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“Usted es mi padre”: la hazaña del piloto que estuvo a cinco minutos de no volver de Malvinas

Héctor “Pipi” Sánchez decidió que los británicos no iban a poder contra Argentina. Protagonizó varias hazañas y fue uno de los responsables del “día más negro” para la flota británica. Ese día estuvo a punto de morir en las heladas aguas, el destino no se lo permitió. 

La guerra no lo eligió, pero él logró torcer su voluntad. En 1982, cuando el conflicto ya se había desatado en el Atlántico Sur, el comodoro -retirado- Héctor “Pipi” Sánchez no debía haber estado en Malvinas. Como alumno del sistema de armas Mirage, técnicamente estaba inhabilitado para combatir. Pero tomó el teléfono, pidió volver a sus aviones, y se subió a un A-4B para enfrentar a una de las flotas más poderosas del mundo. 

“¿Juráis por la patria seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la vida?”, la fórmula resonaba en la cabeza de Sánchez y, como hombre y argentino de palabra, no quiso fallarle a nadie. No sólo eso: lo dio todo. 

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“Mi vida no son 45 días. Tengo 72 años, muy valiosos. Las pasé todas. En Malvinas puse a prueba mi profesión, el amor por mi patria, mi juramento y, por supuesto, mis temores, porque cuando vas caminando en la plataforma hacia el avión para salir en una misión se te mueve el mundo. Por entonces yo no tenía esposa ni hijos, pero la incertidumbre -de saber si volvías o no- te mata y te quema la cabeza”, confiesa a DEF

Claramente, superó todos los obstáculos y en la guerra llevó adelante cuatro misiones: en cada una, sobrevoló las heladas aguas del Atlántico para vivir 60 segundos de “infierno” sobre los buques británicos. En una de ellas, la del 8 de junio, vio morir a sus compañeros, esquivó misiles, escapó a 900 kilómetros por hora, y descubrió que le quedaban cinco minutos de combustible. Todavía le restaba una hora de viaje hacia el continente. Lo que vino después fue un milagro.

La guerra no lo había elegido y Dios tampoco lo quería a su lado (todavía). Le quedaba algo por hacer: ser la voz de los que no pudieron volver. Esta es la historia, un testimonio sobre el trauma de la guerra, la fe, la culpa que persigue al sobreviviente y la camaradería. Pero, sobre todo, un relato de coraje.

Un detalle: durante la entrevista, “Pipi” tiene sobre la mesa La República, de Platón, con algunas páginas marcadas. Antes que nada, se reconoce ciudadano. Rescata al filósofo para aclarar un malentendido frecuente: la aristocracia no es el gobierno de los ricos, sino de los aristos, los más sabios. La democracia, explica, vino después. Ese es el sistema que eligió proteger. “Los gobiernos van y vienen. Nosotros defendemos lo que trasciende”, dice.

El pasado de un soldado decidido a pelear en la Guerra de Malvinas

En abril de 1982, Héctor “Pipi” Sánchez tenía el grado de primer teniente y había dejado de volar A-4B en la Fuerza Aérea Argentina. Lo habían seleccionado para pilotear Mirage, el mejor sistema de armas que había en ese momento. Estaba en pleno curso de capacitación -en una etapa en Venezuela- cuando estalló el conflicto. Sin dudarlo, se ofreció para volver con sus antiguos compañeros y volar el A-4B. Llamó a uno de sus superiores y pidió ir a pelear. En 15 días ya estaba de regreso con su escuadrón.

Para poder ir a la Guerra, Pipi le presentó un argumento convincente a sus superiores: a no tener esposa ni hijos, no dejaría viudas ni huérfanos (Foto: gentileza comodoro Sánchez)

Para convencer a su jefe, apeló a un argumento concreto: tenía 28 años, era soltero y no tenía hijos. Si le pasaba algo, no dejaba viudas ni huérfanos. Aun así, reconoce que con su amigo y compañero, el “Tucu” Cervera, lamentaban que cayeran en combate pilotos casados. Nadie, sin embargo, quería ceder su lugar. Todos querían cumplir las misiones.

Sánchez no tenía esposa, pero sí familia. En San Nicolás lo esperaban su madre y su hermana, once años menor que él. Su padre había fallecido tiempo antes. Pidió que no le avisaran nada a su madre, y así fue: ella nunca supo que su único hijo varón había combatido en Malvinas.

