InicioInternacionalesCuba y América Latina: sesgos ideológicos, silencios y complicidades políticas

Cuba y América Latina: sesgos ideológicos, silencios y complicidades políticas

Mientras políticos y académicos de todo el continente elogian los logros de la revolución cubana, el régimen de La Habana mantiene su represión interna y responsabiliza al bloqueo por sus penurias económicas.

Por Constanza Mazzina (*) – Especial para DEF

Revolución y bloqueo son las palabras que más resuenan cuando se habla de Cuba. El bloqueo es el responsable de las penurias económicas; mientras que la revolución y el pueblo de Cuba son soberanos y pelean en una lucha desigual.

Sin embargo, a pesar de la retórica romántica, durante la época dorada de la relación entre Castro y Chávez, entre 2010 y 2013, Venezuela suministraba a la isla un promedio de 100.000 barriles de petróleo diarios. Es decir, Caracas enviaba cada día suficiente petróleo para llenar unas seis piscinas olímpicas completas. Con los niveles actuales de abastecimiento, apenas se llena una y media.

“Amigos útiles”: negocios y demagogia ideológica

¿Es el bloqueo responsable de la crisis? Veamos otro dato: a pesar del “bloqueo”, España ha sido el principal inversor en el sector turístico cubano. La mayor parte del presupuesto estatal cubano de los últimos años se ha destinado a la construcción de hoteles e instalaciones para venta o arriendo a extranjeros, gestionados principalmente a través del conglomerado militar GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.). Empresas españolas como Meliá tienen, por su parte, una presencia dominante en la gestión de esta infraestructura hotelera.

Hugo Chávez y Fidel Castro estrecharon los vínculos políticos y económicos entre Caracas y La Habana.

Otro ejemplo. Brasil ha sido históricamente un socio estratégico de Cuba, especialmente en el suministro de alimentos y en proyectos de infraestructura. Es, además, uno de los principales proveedores de productos agrícolas básicos para la isla, como arroz, soja y carne de ave.  En relación a la infraestructura, un ejemplo emblemático fue la inversión en el puerto de Mariel, financiada en gran parte por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) de Brasil.

Un análisis desapasionado, nos permitiría afirmar que la política española, junto con la de otros actores regionales latinoamericanos, ha mantenido una postura de acompañamiento o “hermandad ideológica” que ha servido como escudo retórico del régimen. Incluso figuras académicas y redes como el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) han sido señaladas por legitimar el sistema cubano bajo discursos de soberanía: “amigos útiles de dictaduras ajenas”.

Las largas colas y el desabastecimiento marcan la realidad de la isla, en un momento crítico de su historia.

La verdadera cara del régimen cubano

La realidad es que Cuba es una dictadura que persigue, que reprime y que ha convertido la supervivencia en un castigo. El punto de quiebre definitivo ocurrió el 11 de julio de 2021. Ese día, miles de cubanos salieron a las calles de toda la isla al grito de “Patria y Vida”, pidiendo libertad y el fin de una miseria que no es producto del azar, sino del control totalitario. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH) registró un total de 3179 acciones represivas contra la población civil durante 2025.

Estas incluyen: detenciones arbitrarias de corta duración, sitios a viviendas (impedir que activistas o periodistas salgan de su casa), hostigamiento y multas por participar en protestas pacíficas tras cortes eléctricos. La tasa de población carcelaria en Cuba es ahora una de las más altas del mundo, con aproximadamente 923 presos por cada 100,000 habitantes (más de siete veces la tasa de España).

Una postal de la ciudad vieja de La Habana, en un presente que muestra a las claras las penurias de la isla.

Históricamente, Cuba usaba el concepto de peligrosidad social predelictiva, lo cual le permitía a la policía arrestar a alguien que no había cometido ningún delito, pero que se consideraba que tenía una “conducta antisocial”. Se aplicaba, fundamentalmente, contra los críticos de la dictadura.

Con el nuevo Código Penal de 2022, el gobierno hizo un movimiento de marketing jurídico: para calmar las críticas internacionales, anunció la eliminación de la categoría de “peligrosidad predelictiva”, aunque la convirtió en un nuevo tipo, el delito de desobediencia”.

