¿Cuáles son los logros, cuentas pendientes y desafíos de la revolución bolivariana? Las claves para entender los últimos 14 años de vida política en Venezuela y los problemas que deberá afrontar Nicolás Maduro.

El surgimiento del liderazgo carismático de Chávez, un ex militar que comandó en febrero de 1992 una fallida intentona golpista contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez,  tuvo como telón de fondo la profunda crisis del sistema de partidos venezolano. Atrás habían quedado las más de tres décadas en las que se alternaron en el poder Acción Democrática (AD), formación de orientación socialdemócrata, y el Comité de Organización Político Electoral Independiente (Copei), de raigambre socialcristiana, ambos firmantes en 1958 del Pacto de Punto Fijo que permitió la transición a la democracia luego del derrocamiento del general Marcos Pérez Jiménez.

“Los partidos políticos dejaron de ser centros de educación y canalización de las inquietudes políticas de los diversos grupos sociales, para convertirse en agencias de lobby de intereses específicos, o bien coágulos masivos sin identidad específica que servían de plataforma electoral a algún aspirante político”, explican los politólogos Jesús Azcargorta e Ivo Hernández, en un trabajo que publicaron en 2007. El desencanto de la población quedó reflejando en el índice de abstención del 39,8% en las elecciones de 1993 y del 36,5% en la contienda presidencial de 1998.

El ascenso de Chávez al poder marcó el comienzo de una nueva etapa en la política venezolana. “Por primera vez en la historia de Venezuela, hay un líder que proviene de las clases medias-bajas, alguien que se comunica de manera visceral con la gente, que les habla en su mismo idioma y que hace que lo sientan como uno de ellos”, apunta Carolina Barros, periodista de Ámbito Financiero que viajó a Caracas para cubrir las últimas elecciones y ha venido siguiendo muy de cerca el proceso político en ese país en los últimos años. La apelación al discurso sentimental, a la emoción, y el recurso al paternalismo han permitido a Chávez sintonizar con un amplio sector de la población que había sido históricamente ignorado y excluido de la vida pública. “Los especialistas venezolanos que analizan este fenómeno sostienen que Chávez tiene una comunicación meta, que va más allá de lo racional”, añade Barros, quien recuerda que el leit-motiv de la última campaña fue Mi corazón con Chávez.

El historiador y militante chavista Juan Eduardo Romero, investigador de la Universidad del Zulia, sostiene que el actual gobierno venezolano encarna un “proyecto político de corte popular, que redefine las relaciones entre el líder y el ciudadano, mediante la creación de una identidad colectiva que hace uso de los elementos de corte histórico –el bolivarianismo, el mesianismo histórico– al mismo tiempo que centraliza sus acciones en los sujetos excluidos”. En su trabajo Venezuela Siglo XXI: democracia y movilidad social, publicado en 2009, señala que el chavismo ha logrado “consolidar una subcultura política que permaneció escondida, mimetizada, reducida ante la preponderancia que adquirió otra subcultura dominante, sustentada sobre el comportamiento privilegiado a sectores de las clases medias, un comportamiento que insistió en la distribución de los beneficios a través de acuerdos de convivencia política”.

DEMOCRACIA Y MOVILIDAD SOCIAL

La base de la popularidad de Chávez, explica Romero, se apoya predominantemente en los estratos D y E como “sujetos receptores de la ejecución de las políticas públicas”. Se trata de los sectores más humildes de la población, beneficiarios de programas médico-asistenciales como la Misión Barrio Adentro y los Centros de Diagnóstico Integral (CDI), educativos como la Misión Robinson –que permitió que en 2005 Venezuela fuera declarada por la Unesco “territorio libre de analfabetismo”– y de distribución de alimentos como la red Mercal y PDVAL (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos), esta última financiada por la petrolera estatal PDVSA. “El proceso de surgimiento de la subcultura sojuzgada y sometida no fue violento ni constante; por el contrario, se ha caracterizado por sus múltiples tropiezos”, advierte este historiador, quien vislumbra “un foco de conflicto en el hecho que el poder ampliado a las estructuras de organización popular puede llevar a acentuar las contradicciones entre las organizaciones formales del chavismo –llamémosle partidos o partido único– y las organizaciones populares”.

En un análisis del pensamiento socio-político de Chávez, Juan Eduardo Romero y Yessica Quiñónez destacan que la propuesta del mandatario “plantea un cambio radical de las condiciones que caracterizaron al sistema de partidos de Venezuela”. Al explicar el proceso de radicalización ideológica del mandatario, distinguen tres etapas: la primera, definida como “de transición política” (1999-2001), que se habría caracterizado por “una política social tímida y un gasto público escaso, dadas las condiciones aún restringidas del mercado petrolero”; la segunda (2001-2006), de instauración del “proyecto bolivariano”, que a juicio de los autores marca “una confrontación abierta con las fuerzas políticas y económicas que perviven en la sociedad dentro de un esquema corporativista”; y la última, a partir de 2007, signada por el impulso del debate ideológico, en la que el mandatario venezolano “ha insistido en la introducción de la discusión sobre el socialismo del siglo XXI, con el objeto de apuntalar definitivamente el proyecto bolivariano”.

