Estados Unidos y Rusia se embarcan en una nueva etapa nuclear tras la expiración del acuerdo New START, el último de su clase firmado en 2010 y prorrogado en 2021. Sin este marco, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) es el único control que queda para desalentar una carrera armamentista que no tendría regulaciones ni controles.
Para comprender la profundidad de este escenario sin precedentes en el siglo XXI, DEF contactó a Irma Argüello, estratega global y presidente de la Fundación No-proliferación para la Seguridad Global, más conocida como NPSGLOBAL.
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Acuerdo New START, ¿por qué preocupa su vencimiento?
-¿En qué consistió el acuerdo New START y qué implicancias tuvo para las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Rusia?
-El tratado New START (Strategic Arms Reduction Treaty) es el último gran instrumento bilateral de control de armas nucleares estratégicas entre Estados Unidos y Rusia.
Fue firmado en 2010 y entró en vigor el 5 de febrero de 2011, con una duración inicial de diez años. Estableció límites verificables a las ojivas nucleares estratégicas desplegadas, a los vectores (misiles balísticos intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos y bombarderos estratégicos, lo que llamamos la tríada nuclear) y creó un régimen sólido de inspecciones in situ, intercambio de datos y notificaciones.
En febrero de 2021, a pocos días de asumir, Joe Biden acordó con Putin prorrogar el tratado por cinco años más, hasta febrero de 2026, utilizando la cláusula de extensión prevista en el propio acuerdo y sin necesidad de renegociar su contenido.

Esa prórroga tuvo un significado político fuerte: reafirmó que, aun en un contexto de rivalidad creciente, ambas potencias reconocían que el control de armas estratégicas seguía siendo un interés común.
Más allá de sus aspectos técnicos, New START funcionó durante más de una década como pilar de previsibilidad estratégica. No eliminó la competencia entre Estados Unidos y Rusia, pero ayudó a moderar la carrera armamentista y a mantenerla dentro de márgenes más estables, reduciendo la incertidumbre y el riesgo de errores de cálculo.
En términos bilaterales, fue uno de los pocos canales donde persistió una lógica de cooperación pragmática, incluso cuando el vínculo político general se iba deteriorando.
-¿A qué factores se adjudica el vencimiento del acuerdo tras la ausencia de negociaciones para su prórroga?
-El vencimiento de New START es el resultado de un proceso de erosión gradual del régimen de control de armas nucleares, impulsado por varios factores convergentes: el deterioro estructural de la relación entre Estados Unidos y Rusia, profundizado drásticamente a partir de la guerra en Ucrania, cambios en el entorno tecnológico que complican cualquier actualización del acuerdo, y la presencia de actores como China que están incrementando drásticamente sus arsenales.
Un elemento central es que el régimen de inspecciones mutuas está suspendido desde agosto de 2022, a instancia de Rusia. Si bien algunas actividades ya habían sido afectadas previamente por restricciones logísticas durante la pandemia, posteriormente Moscú anunció la suspensión de las inspecciones en el contexto de las tensiones con Occidente. Esto vació de contenido práctico un pilar fundamental del tratado: la verificación mutua.

Lo más problemático no es solo que las inspecciones estén suspendidas, sino que no existe hoy ningún mecanismo alternativo que las reemplace. Es decir, se perdió el principal instrumento de verificación sin haber construido nada nuevo en su lugar.
En síntesis, New START no colapsa por una sola decisión puntual, sino porque se fue quedando sin las condiciones políticas mínimas que lo hacían viable. Su vencimiento refleja una ruptura política más profunda.
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La importancia del New START para Estados Unidos y Rusia
-¿Qué importancia tenía New START para el control de los arsenales nucleares de ambas potencias?
-El New START era central porque establecía topes numéricos claros, verificables y simétricos para las fuerzas nucleares estratégicas de Estados Unidos y Rusia.
En concreto, el tratado fijaba tres topes principales:
- Un máximo de 1.550 ojivas nucleares estratégicas desplegadas por cada país, entendemos por despegadas que pueden ser disparadas en cuestión de minutos y no requieren pasos previos de armado.
- Un máximo de 700 sistemas estratégicos desplegados, incluyendo misiles balísticos intercontinentales (ICBM), misiles lanzados desde submarinos (SLBM) y bombarderos estratégicos.
- Un tope de 800 sistemas estratégicos en total, contando desplegados y no desplegados.
Estos límites no sólo contenían el tamaño de los arsenales, sino que además estaban acompañados por un régimen detallado de verificación: inspecciones in situ, intercambio regular de datos y notificaciones, que permitían saber con bastante precisión qué tenía cada parte. En otras palabras, proponía un método de transparencia y, por ende, de reducción del riesgo nuclear.
Tras la suspensión de las inspecciones y el deterioro del funcionamiento práctico del tratado, esos topes siguen existiendo formalmente, pero ya no cuentan con un sistema efectivo de verificación.

