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Historias mínimas: una psicóloga y los riesgos de trabajar en un hospital en tiempos de COVID-19

Conversamos con Silvana Vilchez, psicoanalista y miembro del Servicio de Salud Mental del HIGA “Parmenio T. Piñero, para conocer más sobre las vivencias de los que están desde el comienzo en la primera línea de la atención contra el coronavirus.

“No cambió la orientación de cómo atender pacientes en estado de crisis emocional por la problemática actual”. La que dice esto es Silvana Vilchez, psicóloga, psicoanalista, miembro del Servicio de Salud Mental del Hospital General de Agudos “Parmenio T. Piñero” y docente de la UBA. La investigadora UBACyT. Conversamos con ella para conocer más sobre las vivencias de los profesionales que están desde el comienzo en la primera línea de la atención contra el COVID-19.

-¿Se produjeron cambios importantes en la atención hospitalaria a raíz de la pandemia?

-Sí. En el Hospital Piñero, debido a su ubicación geográfica, hay mucha afluencia de pacientes y una guardia muy activa. Por otra parte, dado que es un hospital general de agudos tiene internación en todas las áreas, incluso en salud mental, razón por la cual desde un comienzo recibió a los pacientes internados por COVID-19, tanto moderados como graves, y se establecieron protocolos referidos a la atención que fueron renovándose semana a semana, según los nuevos conocimientos sobre el virus.

-¿Hubo también modificaciones en el caso específico del servicio de salud mental?

Aunque nosotros, psicólogos y psiquiatras, no recibimos internados, sino que atendemos en los consultorios externos a los pacientes con turno para terapia, también debimos reajustar los dispositivos de atención, regular la presencia de personas en la sala de espera y en los accesos a los consultorios. Por otra parte, evaluamos la historia clínica de cada paciente para dar turnos presenciales en los casos más urgentes y realizar un seguimiento telefónico de aquellos que no necesitan tanto la presencia.

Lo que no cambió es la orientación de cómo atender pacientes en estado de crisis emocional por la problemática actual. Más allá del trauma puntual que la persona esté sufriendo –fallecimiento de un familiar por coronavirus, haberse contagiado y no tener con quién dejar a sus hijos, por poner solo un par de ejemplos recientes- se intenta sostener la singularidad. No decir, por ejemplo, que lo que le ocurre a esa persona es algo que le está pasando a todo el mundo sino poder relacionar esa situación con su coyuntura familiar y su historia. De lo contrario el paciente no encontraría de dónde sostenerse para hacer frente a esta situación tan terrible que estamos viviendo.

-¿Qué protocolos se implementaron para la atención presencial?

-Como nosotros no entramos en las salas con pacientes con COVID-19, al ambo y guardapolvo usual solo le sumamos el uso de barbijo y máscara plástica. Puede parecer un tema menor, pero a muchos nos terminan lastimando las orejas y produciendo una especie de dermatitis, al igual que el alcohol. Aunque sutiles, estos efectos que vamos teniendo en el cuerpo nos afectan y nos van cargando de nuevas envolturas. Por su parte, el paciente debe entrar con barbijo y usar alcohol en las manos. Cuando se va, desinfectamos todo. En cuanto al espacio, colocamos unos escritorios de dos metros de largo con una mampara plástica en el medio.

-¿El personal del hospital acude al servicio de salud mental?

-Nosotros ofrecimos un espacio de atención para los médicos, enfermeros, camilleros, personal de limpieza, o sea todo el conjunto que permite que los profesionales puedan atender. Sin embargo, todavía se está trabajando muy activamente y parecería que no hay espacio para pensar en lo que afecta a nivel personal. Y, también, influye el erróneo concepto de que el médico está para eso y no puede flaquear, que debe “poner el pecho a las balas”, término derivado de lo bélico –como la expresión “en primera línea”- que no aplica para la salud.

 -¿Cuentan con suficientes elementos de protección personal?

-Es un tema que hay que analizar en cada centro de salud. Los elementos llegan, pero no en la cantidad suficiente como para renovarlos del modo correcto para que tengan efecto. Por ejemplo, en nuestro servicio contamos en la actualidad con un barbijo por día cuando deberían cambiarse cada tres horas. Pero hay también otras cuestiones que se suman y no suelen mencionarse como el hecho de que los hospitales carecen de un sistema de vestuario que permita a los médicos bañarse de inmediato después de atender un caso. Sin dudas, los hospitales no están preparados para eso.

