“Mi gobierno interpetará las disposiciones de una manera flexible en lo que refiere a nuestra seguridad y así defenderá los valores principales en los que se basa nuestro país”.

Barack Obama, al aprobar el proyecto de Ley de Defensa Nacional de EE. UU (Enero de 2012)

El 20 de enero próximo, el presidente Barack Obama asumirá su segundo mandato al frente de la Casa Blanca, sostenido por grupos claves de su sociedad; hispanos, afroamericanos, mujeres y jóvenes fueron la base de su victoria. Luego de una agotadora campaña, vista por algunos analistas como mediocre, entre el demócrata y Mitt Romney. Había preanuncios de un final más que reñido, pero Obama ganó por un margen mucho más holgado que el previsto. El reconocido economista Joseph Stiglitz expresó que la mayoría de las personas del planeta, de poder votar, lo hubiera hecho por Obama. Y otro colega, Paul Krugman, festejó el triunfo del “verdadero país”, considerando al electorado estadounidense como la gran transformación, debido a la diversidad étnica y una nueva tolerancia. Lo cierto es que con el invalorable apoyo de su esposa Michelle, logró mejorar su vínculo con la gente y mostrarse más accesible con el electorado, según se lo requerían sus asesores más cercanos. Además, el presidente consiguió romper la asociación colectiva con el destino de Jimmy Carter (último demócrata que ejerció un solo mandato) y también sorprendió a aquellos que sostenían que con esos niveles de desempleo no se registraba reelección alguna en la historia de EE. UU. Obama, a pesar de haber cumplido solo a medias con los compromisos que lo llevaron a la victoria en su primera elección, logró una gestión aceptable en medio de la mayor crisis financiera y económica de la que se tenga memoria desde la triste década del 30 en el siglo pasado. Fue un duro camino, sostenido por el sentido común y la necesidad de hacer “lo posible”. En el trayecto perdió apoyo en el ala más progresista de los demócratas, representada quizás por la frase del siempre polémico director de cine Oliver Stone, quien lo acusó, pese a la esperanza que había representado, de ser funcional a Wall Street.

DEF estuvo en EE. UU. con motivo de las elecciones y así se plasma en este número de la revista. Queda como recuerdo imborrable de quienes asistieron al final de esta contienda electoral el invalorable concepto cívico de esa sociedad, la absoluta rutina cotidiana planteada en un día normal como cualquiera, sin histerias ni anuncios apocalípticos. Un día después de la elección que tuvo en vilo al planeta, y con la misma normalidad, esa sociedad volvió a su rutina, con la promesa del ganador de “escuchar a quienes no lo votaron”. Tanto demócratas como republicanos saben muy bien que gravísimos problemas internos y globales los esperan. De inmediato dejaron los agravios de campaña, transformados ahora en gestos conciliadores para el arduo trabajo que juntos deben emprender.

Justamente el día después, poco o nada de celebración y descanso para la Casa Blanca, mientras los líderes del mundo, además de dar las consabidas felicitaciones ya reclamaban que Washington tuviera un liderazgo mayor en los graves problemas  del mundo. La complicada situación internacional volvió a la escena muy rápido, luego de una campaña casi “puertas adentro”, bajo el peso de la crisis económica, el desempleo y los problemas sociales. Esa crisis que alejó a la gente de las históricas plataformas de discusión electoral, entre las cuales se encontraban siempre la problemática internacional y la defensa, cambió luego de la elección abruptamente por las implicancias graves para la paz mundial planteadas en la Franja de Gaza entre Israel y el movimiento de resistencia islámico Hamas. Estos acontecimientos no hacen sino sumarse a una cargada agenda, como es la retirada de las tropas de Afganistán, el estado de confrontación constante con Irán y su programa nuclear como telón de fondo, las amenazas terroristas permanentes, la compleja situación de Pakistán y las células integristas islámicas, entre otros innumerables conflictos potenciales, todos ellos enmarcados tanto en la difícil situación presupuestaria como en el humor del estadounidense medio. La sociedad americana hoy tiene  una mirada mucho más crítica, sobre todo el sector vinculado con la defensa, con los presupuestos y empleos en acciones militares, y se nota un importante cambio en la cultura estratégica social, luego de  una política reiterada y aceptada durante décadas.

