Pese a su incuestionable victoria, el 54% obtenido por Chávez no es un cheque en blanco para imponer mayores cambios estructurales en el país ni continuar con la profundización del proyecto del “socialismo del siglo XXI”, con la expresa exclusión de la voluntad de una gran parte de los venezolanos. Escribe Andrés Serbin

Muchas razones pueden explicar la nueva victoria de Chávez: el respaldo de la maquinaria estatal; su control del Consejo Nacional Electoral y el incremento del gasto público en  meses recientes en políticas sociales, misiones y dádivas de todo orden, junto con la intimidación de un amplio sector de los empleados públicos, en el marco de una economía estatal y centralizada que provee un alto porcentaje del empleo a nivel nacional, como así también el eficiente desempeño del aparato electoral del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), todos ellos como parte del proceso de acumulación y concentración de poder del Presidente iniciado en 1999. Cualquiera de ellas, sin embargo, no se compara al persistente carisma personal y a la capacidad de convocatoria del propio Chávez, pese a las secuelas de su enfermedad y más allá del discurso ideológico y del proyecto de “socialismo del siglo XXI” que pueda promover merced a los abundantes recursos petroleros de Venezuela.

En todo caso, el saldo, sin embargo, no es unívoco. Chávez ganó, pero también la oposición creció y se fortaleció.

¿Y ahora qué?

Más allá del Proyecto Simón Bolívar Segundo Plan Socialista para el Desarrollo Económico y Social 2013-2019 presentado como programa de gobierno y que apunta, en líneas generales, a profundizar y a consolidar el proceso iniciado en los años anteriores, Chávez se enfrenta con su propio legado: una economía crecientemente estatizada con una inflación galopante que supera el 20 por ciento anual; un incremento dramático del endeudamiento internacional (en especial con China); un descenso de las reservas internacionales y de la tasa de cambio con una potencial devaluación de la moneda nacional en puerta; una inseguridad rampante en los grandes centros urbanos; un desabastecimiento sostenido de productos de consumo básico; una declinación de la producción petrolera, manufacturera y agrícola, asociadas todas a una gestión altamente ineficiente y eventualmente corrupta. Gestión que, por su parte, aparece fuertemente imbricada con la presencia de militares en diversas instancias de la administración pública y que, sin embargo, no implica una mayor autonomía de las Fuerzas Armadas Bolivarianas sino su creciente subordinación al Presidente, recientemente avalada por el Plan Sucre de Desarrollo de las Fuerzas Armadas Bolivarianas impulsado por Chávez. Este Plan, reiteradamente denunciado por la oposición, refuerza el impulso desplegado en la creación de milicias armadas,  afecta la profesionalidad de las Fuerzas Armadas  y  se constituye, junto con la presencia de asesores cubanos, en un factor de irritación entre los cuadros militares profesionales. En suma, un panorama que, si no se rectifica, puede poner en cuestión la misma posibilidad de profundizar el proceso y de continuar con la satisfacción de las demandas de amplios sectores de una población acostumbrada a recibir los beneficios, así sean menguados, de la renta petrolera a través de diversos programas y misiones.

Los cambios introducidos a primera vista por el Presidente en su propio equipo  – la designación de Nicolás Maduro, de estrechos vínculos con la dirigencia cubana, como vice-presidente y eventual sucesor; la imposición de 11 militares como candidatos para las próximas elecciones a gobernador en diciembre de este año sobre un total de veintitrés aspirantes aprobados por Chávez (en algunos casos fuertemente cuestionados por sectores del propio chavismo), y diversos enroques políticos como la postulación del anterior vice-presidente Elías Jaua para la gobernación del estado Miranda en competencia con Henrique Capriles Radonski, decisiones todas tomadas por el Presidente, – no diluyen las incertidumbres existentes en torno a su salud y a la continuidad del proyecto, como así también frente a una efectiva consolidación de la oposición. En este marco, el primer desafío al que Chávez se enfrenta a corto plazo, son las elecciones de gobernadores en diciembre de este año, seguidas por las elecciones municipales previstas para abril de 2013, pero a más largo plazo, la combinación de una salud endeble, una recomposición del partido de gobierno (y particularmente de las diversas facciones que componen y compiten en el  PSUV, incluyendo al sector militar) y la posibilidad de que la oposición logre mantener su unidad, incrementar su caudal electoral y reforzar su posición de centro–izquierda, abren una serie de interrogantes sobre la próxima gestión de Chávez.

