Las amenazas de Corea del Norte hacia Corea del Sur escalaron nuevamente en las últimas semanas, con declaraciones duras desde Pyongyang que ponen en tensión la ya frágil paz en la península coreana.
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El conflicto de las Coreas: cómo escaló
El líder norcoreano, Kim Jong-un, reafirmó que considera a Corea del Sur como un “enemigo permanente” y advirtió que si su país percibe alguna amenaza a su seguridad podría “destruir completamente” al Sur, insistiendo en que no ve a Seúl como un posible socio o “compatriota” en el futuro cercano.
Estas advertencias no surgen de la nada, sino que están enmarcadas en décadas de división y desconfianza que tienen su origen en la Guerra de Corea (1950‑1953), un conflicto que terminó con un armisticio, no con un tratado de paz, dejando técnicamente a ambos países en guerra.
Desde entonces, la Zona Desmilitarizada (DMZ) que separa ambos estados se ha convertido en uno de los más densamente militarizados del mundo y escenario de constantes provocaciones, ejercicios y confrontaciones verbales.

La raíz de las amenazas actuales está íntimamente vinculada a la postura de Pyongyang respecto al programa nuclear y de misiles. Corea del Norte desarrolló durante años armas nucleares y misiles de diverso alcance —capaces incluso de llegar, en teoría, a territorio continental de Estados Unidos— como forma de disuasión frente a lo que percibe como amenazas externas.
El régimen norcoreano considera los ejércitos combinados de Estados Unidos y Corea del Sur, así como sus ejercicios militares conjuntos, como preparativos de invasión. De hecho, el propio ejército estadounidense y fuerzas surcoreanas están planeando maniobras de primavera en marzo como respuesta a esta escalada, algo que Pyongyang interpreta regularmente como provocación.
La retórica norcoreana también evolucionó en los marcos constitucionales y políticos internos. En 2024, Pyongyang enmendó su Constitución para definir formalmente a Corea del Sur como un estado hostil, lo que representa un cambio importante en su postura oficial y legitima legalmente la confrontación.
El impacto de las amenazas de Corea del Norte
Las amenazas van más allá de los discursos y tienen implicancias reales. Por un lado, generan inestabilidad regional en un área que ya es geopolíticamente sensible, dada la presencia militar estadounidense y los intereses estratégicos de potencias como China y Japón. Los ejercicios conjuntos entre Seúl y Washington son percibidos por Pyongyang como un preludio de ataque, lo que a su vez alimenta su narrativa de necesidad de defensa nuclear.
Además, la intensificación de la retórica puede tener efectos concretos en la seguridad y la vida diaria de millones de personas. Por ejemplo, Corea del Norte llegó a interferir deliberadamente con señales de GPS, perturbando el tráfico aéreo y marítimo, una forma de presión menos visible pero significativa en términos de seguridad civil y militar.
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La posibilidad de que se produzca un conflicto abierto sigue siendo baja en el corto plazo, precisamente porque tanto Seúl como sus aliados comprenden los devastadores costos que tendría una guerra en la península coreana. Sin embargo, la acumulación de misiles, pruebas de armamento y la insistencia en la catalogación del Sur como enemigo permanente complican cualquier intento de reanudar el diálogo y la cooperación.

El impacto geopolítico de estas amenazas trasciende la región. Una confrontación entre las Coreas involucraría casi con certeza a Estados Unidos, dado su tratado de defensa con Seúl, y podría arrastrar a actores como China, que aunque históricamente ha sido aliado de Pyongyang, también mantiene relaciones económicas y estratégicas con Seúl y otras potencias globales.
En este contexto, cualquier escalada podría tensar aún más las relaciones entre grandes potencias en un momento en que Asia oriental ya enfrenta disputas adicionales —por ejemplo, entre China y Japón— que complican la cooperación trilateral con Corea del Sur.




