“América Latina tiene un mejor desempeño que los países avanzados, Europa y EE. UU., y queremos preservar esto, estrechando las relaciones entre nosotros y aprovechando mejor nuestros mercados y nuestras relaciones comerciales”.
Guido Mantega, ministro de Economía de Brasil

Hace ya unos cuantos días que la Argentina eligió su destino para los próximos cuatro años y lo hizo de la manera más contundente que se recuerde, cumpliendo casi “la formalidad” de un acto eleccionario a todas luces previsible. Fue notable percibir que a las pocas horas nomás, se iniciaron estudios y se manifestaron preocupaciones por la economía de los años que vendrán.

El escenario global que se presenta no admite dilaciones ni la prolongación de los festejos. El famoso viento de cola, que favoreció la prosperidad de las economías emergentes durante buena parte de estos años, empieza a atenuarse, y se avizoran en el horizonte signos de preocupación que sugieren evitar cualquier distracción. La retracción de la actividad económica mundial, la multiplicidad de medidas proteccionistas, la baja del precio de la soja, la incertidumbre sobre el futuro del gigante chino y las vicisitudes de Brasil, nuestro principal socio comercial, combinado todo ello con las dificultades de financiamiento, nos obligan a un riguroso examen que nos permita anticipar una potencial crisis.

De todas las posibilidades, nuestra publicación decidió estudiar a fondo la problemática de Brasil, por haber detectado que es, de un tiempo a esta parte, la principal preocupación de empresarios e industriales del país. Hace ya unos años que circula la frase, quizá feliz, de que nuestro país tiene que ser para el gigante latinoamericano lo que Canadá es para los EE. UU. Esta idea devela que, desde mediados del siglo XX, nuestro país abandonó cualquier pretensión de competencia con su vecino. Al mismo tiempo, encierra una importante debilidad: imaginemos las penurias canadienses frente a un colapso americano y hagamos el ejercicio de pensar qué sucedería con nuestro país si Brasil entrara en dificultades.

Brasil cumplió su sueño de transformarse en un actor relevante del mundo global y esa dirigencia ambiciosa y soñadora, combinada con un pueblo sacrificado y con vocación  de grandeza, llevaron a este país a tener una opinión de peso en el concierto de las naciones. Ahora bien, esa gran realidad de estar “camino a ser o maior do mundo” también genera mayores responsabilidades frente a un planeta que se encuentra en permanente transformación.

La verdad es que Brasil presenta, por estas horas, los siguientes problemas:

– las altas tasas de interés y la política de metas de inflación aplicada en los últimos ocho años provocaron una apreciación del real;

– la participación de los productos industriales en la canasta de exportaciones se resintió, dando paso a una “primarización” de las ventas externas brasileñas;

– la pérdida de competitividad de su sector manufacturero, debido precisamente a esa apreciación del real, ha comenzado a revertirse parcialmente con una tímida devaluación y con el impulso de una serie de medidas proteccionistas para frenar la competencia de los productos extranjeros (el Plan Brasil Maior);

– la reducción de las tasas de interés por parte del Banco Central, al revertir la política ortodoxa de los últimos ocho años, buscará reactivar la actividad económica.

¿Cómo vivimos los argentinos el presente de nuestros vecinos brasileños? Nosotros tenemos una larga, larguísima historia de previsiones fallidas en relación con nuestros hermanos brasileños. Razones sentimentales y sociológicas quizá primen sobre nuestros saberes profesionales y el conocimiento que dan 200 años de historia común. En esa historia, muchos de nuestros mejores funcionarios intentaron tener con Brasil una relación fructífera y razonable, con resultados variables y no siempre exitosos. Ha pasado mucha agua por la ensenada de Botafogo, a la vista del maravilloso Pan de Azúcar, desde el Palacio Guinle que cobijó nuestra Embajada en Río de Janeiro, hasta llegar a Brasilia y asentarnos finalmente en la magnífica sede inaugurada el pasado 29 de julio por nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en compañía de Lula y de su sucesora Dilma Rousseff.

No pretendemos, desde esta humilde columna, dar una respuesta certera e inteligente a los complejos problemas de la realidad brasileña. Carecemos de esa pretensión que denotaría una excesiva dosis de soberbia. Lo que sí es cierto es que de la historia se aprende y que los dirigentes de ese país siempre han sido consecuentes con sus proyectos, nunca importó si fueron gobiernos civiles o militares, ni la extracción política del partido de turno. Lo que fue determinante, en cambio, fue la acción de los diplomáticos formados en la admirada Itamaraty en la defensa de los intereses exteriores de Brasil, así como la conducta de un empresariado absolutamente comprometido con el crecimiento y el futuro de su país. Pareciera, entonces, inteligente repasar los procesos económicos de los últimos 100 años para intentar imaginar ideas sobre los posibles caminos a adoptar según lo que suceda en los meses por venir.

