José María Di Paola, el Padre Pepe para todos, forma parte del movimiento de curas villeros de la Ciudad de Buenos Aires, que sueñan, en consonancia con el Papa Francisco, con una Iglesia pobre para los pobres. Una entrevista de Susana Rigoz. Fotos: Fernando Calzada

José María Di Paola tiene 51 años, cursó los estudios primarios en el Colegio Benjamín Matienzo y los secundarios en el Instituto Social Militar Dámaso Centeno. A los 17 años, entró al seminario de Villa Devoto, perteneciente a la Arquidiócesis de Buenos Aires, donde se ordenó como sacerdote en 1987. Realizó trabajo pastoral en las parroquias Santa Lucía y Santa Rosa de Lima. A los 32 años, pasó por una crisis personal que lo llevó a plantearse la opción de dejar el ministerio sacerdotal para formar una familia, etapa que superó. Trabajó 13 años en la Villa 21-24 de Barracas. En 2009, a raíz de la presentación de un documento elaborado por el Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia, fue amenazado de muerte. Este hecho generó su alejamiento de la Ciudad de Buenos Aires, llevándolo a ejercer su ministerio durante dos años, 2010 y 2011, en la ciudad de Campo Gallo, provincia de Santiago del Estero. Desde marzo de 2013, ejerce su ministerio en Villa La Cárcova, uno de los asentamientos más carenciados del conurbano bonaerense. Sobre su actividad pastoral, particularmente orientada a los pobres, conversamos con el Padre Pepe, conocido también como el cura villero o el amigo del Papa Francisco.

-¿Desde cuándo sintió la necesidad de ocuparse de los más necesitados?

Siempre tuve una fuerte vocación para trabajar con los chicos y los jóvenes, y ya en el seminario se fue profundizando la opción por los pobres. Aunque desde los primeros años de cura me ocupé de los chicos, buscaba los sectores más pobres de los barrios, y estando en la villa pude unir los dos aspectos, en un mismo lugar y con la misma gente. Con seguridad fue por eso que de inmediato me sentí muy cómodo y pude desarrollar mi vocación con el carisma que tenía.

-¿Cómo fueron sus comienzos en la Villa 21?

-Yo llegué a la 21 en 1997, cuando tenía una población de alrededor de 15.000 habitantes. Recuerdo que tenía un plano adonde figuraba cada familia en cada manzana, de modo que si alguien me preguntaba por alguna podía decir dónde encontrarla. Eso hoy sería imposible, ya que tiene una población cercana a las 50.000 personas. En ese entonces, la 21 estaba muy fragmentada por pandillas que marcaban territorio y se peleaban entre sí, pero yo veía que la mayoría de la gente era de trabajo, que tenía una necesidad muy grande, familias que venían del interior o de Paraguay, donde no estaban acostumbradas a la violencia.

-Sin embargo, en general suele asociarse la violencia a la gente que vive en las villas.

-Es cierto, pero es un error y me alegra poder aclarar esta cuestión básica. La violencia en las villas no la engendra la gente sino la ausencia del Estado. Se trata de barrios que crecieron sin salud ni educación, porque para ir a la escuela, al médico o para reclamar seguridad, la gente debía ir lejos. Por eso, creo que lo más virtuoso de la Iglesia de fines de los 60 fue el hecho de comenzar a vivir en las villas, donde el Estado estaba ausente. Mientras todos analizaban los problemas desde afuera, estos primeros curas comenzaron a vivenciarlos desde adentro y eso cambió la mirada, no solo de los sacerdotes sino también de la gente que vio que la Iglesia compartía la vida con ella.

-¿En qué otros aspectos se manifiesta esa ausencia del Estado?

