Son jóvenes y en sus relatos, combinan vocación, formación profesional y ambición de progreso. ¿Quiénes son y qué sienten los cascos azules en Chipre?
Para conocer de cerca a los hombres y mujeres que prestan servicio en la misión de Naciones Unidas conocida como UNFICYP, DEF espero a que hicieran una breve pausa en sus actividades, básicamente patrullar y controlar la línea que separa a las comunidades turco y grecochipriotas en esta isla del Mediterráneo. El encuentro se lleva adelante en uno de los campos de la Fuerza de Tarea 67, el “San Martín”, donde se despliegan los cascos azules argentinos y otros de países como Paraguay, Brasil, Chile, Uruguay y Ecuador.
Historias de vocación, familia y una misión que los enfrenta a su mayor contradicción: se entrenaron para la guerra pero, a miles de kilómetros de sus hogares, se convirtieron en figuras clave para el mantenimiento de la paz. ¿Por qué?
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Un dato: Chipre permanece dividida desde 1974, tras un conflicto que derivó en la ocupación del norte por Turquía. Desde entonces, una línea -conocida como “línea verde” o “buffer zone”– de casi 160 kilómetros separa a las comunidades greco y turcochipriotas. Allí es donde se despliegan los cascos azules para evitar un nuevo enfrentamiento. Desde 1993, la Argentina mantiene una presencia ininterrumpida en esta misión de paz de la ONU.

A miles de kilómetros de sus casas, con la bandera argentina en el uniforme, los cascos azules patrullan una frontera que no es propia. No combaten ni disparan. Su tarea es otra: evitar que el conflicto escale. En esa paradoja -la de prepararse para la guerra y trabajar por la paz- encuentran, también, el sentido de lo que hacen.
“Es la misma exigencia”, una infante argentina en Chipre
Entre esos efectivos está la subteniente Aylén Romero, mendocina y una de las pocas mujeres de infantería en el Ejército Argentino, el arma de combate de la Fuerza integrada por aquellos efectivos dispuestos a ser parte del enfrentamiento en la primera línea. Su mérito no es menor: ella debe estar preparada, física y mentalmente, para conquistar objetivos a pie y entrar en combate, cercano y directo, con el adversario. De hecho, es una de las únicas tres mujeres infantes que tiene su promoción del Colegio Militar de la Nación (para tener una dimensión del contraste, ella tiene más de 30 compañeros varones dentro del arma).
¿Por qué está en Chipre? Cuenta que la unidad en la que está destinada, el Regimiento de Infantería Mecanizado 12, es “núcleo”, lo que significa que este elemento de la Fuerza es uno de los que aporta hombres y mujeres para la misión de la ONU en este punto del Mediterráneo, la UNFICYP.

“Estoy casada con otro militar y no tengo hijos. Yo seguí la línea de mi papá, suboficial principal retirado del Ejército. Tengo el recuerdo de él llevándonos a las formaciones y a las jornadas de puertas abiertas del Regimiento de Tupungato, en Mendoza”, dice la militar, quien, por su unidad de destino, está orientada a los vehículos mecanizados. Lo hace en el momento más adecuado: cuando el Ejército suma a los Strykers comprados a Estados Unidos, precisamente a la unidad de Aylén.
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¿El nivel de exigencia en la Infantería para las mujeres es el mismo que para los hombres? “No hay distinción. Lo único que nos puede llegar a diferenciar de ellos puede ser el rodete”, responde con absoluta certeza la soldado, al tiempo que resalta que su pareja de combate (en las salidas al terreno durante el Colegio Militar) llegó a ser la primera mujer cazadora de montaña en la Fuerza, una aptitud especial difícil de alcanzar, independientemente del género.
Sobre su experiencia en Chipre, comenta: “En la Unidad llevamos adelante actividades con Naciones Unidas. De hecho, en nuestras salidas al terreno realizamos acciones operacionales como escolta de convoy y checkpoints. Este es un sueño”, contesta durante el encuentro con DEF, y también explica que al ser parte de una unidad núcleo, previamente intensificaron las capacitaciones de idioma inglés y otro tipo de instrucciones militares.
“Voy a estar desplegada durante seis meses. Mi marido, militar, entiende cómo es la dinámica. En el caso de mi familia, en Mendoza, para ellos también es un sueño cumplido. Viajaron a Buenos Aires solo para despedirme”, recuerda.

