¿Cuál es el panorama que se abre a partir del descongelamiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana? Las reflexiones de Pedro von Eyken

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Pedro von Eyken, autor de esta columna, es licenciado en ciencias políticas con especialización en relaciones internacionales (UCA, 1981) y diplomático de carrera desde 1983

Estoy bastante familiarizado con Cuba y su situación política, económica y social por haber vivido allí durante tres años, entre septiembre de 2006 y agosto de 2009, período durante el cual cumplí funciones diplomáticas en la Embajada Argentina en La Habana. En ese tiempo recorrí la isla entera, de Este a Oeste, todas sus provincias y la Isla de la Juventud y lo que no conocí por razones profesionales lo recorrí por interés cultural y turístico. Pero además de haber vivido en la isla y compartido diálogos con la gente común, condición indispensable para decir que se conoce un país, me encuentro redactando una tesis doctoral sobre el estado económico y social de la isla en 2009, año del cincuentenario de la Revolución Cubana.

Entre 2006 y 2009 la situación económica y social de la isla atravesaba por uno de los períodos más graves de su historia, aunque se encontraba remontando levemente la cuesta: el peor momento había pasado, fue a principios y mediados de la década de 1990 con la caída de la Unión Soviética y sus aliados de Europa central y oriental. Una etapa que las autoridades cubanas denominaron “Período Especial en Tiempos de Paz”. Hasta entonces, la llamada “solidaridad socialista” se traducía en fuertes subsidios para Cuba. La depresión económica que supuso el Período Especial fue muy severa: el PBI se contrajo un 36% en el período 1990-93. Ya a partir de 1994 se inició la recuperación y en 2007 el PBI llegó a niveles similares a los de 1990. La medida más dura de ese tiempo consistió en una severísima restricción del consumo de hidrocarburos que Cuba obtenía de sus relaciones privilegiadas con la Unión Soviética. Esa fuerte restricción mostraba su faz más incómoda con los continuos cortes de energía eléctrica y un severo racionamiento de combustible para automóviles, lo que derivó en un reacondicionamiento en la industria, la agricultura y la salud, y en un mayor racionamiento alimenticio, que ya era exiguo.

En momentos de escribir este artículo, durante la última semana de enero de 2015, ya han tenido lugar en La Habana las primeras conversaciones bilaterales tendientes a reanudar las relaciones diplomáticas rotas el 3 de enero de 1961. Los resultados concretos de esta decisión histórica no van a ver la luz todos juntos ni muy rápido. Estas negociaciones llevan tiempo y son muchos los asuntos por tratar, aunque la firme decisión política de los dos jefes de Estado empujará irremediablemente hacia delante.

Analizaré en este acotado espacio algunos aspectos de una decisión histórica, basado en apreciaciones personales y en un breve apoyo bibliográfico:

1) El país más grande y poderoso, que rompió las relaciones diplomáticas hace cinco décadas e impuso el conjunto de sanciones que fueron conformando el embargo o bloqueo unilateral contra el otro, reconoció su error y tomó la iniciativa de revertir una estrategia de política exterior inútil y fracasada. El país más pequeño aceptó esa iniciativa, reconoció la necesidad de un cambio y ambos sentaron las bases para reanudar las relaciones diplomáticas rotas hace cincuenta y cuatro años. La significación política de esta decisión fue trascendental. Los dos presidentes comenzaron negociando condiciones previas como el intercambio de algunos detenidos, lo que sentó las bases para la reanudación de las relaciones y, luego, para aspiraciones ambiciosas, de más largo plazo, como el levantamiento del embargo o bloqueo norteamericano a Cuba y la disposición cubana para conversar sobre derechos humanos. En un reciente debate entre académicos de ambas orillas publicado recientemente, uno de los cubanólogos más eminentes, el Dr. Jorge Domínguez, de origen cubano y profesor de la Universidad de Harvard, sostiene que se trata de combinar lo “discreto” (el intercambio de presos acusados de actividades de espionaje), con lo más amplio (el anuncio del establecimiento de las relaciones diplomáticas).[1]

