(L to R) Britain's Prime Minister David Cameron, China's President Xi Jinping, Mauritania's President Mohamed Ould Abdel Aziz, India's Prime Minister Narendra Modi, US President Barack Obama, Myanmar President Thein Sein and Italy's Prime Minister Matteo Renzi join other heads of states and international organizations to pose for a "family photo" during the G20 Summit in Brisbane on November 15, 2014. Australia is hosting the leaders of the world's 20 biggest economies for the G20 summit in Brisbane on November 15 and 16. AFP PHOTO / Saeed KHAN

El establecimiento de un nuevo esquema de poder multipolar será una de las claves geopolíticas de los próximos años. Mientras tanto, las fisuras en el inestable sistema de seguridad internacional podrían profundizar las actuales amenazas de parte de actores no estatales, con su secuela de violencia y desestabilización, particularmente en Medio Oriente y África. En ese contexto, se abren nuevos retos para América Latina en un mundo complejo y cambiante.

(L to R) Britain's Prime Minister David Cameron, China's President Xi Jinping, Mauritania's President Mohamed Ould Abdel Aziz, India's Prime Minister Narendra Modi, US President Barack Obama, Myanmar President Thein Sein and Italy's Prime Minister Matteo Renzi join other heads of states and international organizations to pose for a "family photo" during the G20 Summit in Brisbane on November 15, 2014. Australia is hosting the leaders of the world's 20 biggest economies for the G20 summit in Brisbane on November 15 and 16. AFP PHOTO / Saeed KHAN

El informe Global Trends 2030: Alternative Worlds, elaborado por el Consejo Nacional de Inteligencia estadounidense (NIC), plantea que en los próximos 15 años no habrá ningún país que desbanque a EE. UU. de su rol de potencia dominante, aunque ya no viviremos en un mundo unipolar sino que, a lo sumo, EE. UU. se mantendrá como una suerte de primus inter pares. Mientras tanto, el análisis que realiza el Sistema Europeo de Análisis Estratégico y Político (ESPAS), en su estudio Global Trends to 2030, es que “el auge de Asia está destinado a continuar y los casi dos siglos de dominio global del continente europeo y de EE. UU. están llegando a su conclusión”. A pesar de este ascenso del continente asiático, el escepticismo del primero de estos trabajos respecto de un eventual desplazamiento de EE. UU. de su actual centralidad en el esquema de poder mundial se funda en que los países que se han beneficiado de este sistema están más interesados en mantener su desarrollo económico y consolidarse como actores políticos, que en disputarle a Washington su hegemonía. “Además, los poderes emergentes no conforman un bloque; en consecuencia, no presentan una visión alternativa uniforme”, señala el NIC.

Un complejo tablero geopolítico

En un exhaustivo ejercicio de futurología geopolítica, publicado en 2012 bajo el título “Guerra de Tronos 2030”, el periodista Javier Valenzuela, de El País de Madrid, pronosticaba: “De mantenerse las actuales tendencias, EE. UU., China e India serán los principales señoríos de la Guerra de Tronos, los que competirán en el que será su principal el señorío: el asiático. Y tampoco es descabellado predecir que, liderando sus respectivas regiones y con una cuota de influencia global, Brasil, Sudáfrica, Turquía, los países árabes del Golfo y Rusia serán relevantes en el gran juego”. ¿Qué rol desempeñarán las actuales potencias del Viejo Continente? Su respuesta es contundente: “En cuanto a Europa, Reino Unido parece destinado a culminar su tendencia a convertirse en una pintoresca provincia de EE. UU., y Alemania, a convertirse en la cabeza de un pequeño club continental fuerte en lo financiero y económico, pero no tanto en lo político y militar”.

Por su parte, tras el éxito de la sigla BRIC (Brasil, Rusia, China e India), el economista Jim O’Neill –ex Goldman Sachs– creó un nuevo acrónimo: “MINT”, en referencia al bloque de países emergentes conformado por México, Indonesia, Nigeria y Turquía. Entre los factores atractivos de los MINT, la analista mexicana Nydia Egremy destaca los siguientes: “Ubicación geográfica estratégica; población numerosa con equilibrio entre jóvenes y adultos, lo que significa disponibilidad de fuerza de trabajo; alto consumo eléctrico; importante producción automotriz; mediano índice de desarrollo humano (IDH); creciente nivel de exportaciones e importaciones, producto interno bruto (PIB) nominal y per cápita superior al promedio; suficientes reservas en divisas extranjeras; relevante gasto militar y cantidad significativa de tropas en activo”.

