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Opinión: aislamiento y subjetividad

Mientras las dudas y los interrograntes sobre la vuelta a la “normalidad” crecen, un análisis para comprender las distintas sensaciones que atravesamos durante la cuarentena.

Por Lic. Viviana E.S. Gómez (M.P. N°37523)

En algún momento comenzamos a escuchar acerca de una realidad que parecía lejana. De golpe, la vida había cambiado para todos y debimos abandonar lo cotidiano conocido para preguntarnos cómo seguir.

Interrogantes como estos se activan en ciertas “circunstancias favorables” que irrumpen en la vida del hombre como un exceso y lo enfrentan a la vacuidad de lo que hace, a ese misterio que lo habita y que es él mismo. Son tiempos en los cuales lo familiar se vuelve extraño y nos esforzamos por entender una realidad que posee un efecto casi onírico. La pandemia nos conecta con “lo traumático”.

Cuesta encontrar las referencias que habitualmente enmarcan nuestra vida y este acontecimiento, imposible de cambiar o de evadir, causa angustia. Una de las primeras reacciones es tratar de defendernos de la situación imperante, hacer en casa todo lo que desplegábamos afuera: trabajo online, actividad física, conferencia por Zoom, cenas por videollamada con ese amigo con el que nos íbamos a encontrar a la noche, aunque el “fondo de pantalla” es otro y, en algún lugar, lo sepamos.

Por otra parte, buscaremos quién ha sido el responsable de semejante desgracia, ese que seguramente ha tenido el propósito de generarla vaya a saber por qué intereses egoístas y comenzaremos a armar teorías conspiratorias, solo por buscarle un sentido a lo que está ocurriendo.


Son tiempos en los cuales lo familiar se vuelve extraño y nos esforzamos por entender una realidad que posee un efecto casi onírico. La pandemia nos conecta con “lo traumático”.


Surgirán sentimientos hostiles y seremos víctimas de un supuesto ser enajenado. Veremos como enemigo a nuestro semejante y nos enojaremos con quien tosió y no se puso el barbijo o no cumple con las medidas de seguridad establecidas. Sobre él recaerá también la causa de mi desgracia y viceversa, ambos veremos en el otro un espejo de nosotros mismos y si la templanza o el pensamiento no modera esta fantasía, seguramente se terminará en una discusión aguerrida. Todo ello tendrá un responsable: el miedo a lo “no conocido”, a ese enemigo que intentaremos encarnar en alguien, porque buena parte de su peligrosidad radica en que no se lo ve.

Seamos practicantes o no, en un momento donde no hay respuesta sobre la causa de los acontecimientos traumáticos, todos nos volveremos “creyentes” y muchos responsabilizaran a Dios de semejante calamidad, de la que seguramente seremos culpables, pecadores distraídos por desobedecer las leyes divinas o encontraremos alguna razón en nuestra vida que nos haga merecedores de tal castigo. O a las autoridades insensibles que ansían el poder, el dinero o la gloria y manipulan a los otros para obtener cierto oscuro beneficio. O a la Naturaleza, que toma venganza por haber sentido que el hombre ha invadido sus dominios. O a la Ciencia, que inescrupulosamente manipula la realidad en un laboratorio.

En la fantasía del hombre siempre existirá alguien que sabe sobre la verdad, o la causa, de aquellos hechos de la realidad que resultan inconcebibles. Son imágenes creadas en la desesperación del dolor. Lo difícil será aceptar que ciertos acontecimientos ocurren y no hay un Otro, llamémoslo Otro Social, que tenga la respuesta sobre la causa.

En este caso, se evidencia cómo —frente a lo que denominamos acontecimientos traumáticos— se activan sentimientos muy primitivos del hombre tales como el desamparo, sensación que puede surgir cuando una persona se encuentra ante un peligro real que le genera estímulos difíciles de soportar. Ante esto, dependerá de las capacidades de elaborar ese exceso la salida personal que cada uno puede encontrar y que no depende de la comunidad.   

Si hablar del desamparo es hablar de un sentimiento del origen de la vida, de inmediato nos convoca a aquellos momentos en los que un ser recién nacido no sobreviviría sin el cuidado de una madre o un padre, otro que lo desee, lo ame y comience a darle contornos a su vida que se presenta en un estado de indefensión y caos.

En el hombre habitan esos afectos pretéritos, que se han sustraído a toda modificación junto a los que continuaron un desarrollo progresivo. Nada de aquello que una vez fue formado, puede destruirse aunque esté olvidado. Todo se conserva y puede reactivarse en circunstancias favorables como las de esta pandemia que hoy conmociona al mundo.

El dolor, el miedo, lo inquietante, son sin duda, sentimientos que causan un gran displacer y este malestar el hombre lo proyecta en el Mundo Exterior para defenderse, huir de lo que habita dentro de sí y restaurar un equilibrio interno. Es en esta proyección que creará los más inconcebibles monstruos que el miedo es capaz de dibujar y mantendrá con ellos un vínculo de hostilidad. Se defenderá y buscará que Otro lo defienda, función que se deposita de niño en las figuras parentales con las que mantiene un vínculo ambivalente: amor cuando siente que se reestablece la tranquilidad interior y odio cuando los percibe como figuras agresivas que no logran calmar su dolor.

