El 5 de junio de 1904, en Diamante, provincia de Entre Ríos, nació un hombre que cambiaría para siempre la relación de la Argentina con el continente blanco. Hernán Pujato, militar, andinista y explorador, se convirtió décadas más tarde en el primer pionero polar argentino y dejó una huella imborrable en la historia nacional.
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Este viernes se conmemora el 122 º aniversario del nacimiento del fundador del Instituto Antártico Argentino. Su legado sigue vivo tanto en la institución que creó como en las bases que erigió en el continente blanco. Además, sus cenizas, por voluntad expresa, descansan desde 2004 en la Base General San Martín, el sitio elegido para su morada eterna.

“Tuve el orgullo de enarbolar la bandera de la patria en la Base General San Martín. Hacedora de héroes que sueñan y, en la soledad absoluta, dan un ejemplo a todos los argentinos”, dijo el general Hernán Pujato.
El soldado que miraba más allá del horizonte
Ingresó al Colegio Militar de la Nación en 1922. Cinco años después, destinado en el Regimiento Cazadores de los Andes, se convirtió en el primer subteniente en escalar el Aconcagua.
Dos destinos marcarían su formación como explorador: Mendoza, donde conoció en profundidad la cordillera y descubrió pasos desconocidos, y Comodoro Rivadavia, desde donde recorrió la Patagonia en toda su extensión. Fue allí, con la mirada puesta en el sur, donde comenzó a forjar su conciencia antártica. “He andado por toda la Patagonia. Estuve al borde de morirme tres veces”, recordaría años después.
Antártida: un plan audaz en siete puntos
En 1947, Pujato dio forma a un ambicioso proyecto de penetración continental en la Antártida. No se trataba de una expedición aislada, sino de un plan integral: asegurar la presencia argentina en el continente, ocupar de manera permanente los extremos del sector nacional, alcanzar el Polo Sur geográfico, adquirir un rompehielos, crear un instituto científico y hasta fundar un poblado con familias argentinas.
A pesar de que en su momento muchos tildaban de “locura” los planes de aquel coronel, el tiempo demostró que fue un estratega brillante, cuya profunda visión de futuro abrió las puertas a la ciencia argentina en el continente blanco.
La Base General San Martín fue inaugurada el 21 de marzo de 1951. En el invierno austral de ese mismo año, Pujato cumplió 47 años entre los hielos polares: lejos de la civilización, en medio de la nieve y el silencio, pero convencido de que aquella “aventura” era la mejor inversión patriótica que podía hacer su vida. Fue, en sentido literal, el primer cumpleaños de un argentino celebrado al sur del Círculo Polar Antártico.
Ese mismo año, el presidente Perón firmó el decreto que creó el Instituto Antártico Argentino y designó a Pujato como su primer director. El organismo llevaría su nombre en vida, algo poco frecuente en la historia institucional argentina.
La segunda base y el rompehielos que lo hizo posible
Pujato impulsó también la adquisición del primer rompehielos argentino, el ARA General San Martín, en 1954. Con ese buque se logró la primera penetración del Mar de Weddell, lo que permitió instalar en enero de 1955 la Base General Belgrano, a 1.300 kilómetros del Polo Sur, y transformarla en la base más cercana al polo en el mundo en ese momento. Desde allí realizó los descubrimientos geográficos más relevantes de la Argentina en el continente blanco.

Aunque su sueño de alcanzar el Polo Sur geográfico nunca se concretó en vida, su plan original se convirtió en una guía para el futuro. Esa meta crucial la alcanzaría primero la histórica Operación 90 en 1965 al mando del general Jorge Leal y, más tarde, en el año 2000, la expedición terrestre liderada por el coronel Víctor Figueroa. Definitivamente, su visión había sido mucho más grande que su propia vida.
El viaje final de Pujato y una impronta eterna
Pujato vivió 99 años. Tras un exilio voluntario en Europa, regresó al país y murió en el Hospital Militar de Campo de Mayo. En sus últimos años, dueño de una inmensa paz interior y una profunda fe religiosa, les repetía a sus allegados que el día que muriera quería música alegre o a Beethoven, porque no creía en la oscuridad de la muerte: se marchaba hacia la luz.
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En 1990 eligió personalmente el lugar donde quería descansar: un túmulo en la Base General San Martín, al pie de una cruz. Cuando en 2004 sus cenizas llegaron al continente blanco que había conquistado, se cumplió su último deseo. Lo acompañaron también los restos del capitán Santiago Farrell, comandante del Santa Micaela, tal como él había pedido.
A 122 años de su nacimiento, el Instituto Antártico Argentino que lleva su nombre continúa su trabajo científico en el continente blanco. Sus cenizas descansan donde siempre quiso: en el corazón del territorio que soñó, conquistó y amó.




