Por Sergio Daniel Skobalski y Héctor Agustín Arrosio, especial para DEF.
Los acontecimientos recientes en el hemisferio occidental protagonizados por Venezuela deben analizarse como parte de una reconfiguración estratégica más amplia de las prioridades de Estados Unidos. Lejos de responder a impulsos coyunturales, este proceso se inscribe en una lógica de largo plazo orientada a reafirmar la estabilidad, previsibilidad y seguridad del entorno inmediato. La progresiva reasignación de atención política y estratégica hacia el continente americano refleja una lectura estructural del sistema internacional y de los desafíos emergentes en el propio vecindario geopolítico de Washington.
Desde esta perspectiva, el incremento del despliegue estadounidense en el Caribe no puede interpretarse únicamente como una reacción puntual a la crisis venezolana. La Fuerza Expedicionaria de Ataque posicionada desde septiembre de 2025 en el Caribe Sur y el Pacífico Centro oriental, es la continuación lógica del curso de acción político y estratégico iniciado por la primera Administración Trump (2016-2020), ahora en su segunda fase, militar, en la segunda presidencia del magnate republicano. La magnitud del esfuerzo, la naturaleza de las capacidades involucradas y el encuadre doctrinario en el que se inserta sugieren una proyección estratégica de mayor alcance. Venezuela aparece, así, como el primer escenario visible de una estrategia hemisférica orientada a neutralizar focos persistentes de inestabilidad política y deterioro institucional.
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La decapitación del régimen encabezado por Nicolás Maduro representa un punto de inflexión relevante hacia un proceso concreto de transferencia del poder. La dictadura venezolana se había consolidado como un factor estructural de inestabilidad regional, tanto por su deriva autoritaria como por el colapso de sus instituciones estatales y económicas. En este contexto, el establecimiento de una administración de transición orientada a la reconstrucción del Estado y a la normalización de la economía adquiere una dimensión que excede el plano nacional venezolano.

Crisis en Venezuela: el factor crucial de Cuba
La recuperación económica de Venezuela constituye un elemento clave para la estabilidad regional. Estados debilitados, sin capacidades institucionales ni previsibilidad económica, generan efectos transnacionales que incluyen flujos migratorios descontrolados, expansión de economías ilícitas y erosión de los marcos de cooperación regional. Desde esta óptica, la reconstrucción venezolana no responde únicamente a un interés bilateral, sino que se inscribe en una lógica de seguridad hemisférica y de responsabilidad regional compartida.
En este marco estratégico, Cuba emerge como una variable central. La isla continúa siendo gobernada por una dictadura de partido único, caracterizada por la ausencia de pluralismo político, restricciones sistemáticas a las libertades civiles y una estructura de poder cerrada. Su ubicación geográfica, su historia política y su persistente aislamiento institucional convierten a Cuba en un factor estructural dentro de cualquier análisis serio sobre la estabilidad del Caribe y del hemisferio occidental.

La centralidad de Cuba en la visión estratégica estadounidense no es un fenómeno nuevo. Desde finales del siglo XIX, el Caribe ha ocupado un lugar prioritario en la planificación de seguridad de Estados Unidos, en tanto espacio crítico para la protección de rutas marítimas, la proyección comercial y la defensa del territorio continental. Durante el siglo XX, la consolidación de un régimen autoritario alineado con potencias extrahemisféricas reforzó esa percepción estratégica y dejó una impronta duradera en la doctrina de seguridad estadounidense.
Cuál es la proyección continental de Estados Unidos
Puesta en perspectiva, la proyección continental de los EE. UU. puede sistematizarse en tres grandes fases históricas: primero la Defensa de la Cuenca del Caribe; segundo el Dominio del Cuarto de Esfera, desde Groenlandia y el Ártico hasta la línea ecuatorial y la Cuenca del Amazonas, con la defensa del Canal de Panamá como centro; tercero la proyección de la Defensa Hemisférica para crear un perímetro continental que desde 1947 se materializó en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), desde la década de 1960 en la creación del Comando Sur, y actualmente en el proyecto del Comando del Hemisferio Occidental (que integrará a los Comandos Norte y Sur de los EE. UU.).