2) Ambos países dieron el primer paso para cambiar una forma de percepción recíproca que ha dominado durante más de cinco décadas, poblada de prejuicios y estereotipos negativos del uno hacia el otro. Como lo describe Carlos Alzugaray Treto en el mismo debate, para la mayoría de los cubanos el país del norte es un imperio que ha querido dominar cuando no absorber al más pequeño, destruyendo su soberanía política, por lo que todo lo que venga del norte debe ser mirado con desconfianza. Mientras tanto, para la mayoría de los norteamericanos, la isla al sur es una horrible dictadura comunista y un verdadero peligro latente para Estados Unidos.

3) En palabras del cubano Pedro Monreal González, también vertidas en ese encuentro académico, se trata “de pasar del discurso belicoso hacia una narrativa de avenencia, y de las decisiones de gobierno explícitamente hostiles hacia acciones más orientadas hacia un contrapunteo político que, al menos discursivamente, asume la posibilidad y la deseabilidad de la convivencia “civilizada” de los adversarios […] Sin embargo, las nuevas relaciones no modifican el dato esencial de que la política exterior de ambos países continuará estando determinada en alto grado por intereses de distinto tipo que no solamente serán diferentes sino también antagónicos[…]El cese de la hostilidad abierta no significa el fin de las discrepancias y por tanto estas deberán seguir siendo activamente “gestionadas”.[2]

4) La consecuencia más importante de este reencuentro histórico desde el punto de vista económico, sobre todo para el cubano de a pie, es el fin del embargo o bloqueo, según lo designen norteamericanos o cubanos. Por razones más vinculadas al consenso regional que a una fidelidad hacia argumentos técnicos, designaré bloqueo a ese conjunto de sanciones que datan de más de medio siglo. Algunas medidas las puede levantar por sí el ejecutivo norteamericano, como la autorización a norteamericanos a visitar Cuba o permitir mayores giros de remesas a la isla. Pero hay otras que sólo puede levantar un Congreso renuente, de mayoría republicana.

5) Los disidentes más inflexibles con el sistema político cubano y la falta de libertades individuales, sobre todo quienes residen en el exilio, son partidarios de mantener el bloqueo. Argumentan que éste, en realidad, no causa los males tan pregonados por las autoridades cubanas porque su país es un global trader y porque se triangulan importaciones. Si bien eso es parcialmente cierto, como testigo presencial puedo dar fe de las dificultades tecnológicas y financieras del bloueo al ciudadano de a pie y no tan de a pie: aún disponiendo de divisas, no siempre se encontraban en Cuba ciertos elementos indispensables, y sé que ello continúa. Además, algunas sanciones afectan el comercio de terceros países, violando el derecho internacional. Un informe de Amnistía Internacional elaborado en 2009 señalaba que “las restricciones impuestas al comercio y las finanzas, con sus aspectos extraterritoriales, limitan severamente la capacidad de Cuba para importar medicinas, material médico y las últimas tecnologías, algunas de las cuales son fundamentales para tratar enfermedades potencialmente mortales y mantener los programas de salud pública de Cuba[…] El impacto negativo del embargo estadounidense sobre el sistema de atención médica cubano y sobre el derecho a la salud de la población de Cuba durante la década de 1990 se ha documentado en un informe elaborado en 1997 por la Asociación Estadounidense para la Salud Mundial (American Association for World Health, AAWH). El documento, de 300 páginas, sigue siendo el estudio más exhaustivo sobre el tema. Basándose en una visita de investigación a Cuba, la AAWH identificó que el embargo contribuía especialmente; a la desnutrición que afectaba particularmente a las mujeres, los niños y niñas; a la mala calidad del agua; a la falta de acceso a medicinas y suministros médicos; y a la limitación del intercambio de información médica y científica a causa de las restricciones a los viajes y las regulaciones monetarias”.[3]

Más adelante, el mismo informe sostiene que (el subrayado es mío) “aunque el gobierno cubano es el principal responsable de respetar, proteger y hacer realidad los derechos humanos en Cuba, existe un reconocimiento internacional cada vez más general respecto a que, al imponer sanciones tales como embargos comerciales, los Estados deben tener en cuenta los posibles efectos de estas sanciones en el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales en el país afectado[4].

