The Economist advirtió, semanas atrás, que el derrocamiento de Morsi crearía un precedente desastroso para las incipientes democracias de la región.

Bajo el título de tapa “Tragedia egipcia”, The Economist realiza un crudo análisis del actual escenario político en el país que acaba de asistir a un nuevo golpe de Estado. Aunque el semanario británico, de tendencia liberal, reconoció su “incomodidad” con la ideología de los Hermanos Musulmanes respecto de los derechos de las mujeres y las minorías en el país, aclaró que Mohamed Morsi contaba con la legitimidad de los votos para gobernar y aseguró que el derrocamiento de Morsi sienta un “pésimo precedente” para la región. Reconoció que el gobierno de Morsi no ayudó a resolver la grave crisis económica del país y que su sectarismo le enajenó el apoyo de un numeroso sector de la población. A continuación, la traducción completa del artículo:

TRAGEDIA EGIPCIA

Hace un año, cuando Mohamed Morsi fue elegido como presidente de Egipto, este medio mostró sus dudas. Como fervientes sostenedores de la democracia liberal, nos sentimos incómodos con la creencia de los Hermanos Musulmanes, el partido del señor Morsi, de que la política debía ser subsidiaria de la religión; y mostramos nuestra categórica oposición a las actitudes en contra de las mujeres y las minorías que impregnan el ideario del movimiento islamista. Hubiéramos preferido una victoria de los laicos que lideraron la revolución egipcia. Sin embargo, reconocimos que el señor Morsi obtuvo el 52% de los votos –un sólido respaldo, incluso superior al que Barack Obama consiguió cinco meses más tarde– y esa mayoría le daba el derecho a gobernar. Y, lo que nos pareció incluso más importante, después de 30 años de dictadura Egipto estaba iniciando su camino hacia la democracia.

Es por ello que observamos los eventos de los últimos días con cierto temor. La salida del señor Morsi, a partir de una combinación entre el poder de las calles y el de los soldados, sienta un pésimo precedente para la región. El Ejército, que es en parte responsable de la actual situación, debería encaminar a Egipto hacia nuevas elecciones lo más pronto posible. De no hacerlo, las perspectivas para el país serán sombrías.

Post-Morsem

El reinado de Morsi comenzó a verse alterado por las protestas masivas en las calles de las ciudades egipcias el 30 de junio, primer aniversario de su llegada al poder. Las protestas se tornaron violentas; la sede central de los Hermanos Musulmanes fue incendiada; y 48 personas murieron. El 1º de julio, el Ejército dio a Morsi 48 horas para resolver la disputa con sus oponentes. Morsi respondió defendiendo su legitimidad y descartando su renuncia. El 3 de julio, el jefe del Ejército, general Abdel Fattah al-Sissi, anunció que la Constitución había sido suspendida. Morsi quedó bajo custodia militar.

Buena parte de la culpa por el desastre en que ha quedado sumida la democracia egipcia recae en el señor Morsi. La dimensión de las protestas en las calles –que algunas estimaciones ubican en torno a las 14 millones de personas– demuestra que los oponentes no eran tan solo un pequeño grupo de descontentos. Buena parte del país se le ha puesto en contra. Una de las razones es su incompetencia. No hizo nada para salvar a la economía del inminente colapso. La libra egipcia se ha devaluado y las reservas en divisas extranjeras se han reducido, la inflación sigue creciendo y el desempleo entre los menores de 24 años supera el 40 por ciento. El FMI se ha desesperado por alcanzar un acuerdo para otorgar un importante crédito que podría haber abierto el camino a nuevos préstamos. En el calor arrasador del verano, los cortes de electricidad se hicieron cada vez más frecuentes. Las colas para conseguir gasolina se hicieron cada vez más largas. Los campesinos suelen no recibir pago por su trigo. El crimen se ha difundido y la tasa de asesinatos se ha triplicado desde el estallido de la revolución.

