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Petróleo, geopolítica y juegos de poder

Un análisis, desde la teoría de las relaciones internacionales, de quién es el mayor beneficiado del acuerdo sobre la reducción de la producción de crudo que Arabia Saudita y Rusia alcanzaron el marco de la OPEP+ y por qué.

Por Ignacio Teruel (*)

En 1975, William Nordhaus, quien recibiría el Premio Nobel de Economía en 2018, creaba una teoría que sería la descripción exacta del mercado petrolero. Nos referimos a la “teoría de las bañeras”, que se basa, como indica su nombre, en imaginar a dicho mercado como una “gran bañera” en la que se encuentra todo el petróleo que ha sido extraído en el mundo y que está listo para ser comprado. Cada productor (EE.UU., Arabia Saudita, Rusia, etc.) tiene canillas que desembocan en esta pileta y también hay válvulas mediante las cuales los países consumidores (Dinamarca, Rusia, EE.UU., etc.) adquieren el contenido deseado.

Nordhaus explica qué en este mercado, el precio y las dinámicas de las cantidades están determinados por la suma de esas ofertas y demandas, sin importar el nombre del país que lleve cada grifo o válvula, remarcando entonces la existencia de un “mercado mundial integrado”, dado que el costo de transportar el petróleo no es alto, los crudos de orígenes geográficos distintos son en gran medida intercambiables e incluso pueden mezclarse.

Por otro lado, gracias a que los grifos y las válvulas son muchas y están dispersos por todo el mundo, es difícil se coordinen entre sí, a pesar de que, por el panorama de interconexión, la decisión de uno de los actores afecte a todos. En este sentido, la multiplicidad y dispersión de los participantes y la reciprocidad del impacto de sus decisiones provoca que se presencien algunos de los fenómenos clásicos descriptos por las “teoría de juegos”, rama del análisis matemático de la economía que estudia situaciones de interdependencia en las que el resultado de las decisiones de un “jugador” dependen de las decisiones o del comportamiento de otros “jugadores”.

Una Cumbre de líderes de OPEC y OPEC+ en la ciudad de Viena. Foto: Archivo.

En primer lugar, para conocer la realidad del Grupo de Viena (OPEP+, grupo de países productores encabezado por Arabia Saudita y Rusia) y su mecánica interna, tenemos que entender el llamado “dilema del prisionero”. Supongamos que dos delincuentes son detenidos e interrogados por separado por cometer un crimen, pero la policía solo tiene pruebas por delitos menos serios. El fiscal puede prometerle a cada detenido que, si confiesa y delata a su compañero, el delator quedará libre de cargos y el otro acusado tendrá una pena de diez años. Lo que no se les dice es que de poco servirá si ambos confiesan y se acusan mutuamente, ya que cada uno será condenado a cinco años, ni tampoco se les menciona que, si ninguno confiesa, los dos serán condenados a un año por crímenes menores. Aquí está el dilema: los jugadores probablemente coordinarían sus respuestas si tuvieran seguridad de que serán correspondidos, pero al no tenerla, la decisión se basará en la percepción sobre el otro participante y los movimientos aquel que podría hacer.

En la OPEP+ el dilema del prisionero se da frecuentemente. En sí, todos los participantes tendrán el deseo colectivo de que el precio del petróleo sea alto, por lo que limitarán la oferta y respetarán las cuotas de producción. Sin embargo, cuando se llega a ese precio elevado, cada productor puede caer en la tentación de aumentar la producción para beneficiarse del alto precio, existiendo la posibilidad de que los otros pares también lo hagan y, de ese modo, todos se perjudiquen por el exceso de oferta que provocaría una caída del precio. Sin dudas, la cooperación sería el mejor de los panoramas para la organización como tal, pero para eso se necesitaría tener confianza en los otros países del grupo.



“Arabia Saudita y Rusia, las dos principales potencias productoras de petróleo de la OPEP+, se enzarzaron en una disputa que impactó en una fuerte caída del precio del crudo”.


Bajo esta mecánica interna es que surgió, en marzo del corriente año, la guerra de precios entre Arabia Saudita y Rusia, el segundo y tercer mayor productor de crudo del mundo respectivamente, en un ranking dominado por Estados Unidos. Ambos estados forman parte de la Organización de Países Exportadores de Petróleo y Aliados (también conocida como OPEP+ o Grupo de Viena). Este es un acuerdo alcanzado en 2016 entre la tradicional OPEP -bajo el dominio saudí- y otros grandes productores petroleros que no integran esa organización -entre los que se destacan Rusia y México- para recortar la oferta de petróleo y generar un alza en el precio del crudo.

La estrategia de la OPEP+ crear una alianza con otros países se desarrolló luego de que las crisis en Libia, Argelia y Venezuela, tres de sus miembros, llevaran a que los socios de la OPEP solo controlen hoy menos del 43% de la producción mundial, lo que ha reducido de hecho su poder. Esta alianza se renovó durante casi cuatro años, hasta que el 6 de marzo de 2020, en un contexto mundial agobiado por la reducción de la demanda a causa del coronavirus, Rusia anunció que no aceptaría la propuesta de la organización de reducir la extracción en 1,5 millones de barriles diarios (3,6% de la producción mundial), lo que significaba una ruptura de la OPEP+ y que, a partir del 1 de abril, ninguno de los miembros se viera obligado a bajar su producción.