“Puede parecer un tema menor, pero a muchos, el barbijo y las máscaras, nos terminan lastimando las orejas y produciendo una especie de dermatitis, al igual que el alcohol”, cuenta Vilchez. Foto: Fernando Calzada.

-¿Se sienten en riesgo?

-Si bien es una pregunta que debería responderse a nivel personal, yo no diría que vivimos en riesgo, sino que trabajamos en situaciones riesgosas para la salud física y psíquica. En nuestra área nos sostenemos con protocoles para higiene y cuidado muy específicos. El sector de la guardia del hospital es mucho más complejo debido a las permanentes situaciones conflictivas que se presentan y ante las cuales muchas veces no hay personal de seguridad que pueda contenerlas. Incluso hay pacientes que se escapan y la policía debe ir a buscarlos porque dieron positivo de coronavirus.

-¿Les realizan testeos?

-Semanalmente, con el test PSR que permite detectar con una gota de sangre la presencia de algún virus en el organismo, en el caso de que dé positivo se hace el hisopado. Esto es fundamental para poder tomar las medidas de aislamiento necesarias. En cuanto a los pacientes, entre los internados en salud mental no hubo ningún caso, lo que sí tuvimos hasta julio fue muchísimos casos de dengue. De diez febriles, siete u ocho eran dengue.

-Antes hablamos de los protocolos para mantener la distancia física necesaria con los pacientes. ¿Creo que esto altera el vínculo con el profesional?

– A mi criterio, es una de las consecuencias de esta pandemia. La distancia de los cuerpos nos genera un esfuerzo de lenguaje y comunicación que antes se saldaba con el gesto corporal: un abrazo o una mano en el hombro tienen un efecto apaciguador de los sentimientos. Esta realidad, que hoy está suspendida en nombre del cuidado, la notamos con el paciente externo y también entre compañeros a quienes atendemos en situaciones críticas.

-¿En este contexto, mermó la cantidad de pacientes que concurren al hospital?

-No, porque los que llegan están urgidos de atención y se acercan como pueden. Para ayudar a la circulación, nosotros les emitimos un permiso de autorización para que se trasladen, aunque el principal problema es el transporte público. El hospital cuenta también con trabajadores sociales que colaboran en los distintos servicios y, de ser necesario, articulan con los centros de salud comunitaria de cada barrio. Estos centros brindan una variedad disciplinar que permite que las personas no deban llegar al hospital.

-En el escenario tan particular y dramático de la pandemia, ¿ya lograron realizar algún análisis de los impactos psicológicos que está dejando?

-Es un camino que estamos transitando. En este momento, una de los problemas más serios es la imposibilidad de las personas de velar a sus familiares. No poder acompañar en presencia -lo que nosotros denominamos “lo real”- es algo limitante y que impide darle algún sentido a ese agujero que deja la ausencia del cuerpo del otro.

-¿Cree que hay cosas que llegaron para quedarse?

Sí, en especial la utilización de plataformas virtuales que se transformaron en un gran recurso que nos permitió reunirnos sin ausencias. Este hecho es muy difícil de lograr en forma presencial debido a las múltiples actividades que, más allá de lo institucional, desarrollamos los profesionales (atención en consultorios, cátedras, investigaciones). Creo que lo virtual va a formar parte de la nueva normalidad que es un modo de decir que se retomará algo de lo cotidiano pero que va a ser nuevo.

-¿Cómo describiría el estado del sistema en la actualidad?

-Es algo de lo que se habla mucho y en realidad la gente que no concurre al sistema de salud no sabe cómo funciona. De marzo a esta parte, hubo que habilitar camas, modificar consultorios, trasladar pacientes graves a salas con aislamiento, hacer baños, entre otras medidas que permitieron responder de la mejor manera. Este es uno de los motivos por los cuales me parece importante rescatar los decires de la gente que trabaja codo a codo con la pandemia.

-¿Qué cree que nos espera después de esto ?

-Desde la salud mental, pensamos esta etapa como un tiempo que hay que transitar del mejor modo para que la vida en sociedad pueda sostenerse con algunos de los pilares que tenía. Creemos que se necesitan actos políticos no partidarios de cuidado, que tengan en cuenta todas las aristas desde lo sanitario a lo económico y también gestos de contención, de apaciguamiento, espacios donde poner en palabras lo que estamos viviendo. Ojalá lo logremos para evitar que lo que no mata el virus no lo termine matando nuestros odios.

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