De su infancia en San Nicolás recuerda la fascinación por las películas de guerra y los desfiles militares a los que lo llevaba su padre en Buenos Aires. Ver Midway lo marcó para siempre: quería ser uno de esos pilotos. Aunque al terminar la secundaria pensaba estudiar Ingeniería Electrónica -venía de una familia humilde y esa carrera no le exigía mudarse ni gastos extra-, un compañero de banco lo convenció, casi sin querer, al contarle que se iba a la Escuela de Aviación. Cuando escuchó “aviones de combate”, no dudó. Le dijo a su padre, ingresó y se encontró con un mundo de exigencia donde nada se regala. Su papá, que apostaba a que volvería en tres meses, le tocó el orgullo sin saberlo. Eso le dio fuerzas para aguantar.

Pasaron 44 años de la Guerra de Malvinas. Para el comodoro Sánchez fueron tiempos tristes, sobre todo porque una parte de la patria que defendieron les dio la espalda (Foto: gentileza comodoro Sánchez)

Consultado sobre si volvería a elegir la misma profesión, la respuesta es inmediata: “Siempre”. Aunque reconoce que el regreso de la guerra y los años que siguieron fueron tan duros como enfrentar al enemigo. Los militares fueron muy castigados, confiesa. Para él, la posguerra se tradujo en silencio obligado. Amaba volar aviones de combate y estaba dispuesto a dar su vida por el pueblo, pero le duele que muchas veces no se den los recursos necesarios para cumplir las misiones, y que eso desmoralice a quienes eligieron servir.

“No hay causa más justa que pelear por lo que nos pertenece”

En el caso de Sánchez, uno de los aprendizajes más relevantes de aquella época de su vida fue saber que, como militar, él pasó a ser parte de una institución que es sostenida por el pueblo argentino, como cualquier otra del Estado. “Entonces, aprendí a valorar el sacrificio de todos y, en consecuencia, concuidar los recursos”, dice. Está claro que gran parte de lo que sabe y de sus valores, vinieron de esa casa en San Nicolás donde, aun cuando no sobraba nada, supieron darle todas las herramientas para vivir -y sobrevivir- en un mundo carente de valores. Aunque, cabe agregar que tampoco pasó a un ámbito en el que sobravan los recursos: “La Fuerza Aérea me dio el barniz y la formación profesional y técnica. Pero, los medios siempre fueron escasos, por eso debimos adminitrarlos”. 

Además, a lo largo de su infancia, hubo algo que también aprendió: las Malvinas son argentinas y habían sido usurpadas. “Como militar no hay causa más justa que pelear por lo que nos pertenece”, dice a DEF. 

“Nos llamaban “kamikazes”. Pero no lo éramos, yo no quería matarme o destruir mi avión. Al contrario”, cuenta Pipi Sánchez a DEF (Foto: Fernando Calzada)

¿Era consciente de que se estaba por enfrentar a una potencia como el Reino Unido? “No éramos ingenuos. Pero yo conocía a mi avión de combate, tenía mucha experiencia, largas horas de ejercicios y de preparación. Adversidades, todas. Por empezar, el avión era de la década del ´50, obsoleto para ese conflicto. Los británicos venían con todo de última generación. Cuando sos consciente de todo eso, tenés que buscar tus fortalezas para tratar de disminuir las desventajas. Todo fue aprendizaje para la Fuerza Aérea, que tuvo su bautismo de fuego en la batalla aeronaval de Malvinas. Eso no es menor, la última batalla aeronaval en el mundo antes de Malvinas fue en Midway, en 1942 donde se enfrentaron la flota americana con japonesa”, responde. 

Kamikazes: las misiones de la Fuerza Aérea Argentina en Malvinas

En Malvinas la Fuerza Aérea debió prepararse, en cuestión de días, para atacar objetivos navales. Algo que no era parte de su doctrina. Por eso, los pilotos argentinos se abocaron a estudiar a la flota inglesa y a practicar con un buque abandonado en la provincia de Santa Cruz. 

“Los ingleses sabían que teníamos material obsoleto. Pero ellos desconocían el coraje en el que está  imbuido un aviador de la Fuerza Aérea Argentina. Nos llamaban “kamikazes”. Pero no lo éramos, yo no quería matarme o destruir mi avión. Al contrario, íbamos a cumplir con nuestro trabajo y sobrevivir, porque el conflicto continuaba. Hay códigos y una cultura interna que no están en los manuales”, explica el comodoro quien, en la guerra, operó desde Río Gallegos. 