Otro acrónimo, acuñado en este caso por el exdirector ejecutivo del HSBC,  Michael Geogheganes, es el de “CIVETS”, integrado por Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Sudáfrica. ¿Qué tienen estos países en común? En un artículo publicado por The Guardian en 2011, la periodista Katie Allen afirmaba: “Ellos se encuentran diseminados a lo largo del planeta, pero comparten una serie de similitudes, principalmente su población joven. Se percibe que sus economías se caracterizan por sistemas financieros sofisticados y no dependen de un único sector”. Su colega Ian Cowie, en una columna de The Telegraph, señalaba: “En su conjunto, el grupo CIVETS posee una población de alrededor de 600 millones de habitantes, con una edad promedio de 27 años, que representa cerca del ocho por ciento de la población global. Cada uno de los países de CIVETS presenta una economía dinámica y diversificada, que no es excesivamente dependiente de la demanda externa ni de las exportaciones de commodities que caracterizan a otras zonas del mundo emergente. Estos países tienen, además, un nivel relativamente bajo de deuda pública y privada”.

Inestabilidad a las puertas de Europa

“Un mundo de creciente complejidad, incertidumbre y rápidos cambios”. Así se titula uno de los capítulos del citado informe Global Trends to 2030. Entre los desafíos a afrontar, se cita el efecto desestabilizador de un “cambio de paradigma” que traerá consigo una mayor tensión entre los actores claves del nuevo orden mundial. “El marco multilateral de la posguerra podría verse sometido a una presión cada vez mayor, lo que pondría en riesgo la capacidad colectiva de gestionar de manera eficiente la creciente interdependencia. Actores no estatales destructivos, algunos de ellos atizados por el extremismo religioso, podrían sacar ventajas de las fisuras del sistema. Al mismo tiempo, la comunidad internacional seguirá haciendo frente a numerosos Estados débiles y fallidos”. La inestabilidad de Medio Oriente y el norte de África es uno de los mayores retos que enfrentará el planeta en el mediano plazo, con un impacto cada vez más evidente en el continente europeo, como lo está demostrando en estos días el aluvión de refugiados que desembarcan en sus costas.

“Fe a ultranza, unida a la pasión irreflexiva, conllevan a un cóctel explosivo que está en los umbrales de Occidente”, manifestaba el embajador Jesús Fernando Taboada en DEF Nº 101. “Los dirigentes árabes deberán implementar una política de coacción frente a los radicalismos yihadistas que hasta ahora ha sido meramente verbal y sin consecuencias prácticas, debiendo demostrar que se excluyen de todas actitud beligerante, condenando de forma eficaz las acciones de barbarie y atropello”, añadía, al tiempo que remarcaba la necesidad de que “las clases educadas del Islam prediquen un retorno al diálogo y el entendimiento recíproco”.

“Occidente se enfrenta a un nuevo conflicto de baja intensidad, eventualmente de indefinida duración”, señalaba a su turno Omar Locatelli, especialista en geopolítica de Medio Oriente, en DEF Nº 99. Refiriéndose particularmente al reto que representa el Estado Islámico en Irak y Siria para la estabilidad de Medio Oriente, este experto ponía de relieve la manifiesta intención de la Liga Árabe de conformar un sistema de alerta temprana para ayudar a los regímenes de la zona en su lucha contra los grupos yihadistas. Sin embargo, advertía: “El primer interrogante que surge es respecto de la firmeza de los países árabes en establecer un sistema de seguridad colectiva duradero. También surge la pregunta de si ese sistema permitirá, a largo plazo, que los Estados no árabes de la región (Israel y Turquía) lo integren. De su eventual empleo regional, la duda es si será posible su desplazamiento a otros países como Libia, Somalia o Yemen. También es necesario saber si se podrá integrar a Siria, actual teatro de operaciones para el contingente árabe contra los yihadistas”.

África, entre la violencia y la esperanza

En el contexto de un mundo cada vez más inequitativo, tanto fronteras adentro como entre países ricos y pobres, el Consejo Nacional de Inteligencia de EE. UU. dirige su mirada hacia el continente africano, particularmente hacia aquellos países signados por divisiones sectarias, tribales y étnicas. “La revolución del shale oil y del shale gas que beneficia a EE. UU. ha tenido consecuencias desastrosas para aquellos países africanos que dependen de las exportaciones de petróleo. Los Estados fallidos en África y otras partes del mundo se convierten en el paraíso de los extremistas religiosos y políticos, los grupos insurgentes y los terroristas”, explicaba. Citando un ranking elaborado por Sandia National Laboratories, se hace referencia a una lista de quince países que enfrentan el riesgo de convertirse en “Estados fallidos” de aquí a 2030. Diez de ellos son africanos: Somalia, Burundi, Ruanda, Uganda, Malawi, República Democrática del Congo, Nigeria, Níger, Chad y Etiopía.

