de agua y de chapas, y de distintos elementos que volaron por el aire. Corrían los minutos y Bonzo siguió apoyándose en el personal de control de averías para saber qué hacer. Pese a la oscuridad, esos tripulantes seguían en su puesto. Con teléfonos autoexcitados le informaron sobre la situación. “Era tremenda, sin luz que impedía los movimientos, los gritos de heridos y quemados, los muertos y la escora que iba siendo cada vez más pronunciada. Habían pasado más de quince minutos y entonces, mandé largar las balsas al agua, pero sin abandonar el barco. Una decisión difícil. Esperaba mantener reunidos a la mayor cantidad de sobrevivientes antes de dar aquella orden. El riesgo con el mar tan encrespado, era que el casco diese rápidamente una vuelta de campana y nos tragara a todos. Entonces, más o menos a las 16.24, la impartí. Una voz tremenda para el comandante”, confesó con los ojos a punto de llenarse de lágrimas.

Las balsas con sus techos color naranja, fueron cubriéndose paulatinamente de hombres. “Me sentí completamente apoyado por la dotación y sobre todo, al verla ordenada en las estaciones de abandono, sin pánico, abrigándose unos a otros, poniéndole morfina a los heridos más graves, ubicándose y cambiando de lugar donde había muchos a otros con menos gente”. Aseguró que “fue una de las gestas más importantes que me tocó vivir. Un instante patético, con rostros atemorizados y asombrados, pero que en ninguno de ellos se vio un gesto de pánico o cobardía. No hubo que disparar ni un solo tiro al aire para mantener la calma. Todos se ayudaron mutuamente. Hay que pensar que eran casi 800 personas que se estaban evacuando en medio de un mar totalmente embravecido. Fue uno de los momentos más sorprendentes de la historia naval”.

El joven pampeano, escuchó claramente la orden. “‘¡A las balsas!’, gritó muy claro la voz en la cubierta”, recuerda Díaz. “Algunos se tiraron sobre el techo y otros, embocaron la abertura. Yo vomité todo el mate cocido que había tomado. Con ayuda de un remo y una escoba nos alejamos del buque que se hundía inexorablemente. Los que estaban cerca de la entrada vieron cómo desaparecía bajo las aguas. El suboficial que ordenaba la vida a bordo mandó tirar todos los elementos cortantes para no dañar la balsa”, agrega y recuerda que eran 18 y entre ellos, un guardiamarina de su misma edad y un cabo con el brazo fracturado.

LOS SOBREVIVIENTES

Cuando llegaron a Puerto Belgrano después del rescate, los responsables del centro de recuperación que se había montado para recibirlos y cuyo ejemplo de organización sirvió para ayudarlos con afecto, aliento, comida, cigarrillos, ropa y especialmente, como apoyo moral a los familiares de los muertos. Una encuesta reflejo los motivos por los cuales hubo tantos sobrevivientes. “Todos la contestaron y en la mayoría de las respuestas tres elementos surgieron nítidamente: el adiestramiento, la presencia de ánimo y la fe en Dios”, explicó el comandante.

Durante el velatorio de un conscripto que murió al día siguiente de arribar al continente, Bonzo habló con sus padres a quienes los mandaron a buscar en avión. “El papá me abrazó y me dijo: ´Señor, estoy orgulloso de que mi hijo haya muerto así porque en mi bolsillo izquierdo del saco, cerca de mi corazón, tengo una carta que me escribió desde Ushuaia y en la que me dice que iba a pelear para defender a la patria`. Estos chicos eran mucho más grandes de lo que uno está acostumbrado a ver en la vida diaria”.

En ese lugar, muchos recordaron detalles del naufragio. “Durante las primeras horas, el viento arrancó el ancla de deriva y separó a la otra balsa que venía unida a la nuestra. El mar estaba embravecido y entraba mucha agua. El achique lo hacíamos con baldes, zapatos y borceguíes. Las olas nos levantaban varios metros y rogábamos que no se diera vuelta. El ánimo estaba intacto y contábamos chistes y otras cosas”, completó Díaz. Bonzo también destacó el apoyo mutuo que se daban entre ellos, más allá de grados y jinetas. “Muchos recordarán la benéfica sensación de abrazar los 36 grados de la bolsa plástica con orina; otros, hablarán de sus espaldas cansadas de afirmar el techo para evitar el aplastamiento por el oleaje y del gusto de los caramelos de glucosa; de los remos cortos, de la luz tenue y de la sed durante las primeras horas; algunos cantaban, rezaban, reían y contaban historias para mantener el espíritu en alto”. El cabo segundo Eduardo Sánchez asegura que “el comportamiento fue de un absoluto compañerismo a pesar de que éramos veinte dentro de la balsa y donde dos murieron. Eso fue muy triste”.

Como colofón de este recordatorio, a tres décadas de aquel dramático día, nuestro entrevistado destacó que “llevaré durante toda mi vida la imagen de esos jóvenes que ni fueron engañados ni se negaron a ir sino que estuvieron tan predispuestos para ir a pelear, a combatir con su crucero como el propio comandante, la plana mayor y sus suboficiales y cabos”.

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