La creación de la Base Antártica Belgrano II, el 5 de febrero de 1979, respondió a la necesidad de garantizar la continuidad de los programas científicos argentinos en la Antártida. La nueva base retomó el legado de la histórica Base General Belgrano, fundada en 1955 por la expedición encabezada por el general Hernán Pujato, figura central del desarrollo antártico argentino.
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Base General Belgrano: una epopeya sobre el hielo
Ubicada al sur del mar de Weddell, sobre la barrera de hielos Filchner, la Base General Belgrano fue fundada el 18 de enero de 1955 en una de las regiones más inaccesibles y hostiles del continente. Desde sus inicios combinó dos objetivos estratégicos: consolidar la presencia argentina y abrir un nuevo camino para la investigación científica en un territorio prácticamente desconocido.

Su construcción exigió una logística excepcional. En poco más de dos semanas, la tripulación del rompehielos ARA General San Martín logró atravesar un sector de aguas libres y levantar una base que, con el tiempo, quedó enterrada bajo capas de nieve y hielo. La dotación inicial, integrada por 14 hombres, debió adaptarse a un entorno marcado por temperaturas extremas, vientos huracanados y un aislamiento prolongado.
Durante más de dos décadas, la base funcionó de manera permanente y fue clave para estudios de meteorología, glaciología, geofísica, ionósfera y observaciones atmosféricas, además de tareas cartográficas y de apoyo a campañas científicas. Sin embargo, su emplazamiento sobre una plataforma de hielo en movimiento condicionó su futuro. El desplazamiento sostenido de la barrera Filchner llevó a la inactivación de la estación hacia fines de la década de 1970.
En 1983, el desprendimiento definitivo del sector donde se encontraba la base dio origen a un enorme témpano tabular que se internó en el océano Antártico, llevándose consigo los restos de la histórica instalación.

Antártida Argentina: el nacimiento de Belgrano II sobre roca firme
Para preservar la seguridad del personal y asegurar la continuidad de la actividad científica, la Argentina decidió establecer una nueva base en un entorno geológicamente estable. El lugar seleccionado fue el nunatak Bertrab, una formación rocosa que emerge sobre la vasta extensión de hielo de la región.
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Más elevada y ubicada al sur que su antecesora, Belgrano II permitió reinstalar el instrumental científico y ampliar las líneas de investigación. Allí se trasladó el Laboratorio Belgrano (LABEL), que había sido construido en 1970, dependiente del Instituto Antártico Argentino, y se incorporaron nuevas capacidades tecnológicas, como una antena satelital para transmisión de datos y el primer observatorio astronómico polar argentino.
También fueron trasladados elementos simbólicos de la antigua base, entre ellos la Cruz General Belgrano, elegida por el general Pujato en 1955, que hoy es considerada un sitio y monumento histórico del Tratado Antártico.
Un enclave extremo con luz, hielo y auroras
Belgrano II se emplaza en la bahía Vahsel, sobre la costa Confín de la Tierra de Cotas, a unos 1.300 kilómetros del Polo Sur. Su ubicación determina un régimen de luz singular, con períodos prolongados de día continuo, penumbra y noche polar absoluta.

A su vez, el clima impone condiciones severas: vientos intensos y temperaturas que pueden descender hasta los –54 °C. En este ambiente extremo, la vida vegetal se reduce a musgos y líquenes adaptados a las rocas expuestas, mientras que la fauna está representada principalmente por aves que llegan durante el verano austral, como gaviotas, petreles y skúas.
En invierno, en tanto, las largas noches suelen iluminarse con auroras australes, un fenómeno natural que constituye uno de los principales objetos de estudio científico de la base.
Ciencia en la Antártida: investigaciones clave en el “desierto blanco”
La actividad científica es el eje central de Belgrano II. Además del LABEL y de una estación meteorológica permanente, la base alberga investigaciones vinculadas a procesos globales que trascienden el ámbito antártico. Entre ellas se destacan los estudios sobre la capa de ozono, el dióxido de carbono, la radiación ultravioleta y el campo magnético terrestre, así como el análisis de la ionosfera, los ruidos cósmicos y las auroras polares.
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En cooperación con instituciones de Italia y España, estos trabajos se desarrollan en el marco del Sistema del Tratado Antártico. A su vez, la base es sede de investigaciones en glaciología, biología terrestre, geodesia y sismología. En este último campo, se destaca la presencia del sismógrafo instalado sobre roca firme más austral del mundo, fundamental para el monitoreo sísmico global.
Base Belgrano II: exploración, logística y vida cotidiana en la base
Desde Belgrano II partieron dos expediciones terrestres argentinas que alcanzaron el Polo Sur Geográfico, hitos que inscribieron al país en la historia de la exploración antártica. La primera, comandada por el coronel Jorge Leal, llegó al Polo Sur en diciembre de 1965; la segunda, liderada por el entonces teniente coronel Víctor Figueroa, alcanzó ese punto en enero de 2000 utilizando motos para nieve, una hazaña sin precedentes.

Las dotaciones actuales están integradas por personal de las Fuerzas Armadas y científicos de la Dirección Nacional del Antártico y el Instituto Antártico Argentino. El abastecimiento y el recambio de personal se realizan mediante el rompehielos ARA Almirante Irízar.
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Además, la base cuenta con la capilla Nuestra Señora de las Nieves, el templo más austral del mundo, excavado en el hielo. En su interior se conservan dos crucifijos, un altar con la imagen de la Virgen de Luján y, desde febrero de 2024, una imagen de Mama Antula, la primera santa argentina.
Más que una estación científica, la Base Antártica Belgrano II es un símbolo tangible del compromiso argentino con la ciencia, la exploración pacífica y la soberanía en uno de los territorios más desafiantes del planeta. En el corazón del “desierto blanco”, su actividad cotidiana proyecta al país hacia el futuro del conocimiento antártico.




