En el año 1978, un grupo de familias argentinas invernó, por primera vez, en la Antártida. Adela Acevedo de Salazar, integrante de ese contingente, nos cuenta su experiencia.

Desde 1904, la Argentina estuvo presente en las islas Orcadas del Sur y, a partir de 1951, comenzó la ocupación del continente a través del establecimiento de instalaciones científicas a cargo de investigadores e integrantes de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, el proyecto ideado por su pionero, el general Hernán Pujato, era más ambicioso: su sueño era que esta tierra fuera colonizada por familias, hecho que recién pudo concretarse más de 25 años después. Con la construcción del denominado Fortín “Sargento Cabral”, inaugurado el 17 de febrero de 1978, comenzó una nueva etapa en el sexto continente, que continúa hasta la actualidad.

Para ello, fue necesario que un grupo de ocho familias se atreviera a la aventura de pasar aisladas un año entero, en condiciones climáticas extremas, en un caserío conformado por unas pocas casas y galpones, sin negocios, sin manejo del dinero y con escasa comunicación al exterior, entre otras limitaciones. “Aunque llame la atención, nada de eso lo sufrí, al contrario, me considero una privilegiada y siento que fue uno de los años más felices de mi vida”, afirma Adela Zalazar, integrante de aquel grupo pionero.

¿Cómo surgió la propuesta de viajar a la Antártida en familia?

— Mi esposo, primer alférez Juan Carlos Salazar, fue seleccionado para ir a la Antártida, para lo cual debió realizar –como todos– un curso preparatorio. Al regresar me dijo que me iba a hacer una pregunta muy importante y que necesitaba que me tomara el tiempo necesario para responder. Me explicó que estaban pensando por primera vez en llevar familias, y la pregunta en cuestión era si quería acompañarlo.

No lo dudé. Tenía 24 años, una hija, Paula, de cuatro y estaba embarazada de José. En ese momento no pensé en riesgos ni problemas. Incluso, como soy sureña –nací en Esquel y me crié en Río Pico, dos pequeños pueblos de la provincia de Chubut– y estaba acostumbrada a los inviernos crudos, creí, equivocadamente, que la vida no sería muy distinta.

¿En qué consistieron los preparativos?

— Lo primero fue conocernos entre los que íbamos a viajar y armar el equipo antártico, para lo cual nos confeccionaron ropa a medida, similar a los trajes de esquí, que se sumaban al equipamiento anaranjado clásico del Ejército. En cuanto a los requisitos, debimos pasar un examen psicofísico y, en esa época, quienes tuvieran el apéndice, someterse a una operación para extirparlo.

En cuanto a la preparación, los hombres tenían una intensa capacitación para desempeñarse en distintos ámbitos y cubrir todas las contingencias posibles. Mi marido, por ejemplo, aunque su trabajo específico como gendarme era hacer migraciones en el caso de que hubiera alguna visita a la base, debió hacer un curso de mecánica en la empresa Mercedes Benz y otro de meteorología. En el caso de las mujeres, fuimos contratadas como soldados y, si bien no teníamos una función específica, nos organizamos como una gran familia y colaborábamos en todo aquello que fuera necesario.

¿Cómo fue el viaje?

— Viajamos en un avión Hércules C-130 hasta Ushuaia, donde tomamos el barco hacia la Antártida. Con el movimiento del buque me descompuse y no me pude mover del camarote hasta que mi marido me llamó porque ya se veía la base: unas pocas casas, algunas instalaciones… Fue un shock. Acto seguido, como el barco no podía acercarse a la costa, bajamos en un helicóptero que nos dejó en un galpón.

Mi primera impresión ya en tierra fue el olor terrible de una pingüinera cercana. Pero una vez que llegamos a lo que sería mi hogar, todo fue distinto, porque era una casa nueva, linda. A la entrada estaba la sala de frío-calor, como en muchos lugares del sur, para sacarse la ropa de abrigo. Tenía un living comedor grande, una cocina espaciosa y dos habitaciones. La calefacción era con estufas a querosene y teníamos gas en tubos para cocinar.

¿De qué alimentos disponían?

— La comida la habíamos traído del continente americano: carnes blandas, conservas, frutas y verduras deshidratadas para el año entero. Aprendimos a manejarnos con eso. Los primeros tiempos nos reuníamos en la base a comer, pero ese sistema no resultó funcional porque el clima era demasiado riguroso como para salir y trasladarse –aunque las distancias eran cortas–, sobre todo con los chicos. Entonces cambiamos esa organización y cada familia cocinaba en su casa, para lo cual, una vez al mes hacíamos el pedido de los alimentos necesarios.

Adela Acevedo de Salazar fue una de las integrante de ese contingente de familias argentinas que, en 1978, invernó por primera vez en la Antártida. Foto: Fernando Calzada.

La vida cotidiana

¿Cuáles eran las actividades fijas?

— Desde temprano los hombres salían a realizar trabajos, ya fueran programados o eventuales, como por ejemplo, reparar un techo que se había volado por el viento. Entre los cotidianos, había algunos esenciales como el de hacer guardia en la usina, que funcionaba de 11 a 23 y nos permitía tener luz en ese horario. Otro fundamental era “hacer agua”, porque aunque estábamos en un lugar considerado la reserva del Planeta, el agua se encontraba en estado sólido, por lo cual había que sacar los pedazos de hielo que iban cayendo del glaciar y traerlos a las casas donde los derretíamos en unas ollas grandes. Recuerdo, incluso, que yo recogía la nieve que se iba acumulando en determinados sectores, la hervía y la usábamos para beber. Por otra parte, cada 15 días, los hombres iban en unos vehículos llamados Snowcat a una laguna de agua dulce que estaba cerca de la base, cavaban unos 20 cm en el hielo y sacaban agua para llenar los tanques que utilizábamos para bañarnos. También había que ocuparse del combustible, usábamos bidones de 20 litros que siempre debían estar disponibles para cargar las estufas. Era indispensable estar bien provisto porque muchas veces era imposible salir por la inclemencia del tiempo.