-En todo: salud, educación, seguridad. Y aunque creo que hay temas en los que se avanzó, el gran desafìo del Estado es el de tener una presencia fuerte y prolongada. Un ejemplo positivo es la creación del Polo Educativo Barracas, un sueño hecho realidad. Por otra parte, hay cosas por hacer que no representan grandes transformaciones, y ayudarían a la gente. Por ejemplo, peleamos muchísimo por lograr que un colectivo entrara a la villa, hecho que evitaría tener que llegar a un hospital caminando o con un remis que la mayor parte de las veces no se puede costear. Simple, pero no lo logramos.

-Probablemente, el motivo de la negativa esté relacionado con la inseguridad.

-Quizás, pero es la ausencia del Estado la responsable de esa inseguridad. Si dejás una casa vacía durante diez años, lo más probable es que te la usurpen. Un tema que también se discutió es si las escuelas debían estar o no dentro de la villa. Había argumentos para sostener ambas posiciones. Nosotros nos inclinamos porque estuvieran adentro, ya que para transformar un barrio hay que dotarlo de todo lo que debe tener, como por ejempo la escuela. Otra cosa necesaria son los medios de transporte, y si para poder tener un colectivo es necesario que esté la policía patrullando, que lo haga porque esa es parte de su función. No hay otra forma de transformar. Por eso insisto, aunque hoy noto una mayor presencia en algunas instancias del Estado, el desafío que queda es muy grande.

-En sus charlas, además de instar a la gente a rezar, ser solidaria o respetar a la Virgen, usted hace hincapié en “querer a la Patria donde se vive”.

-Sí. En el 97, empecé a notar que cuando se hacía un acto patrio muchos chicos no cantaban el himno porque no lo conocían. En realidad, los que lo desconocían eran los padres y no se trataba de falta de interés. Te aseguro que, en general, el inmigrante valora más las cosas que nosotros mismos. Está muy agradecido de haber venido a la Argentina, de ser atendido en un hospital, de poder mandar a sus hijos a la escuela o de tener trabajo, todas cosas que no logró hacer en su país. Mi lema entonces era que, sin importar la nacionalidad, había que querer el lugar donde se vive, el espacio que Dios en este tiempo nos hace compartir. Yo les explicaba que para nosotros la patria tiene un sentido amplio, la Patria grande, Argentina, Paraguay, Perú, Bolivia somos una patria. Estos conceptos los hemos transmitido durante muchos años y estaban presentes en las villas, producto de la realidad, fruto de un barrio que era una pequeña patria latinoamericana. También hablábamos de querer la villa por tratarse del barrio que hicieron sus padres y sus abuelos. La palabra patria entonces es de un sentido muy profundo.

-En 1997, organizó un viaje a Paraguay para traer una réplica de la Virgen de Caacupeé al barrio. ¿Cómo nació esa iniciativa?

-Pensé que para empezar el trabajo en la villa había que ir a la raíz, a lo más profundo y, sin duda, ahí estaba su fe en la Virgen. Es un barrio en el que el 90 por ciento de la gente es paraguaya y su cultura, totalmente guaraní, al igual que su lengua. En cualquier casa hay estampas, imágenes de la virgen y banderas de Paraguay. Entonces, hablé con la gente de la parroquia y decidimos traer esta réplica. Fue un micro con una comitiva de la que participó un sacerdote que trabajaba conmigo y yo me quedé en la villa, recorriendo las calles con un carrito y anunciando la llegada de la Virgen. Ese día se reunió una multitud. Una capilla que reunía 60 fieles por misa se vio desbordada por miles de personas. Estábamos todos muy emocionados. El día siguiente fue la entronización, de la que participó el entonces arzobispo Jorge Bergoglio. Fue un antes y un después: la gente se empezó a reunir más, surgieron capillas en distintos sectores del barrio y nosotros empezamos a realizar trabajos de prevención relacionados con el deporte y el apoyo escolar. Yo siempre digo que dimos vuelta la lógica que afirma que la religión es el opio de los pueblos, para demostrar que puede ser la fuerza transformadora.

-Una problemática clave son las pandillas y las drogas.