En su artículo África, la última reserva estratégica mundial, Francisco Berenguer Hernández, analista principal del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), funda su explicación en el legado de la descolonización: “Unas fronteras ficticias, e incluso absurdas las más de las veces, que se incardinan profundamente en los conflictos interafricanos. Además se da la circunstancia de que las respectivas independencias, obtenidas en la mayoría de los casos de un modo evidentemente prematuro, lo hicieron ya bajo el paraguas de la entonces joven Organización de las Naciones Unidas (ONU) y sus declaraciones y resoluciones, privando a las nuevas naciones africanas del mecanismo regulador tradicional de las fronteras en base al cual se han conformado el resto de los continentes. Es decir, la guerra”. Se trata de “fronteras muchas veces poco definidas, generalmente mal controladas y, en definitiva, permeables. Esto hace posible a través de ellas no solo el evidente tránsito incontrolado de personas, actividades del crimen organizado y acciones terroristas, sino incluso de cantidades y volúmenes enormes de recursos que extraídos en el territorio de una nación son transportados a otra vecina para desde allí ser comercializados”.

En ese trabajo, que forma parte de la monografía África: Riesgos y oportunidades en el horizonte de 2035, del Ministerio de Defensa de España, la disyuntiva de Berenguer Hernández es la siguiente: “¿Despegue de África o conflicto y subdesarrollo?”. Recurriendo a una metáfora futbolista, su respuesta es que “la pelota está en el alero de las élites africanas de las que proceden los dirigentes de las distintas naciones. Poseedoras en su mayor parte de importantes riquezas naturales, apetecidas por las grandes y medianas potencias del resto del mundo, estas élites tienen, quizás por primera vez, la oportunidad de negociar acuerdos comerciales justos que permitan invertir oportunamente, desarrollar su país y hacer llegar a la población los beneficios de esta riqueza. El desgobierno, el sectarismo y la corrupción son los grandes enemigos de esta posibilidad, pues hacen posible las malas prácticas de otras empresas y naciones foráneas que, en absoluto exentas de responsabilidad, han favorecido el mantenimiento de este estado de cosas en África”.

América Latina: los desafíos de la integración

En este complejo panorama global, una pregunta que no podemos eludir es cuál será el rol de América Latina. En un trabajo publicado en 2014 por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el exfuncionario y analista chileno Sergio Bitar se refiere a las cuatro tendencias que influenciarán el posicionamiento internacional de la región. En primer lugar, menciona el factor demográfico y reflexiona: “En la medida en que los países de población joven sean capaces de ampliar la educación y la capacitación laboral, obtendrán un dividendo demográfico. Poseerán mano de obra especializada de menor costo, producirán y exportarán más y, paralelamente, verán crecer sus capas medias emergentes y elevar su consumo”. En segundo término, con relación a la transferencia de poder económico hacia el continente asiático, sugiere un diseño de política exterior que combine un mayor acercamiento a China y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), con la consolidación de acuerdos con EE. UU. y Europa, no solo en la esfera comercial, sino también en los ámbitos educativo, energético, ambiental, científico y tecnológico. Destaca, como ejemplo exitoso, el caso de la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México), que “debería servir a toda América Latina y facilitar su nexo con Asia”. En tercera instancia, el autor se refiere a la gravitación de las clases medias en el desarrollo futuro de nuestros países, ya que su expansión permitirá ampliar el mercado interno de manera apreciable y hará aún más atractiva la integración regional. Por último, se detiene en el reto que representa la veloz urbanización de nuestro continente: “Hacia 2025, las 198 ciudades latinoamericanas más grandes (de más de 200.000 habitantes) albergarán en total a 315 millones de personas y generarán el 65 por ciento del PIB regional”. Para responder a este proceso, observa: “Las ciudades de gran tamaño requerirán cuantiosas inversiones para corregir distorsiones, competir con las mejores urbes en su categoría y atraer actividades internacionales, en tanto las intermedias tienen potencial si su expansión futura se planifica mejor. En consecuencia, la planificación urbana debería ser prioritaria desde ahora, para que rinda fruto a largo plazo”.

Lejos del cortoplacismo político que suele caracterizar a buena parte de nuestras clases dirigentes, Bitar plantea: “Los grandes desafíos exigen continuidad y persistencia. Esto se puede lograr en la medida en que la ciudadanía esté más capacitada e informada, se realicen debates sobre futuros posibles y se sustente con una visión común la construcción de acuerdos políticos de largo alcance”.