La retirada parcial de las milicias kurdas del noreste de Siria, tras una tregua con el gobierno central, implica la transferencia a las autoridades de Damasco de los principales yacimientos de la región de Deir ez-Zor, al este del río Éufrates.
A cambio, el presidente Ahmed Al-Sharaa se ha comprometido a conceder a los kurdos de Rojava —tal como se conoce a esa zona de Siria— una amplia autonomía cultural, el reconocimiento de la ciudadanía de pleno derecho y el uso de su idioma en las escuelas.
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De confirmarse la nueva situación en el terreno, la toma del control del campo petrolero Al-Omar y del vecino campo gasífero Koniko abre las expectativas de una recuperación de la industria de los hidrocarburos en Siria, muy golpeada por los 14 años de guerra civil. Las autoridades también expresaron su confianza en poder recuperar rápidamente el autoabastecimiento de combustibles.

Trascendió que Shell abandonará sus operaciones en Al-Omar y transferirá la concesión a la estatal Syrian Petroleum Company (SPC), que deberá buscar nuevos socios. Mientras tanto, la SPC acaba de firmar un memorando de entendimiento con las estadounidenses Conoco Phillips y Novaterra para impulsar la producción de gas.
Por su parte, en diciembre pasado, el presidente Al-Sharaa mantuvo una reunión con Chevron para conseguir inversiones en campos petroleros offshore. También hay cuatro compañías saudíes –Ades, Taqa, Arzak y Arab Drilling– dispuestas a desarrollar distintos proyectos hidrocarburíferos en Siria.

Objetivo sirio: recuperar la producción y aumentar las exportaciones de petróleo y gas
El país cuenta con unas reservas estimadas en 2500 millones de barriles de crudo recuperables y 240.000 millones de metros cúbicos de gas. Hoy cuenta con una producción de poco más de 110.000 barriles diarios, muy lejos de los más de 380.000 previos a la guerra.
Por el lado del gas, el ministro de Energía, Mohamed al-Bashir, anunció sus planes de duplicar la producción a lo largo de 2026: la meta es pasar de 7 a 15 millones de metros cúbicos diarios.

Tras más de una década de sanciones y con sus instalaciones afectadas por los combates, en septiembre de 2025 Siria volvió a exportar petróleo desde el puerto de Tartús. El primer envío, de 640.000 barriles de crudo pesado, tuvo como destino Italia. Para modernizar y desarrollar esa terminal portuaria de Tartús como un hublogístico regional en el Mediterráneo oriental, el gobierno sirio firmó un contrato con la empresa emiratí DP World.
Durante el tiempo que duró la ocupación de las áreas petroleras por parte del Estado Islámico, entre 2014 y 2017, la milicia yihadista llegó a amasar unos 45 millones de dólares mensuales a partir del contrabando de petróleo. Las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), dominadas por las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas, se hicieron con el control de los yacimientos de Deir ez-Zor en octubre de 2017.
Un informe de la ONU estimó que, como consecuencia de la guerra civil, las pérdidas de ingresos del país ascendieron a 115.000 millones de dólares entre 2011 y 2023.
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Siria y Turquía: comercio de gas y demarcación marítima
A su vez, un reporte del Atlantic Council, fechado en enero de 2025, destaca la posibilidad de que Siria se integre al comercio regional de gas natural y se convierta en un país de tránsito para el gas israelí y egipcio con destino a Turquía y Europa. Su autora, Brenda Shaffer, señala que, a pesar de sus diferencias políticas, “Israel y Turquía comparten intereses en Siria: estabilidad; evitar que el país sea utilizado como trampolín para el terrorismo; y eliminar las milicias y la influencia iraníes”.
En el plano regional, la mayor preocupación de los países vecinos es un futuro acuerdo sobre la demarcación de las zonas económicas exclusivas (ZEE) de Turquía y su aliado Siria en el Mediterráneo, que alberga grandes reservas de hidrocarburos. El espejo de lo ocurrido entre Turquía y Libia en 2019 preocupa a Chipre y Grecia, que temen que el pacto incluya áreas marítimas que los gobiernos de Nicosia y Atenas reivindican como propias.




