La crisis ruso-ucraniana tiene raíces históricas y culturales, pero es también el resultado de un complicado juego de ajedrez en el que las potencias occidentales no han sido del todo inocentes y que el Kremlin ha aprovechado para recuperar parte del terreno perdido tras el final de la Guerra Fría.

Ucrania -o “Ukraina”, una derivación del término eslavo krajina que significa “territorio fronterizo”- ha sido desde siempre una prenda de disputa entre las potencias europeas y el Imperio Ruso. En una reciente columna publicada por el diario El País de Madrid, bajo el título “¿Ucrania existe?”, el analista Lluís Bassets señalaba que las raíces de la actual división del país “en dos segmentos al borde de la guerra civil están inscritas en su historia y su personalidad”. Repasando la historia, recordaba los orígenes de esa fractura entre las regiones oriental y occidental del actual Estado ucraniano y citaba las palabras del investigador de la Fundación Juan March, Leonid Peishakin: “Si hay algo que define la experiencia ucrania es la división, entre la unión polaco-lituana y Rusia desde 1569 hasta 1795, los imperios austríaco y ruso entre 1795 y 1917, y el catolicismo griego y la ortodoxia rusa desde 1596 hasta hoy”.

Más acá en el tiempo, las tensiones afloraron tras la disolución de la Unión Soviética y fueron resueltas con buena cintura diplomática por Boris Yeltsin y su colega ucraniano Leonid Kuchma, quien durante su mandato (1994-2004) supo establecer un delicado equilibrio entre Occidente y el Kremlin. La chispa volvió a encenderse a fines de 2004, cuando llegó a su fin el segundo mandato del presidente Leonid Kuchma y la elección de su sucesor polarizó a la población en Ucrania. Frente al continuismo, representado por la figura del hasta entonces primer ministro Víktor Yanukovich (un ex gobernador de la región oriental de Donetsk), surgió -por primera vez desde la disolución de la URSS- una verdadera alternativa liberal pro-occidental encabezada por el extitular del Banco Central, Víktor Yushchenko, en una alianza táctica con la combativa Yulia Timoshenko. Las multitudinarias protestas en el centro de Kiev, denunciando un presunto fraude a favor de Yanukovich, forzaron la anulación del balotaje y la realización de una especie de “tercera vuelta” electoral a principios de 2005, en la que finalmente se impuso Yushchenko, quien, una vez en el poder, designó a Timoshenko como su primera ministra.

La “luna de miel” entre los ganadores de la denominada “Revolución Naranja” fue efímera. Fracturas en el nuevo bloque hegemónico terminaron con la salida de Yulia Timoshenko en septiembre de 2005, poniendo fin al “poder bicéfalo” nunca del todo digerido por Yushchenko.  Cuatro meses más tarde, en enero de 2006, estallaba la primera “crisis del gas” que provocó el corte del suministro por parte de Rusia y la negociación de un nuevo acuerdo de precios con Moscú, que veía con recelo cualquier posibilidad de acercamiento de las autoridades ucranianas a la órbita de la Unión Europea. Las turbulencias políticas internas no tardaron mucho en aflorar y derivaron en la convocatoria a elecciones parlamentarias anticipadas en marzo de 2006, que resultaron en el triunfo del Partido de las Regiones de Yanukovich y su retorno al puesto de primer ministro. Reforma constitucional mediante, el nuevo premier logró reducir a la insignificancia el poder real del presidente Yushchenko, cuya popularidad había caído en picada tras su ruptura con Timoshenko.

Sin embargo, lejos de conformarse con su nuevo rol opositor, la “pasionaria” Yulia Timoshenko combatió con vehemencia las políticas pro-rusas de Yanukovich y consiguió su objetivo en septiembre de 2007, cuando se alzó con la victoria en las segundas elecciones parlamentarias realizadas en apenas 18 meses y volvió a ocupar la jefatura del gobierno. Paradójicamente, el mayor terremoto en la carrera política de Timoshenko sería provocado por el nuevo acuerdo de precios para la compra del gas ruso firmado con el hombre fuerte del Kremlin, Vladimir Putin, en enero de 2009.  Un año después, en febrero de 2010, cayó derrotada por su archienemigo Víktor Yanukovich en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. En octubre de 2011, Timoshenko sería condenada a siete años de prisión por el presunto “abuso de poder” cometido al suscribir con Rusia el acuerdo que puso fin a la segunda “crisis del gas” en 2009.

Ya instalado en la Presidencia de la República, Viktor Yanukovich volvió a empujar al país a la órbita de Moscú, que hizo gala de su “diplomacia energética” para apuntalar a su aliado en Kiev y reducir nuevamente el precio del gas que transita territorio ucraniano, a cambio de una renovación del acuerdo que permitiría el estacionamiento de la flota rusa del Mar Negro en la base de Sebastopol (Crimea) hasta el año 2042. En diciembre de 2013, el propio Yanukovich suscribió con Vladimir Putin un nuevo compromiso que implicó la rebaja del precio del gas ruso vendido a Ucrania y que tuvo como contrapartida el abandono de cualquier pretensión del gobierno de Kiev de concretar un acuerdo de asociación con la Unión Europea. La acusación de la oposición ucraniana no se hizo esperar: para ellos lo que hizo Yanukovich fue “vender el país a Rusia”.

Tras semanas de protestas y sangrienta represión, se alcanzó un acuerdo para conformar un gobierno de unidad nacional y anticipar las elecciones presidenciales, pero la calma duró apenas unas horas. Con Yanukovich ya fuera de Kiev y abandonado por muchos de sus propios diputados, el Parlamento votó su destitución, la liberación de Timoshenko y la convocatoria a elecciones presidenciales para el próximo 25 de mayo. Decisiones rechazadas por Yanukovich, asilado ahora en Rusia, y por el Kremlin, que no dudan en calificar lo acontencido como un “golpe de Estado” y un incumplimiento del pacto firmado en presencia de los ministros de Exteriores de Polonia y Alemania.

El país ha quedado al borde de la fractura y de la bancarrota, con un gobierno interino conformado por sectores pro-occidentales, que están buscando refugio al calor de la Unión Europea. Para el Kremlin no será fácil digerir el fin de ciclo de sus aliados políticos en Kiev, con la fuga (¿derrocamiento?) de su principal alfil, Viktor Yanukovich. Tras la anexión de Crimea, Vladimir Putin podría verse tentado a establecer una suerte de “protectorado” sobre las zonas sudorientales del país, pobladas por una mayoría rusoparlante, lo que podría convertirse en una repetición de lo sucedido cinco años atrás en las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur, tras el fallido intento de ocupación de su territorio por parte del gobierno georgiano.

Sería aventurado hablar de una Segunda Guerra Fría. Lo que está claro es que vivimos el momento de mayor tensión entre Moscú y las potencias occidentales de la OTAN desde la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética.

1 COMENTARIO

  1. Me gusto el artículo. Muy interesante, al borde de una guerra civil, ya se cobro varios mártires… Final incierto?
    saludos.

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