Imposible no mencionar en este marco lo inoportuno que ha sido para el presidente Obama la renuncia del director de la CIA y héroe nacional, el general David Petraeus, envuelto en un escándalo privado de insospechables consecuencias. Ocurrió esto luego de treinta y siete años de intachable servicio activo y de haber comandado las campañas de Irak y Afganistán. Muchos consideran que en el caso quedaron involucrados los altos niveles de la propia seguridad nacional. El tema, que ya tiene resonancia mundial y destino cinematográfico, ha sido tapa de docenas de publicaciones en el mundo, algunas como Der Spiegel de Alemania, se mofan de cierta mojigatería americana. La situación ya ha terminado además con el futuro del general John Allen, quien estaba destinado a ocupar el cargo de máximo comandante de la Alianza Atlántica antes del estallido del affaire,  y ha afectado la credibilidad de las Fuerzas Armadas ante su conservadora opinión pública. La situación ha llevado al secretario de Defensa, Leon Panetta, a ordenar una revisión general de los cursos de ética de las fuerzas militares.

Tal como explica Félix Arteaga, del Real Instituto Elcano de España, en un reciente y esclarecedor artículo, los EE. UU. están por delante de cualquiera de sus competidores por varias décadas en cuanto a poder militar, pero también es cierto que, a diferencia de anteriores presidencias, en este período el nuevo mandatario no tendrá “la defensa que puede desear, sino la defensa que se pueda permitir”. Obama, en enero de 2012, lo reconoció explícitamente ante el propio Pentágono. Durante el proceso eleccionario que terminó hace semanas, el candidato republicano fue muy crítico de esta situación, respondiendo al ideario de su partido, que asocia la defensa a la grandeza de EE. UU. como potencia militar. Barack Obama, a su vez, parece observar con mucha atención ciertos cambios profundos en la sociedad de su país, tanto en el plano cultural como en la propia administración en lo que hace al empleo de las fuerzas militares. El presidente parece inclinarse por evitar de todas las maneras posibles los conflictos largos y de alta intensidad, y de ahí, una manifiesta inclinación al empleo de misiles cruceros, aviones no tripulados (drones), bombas de precisión y la utilización de pequeñas fuerzas en operaciones especiales que entran y salen de un territorio sin ocuparlo. Quién olvida el demudado rostro de Hillary Clinton viendo en vivo  y en directo la eliminación de Osama Bin Laden el 1º de mayo de 2011 en una operación relámpago realizada a 50 kilómetros de Islamabad, en territorio paquistaní. Así Obama puso fin a lo que su antecesor, el presidente Bush, no había logrado en 10 años desde los atentados a las Torres Gemelas, que ya habían costado dos guerras y decenas de miles de muertos. Dejaba también sin el arma principal a sus críticos, ya no era el dirigente blando a cargo del Salón Oval, sino por el contrario, era quien asumió personalmente la responsabilidad de una muy riesgosa operación, no exenta de debilidades jurídicas y éticas y que tenía además gravísimos riesgos, que hubieran podido desatar un desastre. Obama dio un giro de 180º con respecto de la política de Bush y adoptó este tipo de operaciones “quirúrgicas” de menos costo operativo, alejado de la opinión pública interna y también de la posibilidad de pagar los altísimos costos que infringe su sociedad a la pérdida de vidas americanas. Este tipo de acciones tuvieron docenas de réplicas en Yemen, Somalía y Libia, en diferentes operaciones de las mencionadas, en particular el empleo de los drones, sin olvidar mencionar también la utilización de diferentes sanciones como las empleadas contra Irán, como cuando utilizó virus informáticos para frenar su sistema energético.  El ataque más significativo fue el del virus Stuxnet, en una acción que se cree combinada con Israel, esta ciberarma fue autorizada directamente por el propio Obama, según citó tiempo después el New York Times.

