Este país de la península arábiga ha sabido desarrollar una estrategia diplomática y de poder que lo llevó a sentarse a la mesa de las principales potencias mundiales.

Hace seis años, durante una larga estadía en Washington, algunos colegas estadounidenses tuvieron la gentileza de mostrarme un interesante documental titulado Control Room. Se trataba de una producción que hacía la cadena Al Jazeera sobre sí misma durante la cobertura de la guerra de Irak en 2003. Ahí me anoticié de que esta cadena, creada por la monarquía catarí, había llevado a cabo un amplio y profesional despliegue periodístico e informativo, con visiones y análisis alternativos y en muchos casos antitéticos a los de las grandes cadenas de noticias de los EE. UU. Se notaba la existencia de periodistas y técnicos muy profesionales, y también la inclusión de alta tecnología. Los que sabían del tema me comentaban durante el desarrollo de la película que algunos de esos profesionales venían de la BBC en árabe, que había sido cerrada años antes.

Entre las perlas del documental, se destaca un memorable debate entre el periodista estrella de Al Jazeera y un joven oficial de inteligencia estadounidense que tenía la misión de acompañarlo. Estas dos visiones chocan durante toda la película, hasta que sorpresivamente el militar admite sus dudas sobre la utilidad de la guerra que se estaba llevando a cabo y que parecía, a primera vista, estar a punto de terminar (luego sabremos que la fase de guerrilla y terrorismo se extendería hasta el día de hoy). Para mi sorpresa, unos años después vería a este militar como uno de los reporteros estrellas del canal de Qatar.

Luego de ese contacto inicial con las estrategias políticas y mediáticas de este pequeño -en tamaño y población- país petrolero, comencé a ver diariamente algunos minutos de noticias en Al Jazeera. Quedaba en evidencia que era una estructura seria y sofisticada, con emisiones diferenciadas en inglés y en árabe. Con un compromiso activo, si bien no radical, con el tema palestino, una pertinaz crítica a las campañas militares de los EE. UU. en Irak y sus métodos de contrainsurgencia; una relación ambivalente con Arabia Saudita e Irán; prudencia y visión constructiva del fenómeno del chavismo en Venezuela; y una constante pero moderada -y algunas veces casi desapercibida- línea editorial favorable a la democracia y los derechos humanos.

Más tarde, también me enteraría de la profunda molestia que generaban las emisiones de esta cadena en el gobierno de George W. Bush y de cómo algunos medios de prensa neoconservadores no dudaban en acusar a Qatar de no apoyar activamente la agenda estadounidense en la región. La contracara de todo ello es que la principal flota naval de los EE. UU. reposa desde hace años en los puertos de Qatar. Si a este sofisticado juego de alianzas y estrategia comunicacional se le agregaban las cuantiosas reservas de gas y petróleo de Qatar, así como un multimillonario fondo estratégico del Estado para inversiones en el mundo, surgía frente a mí un caso digno de ser analizado atentamente: un pequeño gran Estado, que lograba moverse de manera inteligente en las cumbres del poder internacional, evitando tanto actitudes contestatarias lineales y mecánicas, como así también lógicas de plegamiento a alguna gran potencia.

LA PRIMAVERA ÁRABE

El estallido de las rebeliones árabes a comienzos de 2011 fue nuevamente una escenografía ideal para ver a Qatar y sus recursos de poder en acción. La cadena Al Jazeera mantuvo una constante y fluida información sobre los hechos en Túnez, Egipto, Libia y Siria, mostrando en todo momento un tono comprensivo y de apoyo a los reclamos populares. En el caso específico de Libia, a partir de febrero la situación fue degenerando en una sangrienta guerra civil, lo cual dio inicio a otro activismo de Qatar, no ya solo mediático, sino político, económico y militar en respaldo a los rebeldes que luchaban contra el régimen de Gadafi. Este apoyo se materializó con la presencia de asesores militares que arribaron a Libia, la entrega de armas y dinero, la organización de cursos de entrenamiento para los guerreros libios en la propia Qatar, aviones de combate y de transporte, entre otras cosas. Este Estado se sentaba a la mesa de los actores claves del conflicto libio: Francia, Reino Unido, Italia, Egipto y los EE. UU.

La sofisticación diplomática de Qatar se comprueba también en el delicado equilibrio de su línea favorable a la “primavera árabe”, al mismo tiempo que aportaba efectivos militares a un amplio continente organizado por Arabia Saudita para poner orden a desórdenes populares impulsados por la población chiita de uno de los ricos microestados del Golfo Arábigo o Pérsico, según se prefiera.

QATAR Y ARGENTINA

En materia de inversiones en el exterior, nuestro país ha comenzado a beneficiarse de los emprendimientos agrocomerciales de Qatar en varias de nuestras provincias, así como de la reciente firma de un importante contrato para abastecernos con gas licuado transportado por mar. Aquellos que nos dedicamos al estudio de las Relaciones Internacionales y las políticas de poder solemos mirar a un lote siempre limitado de las grandes potencias de turno. El caso de Qatar es un ejemplo de la necesidad de ampliar un poco más allá el foco de análisis y comprender el rol de estos pequeños grandes actores del escenario global. Motivo más que válido para enfatizar la necesidad de una política exterior argentina pragmática, activa y alejada de clichés ideológicos que nos lleven a posturas contestatarias o de seguidismo de un lote limitado de actores y potencias.