Estados Unidos dejó de ser considerado una democracia liberal, de acuerdo con el último informe del Instituto V-Dem, uno de los principales centros de medición de calidad democrática a nivel global. La reclasificación ubica al país como “democracia electoral”, categoría que comparte con Argentina, Brasil, Portugal, Canadá, Polonia y Nepal, entre otros.
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El cambio no implica el fin de las elecciones ni del sistema democrático formal, pero sí señala una degradación en su funcionamiento. Este fenómeno se da en un contexto global de retroceso democrático, donde cada vez más países presentan debilidades en sus instituciones y en la protección de derechos fundamentales.
“Democracia electoral”: qué es y qué implica este cambio de categoría para Estados Unidos
Según el V-Dem Institute, una democracia liberal combina elecciones libres y competitivas con garantías sustantivas como el Estado de derecho, la independencia judicial, el respeto efectivo por los derechos individuales y un sistema robusto de controles al poder. En base a esta definición, no alcanza con el derecho al voto, sino que el ejercicio del poder debe estar limitado por instituciones fuertes.
En cambio, una democracia electoral mantiene elecciones periódicas y competitivas, pero presenta debilidad en cuestiones tales como una justicia menos independiente, menos capacidad de control legislativo o restricciones indirectas a derechos y libertades.

En el caso de Estados Unidos, la reclasificación responde a un deterioro progresivo, y bastante veloz, en varias de esas dimensiones. El informe señala una creciente politización de instituciones, tensiones entre poderes del Estado y una menor efectividad de los mecanismos de control sobre el Ejecutivo, lo que debilita el equilibrio institucional.
Otro factor central es el retroceso en derechos y libertades civiles. Según el último informe de V-Dem, si bien estos derechos siguen existiendo formalmente, como el acceso al voto, la protección de derechos reproductivos o la libertad de expresión, su ejercicio se ve cada vez más condicionado en la práctica, ya sea por decisiones políticas, judiciales o por el propio clima de polarización.
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De esta forma, la polarización extrema aparece como un elemento estructural del problema. La fuerte división política y social no solo dificulta la construcción de consensos, sino que también impacta en el funcionamiento de las instituciones y en la aplicación imparcial de las normas.
La conversión de Estados Unidos no lo equipara con regímenes autoritarios, sino que lo ubica en una categoría intermedia donde la democracia existe, pero con un funcionamiento más débil y menos garantista.
Un retroceso que refleja una tendencia global
La situación de Estados Unidos no es un caso aislado. El informe de V-Dem advierte que el mundo atraviesa una etapa de “autocratización”, en la que más países empeoran sus estándares democráticos que los que mejoran.

En este contexto, el número de democracias liberales se redujo de manera significativa en las últimas décadas, mientras aumentan los regímenes híbridos o con rasgos autoritarios. El caso estadounidense resulta particularmente relevante por su histórico rol como referencia global en materia democrática.
Este escenario abre interrogantes sobre el futuro de la democracia en el país y su impacto en el orden internacional, en particular en un contexto donde otras potencias disputan modelos políticos alternativos.




