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Rumbo al fin del mundo: una travesía de coraje, técnica y trabajo en equipo en la Antártida

En enero de 2000, siete integrantes del Ejército Argentino alcanzaron el polo sur geográfico tras una travesía inédita en motos para nieve. Planificación, esfuerzo extremo y cooperación absoluta fueron las claves de una hazaña histórica que consolidó la presencia argentina en la Antártida.

El 5 de enero de 2000, una expedición del Ejército Argentino integrada por Nicolás Bernardi; Julio Dobarganes, Daniel Paz; Ramón Celayes; Luis Cataldo y Juan Brusasca al mando del entonces coronel Víctor Figueroa alcanzó el polo sur geográfico tras 39 días de marcha, concretando una de las gestas más significativas de la historia de la Antártida Argentina.

A 26 años de aquel logro, recordamos el espíritu de superación y el trabajo en equipo que permitieron izar por segunda vez la bandera argentina en el punto más austral del planeta. A diferencia de la primera expedición terrestre de 1965, que utilizó vehículos oruga con trineos de arrastre (snowcat), esta travesía se realizó íntegramente con motos de nieve, un hecho inédito a nivel mundial.

 La expedición fue planificada durante dos años y conformada por especialistas cuidadosamente seleccionados en distintas áreas técnicas, científicas y operativas. Desde el inicio, los convocados aceptaron el desafío con plena conciencia de los riesgos y una fuerte motivación personal y profesional. En 1998, todos fueron destinados al Comando Antártico en Buenos Aires, donde comenzaron una preparación intensiva basada en la autonomía, la confianza mutua y la responsabilidad individual, respaldados por el liderazgo del jefe expedicionario y las autoridades antárticas.

Las dificultades fueron muchas, pero a la hora de destacar las más importantes, todos coinciden en mencionar los campos de grietas. (Fotos: archivo DEF)

Segunda expedición al Polo Sur: los obstáculos

En enero de 1999, el grupo se trasladó a la base Belgrano II, la más austral del país, donde enfrentaron un serio imprevisto logístico: el rompehielos encargado de transportar los suministros no pudo llegar a destino y debió descargar el material a más de 150 kilómetros de la base. Esto obligó a los expedicionarios a realizar durante cuatro meses un exigente traslado de combustible y equipos, recorriendo kilómetros y kilómetros en condiciones extremas, hecho que provocó un desgaste prematuro de las motos, que luego debieron ser reparadas.

Como parte de la preparación final, se desplegó una extensa red de depósitos de combustible a lo largo del trayecto hacia el Polo Sur. Se distribuyeron decenas de tambores enterrados estratégicamente para asegurar el abastecimiento durante la marcha. A pocas semanas del inicio de la travesía principal, un accidente grave, en el que un vehículo cayó en una profunda grieta con cinco tripulantes a bordo, puso a prueba la capacidad de reacción del grupo. Afortunadamente, todos fueron rescatados sin consecuencias fatales.

Equipo de expedicionarios: Víctor Figueroa, Nicolás Berardi, Ramón Celayes, Luis Cataldo, Daniel Paz, Julio Dobarganes y Juan Brusasca.

El 28 de noviembre de 1999 comenzó la travesía hacia los 90 grados de latitud sur. Durante 39 días, los expedicionarios enfrentaron un entorno extremadamente hostil, con temperaturas que descendieron hasta los 54 grados bajo cero, jornadas de marcha prolongadas, alimentación limitada y descanso precario en carpas. Debieron sortear campos de grietas, retroceder en varias oportunidades y atravesar zonas de compleja geografía, con formaciones de nieve que dificultaban el avance y exigían constantes desvíos.

El desgaste físico fue notable: todos perdieron peso y sufrieron el impacto acumulado del frío, el cansancio y la exigencia mental. En algunos tramos, el agotamiento obligó a reducir las marchas y a extremar los cuidados para evitar el enfriamiento corporal. Uno de los momentos más críticos fue una fuerte tormenta que los mantuvo siete días inmovilizados en las carpas, con visibilidad casi nula. Durante ese período, la logística interna y la cooperación fueron claves para mantener la seguridad y la moral del grupo.

La ansiedad en la recta final

A medida que se acercaban a la meta, la ansiedad aumentó. Recién en los últimos kilómetros lograron divisar las instalaciones de la base Amundsen-Scott, confirmando que el objetivo estaba al alcance. La llegada al Polo Sur fue vivida con profunda emoción y orgullo, ya que dieron sentido a todo el sacrificio y esfuerzo.

Al regreso, en la base Belgrano, esperaban al equipo con un gran asado de bienvenida, tras una travesía histórica.

Tras cumplir con los protocolos en la base estadounidense y plantar la bandera argentina, el grupo emprendió el regreso luego de algunos días de descanso y reparación del equipo. El trayecto de vuelta fue considerablemente más rápido, aunque no exento de riesgos, y culminó con una cálida recepción en la base Belgrano II.

A 26 años de la expedición, los protagonistas recuerdan la experiencia como una demostración de compromiso absoluto, liderazgo, camaradería y determinación, y rinden homenaje a quienes formaron parte de la gesta, reafirmando que la historia se construye a partir del coraje de asumir grandes desafíos.

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