Una vida dura…

— No sé si quien no estuvo allí puede dimensionar lo sacrificado que era la vida, ya que casi todos los trabajos se realizaban en el exterior, con temperaturas que oscilaban entre los -25º y -30º y vientos que están considerados los más fuertes del Planeta. Para dar una idea de qué hablo, en una ocasión se voló y cayó en el mar un carro de cien kilos.

¿Cómo era un día común para vos?

— Me levantaba temprano y organizaba mi casa como en cualquier otro lugar, con la diferencia de que no tenía que hacer compras. A media mañana, como los hombres siempre estaban realizando alguna actividad en el exterior, solía llevarles algo caliente para comer y tomar. A veces, parecía imposible entrar en calor, pero algo rico levantaba el espíritu. Volvía a casa y preparaba el almuerzo que había planeado con anterioridad, porque no existía la improvisación, era necesario hidratar los alimentos y todo demoraba mucho más. Almorzábamos la familia reunida, mi marido volvía a trabajar y yo seguía con la rutina de la casa y los chicos.

¿Qué hacían para divertirse?

— Por supuesto que no existía la tecnología, ni siquiera la televisión. Jugábamos a las cartas, hacíamos campeonatos, cocinábamos y leíamos muchísimo, gracias a que la base contaba con una gran biblioteca. A veces, si estábamos aburridos, salíamos a dar una vuelta en el Snowcat hasta el glaciar. Ahí se reunían los hombres a jugar al fútbol cuando tenían una tarde libre y el clima lo permitía.

También vivimos momentos muy emocionantes como nacimientos –los primeros niños nacidos en la Antártida: Emilio Palma y Marisa de las Nieves Delgado–, el casamiento de dos miembros de la base –para el que mi esposo ofició de juez de paz y el padre Buenaventura de Filippis realizó la ceremonia religiosa– y bautismos. Otro acontecimiento especial fue el del Mundial de Fútbol de 1978. Recuerdo que los partidos se pasaban por altoparlantes. Era una fiesta. Cuando salimos campeones, los hombres dieron la vuelta olímpica a toda la base con la bandera argentina.

¿Fue difícil la convivencia en un grupo tan reducido?

— No, nos llevamos muy bien. Es difícil de explicar, pero se establecen vínculos diferentes. No es lo mismo que un amigo al que uno ve de vez en cuando. Nosotros convivíamos, o sea que llegamos a conocernos profundamente, con lo bueno y con lo malo.

Me imagino la Antártida como un blanco paisaje lunar. ¿Recordás alguna imagen que te haya impactado?

— Sí, muchas. Recuerdo ver por la ventana a los pingüinos que caminaban en fila hacia el mar o a alguno de los hombres trasladándose en el trineo. Pero si tuviera que elegir, me quedaría con dos imágenes: una vez salí y las casas, la nieve, el cielo, el paisaje, todo estaba teñido de color lila. En otra ocasión, yendo a buscar a la noche a mi marido a la usina, iba mirando la luna delante mío hasta que, de golpe, me detuve, porque sentí una especie de resplandor a mis espaldas; me di vuelta y detrás de mí había otra luna. Eran dos. Después supe que en ambos casos se trató de fenómenos ópticos, pero para mí fueron momentos únicos que me acompañaron toda la vida.

El olvido

¿Alguna vez tuviste miedo?

— No, pero me preocupaba cuando había mucho viento y mi esposo salía atado a una cuerda para trabajar. Aunque pueda parecer duro, yo me sentía feliz. Sabía que estaba haciendo Patria. Estoy feliz de haberlo vivido, aunque no lo volvería a hacer porque sé que corrí riesgos de los que no fui consciente. Por ejemplo, soy una persona hipertensa y nunca tomé precauciones; incluso llevé a mis dos hijos chiquitos a un lugar aislado y hostil donde solo había un médico clínico tan joven como éramos todos.

Ser el primer contingente de familias que invernaron en la Antártida fue un hecho valiente y excepcional. ¿Sentís la sociedad los valora?

— En lo más mínimo. Creí que el país iba a reconocer nuestra presencia pionera, sin embargo, más de cuarenta años después, seguimos siendo ignorados. Recuerdo que una vez, estando mi hijo José en tercer grado, contó en clase que había vivido en la Antártida, a lo cual la docente le contestó: “Me imagino, yo fui al Polo, ¿sabés?”. En ese momento, tomé conciencia del desconocimiento que seguía existiendo en la sociedad. Hace poco tiempo, por primera vez, recibimos una distinción en la provincia de Mendoza, pero fue una excepción, porque pese a que estamos vivos y podemos contar la historia, nadie nos convoca.

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Susana Rigoz
Profesora en Letras (UBA) y periodista. Especialista en Medio Ambiente y temas antárticos. Fue conductora del programa Más allá del Sur, emitido por Radio Nacional, dedicado a la Antártida. Publicó varios libros, entre ellos, Hernán Pujato, el conquistador del desierto blanco.