Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido artísticamente como Bad Bunny, fue el protagonista del show de medio tiempo del Super Bowl, el evento deportivo más importante de Estados Unidos y uno de los más vistos a nivel global. El artista, oriundo de Puerto Rico, presentó un espectáculo íntegramente en español, algo inédito para este escenario y significativo si se tiene en cuenta que se trata del segundo idioma más hablado del país.
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La presentación no ocurrió en cualquier contexto. El show se dio en medio de un clima de tensión política marcado por protestas y críticas al gobierno de Donald Trump, además de operativos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) en el estado de Minnesota. Días antes, el propio Bad Bunny había cuestionado públicamente el accionar de las autoridades migratorias durante la ceremonia de los premios Grammy, donde recibió el galardón a mejor álbum del año.
Analistas internacionales coincidieron en algo: lo ocurrido en el campo de juego no fue solo un espectáculo musical. El uso del español, las referencias culturales y la construcción visual del show fueron leídas como una afirmación identitaria en un espacio tradicionalmente asociado a la cultura dominante estadounidense. La discusión, entonces, trascendió lo artístico y abrió un debate sobre representación, la cultura y el posicionamiento político de la puesta en escena.
Bad Bunny: la cultura latinoamericana como centro del espectáculo
La estética estuvo marcada por referencias directas al Caribe y a Puerto Rico, tanto en la paleta de colores como en la ambientación y el vestuario. Todo construyó una narrativa visual que remitía al origen del artista, algo distinto a otros shows de medio tiempo más vinculados al imaginario nacional estadounidense. La escenografía no hizo más que reforzar esa identidad.

Por otra parte, la decisión de sostener el español como idioma dominante durante toda la presentación fue uno de los gestos más significativos del espectáculo. No hubo adaptación al inglés ni traducciones pensadas para facilitar la recepción del público presente, en su mayoría local.
En Estados Unidos, el español es el segundo idioma más hablado, pero su presencia en espacios de alto valor simbólico todavía genera debate. Que el espectáculo más visto del país estuviera atravesado por esa lengua marcó un punto de inflexión.
Otro aspecto clave fue el uso del campo de juego. El Super Bowl no es solo un evento deportivo, sino uno de los principales “rituales mediáticos” del país. Convertir ese espacio en plataforma para una narrativa latino-caribeña implicó resignificar el centro simbólico del espectáculo, especialmente si se tiene en cuenta que Puerto Rico es un territorio no incorporado de Estados Unidos.

El momento más fuerte llegó en el cierre. Bad Bunny, luego de decir “God Bless America” (o Dios bendiga a Estados Unidos), comenzó a nombrar a todos los países del continente americano, uno por uno y en orden geográfico, desde Chile y Argentina hasta Estados Unidos y Canadá.
Ese orden cambió el sentido de la frase. En un evento como el Super Bowl, donde “América” suele entenderse como sinónimo de Estados Unidos, el artista amplió el término y lo llevó a una dimensión continental. No fue solo una enumeración, sino una forma de redefinir el alcance de esa palabra.
Desde hace años existe un debate en torno al término “americano”. En la mayoría de los países latinoamericanos, la palabra se utiliza para referirse a cualquier persona proveniente del continente. En cambio, en Estados Unidos funciona como el gentilicio de su población.

La diferencia no es menor. En inglés no existe un equivalente directo al término “estadounidense”, por lo que “American” se convirtió en la forma habitual de identificación nacional. Esa divergencia lingüística explica por qué el uso del término suele generar tensiones y debates sobre identidad y su alcance geográfico.
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El show no solo presentó elementos de la cultura latinoamericana, sino que intervino en un concepto cargado de peso simbólico. En pocos segundos, el cierre unió una consigna tradicional estadounidense con una visión más amplia del continente, y ahí estuvo el gesto más político de toda la puesta en escena.