A este panorama cabe agregar las recientes denuncias de la SIP sobre los crecientes controles sobre los medios de comunicación y las limitaciones a la libertad de expresión, puestas en evidencia en las recientes elecciones, y que constituyen un componente de un proceso más amplio de creciente estatización de la actividad privada, junto con el proyecto de reorganización territorial en base a comunas que entra en franca contradicción con los postulados de la Constitución aprobada en 1999.

Continuidades en la política exterior

Sin embargo, en el plano de la política exterior, a corto plazo, es evidente que la victoria de Chávez va a reforzar los lineamientos previamente existentes – el persistente cuestionamiento de los Estados Unidos y la amenaza de una intervención (qué justifica una doctrina militar de guerra asimétrica) o de un magnicidio que puedan ser promovidos por este país; un mayor y más estrecho acercamiento a Cuba; una reafirmación de la “mirada hacia el sur” en el marco de su incorporación a Mercosur y su rol en la UNASUR; una apuesta a contrabalancear la presencia hegemónica de los Estados Unidos en función de una visión de un mundo multipolar con una proliferación de alianzas con aquéllos países que, desde el punto de vista de una visión geoestratégica e ideológica, pueden contribuir a contener la influencia estadounidense – China, Rusia, Irán, entre otros aliados y socios comerciales, y una utilización de los recursos petroleros para promover estas alianzas y mecanismos de cooperación a nivel regional como la Alternativa Boliviariana de los Pueblos de América (ALBA) y Petrocaribe. En este contexto prevalecerá asimismo la tendencia a denunciar o ignorar aquéllos acuerdos y tratados internacionales que pongan en cuestión tanto su gestión doméstica como internacional, ilustrados por la salida del CIADI, la denuncia del sistema interamericano de derechos humanos y la eventual (y siempre reiterada) amenaza de abandonar la Organización de Estados Americanos (OEA), percibida como un instrumento de la hegemonía estadounidense. Sin embargo, un posible cambio a prever es la disminución del despliegue de la “diplomacia de los pueblos” dirigida a aquéllos sectores y organizaciones que tanto a nivel continental como global pueden ser instrumentales al proyecto bolivariano, fundamentalmente debido a la reducción de recursos y al agotamiento del ciclo de su utilización para reforzar la visibilidad y la figura de Chávez en el ámbito internacional. En este proceso, por otra parte, no hay que ignorar el progresivo desmantelamiento del aparato profesional del servicio exterior que ha contribuido a la acumulación de errores en el día a día de la política exterior, tanto en temas particularmente sensibles como la reclamación del territorio del Esequibo pendiente con Guyana y la aspiración de desempeñar un rol protagónico en las Naciones Unidas y en otros ámbitos multilaterales, como en el tratamiento de problemas puntuales como el asesinato de la encargada de la embajada en Nairobi en el mes de julio de este año. En este contexto, está por verse el rol que Venezuela pueda desempeñar como uno de los observadores del proceso de negociación de un acuerdo de paz entre el gobierno del Presidente Santos de Colombia y las FARC, recientemente iniciado en Oslo.

¿Habrá una etapa post Chávez?

En este marco, una interrogante fundamental, sin embargo, sigue planteada en torno a la salud del presidente, aparentemente enfrentado con las secuelas de un cáncer con pocas posibilidades de efectiva remisión y cuya naturaleza, pese a los reiterados y públicamente conocidos tratamientos en Cuba, no ha sido develada. No obstante los recientes cambios en el marco del gobierno y del PSUV, como señala en una entrevista reciente el director del diario Tal Cual y pertinaz opositor de Chávez desde la izquierda, Teodoro Petkoff, el liderazgo que lo rodea es “extremadamente pobre y mediocre porque Chávez no deja crecer a nadie a su alrededor”, y su proyecto carece de un cemento ideológico consistente. Ambos factores – la evolución de la salud de Chávez y la ausencia de un liderazgo y de un proyecto consistente que den continuidad a sus aspiraciones, ponen bajo signo de interrogación la continuidad del proyecto bolivariano a mediano plazo. Las secuelas de los tres lustros de Chávez en el poder y la posibilidad de que se extiendan, dejarán sin embargo marcados por décadas a la historia política y a la sociedad venezolana, cualquiera sea su evolución inmediata y el balance final que pueda hacerse de su paso por la presidencia de la República Bolivariana de Venezuela.