-Nosotros en la 21 hicimos un trabajo de prevención muy grande, que después se fue replicando en otras villas y hoy son muchos los caminos que se realizan, intentando adelantarse al combo fatal que suelen ser las drogas y las armas. Creo que el trabajo sostenido desde 1997 hasta la actualidad –campamentos, deportes, apoyo escolar– nos dio un gran resultado y permitió a miles de chicos desarrollar sus capacidades. Muchos terminaron estudios terciarios o universitarios, formaron sus familias, no fueron cooptados por la droga o la violencia. Además de la prevención, ya cumplió seis años el Hogar de Cristo que inició el camino de recuperación de chicos que ya estaban involucrados en este flagelo. En un comienzo, lo fuimos haciendo con los elementos que teníamos, intentando romper la burocracia del Estado. En el mismo sentido, en muchos centros se realizan trabajos diversos con muy buenos resultados, son lugares que tratan de abarcar la totalidad de la vida del chico: vivienda, trabajo, familia, porque la realidad es que solo va a poder salir adelante con el acompañamiento del centro barrial.

-En 2009, los sacerdotes de la pastoral de las villas de emergencia presentaron un documento en el que denunciaban que las drogas estaban despenalizadas de hecho en las villas de emergencia de la ciudad. ¿Por qué decidieron hacer pública esta denuncia?

-Mientras la sociedad recién comenzaba a discutir la despenalización del consumo de drogas, nosotros decidimos hacer una denuncia originada en la realidad cotidiana que vivíamos en las villas de emergencia. Después de presentar el documento, tuvimos un efecto inesperado, ya que recibimos cientos de llamados y nos dimos cuenta de que no era un problema exclusivo de nuestros barrios. Recuerdo que cuando fuimos amenazados, la Conferencia de Religiosos –que representan a curas y monjas que están desparramados por toda Argentina– sacó un documento en nuestro apoyo, en el que explicaba que lo que afirmábamos se estaba viviendo en todo el país. Yo creo que, antes que hablar de legalización de las drogas, la sociedad tiene que ser consciente de la urgencia de ayudar a los chicos que carecen de medios para salir de esta adicción.

LA ESENCIA VILLERA

-¿Fue muy difícil adaptarse a vivir tan al límite como se vive en las villas, incluso a veces cerca de la muerte?

-Cuando uno empieza a vivir como un vecino más, como hacemos los sacerdotes, va encontrando la parte positiva del lugar y se da cuenta de que es mucho más grande que la negativa. Creo que eso le pasa a todos, desde los que trabajamos en las villas hasta los que van a misionar a África. Al encontrarse con las personas de carne y hueso, resulta que hay mucho más para compartir y festejar que para lamentarse. Al vivir en este tipo de barrios, uno descubre que hay ciertos valores muy importantes como la solidaridad, la ausencia de individualismo y otros múltiples aspectos positivos. Uno de ellos es la cultura latinoamericana, que muchos conocen a través de un libro o porque tuvieron la oportunidad de viajar. Nosotros sabemos que no es necesario irse lejos porque en las villas, que no son más que pequeños barrios, está representada toda la cultura de América Latina: paraguayos, bolivianos, argentinos. Estos lugares solo se descubren viviendo.

-¿Cómo describiría la idiosincrasia de un villero y en qué difiere de la visión del que lo mira desde afuera?

-El perfil del villero en la 21, que es mi experiencia más larga, es la de un trabajador, un albañil, aunque para muchos ajenos sea un delincuente. El  perfil de la mujer es el de una madre que lleva adelante un hogar y también una empleada doméstica que sale  temprano a trabajar y vuelve a buscar a los chicos a la escuela, o alguien que se sacrifica y no ve a sus hijos hasta el fin de semana porque está empleada con cama adentro. Los sacrificios que vi hacer a la gente de la villa me recuerdan a los que escuchaba que hicieron nuestros abuelos o bisabuelos al emigrar de Italia o España, corridos por la guerra o el hambre. La misma mentalidad de lucharla a pesar de los sufrimientos y limitaciones es la que vi en la Villa 21. Por eso, siento que se comete una gran injusticia al hablar del villero como se habla.