Conocí y aún trato a varios cubanos exiliados cuyas ideas y argumentaciones respeto, fiel al pluralismo que practico y defiendo. Pero no comparto su adhesión al embargo norteamericano contra su propio país y lo he expresado en artículos publicados en otros espacios. Considero que resulta fácil apoyar sanciones comerciales al propio país cuando se vive fuera de él y no se sufren directamente sus consecuencias.

6) Hasta el 17 D el aislamiento entre ambos países no era tan absoluto como podría pensarse o como suelen divulgar ciertas usinas ideológicas interesadas en mantener un cerrado enfrentamiento amigo-enemigo. Hace tiempo que Estados Unidos y Cuba mantienen un esquema de colaboración en asuntos de interés común como la lucha contra el narcotráfico, la emigración ilegal (los dos países abogan por una emigración “legal, segura y ordenada” para evitar el peligroso trasiego ilegal de personas y existen ciertos niveles de coordinación entre las tropas guardafronteras cubanas y el servicio norteño de guardacostas) y las epidemias. También se trabaja conjuntamente en la prevención de derrames petroleros y en el alerta de los huracanes que azotan el Caribe durante el verano. Me tocó visitar la estación cubana de alertas situada del otro lado de la bahía de La Habana, que mantiene contacto con sus pares norteamericanos. Asimismo, Cuba y Estados Unidos poseen un acuerdo bilateral para la búsqueda y el salvamento en caso de desastres aéreos y marítimos.

7) La decisión histórica del 17 D abre positivas derivaciones en el ámbito regional. Una mirada más amplia, estratégica y que hoy sería considerada optimista induciría a pensar, en un plazo más largo, en un entendimiento cubano-norteamericano que, sumando a la acción de foros regionales, podría contribuir a moderar procesos de radicalización regional cuyos efectos pueden resultar nocivos para la vecindad latinoamericana. Como antecedente de esta aspiración puede citarse el positivo rol de Cuba como mediador, en el actual proceso que se desarrolla en La Habana, entre la guerrilla de las FARC y el Estado colombiano, de indudable valoración positiva por parte de Washington. No es tan descabellado pensar en el traslado y ampliación de ese rol, en el futuro, a otros escenarios regionales que puedan mostrar similares beneficios.

8) El razonamiento precedente, cuya materialización puede sonar hoy impensable, encuentra su fundamento en una consecuencia obvia de este acercamiento: el aislamiento de Cuba, perseguido afanosamente por Estados Unidos durante cinco décadas, terminó derivando en el aislamiento de Estados Unidos respecto de América Latina y es este último aislamiento el que comenzó a caer el 17 D. Una consecuencia evidente seguramente molesta a muchos desde un punto de vista exclusivamente anclado en la ideología: la decisión del presidente Obama respecto de Cuba derriba buena parte del discurso antinorteamericano muy instalado en nuestra región. El anuncio de ambos presidentes de encontrarse en la próxima Cumbre de las Américas de Panamá, en abril venidero, brindará una foto histórica en este sentido, a la que seguramente seguirán otras que, se espera, se traduzcan en beneficios concretos para la población cubana y en auspiciosos consensos, necesarios en la política exterior de nuestra región y del mundo.

 

[1] El 17D Cuba / EE. UU: secuencias y consecuencias. William Leogrande, Jorge I. Domínguez, Pedro Monreal González y Carlos Alzugaray Treto. 11/1/2015. En: Revista Sin Permiso, www.sinpermiso.info/

[2] Ibidem

[3] El embargo estadounidense contra Cuba. Su impacto en los derechos económicos y sociales. Amnistía Internacional. 2009. Madrid. En: http://www.amnistia.org.ar/sites/default/files/22500709_ext.pdf

[4] Ibidem.