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Tres veces contra los ingleses: la historia secreta de los Patricios en la Guerra de Malvinas

En la Guerra de Malvinas, los Patricios de Palermo desplegaron una compañía en el archipiélago. Era la tercera vez en su historia que enfrentaban a Gran Bretaña. Esta es su historia, contada por quienes estuvieron ahí.

La carne chisporroteaba sobre las brasas. Era la noche del 13 de abril de 1982, y, en los cuarteles del Ejército Argentino en el barrio porteño de Palermo, más de 180 hombres comían en silencio un asado que podía ser el último. Algunos miraban el fuego, quizá con nostalgia o con la pasión de quienes sienten a la patria correr por sus venas. Otros pensaban en sus viejos, hijos o esposas y novias que dejaban en el continente. Eran los últimos minutos antes de partir hacia la guerra de Malvinas

Pero, esos no eran soldados cualquiera. Eran los Patricios, el cuerpo más antiguo de las Fuerzas Armadas, creado por Cornelio Saavedra en los tiempos de la reconquista de Buenos Aires, cuando el suelo porteño todavía olía a pólvora británica. Esos Patricios, que en 1806 habían peleado contra los ingleses en las calles de la ciudad, también se enfrentaron al mismo enemigo casi 40 años después, en Vuelta de Obligado. En el medio, en 1833, los británicos nos habían usurpado las Islas Malvinas.  

Casi un siglo y medio después, la historia los convocaba por tercera vez. Nada los detenía. Estaban dispuestos a regar con su sangre el suelo argentino, con la misma convicción que aquellos que fundaron la patria y que en el presente, casi 45 años atrás, siguen reivindicando con la leyenda que llevan bordada en sus abrigos: “Volveríamos a hacerlo”. 

El 13 de abril de 1982, en los cuarteles del Ejército en Palermo, 180 hombres se prepararon para ir a Malvinas. No eran cualquier soldado, eran los Patricios (Foto: gentileza Miguel Ángel Saraza)

Mientras las chapitas de identificación -que el sargento Miguel Saraza había preparado junto a su hijo- tintineaban en el cuello de cada uno, el fuego del asado fue apagándose lentamente. La noche cedía su lugar a algo mucho más grande. Los Patricios estaban listos.

“Che, Saraza, ¿viste que tomaron las Malvinas?”

Tiempo atrás, DEF dialogó con algunos veteranos de guerra del Regimiento de Infantería 1 “Patricios”. Sus relatos no pierden vigencia, menos aún cuando se acerca un nuevo aniversario de la recuperación de las Malvinas. Una salvedad: antes de comenzar, eligen recordar antes que a nadie al soldado Claudio Alfredo Bastida, el único efectivo de esta unidad que, siendo hijo único y de madre viuda, prefirió no estar entre los exceptuados e ir a la guerra. Peleó hasta el final y, pocos días antes del cese del fuego, cayó en combate en Monte Longdon. Aunque, su legado sigue intacto para los infantes del cuartel de Palermo. 

“Ese viernes, yo estaba en mi pueblo, Fray Luis Beltrán. Me fui para el único banco grande que había ahí, me frenó el gerente y me dijo: ‘Che, Saraza, ¿viste que tomaron las Malvinas?’. Volví a mi casa, prendí el televisor y ahí vi todo”, cuenta el suboficial mayor (retirado) Miguel Ángel Saraza. Por entonces, y con el grado de sargento ayudante, él no estaba en la lista de los que irían a la guerra, pero sabía que, de una forma u otra, sería parte.

Saraza no lo dudó ni un solo minuto. Pese a cualquier impedimento contactó a un viejo amigo, un ayudante del general Leopoldo Galtieri: “Tengo dos hijos que, entonces, tenían entre 13 y 10 años. Pero, por ellos, no me la quería perder. Hablé con él y, en un momento, medio que levanté la voz”. 

Cuenta Saraza que Galtieri preguntó qué ocurría y le comentaron que había un sargento ayudante que quería ir a Malvinas. “Me preguntaron por qué quería hacerlo si yo tenía hijos, a lo que yo contesté ‘Bueno, si nos ponemos a pensar en eso, no va nadie’, y así fue como al final me dejaron ir”, dice.

De izquierda a derecha: Daniel Orfanotti, Enrique Pochintesta, Carlos Bareiro, Antonio Palacios y Miguel Ángel Saraza. (Foto: Fernando Calzada).

La compañía de Infantería “A” en Malvinas

Junto a él, el soldado clase 62 Antonio Palacios comenta que él también, como muchos otros, se ofreció como voluntario. “Estábamos haciendo el Servicio Militar Obligatorio; si Argentina entraba en guerra, nosotros teníamos que ir. Era nuestro deber”, relata Enrique Pochintesta, otro soldado clase 63 que también dialogó con DEF.

