Donald Trump y Xi Jinping, protagonistas de una competencia que atañe a todo el globo. Foto: AFP

Tras participar como expositor en el Segundo Diálogo Wanshou, el autor repasa los desafíos de una política exterior y de defensa para Argentina en un contexto internacional de creciente tensión entre los EE. UU. y China.
Por Juan Battaleme (director de la Maestría en Defensa Nacional).

El Segundo Diálogo Wanshou sobre Seguridad Global es una iniciativa que aborda el posicionamiento de China en el campo de la seguridad internacional y su relación con los Estados que componen su espacio de seguridad regional y con aquellos de áreas alejadas, como América Latina y África. Está impulsado por el centro de pensamiento chino Chinese People’s Association for Peace and Disarmament (CPAPD) y su estrategia es sencilla: fomentar el diálogo y presentar de una forma amigable las expectativas del gigante asiático, e impulsar aquello que llaman “seguridad cooperativa regional”. En cierto sentido, este foro es una reacción en espejo al llamado Diálogo de Shangri-La, impulsado por el International Institute for Strategic Studies (IISS).

El encuentro se llevó a cabo durante la primera semana de julio y convocó a distintos especialistas del campo de la defensa y la seguridad internacional. Todas las regiones del mundo estaban representadas, aunque con distinta intensidad. Más allá del marco de cordialidad y respeto en el que se conducen estas reuniones globales, enseguida se hicieron evidentes las diferencias existentes entre los diversos países que componen Asia y que se plasman en las preocupaciones, los dilemas y las expectativas sobre la consolidación de China como gran poder.

La llamada “sombra del futuro” enfrentó a los académicos chinos con los estadounidenses allí convocados, como consecuencia del ascenso de una potencia y la declinación de la otra. Los disertantes de los países vecinos de China aceptan su relevancia, aunque no necesariamente de manera plácida. Los ponentes dejaron en claro que, tanto para EE. UU. como para China, el concepto de acomodamiento y la cooperación en seguridad –que suenan bien en la teoría de las relaciones internacionales– representan opciones por demás complejas en la arena política, ya que “acomodarse” implica acciones difíciles de presentar en determinadas audiencias, y “cooperar” suele ser algo por demás resbaladizo cuando se quiere instrumentar. Un ejemplo simple de ello: acomodarse en el océano Pacífico implica, para los Estados de la región, una creciente presencia militar de China en el espacio marítimo y una serie de tensiones sobre islas, pasos navales y líneas de comunicación marítima.

Una partida global

Los estrategas del siglo XXI se encuentran en Oriente. La creciente inconformidad de Pekín con Japón por la llamada “Belt and Road Initiative” (más conocida como la Ruta de la Seda del siglo XXI) se ha hecho evidente. El impulso que le están dando los japoneses a la “Free and Open Indo-Pacific Strategy” demuestra que el intento de cerramiento “cooperativo” planteado por China difícilmente sea aceptado por Japón y Corea del Sur. O sea que el problema de Xi Jinping no es solo Donald Trump, sino también Shinzō Abe, quien ha demostrado ser un formidable rival político del gigante asiático.

En ese contexto, sumar la visión sobre este juego estratégico desde una mirada argentina resulta importante, ya que, si bien nuestra región se encuentra alejada de los peores efectos de la creciente rivalidad entre las potencias, al mismo tiempo se ve alcanzada por ellos. En general, se señala que China asciende y que EE. UU. se encuentra en un proceso de declinación, pero esa idea es errada. Para la realidad de Argentina, China ya ascendió y sus efectos se sienten activamente en el campo de la seguridad regional. Asimismo, EE. UU. mantiene su presencia y preponderancia regional. Esto hace que las tensiones crecientes entre ambos se sientan y la rivalidad se traduzca en documentos de posición más dura, en el caso de EE. UU., y ambigua, en el de China.


“En general, se señala que China asciende y que EE. UU. se encuentra en un proceso de declinación, pero esa idea es errada.”


La interdependencia en seguridad nos vincula, al mismo tiempo, de forma negativa y positiva con ambos países. Las decisiones políticas de los dos países –por ejemplo, la llamada “guerra comercial” y la instalación de infraestructura dual en posiciones de ultramar– generan presiones bilaterales que son difíciles de sortear para un país periférico y vulnerable, como Argentina.

Espacios vacíos y accesos denegados

Actualmente, coexisten dos carreras interconectadas y con connotaciones políticas convergentes. Una es la carrera por aquello que el politólogo Michael T. Klare llama “lo que queda”. Por ejemplo, la competencia geopolítica por los recursos naturales en espacios como el Ártico y la Antártida; o por los fondos marinos y aquellos espacios, como el ultraterrestre, que se integran a un nuevo ciclo de explotación económica global. Esta carrera ha cobrado intensidad y llevado a una revalorización de la geografía en la política mundial. La otra carrera se da en torno a “lo que sigue” o la próxima disrupción técnica. Aquí aparecen las tecnologías exponenciales, como la biología sintética, la inteligencia artificial, la robótica o la infraestructura de las comunicaciones (el 5G), que habilitan expansiones complejas, como la espacial. Geografía y tecnología son las claves de la política internacional.