El caso de los drones merece una particular consideración. Las bombas V2 con que Alemania asoló al territorio inglés en la Segunda Guerra Mundial fueron primitivísimos drones que en su evolución actual asombran al mundo. Lo cierto es que la Fuerza Aérea Norteamericana ya entrena más pilotos de aviones no tripulados que la suma de pilotos de bombarderos y cazas juntos y el Pentágono proyecta para 2015 disponer de 2000 de estos especialistas con capacidad de operar a todo tiempo a lo largo del mundo. Luego de un lento desarrollo durante décadas, explotaron a caballo del nuevo siglo con sus múltiples usos, tanto civiles como de seguridad o para el temible empleo militar. En el aspecto civil controlan oleoductos, incendios forestales o cualquier actividad que requiera alerta temprana. La seguridad de fronteras, inmigrantes clandestinos, vigilancia de carreteras o narcotráfico son actividades afines entre múltiples utilidades. Para la defensa fueron concebidos para misiones de reconocimiento e inteligencia con el fin de brindar información en tiempo real. Sin embargo, los desarrollos tecnológicos han llevado a que, operados desde cientos de miles de kilómetros y a través de un piloto virtual y un técnico en sensores puedan descargar misiles tierra aire y otro tipo variado de armamento tanto para apoyar a tropas terrestres en ataques de alta precisión como para realizar por sí mismos operaciones especiales con el antiterrorismo. Así, un consejo de seguridad presidido personalmente por Obama, selecciona los blancos, durante meses son seguidos desde bases en el propio territorio americano y al ser detectados se los elimina sin riesgo alguno. Casi un juego, un operador manejando un joy stick, computadoras, Internet o Nintendo, pero real y acabando con vidas humanas.

Estos cambios extraordinarios no son sino una evolución por la que ya pasaron los que combatían cuerpo a cuerpo con la aparición del arma de fuego y la sucesiva e ininterrumpida cantidad de avances tecnológicos que en los últimos 200 años se han producido en el área de defensa, cada vez más alejada de Alejandro Magno rodeado de sus guerreros contando las bajas en el campo de batalla. Sin embargo, es imposible no reconocer en estos empleos un profundo cambio de paradigmas, atravesando las relaciones entre los Estados, las implicancias jurídicas que conllevan, la creación de nuevas fronteras en el derecho y, quizá la más importante, la afectación de aspectos morales profundos. Graves dilemas para todos los dirigentes del mundo, aspectos todos en revisión y estudio, que además asustan más aún, si se pudiese, al imaginar los próximos avances tecnológicos previsibles en la temática.

Evitar el uso de la fuerza y la presencia física de tropas en el exterior, reduciendo las posibilidades de la rápida escalada de la violencia, aparece como consigna del poder que ejerce Obama. Sin renunciar al liderazgo global, parece ingresar en un ciclo que dará fin a la década signada por el 11 de setiembre de 2001, primer acto relevante del terrorismo internacional dentro de su propio territorio. Todo lo expresado, relacionado con los cambios y con la propia cultura americana, debe ser analizado con cuidado y mucho sentido común. Una mirada latina sobre las razones que mueven a este gigante de espíritu anglosajón no resulta muy aconsejable para una sociedad orgullosa de su rol global y con razones ideológicas y económicas como para no detenerse, como para mantener la ventaja militar asegurada por décadas. La industria de la defensa siempre ha sido un colosal motor de su desarrollo y mantendrá su rol, habrá seguramente cambios (aseguran por ejemplo reducciones en el ejército y en los marines a favor del poder naval y aéreo) y habrá también adaptaciones en los escenarios estratégicos, desplazando probablemente los ejes fundamentales al Asia-Pacífico y a Oriente Medio. Nadie imagina hoy mucho más que eso.

El presidente inicia su segundo mandato y ya mostró agallas para correr riesgos que nadie creería que asumiría, atrás quedaron el cierre de Guantánamo (solo bajó la cantidad de prisioneros allá alojados) y algunas otras ideas progresistas de su primera campaña. Sabe bien que los cuatro años por venir, serán los que lo coloquen en un pedestal de la historia o lo responsabilicen de la pérdida del liderazgo en el mundo. El poder militar jugará un rol fundamental en la dura misión en la que está embarcado.

Obama, a su manera, usará ese poder sin explicaciones públicas, sin dudar, y privilegiará los intereses de su país… casi a cualquier costo.