La historia económica de Brasil tuvo siglos de producción, gracias a la explotación de mano de obra esclava, que se focalizó en un artículo de exportación (que fue sucesivamente la madera, la caña de azúcar, los metales preciosos, el café, etc.). La abolición de la esclavitud en el año 1888 provocó infinitas dificultades de las que apenas se recuperaban cuando la depresión mundial de 1929 volvió a colocar en crisis al país entero. La década del 40 arroja las primeras muestras de industrialización con algunas acerías, pero es a partir de 1950 cuando, con el desarrollo de la petroquímica, de la siderurgia y de la industria automotriz, se obtienen los resultados concretos y se inicia el “milagro económico”, acompañado por una fuerte inversión estatal en infraestructura. Muchas de esas industrias surgieron en el incipiente polo industrial internacional en el que terminaría transformándose la ciudad de San Pablo y sus alrededores, el famoso ABC Paulista conformado por las localidades de Santo André, São Bernardo do Campo y São Caetano do Sul.

A partir de la década del 70, Brasil tomó de los bancos de países desarrollados importante cantidad de capitales provenientes de la excesiva liquidez de los mercados financieros y eso se tradujo en un importantísimo desarrollo de áreas que resultaban poco atractivas para el capital privado y cuyos resultados cuadriplicaron el ingreso per cápita de los brasileños. No nos olvidemos que diez años antes había sido inaugurada la modernísima ciudad de Brasilia, nueva capital del país. Como dato anecdótico, podría acotarse que ese ingreso per cápita de Brasil era en ese entonces de 724 dólares y ya a inicio de los 80 superaba los 2000. La Argentina mantenía todavía un ingreso per cápita superior, pero había conseguido mantenerlo apenas estable en esas casi dos décadas, una muestra de nuestro estancamiento.

Los 80 trajeron, tal como dicen los que saben, uno de esos ciclos negativos, producto del aumento de la tasa de interés, con la consiguiente baja del valor de la producción. Brasil tuvo tasa de crecimiento negativo y aplicó un ajuste estricto en todo su sistema económico. En esta situación extrema suprimió el pago de los intereses de su deuda externa. Sin embargo, la propia crisis provocaría la toma de conciencia de la situación de la economía del país, que, en el mediano plazo, llevó a dar por finalizada la política de sustitución de importaciones centrada en un excesivo proteccionismo de la industria local, para permitir una gradual apertura de la economía.

En la década del 90 el regreso de la confianza de los inversores se vio acompañada por el afianzamiento de los vínculos internacionales empujados por la fuerte vocación imperial de esa clase dirigente que había empezado a vislumbrar  la “segunda orilla” de aquello que habían procurado durante siglos. Así iniciaron un camino del cual es difícil imaginar posibilidades de retorno. El corolario de este esfuerzo integracionista fue el Mercosur, cuyo eje fundacional conformaron Argentina y Brasil, y que permitió iniciar un camino –no exento de problemas y cortocircuitos– en busca de la conformación de una unión aduanera en el Cono Sur. De esa forma, tras décadas de competencia y celos, las dos principales economías de la zona se unían en un proyecto común.

El lanzamiento del Plan Real, en 1994, logró poner fin a uno de los problemas endémicos de la economía brasileña, la inflación. A este hito se sumaría una política de fuerte redistribución de la riqueza y planes firmes y concretos aplicados sobre los sectores históricamente más empobrecidos. Parte del futuro esperado había llegado al fin, luego de una década de crecimiento sostenido, empezaban un nuevo siglo con cifras más que venturosas y envidiadas por muchos, el desempleo más bajo de toda su historia, un ajustado manejo de sus cuentas públicas, la duplicación de sus exportaciones en menos de una década y un logro de verdad espectacular como fue reducir en más de un 40% los habitantes que vivían en el umbral de la pobreza.

Este resumen, sin duda más que pobre e incompleto, evita nombres propios y muchas otras situaciones ocurridas en beneficio del escaso espacio disponible para esta columna. La idea fue hacer un brevísimo recorrido por la historia de un país que, con enormes dificultades iniciales, siempre apostó a lograr un destino de grandeza, con el fuerte empuje de su clase dirigente más preparada y de cada uno de sus habitantes, desde el más acomodado hasta el último de sus iletrados, ya que tanto unos como otros llevan estas convicciones en su propio ADN. El “Para frente, Brasil” ha sido una constante y una fuerza arrolladora que se opuso a cuanto pronóstico y desgracia fuera anunciada.

Quizá sea oportuno revivir aquí la anécdota de un viejo diplomático argentino, ya fallecido, con fuertes vínculos con nuestro socio estratégico. Luego de años en la Embajada, contaba que al regreso de sus primeras misiones informaba mensualmente que la situación en Brasil explotaría en cualquier momento. “Al poco tiempo empecé a plantear dudas de que fuera a explotar y regresé con la mayor de las certidumbres de que eso jamás iba a ocurrir”, concluía su relato.

Es verdad que Dilma y los casi 200 millones de brasileños no la tienen fácil. También es verdad que nosotros, sus socios, debemos observar con preocupación las actuales dificultades de nuestro principal vecino. Sin embargo, la historia, la voluntad de hierro y el absoluto convencimiento que los brasileños tienen sobre su destino nos permiten ser optimistas.

Apostemos a ese voluntarioso pronóstico.

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