¿Cómo vivís el hecho de estar mediando entre dos comunidades enfrentadas cuándo, profesionalmente, te preparaste para la guerra? “Una vez que salí del Colegio Militar, como infante, las operaciones fueron defender o atacar. Aquí es todo lo contrario, es mantenimiento de la paz. Creo que es una experiencia que vale la pena ser vivida. El Ejército me preparó para esto, con clases y prácticas. Estar acá me abre puertas profesionales y caminos que quiero seguir. Estoy orgullosa de la carrera que elegí que, además, me da este tipo de oportunidades”, confiesa.
De Salta a Chipre: cómo es servir en una misión de paz de la ONU
El cabo principal Cristian Taritolay, infante de marina en la Armada Argentina, llegó a Chipre desde Puerto Belgrano, provincia de Buenos Aires. Antes, dejó su Salta natal para sumarse a la Fuerza, sin saber entonces el destino que ésta le tenía reservado.
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“Me sumé a la Armada porque tengo un tío militar y él me asesoró y aconsejó para ingresar. Entré para probar suerte, pero me gustó. Estudié dos años y me adapté”, cuenta el suboficial desde el campo “San Martín”. También comenta que su esposa y su hijo de tres años lo esperan en Argentina: “Ya vine antes, en 2018. Esta es mi segunda comisión. Por entonces, todavía no había nacido mi hijo. Creo que es más complicado para ella quedarse sola con mi hijo. Para acortar la distancia, hablamos todos los días, hacemos videollamadas”.
Cuenta Taritolay que su esposa lo apoyó en la decisión de ofrecerse como voluntario para regresar a la misión de paz en Chipre. En ese sentido, el efectivo explicó que, para un soldado, es una experiencia profesional clave el poder colaborar en el mantenimiento de la paz.

“Nosotros no entramos en contacto con las comunidades. Nuestra función es patrullar e informar cualquier incidente. En las Fuerzas Armadas nos entrenamos para la guerra pero, en este caso, intervenimos para el mantenimiento de la paz”, detalla el marino, y añade sobre el aporte de los efectivos argentinos a la UNFICYP: “Nos preparamos y somos muy profesionales a la hora de cumplir con nuestro trabajo. Estamos en Chipre desde 1993, no es menor”, responde.
¿Antes de ingresar a la Armada, imaginaste que ibas a cruzar todo el Atlántico para ser parte de una misión como esta? “Nunca y no me lo esperaba. Pero, cuando uno se proyecta en la vida militar, sabés cuáles son las posibilidades y tratás de hacer el trabajo de la mejor manera. Soy voluntario para todo, incluso quedé preseleccionado para invernar en la Antártida. La Armada me dio un trabajo y posibilidades de aprender. Además, me dio a mis compañeros y pasamos a ser una familia. No cambiaría esta carrera”, confiesa.
De Paraguay a Chipre, la historia de la oficial que se postuló en secreto y hoy lidera una patrulla en el Mediterráneo
Durante el encuentro con DEF, la teniente Lucía Zelaya, oriunda de Asunción y miembro del Ejército de Paraguay, cuenta que creció escuchando a su padre hablar del servicio militar -del cual fue parte- y en esas historias empezó a tomar forma su vocación de servir. Ya en la Fuerza, se postuló para integrar una de las misiones de la ONU básicamente por el deseo de contribuir. A los 27 años le llegó su turno: fue seleccionada para sumarse a la UNFICYP y operar en el Mediterráneo bajo bandera argentina.
Llegó hace poco tiempo a la isla -en el vuelo que realiza la Fuerza Aérea Argentina para llevar a los cascos azules– y le quedan varios meses por delante para poder regresar a su hogar. Es decir, la integración con los efectivos de las Fuerzas Armadas argentinas empezó antes de su llegada a Chipre.