El fracaso de los Hermanos Musulmanes por incluir un amplio rango de puntos de vista en su primer gobierno fue aún más estúpido. Incluso en sus mejores tiempos, Egipto ha sido muy difícil de gobernar por la polarización de su sociedad. Sectores laicos y con mejores niveles de educación quieren modernizar el país, abrirse hacia el pluralismo y orientar su mirada al mundo. Mientras tanto, sectores más conservadores y religiosos buscan en el Islam –no en el socialismo ni en el capitalismo– las respuestas a siglos de injusticia, inequidad y corrupción. Además, Egipto cuenta con una influyente minoría de cristianos, que tal vez incluyan un tercio de su población, y junto con ellos una pequeña minoría de musulmanes chiítas, que han tenido una relación traumática con el gobierno islamista.

En lugar de intentar cimentar instituciones independientes –la Justicia, los medios, un servicio civil neutral, fuerzas armadas y policía– que permiten un balance de poder en las democracias maduras, el señor Morsi hizo todo lo posible por menoscabarlas. Permitió que continuara funcionando un Senado que fue elegido únicamente por el 10 por ciento de los votantes. En cada paso que dio, tomó decisiones falsas, ineptas o cobardes, manipuló las cuestiones constitucionales, nombró a sus compañeros de partido en puestos claves y despertó en los sectores laicos el temor de que los Hermanos Musulmanes estaban decididos a islamizar, por las buenas o por las malas, todo aspecto de la sociedad egipcia. Se mantuvo en silencio cuando sectores intolerantes y criminales amenazaron y atacaron a las minorías religiosas. No impidió que extranjeros que trabajaban para grupos defensores de los derechos humanos fueran acosados, perseguidos e incluso condenados (muchos de ellos in absentia) bajo falsos cargos.

Es entonces entendible que tal cantidad de egipcios quisiera deshacerse del señor Morsi. Sin embargo, el hecho que hayan logrado hacerlo podría convertirse en un desastre, y no solo para Egipto.

El precedente que la salida de Morsi crea para otras democracias tambaleantes es desastroso. Podría alentar a los disconformes a intentar expulsar del poder a gobiernos no por medio del voto sino deteriorándolos. Se crearían, de esa forma, incentivos a los opositores a lo largo de todo el mundo árabe para perseguir sus objetivos en las calles, y no en el Parlamento. Así se reducirían las perspectivas de paz y prosperidad a lo largo de la región.

El precedente egipcio también envía un terrible mensaje a los islamistas dondequiera que se encuentren. La conclusión que ellos podrían extraer de los eventos en Egipto es que, en caso de acceder al poder por la vía electoral, sus oponentes utilizarán medios no democráticos para expulsarlos. De ese modo, de acceder al gobierno, muy posiblemente ellos harán su mayor esfuerzo para consolidar su poder tanto por vías legítimas como no legítimas. Apabullar a sus oponentes podría convertirse en el lema de los islamistas.

Cómo hacer para que la situación no se agrave

Los daños ya están hechos y no hay nada que se pueda hacer para repararlos. Pero existen mejores y peores caminos para la continuidad de esta historia. Si el Ejército toma el poder, Egipto volverá a los tiempos anteriores al derrocamiento de Hosni Mubarak, ya sin las esperanzas que se habían creado antes del inicio de la revolución, que luego fracasó. Si el Ejército anuncia una “hoja de ruta” y la cumple, entonces Egipto tendrá una chance. Los militares tendrán que comprometerse con los islamistas y respetar el voto en caso de triunfo –aunque, vista la performance del último año, difícilmente consigan una victoria–. Persuadirlos será difícil; convocar rápidamente a elecciones podría ayudar.

El Ejército egipcio ha jugado un papel fundamental en la revolución, acompañando al pueblo cuando se alzó contra Mubarak. Todavía goza de la confianza de muchos egipcios, que tienden a dirigir su mirada hacia el Ejército en tiempos de crisis. Si los generales quieren retribuir esta confianza, deberán volver lo antes posible al camino que conduce hacia la democracia.

Fuente: The Economist, edición 6-12 de julio 2013