(*) Por Sergio Daniel Skobalski – Héctor Agustín Arrosio. Especial para DEF.
La progresiva erosión de mecanismos de control del Estado iraní genera un reacomodamiento estratégico que se expresa, con particular intensidad, en sus espacios fronterizos. Más que un colapso abrupto del poder central, se perfila un escenario de prolongada disputa intra-élite, con presiones identitarias, sectarias y geopolíticas, que convierten a las periferias en zonas de fricción.
En este contexto, los márgenes territoriales de Irán comienzan a operar como vectores de proyección regional, conectando dinámicas del Medio Oriente, el Cáucaso y Asia Meridional.
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El arco occidental de Irán: competencia histórica y vulnerabilidad acumulada
El flanco occidental iraní se inscribe en una rivalidad de larga duración entre espacios de influencia persa y turca. La frontera compartida con Turquía representa un eje estructural de competencia regional que, en el contexto actual, adquiere una nueva densidad estratégica. Las tensiones vinculadas a poblaciones kurdas distribuidas entre Irán, Turquía, Siria e Irak conforman un corredor de inestabilidad latente, cuya activación dependerá del grado de control que conserve Teherán sobre sus provincias noroccidentales.

En paralelo, la evolución del escenario iraquí resulta crítica. La proyección de influencia iraní sobre Irak se ha sostenido a través de redes políticas y de seguridad que, ante un debilitamiento del centro de decisiones iraní, tienden a fragmentarse. Este proceso abre márgenes de maniobra tanto para actores sunnitas como para autoridades kurdas del norte iraquí, reconfigurando el equilibrio interno del país y alterando la profundidad estratégica de Irán en su frontera occidental.
El norte caucásico iraní: etnicidad, memoria imperial y corredores estratégicos
Por su parte, la frontera septentrional de Irán conecta directamente con el espacio caucásico, una región donde confluyen memorias imperiales, identidades transfronterizas y disputas contemporáneas por corredores de conectividad.
La relación con Azerbaiyán posee una sensibilidad particular, dado el peso demográfico y político de la población azerí dentro del propio Irán. Lejos de un impulso separatista clásico, esta comunidad ha demostrado históricamente una vocación de integración y ascenso dentro del aparato estatal iraní.

A su vez, el fortalecimiento relativo de Bakú tras los conflictos recientes en el Cáucaso Sur, junto con la mayor presencia de actores externos en la región, introduce una variable adicional de presión estratégica sobre el norte iraní. La combinación entre debilitamiento de viejos equilibrios y apertura de nuevos corredores logísticos convierte a esta frontera en un espacio clave para la redistribución de influencias regionales.
El eje oriental: porosidad, militancia y convergencia de amenazas
El frente oriental de Irán se caracteriza por su elevada porosidad y por la superposición de factores étnicos, religiosos y criminales. La frontera con Afganistán, en particular, expone a Teherán a dinámicas de radicalización sunnita que el Estado iraní ha intentado contener durante décadas. La persistente fragilidad afgana convierte este límite en una fuente constante de presión estratégica, especialmente ante un eventual debilitamiento de las capacidades coercitivas iraníes.
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Más al sur, la frontera con Pakistán articula insurgencias baluchas, redes ilícitas y militancia ideológica, configurando un espacio de amenaza híbrida difícil de gestionar para ambos Estados. En este sector, la interacción entre actores estatales débiles y organizaciones no estatales refuerza la lógica de inestabilidad crónica, con efectos que trascienden el ámbito estrictamente fronterizo.
Irán como espacio geopolítico disputado
El debilitamiento gradual del poder central iraní no apunta a una implosión inmediata del Estado, sino a una fase prolongada de contestación y ajuste estratégico. En este contexto, las fronteras dejan de ser simples líneas de separación para transformarse en plataformas de presión, negociación y proyección regional. Actores estatales y no estatales exploran los márgenes de la autoridad iraní, buscando tanto protección frente a la incertidumbre como oportunidades para ampliar su influencia.

Estas formas de conflicto intra-estatal, adquieren puntos críticos cuando se llega a un escenario de construcción social de la anarquía, y cuando los niveles de violencia escalan, de la disputa por la dominación de los ambientes geográficos, a la puesta en operaciones de dispositivos de eliminación por parte del estado contra los actores sociales en actitud de rebelión.
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En estas instancias se abre el escenario para que el conflicto se convierta en inter-estatal por medio de distintas formas de intervención militar directa: la política declaratoria de Estados Unidos ante la crisis en Irán, marca un curso en esta dirección.
En definitiva, el resultado es la configuración de Irán como un espacio geopolítico en disputa, donde confluyen dinámicas del Medio Oriente, el Cáucaso, Asia Central y Asia Meridional. Por supuesto, la evolución de este proceso tendrá implicancias directas sobre la estabilidad regional y sobre el equilibrio estratégico en una de las zonas más sensibles del sistema internacional contemporáneo.