El detalle: Lucía se postuló en secreto, no le dijo nada a sus padres ni otros miembros de su familia. “Si se me daba la oportunidad, entonces les contaría”, comenta. Afortunadamente, logró atravesar todas las instancias y requisitos para conseguir el aval y, finalmente, fue seleccionada: “Vine con una suboficial y me desempeño como jefa de Patrulla de Largo Alcance. Para el trabajo diario y el conocimiento necesario, recibimos una preparación en la CAECOPAZ (Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz). “El personal militar tiene que poder adaptarse a lo que viene, para mí también es una oportunidad de hacer realidad la esencia del Ejército de Paraguay: servir al pueblo”, comparte.
De los números al terreno: el giro inesperado en la carrera de una suboficial de la Fuerza Aérea
“Tenía muchas ganas de participar en una misión de paz de la ONU. Nunca me fui tanto tiempo de mi país. Es un orgullo para mí. Quizá al principio, cuando me postulé, no era consciente pero, luego -durante el curso en CAECOPAZ- me di cuenta de lo que significaba venir acá. Así que lo hice con mucha expectativa y la ilusión de poder aprender. Voy a darlo mejor de mí”, confiesa la suboficial auxiliar Janet Estefanía Arias, integrante de la Fuerza Aérea Argentina.
Su historia en el ámbito castrense merece ser contada: oriunda de Córdoba, se sumó a la Fuerza siguiendo un deseo de la infancia. “No tengo conocidos ni familiares militares. Aún así, siempre sentí admiración por ellos. Así que me fui a Buenos Aires. Mi familia, en Córdoba. La verdad es que la especialidad que yo quería hacer, contabilidad, no estaba en mi provincia”, cuenta Arias, quien antes de ir a Chipre estaba destinada en Tesorería y Finanzas del Estado Mayor Conjunto. Por su destino anterior, la integración con efectivos de otras Fuerzas Armadas no fue un desafío, pues ya estaba habituada a trabajar en un ámbito conjunto.

¿Qué te pasa al ver todo lo que hace la Fuerza Aérea para poder llegar hasta acá con el Boeing 737? “Es muy importante el aporte. Todos los miembros de la tripulación cumplen a la perfección su rol y aportan para que la misión se pueda llevar adelante. Es todo un equipo de trabajo unido, una familia”, responde orgullosa, no sin antes comentar que, en lo personal, uno de sus mayores desafíos será no extrañar tanto.
“No tengo hijos, pero si un perrito que lo dejé con mi mamá. Soy muy familiera. En lo personal, creo que la distancia se podrá sobrellevar ocupando los tiempos libres con actividades como el deporte“, dice, y cuenta que sus padres están felices de la oportunidad profesional que se le presentó, la cual es todo un desafío en sí mismo, pues de una oficina contable, Estefanía pasará a patrullar una línea que separa a dos comunidades del conflicto: “Voy a aprender algo totalmente distinto. Creo que tiene su lado bueno, pues es todo enseñanza. Saldré de mi rutina. Además, no es solo el rol que a uno le toca, sino también colaborar con otros sectores y trabajar en equipo”.
Po supuesto, la pregunta obligada a una de las integrantes de la Fuerza Aérea Argentina: ¿cómo vivió la incorporación de los aviones F-16? “Para la institución fue total orgullo. Muy entusiasmada, yo particularmente porque antes estaba en Finanzas del edificio Cóndor y de ahí se gestionó todo lo relativo a las compras. Para nosotros fue relevante porque es una puerta a varias posibilidades. Lo siento así porque, además, ingresé a la Fuerza Aérea con 17 años y me dio mucho, sobre todo la posibilidad de conocer gente, aprender, desarrollarme profesionalmente y de estudiar otra carrera, una tecnicatura en Gestión de Empresas”, responde.