-¿Qué les diría a quienes se quejan de la gran cantidad de latinoamericanos presentes en nuestro país?

-Yo he escuchado muchas veces a argentinos quejarse de que los extranjeros les sacaban el lugar, una queja un poco extraña si se tiene en cuenta que viene de personas que no harían el trabajo que realiza el inmigrante. Creo que es una mirada corta la del que emite un juicio de esta naturaleza. Habría que preguntarle, por ejemplo, a arquitectos y maestros mayores de obras argentinos a quién eligen para trabajar. Por otro lado, nosotros, si bien hay fronteras, identidades y nacionalidades, creemos en la Patria Grande. Lentamente, incluso antes de que surgiera como bloque político, ya los pobres habían hecho su Mercosur: los paraguayos y bolivianos en Argentina, los chilenos al sur de nuestro país, buscando un mejor horizonte de vida. Por eso ya hace décadas que nuestro país tiene una conformación muy alta de gente proveniente de las provincias y de países limítrofes.

INVOLUCRARSE

-Si bien siempre hubo sacerdotes trabajando en las villas, es evidente que algo diferente hizo el Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia para tomar tanta visibilidad. ¿Cuál cree que es la esencia del cambio producido por los llamados “curas villeros”?

-Nuestro equipo surgió en 1968 y continúa trabajando hasta hoy ininterrumpidamente, con distintos desafíos. El desafío del padre Carlos Mugica fue diferente del que enfrentaron los curas en la época de los militares o con la llegada de la democracia. A nosotros nos tocó el de este tiempo en el que debemos focalizarnos en el tema de la niñez y la juventud en riesgo dentro de nuestros barrios, y tratamos de realizar caminos de prevención y recuperación. Yo tuve una primera época en las villas desde 1996 hasta un poco más allá de 2000, pero fue un lapso en el que no éramos noticia. Creo que esto cambió cuando tomamos una vida más pública, hablamos de los problemas y de lo bueno de las villas, tratamos de echar luz sobre esos aspectos y dar voz a la gente. Dimos a conocer los escritos relacionados con la integración de las villas al resto de la ciudad, con la problemática de las drogas, despenalizadas de hecho en nuestros barrios, y eso nos dio una exposición pública mayor. Eran temas que creímos que tenían que charlarse y que, en contra de lo que pensaba la mayoría, no eran culpa de la villa sino que sus habitantes eran víctimas de muchas de estas realidades que hoy tiene la sociedad.

-¿A qué se debe que muchas veces sean acusados de asistencialistas?

-Creo que en general es una palabra peyorativa que, aunque puede provenir de grupos diferentes, comparten una mirada muy intelectual del tema, hablan desde la ideología conservadora-progresista, alejada de la realidad y con poca vivencia personal. En síntesis, desconocen la vida de la villa. Nosotros hablamos desde el compartir con la gente, y la respuesta que dimos a lo largo de este tiempo se relaciona con esa vivencia. Cuando hablamos de integración urbana de las villas con los barrios o del problema del narcotráfico – del que ahora pareciera que muchos se avivaron– y afirmamos que las primeras víctimas eran los pobres, no estamos haciendo asistencialismo o paternalismo como muchos seudoprogres o conservadores dicen, sino que estamos viviendo lo que ellos no hacen. Es muy fácil hablar desde una cátedra y tratar de dilucidar un conflicto; otra cosa muy diferente es estar en los barrios compartiendo las vicisitudes de la gente. Evidentemente, hay dos modos de vivir los problemas: desde la lejanía o estando inmersos, nosotros elegimos el segundo.

-¿De eso se trata la denominada “pastoral villera”?