“Un grupo de pilotos que se divide en dos escuadrones En el primer escuadrón eran 16 pilotos Yo estaba en el segundo, éramos 18. 34 en total. A nosotros los británicos nos derribaron 10 aviones y cayeron en combate nueve compañeros. Éramos pocos, pero muy buenos”, relata Sánchez. La cifra es relevante, la muerte los rondaba. Se solía decir que la mitad de los que cumplían misiones podían no regresar. Lo sabían y, aún así, se subían a los aviones. 

“Ocho de cuatro, esas eran las probabilidades de supervivencia en cada salida”

Tras insistir, “Pipi” cumplió su cometido. Llegó a principios del mes de mayo a Río Gallegos. Fue después del ataque británico del primero de mayo. De acuerdo con Sánchez, ese día hubo un intento de desembarco que fue impedido por los Dagger de la Fuerza “A partir de ese rechazo, retiraron su flota hasta el12 de mayo. Fue una sorpresa para ellos. No lo podían creer. Era algo que iba contra los manuales de la guerra. El día 12 fue nuestro turno, aunque en esa misión yo no estuve. Fueron ocho compañeros, sólo volvieron cuatro”, dice, y agrega: “‘¿Sabés lo que fue para nosotros ese día?’ No podés llorar porque disminuye el espíritu de combate. No se podía extrañar ni sufrir. Es ilógico, va contra el sentir humano, pero es real. Hay que olvidar porque al otro día te toca salir y no se puede ir con miedo. Ocho de cuatro, esas eran las probabilidades de supervivencia en cada una de nuestras salidas”. 

“Pipi” Sánchez con su camarada y amigo, el “Tucu” Cervera (Foto: gentileza comodoro Sánchez)

En total, en la guerra, Sánchez protagonizó cuatro misiones. La del 22 y 24 de mayo en San Carlos (tras el desembarco inglés del día 21), cuando tuvo que atacar a los buques que ingresaban por el estrecho. Luego, volvió a salir el 7 y el 8 de junio con el objetivo de atacar a los buques. El del 8 es muy recordado por los ingleses, pues los pilotos argentinos le causaron “el día más negro” a su flota. Fue un golpe desvastador. 

¿Cuál de todas esas salidas fue la más emblemática para usted? “Todas. Porque, primero, había que volar desde Río Gallegos hasta el primer archipiélago de las Malvinas. Son800 kilómetros de agua, aproximadamente 50 minutos. Lo hacíamos sin equipo a bordo. Si caíamos al agua helada, teníamos siete minutos para lograr sobrevivir. Luego, había que encontrar el blanco, difícil porque volábamos rasantes, a un metro del mar. Además, no contábamos con equipos que nos alerten en caso de haber sido detectados por el enemigo. ¿Cómo lo hacíamos? Con coraje. ¿Cómo nos ubicábamos? Gracias al trabajo en equipo”, relata.

Combate aéreo en Malvinas: “Era dantesco, un infierno”

Lo cierto es que la inteligencia les pasaba información sobre la localización de los blancos. Pero, cuando los encontraban, para llegar primero debían superar los proyectiles enemigos. Les tiraban con todo, pues los ingleses sabían que cuando esos pilotos lograban alcanzar el blanco, eran historia. 

“Adrenalina. Todo queda grabado a fuego. Desde que salíamos hasta que volvíamos, podíamos estar tres horas y media. No hablábamos por VHF para no emitir señal, el enemigo también nos podía escuchar y saber que íbamos a atacarlos. La descarga de nuestro armamento era prácticamente sobre el blanco, no es más de 60 segundos. Escapábamos cada uno por su lado. A la buena de Dios. Era dantesco, un infierno”, recuerda “Pipi”. 

El 8 de junio de 1982, los pilotos encontraron una lancha de desembarco al sur de Puerto Argentino. La atacaron y, como espectador de una película dramática, vio como los Sea Harriers derribaron a dos de sus hermanos de la guerra. Luego, continuaron con otro. A él también le dieron. Pero no lograron sacarlo del juego. “Pipi” volvió solo. Vio morir a sus tres compañeros. 

