El movimiento estudiantil que estalló en Córdoba en 1918 revolucionó los claustros argentinos, transformó para siempre nuestro sistema universitario, y su influencia se hizo sentir en todo el continente.
En una sociedad en plena efervescencia, con una creciente agitación en los sectores obreros y una clase media que pretendía hacer oír su voz en los asuntos públicos luego de la sanción de la Ley Sáenz Peña, los hechos que sacudieron a Córdoba en 1918 marcaron un antes y un después en la vida universitaria de nuestro país y de buena parte de la Región. Años más tarde, uno de sus principales dirigentes, Deodoro Roca, lo definió como “el movimiento estudiantil más rico y más trascendente –sin hipérbole alguna– que haya agitado a la juventud de América Latina desde la emancipación”.
EL ESTALLIDO DE LA REVUELTA
La chispa que encendió el descontento se produjo el 1.º de diciembre de 1917, cuando las autoridades de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) decretaron el cierre del internado del Hospital Nacional de Clínicas, aduciendo razones de economía y moralidad. La clausura afectaba particularmente a los estudiantes de menores recursos y procedentes del interior de la provincia y del resto del país. Las protestas no se hicieron esperar y tomaron mayor fuerza luego del receso estivo, que no logró aplacar los ánimos.
En marzo de 1918, se constituyó el Comité Pro-Reforma Universitaria, con delegados estudiantiles de las tres Facultades de la UNC –Derecho y Ciencias Sociales, Medicina e Ingeniería–, y se dio a conocer un documento titulado “A la juventud argentina”. Allí se expresaban duras críticas al sistema de gobierno de la Universidad, que –según comentaban– había “llegado al borde del precipicio, impulsada por la fuerza de su propio desprestigio, por la labor anticientífica de sus academias, por la ineptitud de sus dirigentes, por su horror al progreso y a la cultura, por la inmoralidad de sus procedimientos, por lo anticuado de sus planes de estudio, por la mentira de sus reformas, por su mal entendido prestigio y por carecer de autoridad moral”.

Frente a la ausencia de respuestas del Consejo Superior de la UNC, que decidió “no tomar en cuenta ninguna solicitud estudiantil”, el movimiento se radicalizó y envió una nota a José Salinas, el entonces ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, en la que le solicitaron la intervención de la Universidad. El 11 de abril, en una clara demostración de que la situación ya no tenía vuelta atrás, delegados estudiantiles de las cinco universidades nacionales existentes en el país –Córdoba, Buenos Aires, Santa Fe, La Plata y Tucumán– conformaron la Federación Universitaria Argentina (FUA).
Ese mismo día, en un intento por atender los reclamos y contener la revuelta, el presidente Hipólito Yrigoyen –quien había llegado al poder en 1916, luego de la sanción de la Ley Sáenz Peña de sufragio universal, secreto y obligatorio– decretó la intervención de la UNC y designó como interventor a José Nicolás Matienzo, el entonces procurador general de la Nación, quien dejó sin efecto la supresión del internado, reformó los estatutos vigentes desde 1893 y estableció un nuevo sistema de elección de autoridades de esa casa de estudios. Los profesores pasaban a integrar, por primera vez, la asamblea universitaria que debía elegir al nuevo rector. La estrategia, sin embargo, fracasó: el 15 de junio, día de la elección de autoridades, el candidato conservador Antonio Nores, de la agrupación católica Corda Frates, se impuso al reformista Enrique Martínez Paz, apoyado por los sectores reformistas, por 42 votos contra 13, en una tercera ronda de votación luego de dos frustrados intentos en los que no se alcanzaron las mayorías necesarias. Ante esa situación, los estudiantes, disconformes, invadieron el salón donde funcionaba la asamblea, tomaron el control del recinto y subieron al estrado, donde el dirigente Emilio Biagosch redactó el acta por la cual proclamaban la “huelga general”.