De a poco, los familiares se comenzaron a acercar para despedir a sus hijos. La madre de Carlos Bareiro, un soldado clase 62, se enteró y le llevó una bolsa con latas de picadillo y galletitas: “Mi mamá lloraba. Mi papá estaba trabajando y no pudo ir, porque no le dieron permiso. Tiempo después, supe que él fue quien más lloró”.

Ellos, junto a otros más de 180 efectivos, integraron la Compañía de Infantería A “Malvinas”. Fue el propio Saraza quien, junto a su hijo, se encargó de comprar y preparar las chapitas que identificarían a los Patricios en la guerra. En las islas, en su mayoría, los Patricios se instalaron en las posiciones de Puerto Argentino.

15 días de arresto por declaraciones no autorizadas

“El 13 de abril, lo primero que se hizo fue darle de comer asado a la gente que se iba. Mientras tanto, íbamos haciendo la carga de todas las cosas”, describe Saraza. Ese mismo día, el periodista Nicolás Kasanzew fue al Regimiento y necesitaba hablar con un jefe. Nadie quería hacerlo. “Mire, señor -me dijo Kasanzew- me dicen que el jefe es usted. Yo no sé quién es, pero si no habla, yo voy a terminar diciendo cualquier pavada”, relata Miguel Ángel Saraza sobre la visita del corresponsal: “Hablé y, después, partimos hacia Río Gallegos”.

Ya en la capital santacruceña, el entonces sargento ayudante recibió una notificación de un superior: “‘Le pusieron 15 días de arresto por hacer declaraciones no autorizadas’. Pregunté sorprendido sí era cierto e inmediatamente le dije ‘Averígüeme si quieren que los cumpla en la isla Gran Malvina o en la Soledad’. Tiempo después, me enteré de que, cuando informaron que me iban a sancionar, un oficial dijo ‘Cómo le van a hacer esto justo al único tipo que se va contento a la guerra’”.

“Yo a ese lugar lo llamé ‘el purgatorio’, porque el bombardeo empezaba a las 6 de la tarde y terminaba a las 6 de la mañana”, recuerda Palacios sobre las posiciones que ocuparon con los Patricios en Puerto Argentino (Foto: gentileza Veteranos de Guerra de Patricios-Diario Popular)

En el archipiélago, los días se vivían con sensaciones variadas. Antonio Palacios dice que él, por ejemplo, le escribió a su hermano porque, junto al Regimiento 25, se había instalado en una zona a la que era probable que llegaran los ingleses: “Mi hermano había estado en el conflicto con Chile; entonces, de soldado a soldado, le escribí y le pedí que no les dijera nada a los viejos, pero que estaba en cabeza de playa. Más tarde, nos movieron”. También recuerda que, el primero de mayo, cuando se produjo un bombardeo, le acababan de dar una ración de comida cuando le gritaron “¡alerta roja!” y debió tirarse al piso. “Perdí la ración. Pero, con el correr de los días, cuando había un bombardeo, íbamos a nuestra posición y seguíamos comiendo. Mi pensamiento era: o me muero de hambre o me mata una bomba”, confiesa.

El purgatorio y la agonía de los 15 segundos

“Una vez, junto a un amigo de otro batallón, cuando íbamos por la bahía, me mostró que había ropa militar tirada. Me dice ‘Acá desembarcaron los ingleses y se vistieron de civil para ir adentro. Esto es lo que me da miedo, porque no sabés por dónde aparecen’”, recuerda Palacios.

Para ellos, las noches eran eternas. No solo porque oscurecía muy temprano, sino porque era el momento en el que los británicos los hostigaban. Pochintesta hace memoria: “Nosotros recibíamos los bombazos destinados a la zona y al aeropuerto. Además, estábamos cerca de las antenas donde se les transmitía a barcos o a los aviones la información para atacar. Era el enlace de Malvinas con el continente”.

“Si me preguntabas si volvería a hacerlo, hoy daría mi vida por eso”, reconoce Miguel Ángel Saraza, junto a sus hermanos de la guerra (Foto: Fernando Calzada)

“Yo a ese lugar lo llamé ‘el purgatorio’, porque el bombardeo empezaba a las 6 de la tarde y terminaba a las 6 de la mañana. Además, había algo que denominaba ‘la agonía de los 15 segundos’: escuchabas el pum… salía esa bomba. Si silbaba, había pasado de largo, pero, si caía cerca, había que tener cuidado porque ellos batían en forma de cinco”, agrega Palacios.

Los Patricios en Monte Longdon

Durante el encuentro, todos hablan, muestran fotos y documentos. Uno de ellos permanece en silencio, hasta que es interpelado por los mismos Veteranos: “Vos pasaste del cielo al infierno directamente. Nosotros, en cambio, estuvimos en el purgatorio”. ¿A quién le hablan? A Daniel Orfanotti, quien en marzo de 1982 estaba recién comenzando el Servicio Militar. “El momento que vos pasaste no lo pasó cualquiera”, le dice Saraza. 