EL “SOCIALISMO DEL SIGLO XXI”

En un trabajo que publicó sobre El socialismo del siglo XXI, Heinz Dietrich Steffan, sociólogo alemán e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de México que se identifica con el ideario político de Chávez, recuerda que inicialmente el presidente venezolano “definía el proceso que encabeza como revolucionario, humanista y bolivariano” y que fue solo luego de su confirmación en el cargo, superado el referéndum revocatorio de 2004, que determinó que “la revolución había entrado en una etapa antiimperialista” y puso en la agenda de la discusión “el socialismo de la nueva era”. ¿Cómo define el propio Chávez su proyecto? “La esencia del socialismo es permitir que cada uno de los miembros de nuestra sociedad desarrolle el máximo de su potencial”, asegura, pero aclara que “el socialismo no puede estar reñido con la eficiencia administrativa”.

El mayor escollo en este camino se produjo a fines de 2007, cuando un referéndum popular rechazó por estrecho margen su propuesta de reforma constitucional que buscaba transformar a Venezuela en un Estado socialista. “No pudimos, por ahora”, admitió Chávez en la madrugada del 3 de diciembre de ese año, al reconocer oficialmente triunfo del “no” por apenas 125 mil votos. Sin embargo, tres meses más tarde, el mandatario constituía el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), con el objetivo de reunir en una sola organización a todas las fuerzas que respaldaban su liderazgo. El proceso se profundizó con la nacionalización de sectores clave de la economía, iniciado en mayo de 2007 con la toma de control por parte de PDVSA de la explotación de la Faja Petrolífera del Orinoco, que se extendió posteriormente a las principales empresas de telecomunicaciones (CANTV), electricidad (EC, Seneca), producción cementera, la Siderúrgica del Orinoco (Sidor) y el Banco de Venezuela, controlado por el Grupo Santander.

INFLACIÓN Y CONTROLES DE CAMBIO

Los mayores desafíos del actual modelo económico vienen por el lado de la inflación y del rígido control de cambios instaurado a comienzos de 2003. En la última década, Venezuela ha sido el país de Latinoamérica con la mayor tasa de inflación acumulada, con un promedio del 24,5% anual. “La inflación es un problema estructural de la economía venezolana, el cual está ligado al tamaño y fragilidad de nuestro aparato industrial y agroproductivo, así como al alto nivel de consumo del mercado interno”, admitió Jesse Chacón, un ex militar ligado al chavismo que dirige desde 2009 el Grupo de Investigación Social Siglo XXI (GISXXI). En un intento por poner freno al constante aumento del costo de vida, Chávez dictó en julio de 2011 la Ley de Costos y Precios Justos.

Según señaló Chacón, en un artículo publicado en diario oficial El Correo del Orinoco en septiembre del año pasado, el objetivo principal de la norma es “establecer mecanismos de control previo a aquellas empresas cuyas ganancias son excesivas en proporción a las estructuras de costos de los bienes que producen o comercializan, o de los servicios que prestan”. Desde sectores liberales se cuestiona este método de combate a la inflación. “Estos controles no son un remedio”, opinó José Guerra, economista de la Universidad Central de Venezuela (UCV), en un artículo publicado en la revista Tal Cual en julio de 2011. “El gobierno ha perdido la batalla contra la inflación, y la seguirá perdiendo si persisten en creer que solamente con controles de precios se puede abatir el alza de precios y además ordenándole al BCV (Banco Central) que emite moneda sin respaldo”, concluyó.

El otro gran cuello de botella económico es la política de control de cambios, instrumentada en febrero de 2003, con la creación de la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi) que administra la política cambiaria del Estado venezolano. Existe una segunda forma de adquirir dólares y es a través del Sistema de Transacciones con Títulos en Moneda Extranjera (SITME), gestionado por el Banco Central de Venezuela (BCV). A las personas físicas se las autoriza a adquirir y transar anualmente hasta 6000 dólares para remesas, 5000 para viajes al exterior y 10.000 para casos especiales de salud, educación, cultura y deporte. A pesar de que el presidente asegura que el mecanismo “ha venido funcionando excelentemente”, la existencia de múltiples tipos de cambio termina por distorsionar el mercado.

Con sus luces y sus sombras, Chávez ha marcado en los últimos catorce años una nueva forma de hacer política en Venezuela. Sin el carisma del líder de la revolución bolivariana y con una sociedad muy polarizada, su sucesor Nicolás Maduro hereda los avances sociales conseguidos en los últimos 14 años, pero deberá resolver los graves problemas económicos que ponen un interrogante al futuro del modelo bolivariano.