Tapabocas y máscaras, postales de una nueva “normalidad”. Foto: Fernando Calzada.

Cuando se dan “circunstancias favorables” en las cuales lo caótico, traumático, aparece en la vida real de los hombres sin anticipación y generando cambios indeseados en el diario vivir, se activa este sentimiento de temor y desprotección mencionado, depositado en aquellos líderes o gobernantes responsables de la seguridad de la sociedad y del retorno al equilibrio del conjunto. En este contexto, la defensa más inmediata es la huida, la fuga y el aislamiento es una forma de protegernos.

Hoy, los ánimos se ven profundamente afectados, despojados de su vida cotidiana y alojados en el “refugio”.  En un primer momento y como mecanismo de negación muchas personas se volverán trabajadores y sumamente activos tratando de transformar el espacio interno que habitan, al tiempo que son totalmente impotentes de modificar la realidad exterior.

Pero, cuando las motivaciones se apaguen en parte y se repriman en otra, la tensión ligada a lo que podría ocurrirle al mundo y a sus vidas es tan grande que se pasará a un segundo momento. El encuentro cercano con los demás comienza a extrañarse al tiempo que se va desvaneciendo la energía creadora y lo único que se anhela es el final de la crisis.

La impotencia que deriva del aislamiento trae aparejado otros sentimientos como la hostilidad, la angustia y, en algunos casos, profundas depresiones. La tecnología recreará en el seno del aislamiento una realidad virtual que resultará entretenida… pero el abrazo quedará pendiente y, al contrario de lo que solemos creer, ayuda a aceptar los sentimientos de desolación y perdida, sin regodearse en ellos, ayudará a elaborar esta situación.

Los medios de comunicación invitan a  que juguemos, hagamos gimnasia o cocinemos con las recetas de youtube, pero estas buenas intenciones que empujan a construir un adentro entusiasta y acogedor decaen más temprano que tarde porque son un artificio para no desesperar y no están causadas por un deseo.

Otras formas sueles ser más posibilitadoras, hablar con quienes transitan la misma situación, comunicar lo que sentimos, encontrar lecturas que nos permitan entender momentos de crisis históricas y las soluciones a las que se arribaron podrían ser un modo de intentar elaborar el malestar, sin habitarlo.

De todos modos cada uno encontrará su forma particular, habrá quien posee dificultades con los vínculos interpersonales y encontrará en el aislamiento un modo de pacificación, o aquel que se sintiéndose inhibido para tomar decisiones o actuar tendrá una buena coartada para la procrastinación, mientras otros que temen afrontar situaciones de cambio, estarán decididos a hacerlo…porque el contexto no se los permite.

Así, podemos listar diferentes afectos y actitudes que surgen para estabilizar y compensar el conflicto. La situación actual refuerza mecanismos defensivos internos, en algunas personas ayuda a evita la confrontación con la angustia y si le preguntáramos cómo están, responderían: “Tranquilo, no pensé que iba a estar tan bien solo”.


Los medios de comunicación invitan a  que juguemos, hagamos gimnasia o cocinemos con las recetas de youtube, pero estas buenas intenciones que empujan a construir un adentro entusiasta y acogedor decaen más temprano que tarde porque son un artificio para no desesperar y no están causadas por un deseo.


También nos encontraremos con quienes necesitan ser vistos, escuchados, reconocidos por los demás como forma de autoafirmación y que al encontrarse imposibilitados de ello dirán: “Me siento solo, necesito de mis amigos, me parece que tuve un ataque de pánico, sentí que me moría” o “ Me doy cuenta de que mi vida está afuera de casa, aquí no tengo intimidad, me siento preso”.

Habrá una diversidad muy importante de respuestas y todas será necesario tenerlas en cuenta y construir, de ser necesario, un espacio adecuado donde puedan ser expresadas y trabajadas psicológicamente. De un modo u otro, estamos frente a una situación de pérdida que no hemos elegido pero que tendremos que reconocer y aceptar para poder superar. Y solo una vez realizado este trabajo de elaboración interna podremos comenzar a construir un nuevo escenario para nuestra vida actual.

Transitar el tiempo de aislamiento desde una posición expectante donde la continuidad de la vida se retomará en un futuro incierto puede ser un generador de angustia porque, sabiendo lo que nos falta, no tenemos respuesta sobre el final. Sin embargo, la certeza de que el aislamiento finalizará permite acotar la fantasía de un tiempo eternizado. No experimentamos habitualmente la finitud, ni la posibilidad de que lo imponderable existe. En nuestra omnipotencia, creemos tener respuesta para todo.

Sería interesante que entre el comienzo de la pandemia y el día después del aislamiento, podamos retomar la vida regular con el plus de saber cómo queremos vivir en lo particular y en lo comunitario. ¿Qué compromiso podrá dejarnos semejante crisis? Tal vez el esfuerzo por elaborar dos tipos de respuestas: como responsables de nuestro porvenir, en lo personal; y como participantes, también responsables de las soluciones sociales.

*La autora de este texto es psicoanalista, fundadora de Le Tourbillon, Institucion Psicoanalitica de Buenos Aires y docente de la Facultad de Psicologia UBA.

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