El dato: Orfanotti terminó yendo a Malvinas de un día para el otro. Buscaban soldados con conocimientos de manejo de vehículos, artes marciales, inglés o relojería, por ejemplo. Daniel estaba entre ellos. La idea era prepararlos solo si los llegaban a necesitar. Ese entrenamiento terminó el 30 de abril; aquel día, estaban cambiados y listos para salir. Pero llegó una contraorden.

Él llegó a Malvinas y fue en apoyo del Regimiento de Infantería 7, unidad que peleó en la primera línea contra los ingleses en el combate de Monte Longdon, uno de los más crudos de toda la guerra. Orfanotti, que estaba junto al soldado Bastida, rememora: “Llegué a ponerme el casco y comenzó todo. Estábamos con la ametralladora, yo era apuntador; y Claudio, abastecedor, y me acuerdo perfecto de que el oficial, atrás mío, decía ‘Dale pendejo’ y yo le daba y le daba. En un momento, el combate paró y nos dijo: ‘Sigan así, pónganse más atrás para no ser tan vistos, yo voy a recibir órdenes’. Porque todo era una locura. Nos quedamos los dos solos y seguimos hasta que nos cayó la bomba. En ese instante, murió Claudio”.

“Creo que fuimos nuestros mejores psicólogos”, cuentan los Veteranos de Guerra de Patricios sobre el regreso a casa y el duro camino de a desmalvinización (Foto: VGM de Patricios-Diario Popular)

“Yo no sabía dónde estaba en ese momento. Según dicen, esa noche, alcanzó a hacer una sensación de 20 grados bajo cero. Yo tenía el equipo y una bufanda tejida por mi vieja. Estaba bien abrigado, sin embargo, transpiraba… pero del miedo, te soy sincero”, confiesa Daniel.

Orfanotti compartió con Claudio Bastida sus últimos minutos de vida. Murió en combate, heroicamente. Podría haber evitado estar en esa guerra, sin embargo el deber con la Patria pudo más. “Su mamá había quedado viuda, con un hijo. Y, si bien tuvo una infancia como la de cualquier otro, por ahí tenían que vivir de prestado. Era un pibe de primera, su idea era hacer el Servicio Militar y engancharse en el Ejército para poder darle una casa a su mamá. Gracias a su hijo, la ‘Gallega’ pudo tener esa casa. Fijate que tuvo que dar su vida”, se emociona Daniel al recordar a la madre de Bastida, quien falleció en febrero de 2020. “Gracias a Dios, pudimos ir todos a despedirla”, cuenta.

“Nunca más fuimos tan importantes como cuando fuimos soldados”

El 14 de junio, la guerra terminó. Fue una jornada tristísima para todos los veteranos. “Se escuchaba el silencio”, dice Miguel Ángel Saraza. “Yo no lo quería aceptar. Rompí mi ametralladora para entregarla desarmada e inservible. Además, enterré la pistola”, cuenta Antonio Palacios. “Ese mismo día nos tomaron prisioneros”, agrega Enrique. Al volver, trajeron con ellos ese silencio. “Estuve 9 años sin decir nada a nadie. Sufrimos mucho. Estuvimos muy encerrados en nosotros y el Estado también se cerró para nosotros. Después, nos empezamos a juntar y me lo tomé mejor. Comenzamos a hablar y creo que fuimos nuestros mejores psicólogos”, reflexiona Enrique.

Palacios es contundente: “Nunca más fuimos tan importantes como cuando fuimos soldados. De nuestra posición, por ejemplo, dependía la vida de nuestros compañeros o sección. Nunca más tuvimos esa valoración, responsabilidad e importancia”.

“Para mí, esos fueron los días más cristalinos y puros que uno puede vivir. Si en ese momento nos daban un millón de dólares, ¿qué pensás que íbamos a hacer? Prenderlo fuego para no tener frío. En la guerra, no les das importancia a las cosas materiales, sino a las profundas, a las que te llegan al alma”, reflexiona Miguel Ángel, al tiempo que agrega: “Si me preguntabas si volvería a hacerlo, hoy daría mi vida por eso”.

¿Fueron chicos de la guerra? “Eso me molesta. No fui Rambo, ni tampoco un cobarde”, afirma Orfanotti. “Yo tengo un dicho para eso: no pertenezco a la compañía del soldado lástima. Para mí, esa técnica de desmerecer es inglesa. Yo, cuando visito las escuelas, digo que tenemos la misma altura que un Patricio de Saavedra o un Granadero de San Martín”, agrega Palacios.

Y, sobre el cierre, Bareiro se permite una reflexión: “¿Qué hubieras dado vos si, estando en la primaria, te visitaba un Granadero que cruzó los Andes? Aprovéchennos, todavía estamos acá”.

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