Durante los últimos años, en medio de la urgencia por encontrar soluciones frente al cambio climático, las llamadas tecnologías de captura de carbono se multiplicaron a un ritmo acelerado. Gobiernos, empresas y fondos de inversión comenzaron a apostar por proyectos que prometían remover dióxido de carbono de la atmósfera de forma masiva, rápida y relativamente barata.
- Te puede interesar: La fruta que está en riesgo de desaparecer por el cambio climático
La solución ideal: cómo fue el plan para combatir el cambio climático con algas marinas
En ese contexto, el océano apareció como un aliado clave: cubre más del 70% del planeta y ya cumple un rol central en la absorción natural de dióxido de carbono. Sobre esa base se construyó una de las ideas más llamativas del ecosistema climático reciente: usar algas marinas para “limpiar el aire”.
La propuesta ganó visibilidad cuando Running Tide, una startup estadounidense, aseguró haber desarrollado un sistema capaz de capturar carbono atmosférico cultivando algas en mar abierto y hundiéndolas luego en las profundidades oceánicas.
La iniciativa despertó entusiasmo en el sector tecnológico y climático, al punto de recibir inversiones millonarias y vender créditos de carbono a grandes empresas, como Microsoft y Stripe, antes de demostrar que el proceso funcionaba a escala real. La narrativa era poderosa: una solución basada en la naturaleza, sin grandes infraestructuras industriales y con un potencial teórico enorme.

El funcionamiento, sin embargo, empezó a mostrar grietas rápidamente. En la práctica, las algas no crecían como indicaban los modelos iniciales. Las condiciones del océano resultaron mucho más difíciles de controlar de lo esperado. Corrientes, cambios de temperatura y escasez de nutrientes limitaron el desarrollo de la biomasa, que nunca alcanzó los volúmenes necesarios para justificar una captura de carbono significativa.
A esto se sumaron problemas de ingeniería, fallas en las boyas biodegradables y dificultades para monitorear con precisión qué ocurría con las algas una vez liberadas al mar.
Las algas que fallaron: las polémicas detrás de este proyecto contra el cambio climático
Con el correr del tiempo, el principal problema dejó de ser técnico y pasó a ser científico. No existían métodos confiables para medir cuánto carbono se estaba capturando realmente ni cuánto de ese carbono quedaba almacenado de forma permanente en el fondo del océano.
Aun así, la empresa había emitido y vendido créditos de carbono, una práctica que encendió alertas dentro de la comunidad científica y entre exempleados, que denunciaron una brecha creciente entre los resultados reales y lo que se comunicaba a inversores y clientes.
- Te puede interesar: Cambio climático: un planeta embravecido
Ante el fracaso del cultivo de algas como eje central del proyecto, Running Tide intentó reconvertirse. El foco se desplazó hacia el vertido de astillas de madera tratadas químicamente en el océano, con el argumento de que ese material también podría contribuir a la absorción de carbono.

El cambio de estrategia no solo implicó abandonar la promesa original, sino que abrió nuevos interrogantes ambientales y legales, ya que la introducción de grandes volúmenes de biomasa en el mar podría afectar ecosistemas costeros y violar normativas internacionales.
Con el tiempo, la falta de validación independiente, el cuestionamiento de los créditos de carbono y la ausencia de resultados concluyentes terminaron debilitando al proyecto. Instalaciones cerradas, operaciones detenidas y créditos sin certificar marcaron el final de una iniciativa que había sido presentada como una de las grandes apuestas climáticas de la década.