La posición de Rusia corresponde a que el aumento del precio del petróleo posibilita hacer rentables las extracciones con fracking en América, sobre todo en EE.UU., mientras que los rusos, al igual que los países de Medio Oriente, pueden producir a costos mucho más bajos. Por su parte, los saudíes, si bien también desearían no tener la competencia norteamericana, necesitan los precios altos (y por ende un acuerdo en el marco de la OPEP+), ya que alrededor del 75% de sus exportaciones provienen de este sector, por lo que son sumamente dependientes de la industria.

Arabia Saudita es el segundo mayor productor de crudo del mundo. Foto: Archivo DEF.

Ante esto, Arabia Saudita, quien produce crudo con costos hasta cinco veces más económicos que el resto de sus competidores, comenzó una guerra de precios con Rusia con el fin de obligarla a llegar a un acuerdo. En primer lugar, redujo el coste del barril en más de 8 dólares para los países europeos noroccidentales –un mercado clave para los rusos–, en torno a los 4 a 6 dólares para los mercados asiáticos y en 7 dólares para los estadounidenses. Por otro lado, anunció que aumentaría sus exportaciones petroleras en 600 mil barriles diarios, llevándolas a 10,6 millones por día. Estas medidas, en su conjunto, hicieron que a fines de marzo los precios del crudo se desplomaran hasta sus mínimos niveles en las últimas dos décadas.

En este contexto, parecía que los actores se enfrentaban en un escenario típico del “juego de la gallina”. Este se basa en dos rivales que se desafían con un mismo objetivo: mostrar sangre fría y llevar al contrincante al abismo para que demuestre miedo y ceda, consiguiendo una ventaja a su costa. Si esto no sucediera, lo segundo mejor que podría pasarles es que ambos cedieran al mismo tiempo y el juego terminara en empate. Si ello tampoco fuera posible, la tercera mejor situación sería ceder y quedar como el “gallina” pero más astuto, ya que el peor de los escenarios es que ninguno de los dos pretendiera cooperar y los dos acabaran destruyéndose mutuamente.

En el mercado del petróleo mundial, la realidad era otra. Si bien ambos actores –Arabia Saudita y Rusia– podían presionarse mutuamente hasta que uno se viera obligado a ceder, ha habido un factor de suma importancia que condicionó el enfrentamiento: la capacidad de almacenaje. Esto significa que ambos podían aumentar la producción, pero existía una “barrera” en cuanto a la inexistencia de lugar disponible para guardar el crudo extraído y no vendido en el mercado. Hoy en día, con la pandemia de Covid-19 acechando a la economía y provocando una menor demanda mundial, solo hay alrededor de un 24% de capacidad de almacenamiento disponible, la cual, según la consultora petrolera Rystad Energy, podía colapsar en pocos días si no se disminuyera la producción.



“Una limitación que ha demostrado la actual parálisis de la economía por la pandemia ha sido la barrera existente en cuanto a la capacidad de almacenamiento del crudo”.


Así, luego de diferentes negociaciones, los rusos aceptaron un acuerdo en el que se contemplan disminuciones en la producción de 9,7 millones de barriles diarios (10% de la demanda mundial anterior a la crisis del coronavirus) hasta julio, cuando el recorte será de 7,7 millones barriles diarios. Entretanto, los saudíes y sus aliados del Golfo, quienes aumentaron la producción en marzo, tendrán que hacer mayores limitaciones, lo que podría llevar las rebajas a 12,5 millones de barriles diarios.

Por otro lado, EE.UU. accedió a cubrir tres cuartas partes de los recortes que se le pedían a México, cuya renuencia a aceptar ese recorte era el nuevo obstáculo que tenía la alianza para llegar a un acuerdo, luego de la aceptación de las nuevas cuotas de producción por parte de Rusia y Arabia Saudita. Así fue como el presidente Donald Trump aceptó una especie de “préstamo” hacia México y ahora no solo se asegura una subida en los precios del petróleo, sino que también cuenta con un elemento de presión contra su vecino sureño. Además, si a ello le sumamos que Noruega, Brasil y Canadá también rebajarán su producción, la disminución en la oferta superaría los 15 millones de barriles diarios, aunque no sería de manera oficial, ya que dichos países no forman parte de la OPEP+.

EE.UU., el mayor beneficiario del acuerdo ruso-saudita

En consecuencia, se pueden distinguir diversos ganadores en el acuerdo. En primer lugar, la OPEP+ será uno de los principales, ya que podrá seguir controlando más de la mitad de la producción mundial de petróleo y, por ende, mantendrá el poder que años atrás había perdido. Por su parte, en el marco de la misma organización, los países más dependientes de la industria petrolera, como Arabia Saudita, saldrán beneficiados con los precios más altos, mientras que Rusia, si bien no obtuvo su escenario ideal (una disminución del precio del petróleo), podrá evitar continuar con una guerra de precios contra las monarquías del golfo, quienes tienen ventajas en la materia.

Al margen de lo que hayan obtenido Arabia Saudita y Rusia en términos de beneficios, el mayor beneficiado del acuerdo ha sido EE.UU., que conseguirá que sus extracciones sean rentables, factor fundamental para mantener la independencia energética y seguir ostentando la hegemonía entre las potencias en el campo de la política energética.

(*) El autor es Licenciado en Relaciones Internacionales.

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