Cuba atraviesa una de las crisis energéticas más graves de las últimas décadas, marcada por una escasez crítica de combustibles que afecta de manera directa la vida cotidiana, la economía y la estabilidad del sistema eléctrico. La falta de gasolina, diésel, fuel oil e incluso combustible para aviación provocó apagones prolongados, paralización del transporte público, cancelaciones de vuelos y una fuerte caída de la actividad productiva en toda la isla.
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Por qué hay una crisis de combsutible en Cuba
La generación eléctrica, altamente dependiente de combustibles importados, opera muy por debajo de su capacidad, lo que obliga al gobierno a aplicar cortes de energía cada vez más extensos, incluso en grandes ciudades como La Habana.
Esta crisis no puede entenderse sin el colapso del vínculo energético con Venezuela, históricamente el principal proveedor de petróleo de Cuba. Durante años, ambos países sostuvieron un acuerdo estratégico por el cual Caracas enviaba crudo y derivados a cambio de servicios profesionales, especialmente médicos.

Sin embargo, la profunda crisis venezolana, agravada por el deterioro de su infraestructura petrolera, la caída de la producción y las sanciones internacionales, redujo drásticamente esos envíos. En los últimos meses, ese flujo prácticamente se interrumpió, dejando a Cuba sin su principal sostén energético externo.
Ante ese vacío, La Habana intentó diversificar proveedores, recurriendo a compras en el mercado internacional y a acuerdos puntuales con países como México. Pero esas alternativas resultaron insuficientes y frágiles frente a la presión de Estados Unidos.
La presión de Trump en Cuba
Washington endureció de forma significativa su política hacia Cuba, reactivando y ampliando sanciones destinadas no solo a la isla, sino también a terceros países que suministren combustibles. La estrategia apunta a aislar energéticamente al gobierno cubano, restringiendo su acceso al petróleo y encareciendo cualquier intento de importación mediante amenazas de aranceles y represalias comerciales.
Trump fue explícito al vincular el suministro de energía con un cambio político en La Habana, afirmando que no habrá más petróleo “subsidiado” desde Venezuela ni tolerancia con quienes intenten reemplazarlo.

Esta política tuvo efectos inmediatos: varias empresas y gobiernos redujeron o cancelaron envíos por temor a sanciones, mientras aerolíneas internacionales comenzaron a suspender vuelos ante la imposibilidad de garantizar combustible para aviones en aeropuertos cubanos. El impacto sobre el turismo, una de las principales fuentes de divisas del país, fue devastador y profundizó aún más la crisis económica.
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Los apagones afectan la conservación de alimentos, el funcionamiento de hospitales y escuelas, y la actividad comercial. La falta de combustible limita el transporte de personas y mercancías, encarece los productos básicos y agrava una escasez ya estructural.
En este contexto, el gobierno cubano denuncia un “estrangulamiento económico” y sostiene que la crisis es el resultado de una guerra económica externa más que de fallas internas, mientras deja abierta la posibilidad de un diálogo con Estados Unidos, aunque sin aceptar condicionamientos políticos.