-Para nosotros, la villa con todas sus realidades es nuestra vida y a lo que tenemos que responder. No nos quedamos encerrados entre cuatro paredes con la gente que viene a misa. Los que nos conocen saben que nuestra vida es caminar los pasillos, estar con la problemática cotidiana, buscar caminos en lo educativo, en la promoción. Yo he acompañado a muchos chicos que han estado en situación de calle y hoy han salido adelante. Todo eso implica no encerrarse en una capilla, un lugar que para mí tiene que ser el motor espiritual, y creo que con el tiempo lo hemos logrado.

-¿Qué función cumplen las capillas en los barrios marginales?

-En las villas de Capital –Caacupé, Madre del Pueblo, Cristo Obrero–, las capillas son una especie de centro comunitario y tienen una dimensión mucho más profunda porque la gente no separa tanto la fe y la vida. Creo que muchos de los grandes pasos que se dieron surgieron de nuestras capillas en las distintas épocas. Hay una frase muy linda que nos enseñaban los curas mayores: “La gente practica un catolicismo popular que no es eclesiástico, secularizado ni se rige por normas. Es una fe muy genuina, transmitida de generación en generación”. Ese es un poco el motor de la vida en las villas de Capital; y creo que es una fuerza muy interesante que a veces los juicios sociológicos no tienen en cuenta, pero que sí es percibida por quienes viven allí.

TRABAJO PASTORAL

– Volviendo a su labor sacerdotal, a raíz de las amenazas de muerte recibidas en 2009 después de la presentación del documento sobre drogas, tuvo que abandonar Buenos Aires. ¿Cómo fue pasar de la Villa 21 a la calma de Santiago del Estero?

-Fue un lugar que yo elegí, porque consideré que para descomprimir la situación era mejor alejarse y dejar trabajando a los equipos, que lo estaban haciendo muy bien. Hablé con el entonces cardenal Bergoglio y le pedí ir a Santiago del Estero porque es una provincia a la que siempre había ido a misionar. Me designaron en la ciudad de Campo Gallo, bien al norte. Aunque fue una experiencia no querida, resultó muy buena porque me permitió –además de la vivencia de la Iglesia– conocer la Argentina profunda, los parajes, los maestros rurales, la vida de en un pueblo. Me amplió la mirada incluso en el tema adicciones porque me di cuenta de que está presente en muchos lugares y de que en el país no hay dispositivos para dar respuestas. Un pibe con un problema de adicción en cualquier lugar de la Argentina no tiene contención. Nosotros hablábamos de las villas porque era lo que conocíamos, pero me di cuenta de que los changos de Salta o Santiago están tan desprotegidos como los de Buenos Aires. Corroboré que el problema es mucho más complejo y que Santiago no era una provincia de tránsito como se decía. Aprendí mucho y me hice amigos entrañables.

-Después de estar dos años en Santiago del Estero, en marzo de 2013 llegó a la Villa La Cárcova, en José León Suárez, adonde acaban de traer la cruz del Gauchito Gil. ¿Se inscribe en el mismo criterio que la imagen de la Virgen de Caacupé en la Villa 21?

-En esta nueva pastoral, yo tengo una franja en la que viven cerca de 30.000 personas y abarca Villa La Cárcova, la 13 de julio, Villa Curita y Barrio Independencia. En el mes de julio, trajimos la imagen de la Virgen de Luján, en diciembre fuimos con una delegación a buscar a la Virgen de Itatí y a Mercedes a traer la Cruz Gil. La mirada es la misma: partir de la esencia y no imponer. En este barrio, la mayoría de la gente es del Litoral y en todos lados está presente el Gauchito. Sin duda, quien ora ante una imagen es un católico que reza a su modo. Entonces, lo que hay que pensar es de dónde viene, qué quiere expresar y por qué lo hace de esa forma. La Iglesia valora mucho a Antonio Gil, un paisano conocido en Corrientes por su bondad, que se negó a participar de la Guerra del Paraguay por no derramar sangre de hermanos, razón por la cual fue acusado de desertor y condenado a muerte. En el momento de la ejecución, le dice al verdugo que su hijo enfermo se iba a curar. Cuando el verdugo llega a su casa, comprueba que era cierto y regresa al lugar de la ejecución a poner una cruz. Es a partir de esa cruz que queremos tomar la devoción de nuestra gente.