Su drama no terminó ahí: “Escapé. Estaba al sur de las dos islas, en el estrecho de San Carlos. Venía escapando, volando rasante, cuando me di cuenta que me quedaban tan solo cinco minutos de vuelo, no tenía combustible. Me habían disparado y el avión perdía combustible. Pero, para llegar al continente todavía me restaba una hora de vuelo. Dios permitió que un Hércules (reabastecedor) me fuera a buscar para llevarme de regreso. ¡Mirá si no voy a ser creyente!. Aunque a veces reniego con Dios y le pregunto por qué se llevó a mis tres amigos, el teniente primero Danilo Rubén Bolzán, el teniente Juan José Arraras, y el alférez Alfredo Jorge Alberto Vázquez”

En Villa Reynolds, los pilotos de A-4B que pelearon en Malvinas. En la foto de 1980, arriba (de izquierda a derecha): Callejo, Gavazzi, (caído en combate el 12 de mayo), Delgado, Guadagnini (caído en combate el 23 de mayo) y Cachón. Abajo: Antonietti, Ardiles (caído en combate el 1 de mayo), Sánchez y Bolzan (caído en combate el 8 de junio) (Foto: gentileza comodoro Sánchez)

“Tranquilo pibe, vamos por vos”

¿Qué se le pasó por la cabeza antes de que el Hércules vaya a rescatarlo? “El combate duró 60 segundos. Escapé de los ingleses a unos 900 kilómetros por hora, a un metro del agua, y en medio de la lluvia. Estaba loco. Tenía mucho odio, los vi morir. Estaba desencajado por la situación. Lo peor que pude haber hecho como profesional, porque los segundos valen oro. Entonces, cuando me di cuenta que sólo me quedaban cinco minutos de vuelo, cambié velocidad por altura. Me fui bien alto para que el avión consuma menos. Pero lo no iba a lograr”, contesta. 

Solo pensó en eyectarse. Unas fracciones de segundos lo separaban de la muerte. Comenzó a pensar en cómo sería: si lo hacía, el viento podía provocar una mala caída. Tampoco quería transformarse en un prisionero de los británicos. Con el último aliento, pensó en la posibilidad de contactar al Hércules reabastecedor. 

“Llamé y contestó. Le di la posición donde habían caído mis amigos, les pedí si podían enviar a alguien para evaluar un rescate. ‘Tranquilo pibe, vamos por vos. Esta noche vas a estar en la pieza de tu alojamiento’, me dijo el comandante. Fueron a buscarme y pude acoplarme”, relata Sánchez, para quién, esa tripulación, también asumió el riesgo que significaba ir por él. Insiste, de ese coraje estaban hechos todos los efectivos de la Fuerza que, desde el continente o en las Islas, pusieron todo de sí para la defensa de la soberanía.

El casco de un halcón: con él Sánchez llevó adelante las misiones aéreas en Malvinas (Foto: gentileza comodoro Sánchez)

El regreso y las lágrimas postergadas

Para cuando “Pipi” regresó a Gallegos, el cese del fuego estaba a la vuelta de la esquina. El 14 de junio terminó la guerra. Pero, él todavía tenía una deuda. Por eso, cuando el avión que los llevaba de regreso a Buenos Aires hizo una parada en Comodoro Rivadavia, desde donde operaba la tripulación del Hércules, bajó y se dirigió al comedor donde almorzaban los oficiales. Buscó a los más antiguos y, dirigiéndose al comandante de la aeronave, dijo: “Le quiero agradecer el sacrificio que hicieron por mí”. Las lágrimas no lo dejaron continuar con todo lo que quería decirles. Logró sobreponerse. “Usted es como mi padre”, alcanzó a agregar. Además, le entregó a ese oficial un rosario, el que lo había acompañado en cuello en cada salida. 

Al regresar, “Pipi” lloró lo que no había podido en Malvinas. “Fui feliz haciendo lo que más me gustaba, que era volar aviones de combate. ¿La guerra me gustó? No. Es traumática, triste y cruel. Recuerdo que en las comidas, en la mesa, nos rotábamos para no notar los espacios vacíos y sentir la ausencia del caído en combate”. 

El héroe insiste: peleó por su bandera, su familia, su territorio, su cultura y su pueblo. Por eso, le dolió el regreso. Pese al sacrificio y los caídos en combate, una parte del país dejó de mirarlos a la cara. Igualmente, siguió su camino, siempre recordando a aquellos que dieron su vida por la defensa de las Islas Malvinas.“Ellos no pasan al olvido”, asegura. 

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