En la actualidad, aunque el contexto internacional es distinto al de la Guerra Fría, la persistencia de una dictadura en Cuba continúa siendo un elemento de preocupación estratégica. No se trata de una amenaza inmediata en términos militares, sino de un factor de incertidumbre política y de potencial apertura a influencias externas en un espacio geográfico altamente sensible. Desde la lógica de Washington, anticipar y gestionar ese riesgo forma parte de una política preventiva orientada a preservar la estabilidad regional.
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La reiterada referencia a principios históricos de política hemisférica, como la Doctrina Monroe, debe interpretarse menos como un gesto retórico que como la reafirmación de una visión estratégica de continuidad. Estados Unidos concibe el hemisferio occidental como un espacio prioritario de orden, previsibilidad y seguridad, donde la presencia de regímenes autoritarios constituye una anomalía estructural más que una simple divergencia ideológica.
El complejo proceso de la crisis de Venezuela tuvo un punto de inflexión en el “Caracazo” de febrero de 1989 y la caída del régimen liderado por el presidente Carlos Andrés Pérez, y una fase crítica en el conflicto social estructural entre el intento de golpe de Estado de 1992 y el ascenso al poder en el 2000 de Hugo Chávez. El denominado “bloque contrahegemónico” liderado por el Movimiento Bolivariano y codirigido por la estructura militar-social chavista y el castrismo cubano, creció en las dos primeras décadas del siglo XXI, explotando la libertad de acción derivada del aferramiento de los Estados Unidos en los escenarios de la Guerra Global contra el Terrorismo.

Ese escenario fue cambiando, y tras la muerte de Hugo Chávez, la correlación de fuerzas en el conflicto social y político de Venezuela entró en una situación de inestabilidad y estancamiento, que dieron marco interno a la actual intervención de EE. UU. Desde 2005, en las hipótesis de guerra del ARSOUTH (Army Southern), el componente del Ejército del Comando Sur, se manejan planes de intervención ante escenarios de guerra interna en Venezuela y Cuba.
El tablero geopolítico que se viene
Los escenarios que se despliegan en el tablero de la acción están dominados por espacios variables de incertidumbre. El cuadro dominante es el escenario de crisis, que puede resolverse en un proceso de transición ordenada con cooperación de la estructura de poder bolivariana, en un proceso de transferencia del poder bajo coerción de la fuerza militar de EE. UU., o derivar en un escenario de “estancamiento catastrófico”, que serviría de umbral a procesos de conflictos armados asimétricos. Al respecto debe tenerse en cuenta que las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas cuentan con su propia doctrina de guerra de resistencia. Entre 2005 y 2007, el presidente Hugo Chávez, en el documento “La nueva etapa, el nuevo mapa estratégico”, marcaba la aceleración de la “Nueva Estrategia Militar Nacional” con eje en los contenidos de la guerra asimétrica para responder a una agresión de los Estados Unidos. En consecuencia, el “bloque contrahegemónico” pivoteaba sobre el eje Venezuela-Cuba-Nicaragua, y se proyectaba en relación de cooperación con Rusia, China e Irán.

La comprensión de la respuesta de los EE. UU. implica identificar los conceptos y establecer diagnósticos viendo el panorama completo, que la Administración Trump ha manifestado en sus políticas declaratorias y en su documento Estrategia de Seguridad Nacional 2025. En este contexto, la acción sobre Venezuela puede leerse como una señal estratégica inicial. Más que un objetivo aislado, el caso venezolano establece condiciones políticas, institucionales y simbólicas para abordar desafíos más amplios en el Caribe, entre ellos la persistencia del régimen cubano. La lógica subyacente no responde a improvisación ni a voluntarismo, sino a una concepción estratégica que privilegia la prevención, la estabilidad regional y la gestión anticipada de riesgos en el entorno inmediato de Estados Unidos.