-Según tengo entendido, tanto en la Villa 21 como en Campo Gallo, había una gran presencia de cultos hasta su llegada. ¿Qué cree que cambió con su trabajo pastoral para que la gente volviera a la Iglesia?

-Creo que la gente tiene una necesidad espiritual y la busca en el lugar más cercano. Necesita escuchar la palabra y encontrarse con otros. Te cuento una experiencia que viví en Santiago del Estero. Una vez, en un poblado alejado, muy al norte de la provincia, una señora me dijo: “Mire, padre, yo soy católica, pero voy al culto”. Le pregunté cómo era eso y me explicó que en ese paraje se juntaban en una casa, cantaban y leían la Biblia; en síntesis, hacían lo que deberíamos estar haciendo nosotros como Iglesia. Creo que ese es el gran desafío que tienen tanto la Iglesia como el Papa: hacer más horizontal el trabajo. En América Latina, hay dos cosas importantes: la religiosidad popular y las comunidades de base. Con una geografìa tan extensa, es necesario abandonar la estructura vertical –obispo, cura, gente– e implementar la presencia de ministros laicos. No puede depender todo de un sacerdote, y si los ministerios tuvieran mayor fortaleza, no avanzarían tanto los cultos, muchos de los cuales tienen posturas fundamentalistas que le hacen mucho daño a la gente.

VIVIR EL EVANGELIO

-¿Está de acuerdo en que el nombramiento del Papa Francisco generó una gran esperanza en la sociedad?

-Sí, fue un momento espiritual muy importante. Lo conozco mucho a Jorge Bergoglio y creo que tiene las mismas convicciones de siempre, solo que ha sumado una gran capacidad comunicativa. Lo conversé con él y me dijo que él mismo se sentía distinto. Le dije: “Jefe –porque siempre lo llamo así–, se nota que el Espíritu Santo lo está asistiendo de una manera especial porque logró comunicarse con el mundo entero a través de gestos”. Creo que esa es una de las razones por las que muchos argentinos recién lo conocen ahora, porque antes pasaba más desapercibido, era más apocado; aunque cuando hablaba con nosotros decía las mismas cosas que hoy maravillan a todos. Así como antes visitaba permanentemente las villas, tomaba mate, participaba de las procesiones, viajaba en subte o se mezclaba con la gente, hoy siendo Francisco conserva la misma austeridad y el mismo contacto directo con el pueblo. En cuanto a los habitantes de las villas, el hecho de verlo en una foto en la 21 es una motivación muy grande.

-Y en su caso, ¿quién cree que lo asiste para haber generado tanto amor en la gente? ¿Qué caracteriza el “estilo Pepe”, del que todos hablan?

-Yo tengo una relación muy fuerte con la gente de la villa, algo que sin dudas tiene que ver con Dios. Me sentía el padre de una comunidad, por eso al decirme Padre Pepe no me estaban dando el título de cura sino colocándome en el lugar del padre de la familia. Ese vínculo lo vivimos muchos años y en todas las situaciones, incluso en las más difíciles. Siempre digo que es la gente de la villa la que me salvó la vida. Compartimos épocas difíciles pero también muy felices, hicimos muchas cosas juntos con muy poco y hoy miro para atrás y veo un camino recorrido.

-¿Es cierto que cuando se retire piensa vivir en la Villa 21?

-Sí, yo siento que es mi casa y allí me gustaría ir si Dios me da larga vida. Es un lugar extraordinario, tanto por su idiosincrasia como por su fuerza transformadora, su fe, su cultura, su manera de festejar, de hacer las cosas en comunidad. Tiene una fortaleza única y creo que, sin dejar de lado otros barrios –y no me refiero solo a las villas sino a cualquier barrio de la ciudad–, no hay en Capital mejor barrio que la Villa 21.