EL MANIFIESTO LIMINAR DEL 21 DE JUNIO
El 21 de junio de 1918, la Federación Universitaria de Córdoba dio a conocer el histórico manifiesto de “La juventud de Córdoba a los hombres libres de Sud América”, que pasaría a ser conocido como el “Manifiesto Liminar” de la Reforma Universitaria. Aunque no aparece entre los firmantes, la autoría es atribuida a Deodoro Roca, una de las mentes más brillantes de este proceso. Resuelto a romper la última cadena de la “antigua dominación monárquica y monástica”, el Manifiesto señalaba en uno de sus pasajes más célebres: “Córdoba se redime. Desde hoy, contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.
El documento caracterizaba al régimen universitario vigente en la UNC como “anacrónico” y “fundado sobre una especie de derecho divino, el derecho divino del profesorado universitario”. Los reformistas apuntaban sus dardos contra el “arcaico y bárbaro concepto de autoridad”, “baluarte de absurda tiranía”, que solo servía para “proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia”. Y afirmaban: “El chasquido del látigo solo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes”.
AUTONOMÍA, COGOBIERNO Y LIBERTAD DE CÁTEDRA
Cansados de soportar los desplantes de una “autoridad universitaria tiránica y obcecada, que ve en cada petición un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión”, la Federación Universitaria de Córdoba exigía que se les reconociera a los estudiantes el “derecho de expresar el pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes” e “intervenir en el gobierno de su propia casa”. El objetivo era lograr “un gobierno estrictamente democrático”, ya que –sostenía el Manifiesto–, en un hogar de estudiantes universitarios, el concepto de autoridad no podía apoyarse en “la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia misma de los estudios”.
En una universidad sometida a un fuerte control de los sectores conservadores, donde los cargos docentes eran vitalicios, se reivindicaba la autonomía universitaria, entendida como la libertad para elegir sus propias autoridades, así como para aprobar sus estatutos y planes de estudio, sin injerencia del poder político. Otro de los principios rectores de la reforma era el cogobierno, es decir, la participación de docentes, graduados y estudiantes en el gobierno de la universidad, que, hasta ese momento, se limitaba a la representación de las Academias ajenas a la vida de los claustros. El tercer gran eje era la libertad de cátedra, que sostenía la completa libertad para investigar y enseñar sin las censuras ni las limitaciones de carácter ideológico impuestas por las autoridades académicas.
EL TRIUNFO DE LOS SECTORES REFORMISTAS
El 17 de julio, la Federación Universitaria de Córdoba envió una nota al presidente Yrigoyen en la que se solicitaba al Gobierno nacional una nueva intervención. El mandatario accedió y nombró para el cargo a José Salinas, el ministro de Justicia e Instrucción Pública, quien no pudo asumir por la oposición de los sectores conservadores. Mientras tanto, las autoridades de la UNC decidieron el cierre de la casa de estudios. La situación de paralización se prolongó hasta el 9 de septiembre, cuando 83 estudiantes tomaron el rectorado y la dirección de la universidad.

La situación obligó al rápido regreso de Salinas, quien se hizo cargo de la intervención el 12 de septiembre y puso en marcha las reformas que se le venían reclamando, lo que permitió satisfacer buena parte de las demandas estudiantiles. Se crearon los Consejos Directivos, que incluían profesores elegidos en asambleas, así como la figura de los delegados estudiantiles ante el Consejo Superior y ante los Consejos Directivos de cada una de las Facultades. El proceso culminó con la elección de los reformistas Eliseo Soaje y Enrique Martínez Paz para los cargos de rector y vicerrector de la UNC, respectivamente. El 13 de octubre, la universidad fue reabierta y, dos días más tarde, el interventor Salinas regresó a Buenos Aires. Era la coronación del triunfo del movimiento estudiantil cordobés.
La semilla sembrada en Córdoba germinaría en el resto del país y de la Región, lo que daría impulso a movimientos similares en toda América Latina, como ocurrió en Perú en 1919 y en México en 1929. La universidad elitista, encerrada en una torre de cristal, dio paso a un sistema democrático y participativo, en contacto con las luchas sociales de un continente que ya no volvería a ser el mismo.