En la práctica, esto implica que los límites ya han sido superados de facto, en el sentido de que no existe hoy una manera independiente y confiable de confirmar el cumplimiento. Ambos países están modernizando sus fuerzas estratégicas y planificando escenarios que no asumen ya una estricta sujeción a los parámetros de New START. El mayor problema es que se pierde el ancla de previsibilidad. Y en el mundo nuclear, la imprevisibilidad es, en sí misma, un factor de riesgo estratégico.
El nuevo escenario nuclear global, ¿qué rol tiene China?
-¿Qué puede pasar tras el vencimiento del acuerdo?
-Ahora entramos en una situación inédita desde los años setenta: las dos mayores potencias nucleares quedan sin ningún tratado bilateral que limite sus arsenales estratégicos. El Tratado de No Proliferación Nuclear sigue siendo una piedra angular del orden nuclear global, pero no reemplaza a New START. El TNP establece obligaciones generales de desarme, pero no fija topes numéricos, ni mecanismos detallados de verificación ni transparencia entre las grandes potencias.
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Además, las obligaciones de desarme del Artículo VI alcanzan formalmente a los cinco Estados reconocidos como poseedores de armas nucleares por el propio tratado, es decir, Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido dejan afuera a India, Pakistán, Israel (aunque nunca ha declarado sus armas nucleares) y Corea del Norte. Estos cuatro Estados no están cubiertos por ninguna obligación, al no ser parte del TNP.
-¿Es suficiente el marco del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP)?
-En este sentido cabe destacar algo clave: las reducciones cuantitativas reales de los arsenales nucleares no se produjeron como resultado directo del TNP, sino a partir de acuerdos específicos entre los Estados poseedores, como los distintos tratados entre Estados Unidos y Rusia y finalmente New START que ya venció.
Por lo tanto, sin instrumentos de este tipo, el TNP queda como un marco normativo general e indispensable, pero insuficiente para gestionar el tamaño y la evolución de los arsenales existentes y, menos aún, el desarme nuclear irreversible y verificable.

Además, el contexto estructural es hoy muy distinto al de la Guerra Fría. El mundo dejó de ser bipolar. Aunque Estados Unidos y Rusia siguen siendo actores centrales, el escenario estratégico es crecientemente multipolar.
-¿Cómo queda el escenario global?
-En ese marco, China adquiere un rol decisivo. La Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos, publicada en enero de 2026, identifica a China como la principal amenaza estratégica y el principal desafío de largo plazo para la seguridad estadounidense, por encima de cualquier otro competidor.
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Esto tiene implicancias directas para el control de armas: los marcos heredados del siglo XX, diseñados para una lógica esencialmente bilateral, ya no reflejan la distribución real del poder nuclear.
Todo esto exige una adaptación sustancial del tablero estratégico, a lo que se suma un factor adicional: la influencia creciente de la inteligencia artificial y otras tecnologías emergentes en los sistemas de comando, control, alerta temprana y toma de decisiones. Estas tecnologías pueden mejorar capacidades, pero también introducen nuevas vulnerabilidades y riesgos de escalada accidental.

En un escenario ideal, lo positivo sería negociar al menos una extensión temporal de New START, que permitiera ganar tiempo para pensar modelos alternativos más realistas. Sin embargo, hoy eso luce dudoso.
De hecho el Kremlin ya manifestó su disposición a mantener de manera voluntaria, por un año, los límites numéricos de New START, como medida transitoria, pero esta propuesta no fue respondida aún por Washington. Esto confirma que, aun para arreglos mínimos de contención, el piso político requerido trae dudas.
La tendencia dominante del sistema internacional es clara: se desplaza cada vez más hacia la proyección de poder de las grandes potencias, y cada vez menos hacia regímenes de reglas aceptadas y respetadas por todos.Mi conclusión es que el vacío que deja New START no puede ser cubierto únicamente por el TNP. Si no se logra, más temprano que tarde, algún nuevo marco específico —bilateral, trilateral o incluso multilateral—, el riesgo es ingresar en una etapa de competencia nuclear con menos límites, menos transparencia y mayor inestabilidad.