Ahora, en lugar de declarar “peligrosos” a los opositores, la policía te impone una serie de advertencias oficiales. Si se reciben varias de estas advertencias (por ejemplo, por no trabajar con el Estado o por reunirse con opositores) y el interesado sigue incurriendo en esas conductas, lo acusan de “desobediencia”. Básicamente, es un castigo por desobedecer la orden de dejar de ser quien eres o de pensar como piensas. Es un mecanismo de Minority Report, aquel recordado film protagonizado por Tom Cruise. Te condenan antes de que pase nada, bajo el argumento de que estás ignorando las advertencias de la autoridad.

Una protesta de cubanos residentes en Miami, bajo el lema “Patria y Vida”, que se hizo célebre en la isla en 2021.

Cuba: la tragedia oculta y el silencio cómplice

La tragedia de Cuba no ha ocurrido en el aislamiento. Ha contado con la complicidad activa de una red de líderes regionales que prefirieron la hermandad ideológica a la defensa de los derechos humanos. Ahora bien, la complicidad no solo vino de la izquierda militante; también de la ingenuidad —¿el pragmatismo?— de Washington.

El deshielo de Barack Obama fue, para muchos cubanos, el golpe de gracia a sus esperanzas de cambio interno. Obama apostó por una apertura, que el régimen interpretó como una rendición. Se restablecieron relaciones, se tomaron fotos históricas y se relajaron sanciones, pero el régimen no cedió ni un ápice en su control social. Al contrario: el dinero del turismo y las remesas fluyó directamente a las arcas de GAESA. El “deshielo” no empoderó al cubano de a pie; empoderó a la elite gobernante, que aprendió que podía tener dólares sin ceder en absolutamente nada.

A esta red de apoyo político se suma una complicidad aún más insidiosa: la de la academia militante. Como bien ha señalado el politólogo Armando Chaguaceda, redes como CLACSO han funcionado durante décadas como legitimadoras del autoritarismo cubano bajo el disfraz de la ciencia social. Mientras estos centros de pensamiento denuncian con ferocidad cualquier abuso en democracias liberales, callan o justifican las violaciones de derechos humanos en Cuba, transformando la represión en defensa de la soberanía.

La represión de las protestas que sacudieron la isla en 2021, cuando la juventud desafío al régimen cubano.

Estos académicos han construido una arquitectura teórica donde el cubano no es un sujeto con derechos, sino un objeto de estudio que debe sacrificarse por el éxito de un modelo que ellos solo consumen desde sus simposios y becas en el extranjero. Académicos, periodistas y políticos, convalidaron el relato del romanticismo revolucionario; y, ante las violaciones a los derechos humanos, eligieron callar. En su imaginario, la revolución lo justifica todo.

El “deshielo” de Obama y el lavado de cara del régimen

Lo que Obama festejaba como el inicio de una nueva era de diálogo, Chávez y los Castro lo leyeron como una validación. Fue el triunfo del soft powermal entendido: la creencia de que una sonrisa y un apretón de manos con el “imperio” borraría la naturaleza represiva de sus regímenes. Aquel libro de Galeano —del que su propio autor renegaría años después— fue el caballo de Troya que Obama dejó entrar en su política exterior, marcando el inicio de una serie de concesiones que nunca exigieron nada a cambio. Obama sonreía para la posteridad, sin darse cuenta de que esa foto era el combustible que alimentaría el discurso de las dictaduras durante la siguiente década. El face washing (“lavado de cara”) operaba para la política exterior norteamericana y para las dictaduras a un mismo tiempo y momento.

Barack Obama cerró su gobierno con un tímida acercamiento a La Habana, luego interrumpido por Trump.

En última instancia, para esta izquierda de salón, Cuba no es un país, sino un parque temático de nostalgia ideológica donde ellos pueden jugar a ser revolucionarios sin pagar jamás el precio de la entrada. Defender desde la libertad lo que otros padecen en el cautiverio no es solidaridad, sino una forma refinada de crueldad; es preferir la pureza de sus dogmas a la dignidad de los seres humanos que, desde la isla y el exilio, solo gritan que ya es hora de vivir en libertad.

(*) La autora es Directora de la Licenciatura en Ciencias Políticas de UCEMA.

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