Por otra parte, la dinámica internacional también puede entenderse por la “lucha por el acceso”: las nuevas tecnologías están liberando poder que antes nos resultaba inalcanzable y eso abre nuevas oportunidades para quien sea el próximo en dominar en términos sociales, económicos y militares. Aun en un mundo exponencial y de abundancia como el que viene, la práctica social de dominación difícilmente vaya a desaparecer.


“Las tecnologías exponenciales, como la biología sintética, la inteligencia artificial, la robótica o la infraestructura de las comunicaciones (el 5G), habilitan expansiones complejas, como la espacial. Geografía y tecnología son las claves de la política internacional.”


Asimismo, el acceso tiene una contracara. Frente a los riesgos reales y supuestos que generan estos cambios tecnológicos, los distintos actores del sistema internacional están desarrollando estrategias de denegación de acceso. Un ejemplo de esto fue la lista de prohibición de material sensible a compañías como Huawei que impulsó EE. UU. Otro caso, a nivel tecnológico, es el desarrollo de sistemas de misiles antisatélites, que hoy se encuentran en posesión de solo tres Estados. Si el acceso da poder, la denegación bloquea.

Miedo vs. armonía

Asimismo, todavía no existe una narrativa acorde a lo que sucede en el siglo XXI, y se siguen usando analogías de la Guerra Fría. Sin embargo, estamos comenzando a construir una narrativa vinculada con el miedo. El cambio en la distribución de poder y la disponibilidad tecnológica están generando una visión apocalíptica y de inseguridad. Para contrarrestar eso, Washington ofrece un relato anclado en la seguridad y pone el acento en esos aspectos.

La contracara es la que propone China. De manera inteligente, el gigante asiático presenta un mundo de crecimiento conjunto y esperanza de desarrollo basado en oportunidades. Pekín ofrece esperanza a partir de un mundo “armonioso”.

En general, el relato de esperanza derrota al de miedo, y la narrativa China está ganando terreno efectivo. De todas formas, cabe señalar que, en América Latina, hasta ahora, no podemos decir con certeza qué significa la esperanza de un mundo mejor en los términos chinos. Menos aún si miramos los efectos del desarrollo chino en África, que presentan un cuadro mixto entre avances y tensiones.

La “foto de familia” del Segundo Diálogo Wanshou. Entre los disertantes, Juan Battaleme.

China está realizando un esfuerzo sostenido por adquirir prestigio, y el uso del “poder blando” es el centro de su estrategia. EE. UU. se encuentra en un momento en el que ha perdido prestigio por sus propios errores.

Hay quienes comparan la iniciativa Belt and Road Initiative de China con el Plan Marshall estadounidense del siglo XX. El problema con ese argumento es que, en realidad, el prestigio que generó el Plan Marshall, gracias a los millones de dólares destinados a la reconstrucción de una Europa destruida, estaba cimentado en los miles de hombres que murieron en el Viejo Continente para liberarlo del nazismo. China no tiene esa épica ni en Asia, ni en el resto de los países occidentales. Si bien los negocios son importantes, no sientan las bases de relaciones en la forma en que sí lo hicieron los hechos que marcaron el siglo XX.

Doble inestabilidad

Finalmente, las tecnologías involucradas en los cambios económicos, políticos y militares generan mayor inestabilidad, como consecuencia de la creciente indistinción entre las capacidades ofensivas y defensivas, y dan como resultado un mundo doblemente inestable en los términos de Robert Jervis. Esto se aplica a todas las tecnologías involucradas: robótica, ciberespacio, big data, armas hipersónicas y de energía dirigida. Estamos comenzando a desarrollar una conducta de “gatillo fácil”, con las consecuencias que ello puede generar en el incremento de las tensiones internacionales. Todos estos sistemas vuelven a permitir pensar en las ventajas de la acción militar para quien dispone de ellos. La única valla de contención, por ahora, son las armas nucleares, pero las defensas ABM (los escudos misilísticos) están terminando esa situación.


“Estamos comenzando a desarrollar una conducta de “gatillo fácil”, con las consecuencias que ello puede generar en el incremento de las tensiones internacionales.


Entonces, ¿cómo construir política exterior y de defensa para la Argentina en función de estas consideraciones? En un mundo que se encuentra cada vez más interconectado, el hecho de que existan divisiones y demandas cruzadas acerca de posicionamientos internacionales en tecnologías sensibles como las antes mencionadas requiere una creciente sofisticación en nuestro relacionamiento con el mundo. China no es Asia y la creciente dinámica de rivalidad en esa región hace que los alineamientos puedan alterar otras relaciones. Argentina necesita imperiosamente aprender a bailar el tango internacional con varios actores internacionales que tienen intereses contrapuestos entre sí. Y saber que un mundo multipolar puede ser uno de incertezas estructurales, pero que requieren tener en claro las certezas propias –quiénes somos, diría Huntington– a los efectos de poder navegar estos territorios no cartografiados.