La baja de “El Chayo” en Michoacán se enmarca en la decisión del gobierno de Enrique Peña Nieto de enviar fuerzas federales a ese estado, en plena guerra abierta entre el cartel de los Caballeros Templarios y los grupos de Autodefensa.


El 10 de marzo de 2011, Morelia y otras ciudades del estado mexicano de Michoacán amanecieron empapeladas con “narcomantas” (letreros callejeros escritos en grandes lonas) que anunciaban el nacimiento de un nuevo cartel. “A partir del día de hoy –decía una de las leyendas– estaremos laborando en el lugar, realizando actividades altruistas que antes realizaban los de La Familia Michoacana. Estamos a la orden de la sociedad para atender cualquier situación que atente contra la integridad de los michoacanos” (sic).


La organización criminal responsable de los anuncios firmaba como los Caballeros Templarios, un cartel que opera fundamentalmente en el centro del país, en los estados de Michoacán, México, Jalisco y Morelos. Las tareas altruistas de las que hablaba el anuncio son la ejecución de todo ladrón, violador o secuestrador que amenace con alterar el orden local, o de cualquier adversario que trate de disputar el territorio. Mientras tanto, los Caballeros Templarios se dedican al tráfico de estupefacientes, especialmente marihuana y drogas sintéticas, y a la extorsión de pequeños y medianos productores rurales, el cobro de cupos mineros (formales e informales); el secuestro; el tráfico de indocumentados; entre otras actividades fuera de la ley.


Lejos de pacificar la zona, las actividades del nuevo cartel despertaron una furiosa respuesta de los locales, principalmente de los agricultores y comerciantes afectados por las extorsiones. Poco más de un año más tarde del nacimiento de los Caballeros Templarios, surgieron las Autodefensas, grupos similares a los Paramilitares colombianos, que combaten al margen de la ley a los carteles. Armados y pertrechados a la par de los narcotraficantes y las fuerzas de seguridad, son una nueva fuente de violencia para el estado de Michoacán.


Durante el último año, los enfrentamientos entre ambos grupos se exacerbaron. Las Autodefensas acusan a la policía local de ser funcional al cartel, mientras que los Caballeros Templarios denuncian que los grupos paramilitares están apoyados por carteles rivales. La delicada situación obligó al gobierno central a enviar tropas federales para tratar de pacificar el área.


En enero último, las Autodefensas tuvieron una victoria muy importante: lograron expulsar a los Templarios de la ciudad de Nueva Italia, en Michoacán, y replegarlos hacia Apatzingán, su bastión. Además, la policía de México detuvo a Dionisio Loya Plancarte, alias “El Tío José”, uno de los cinco principales líderes del cartel.


De todas formas, sería arriesgado hablar de la derrota total de los Caballeros Templarios: según un reporte de la División Antidroga de la Policía Federal mexicana, es el tercer cartel mexicano en tamaño y control territorial, y el de más rápida expansión en los últimos tiempos. Actualmente mantienen una alianza con la Federación de Sinaloa (el cartel más grande del país).


TESIS SOBRE LA VIOLENCIA


Para ser precisos, los Caballeros Templarios no son un cartel completamente nuevo, sino un derivado del diezmado cartel de La Familia Michoacana, que operó en la zona hasta 2010, cuando el gobierno abatió a su fundador Nazario Moreno González. La referencia a La Familia y a Moreno González, alias “El Chayo” o “El Más Loco”, es casi obligada, porque ayuda a comprender muchas características del modo de obrar de los Templarios y del perfil de sus miembros.


Nazario nació el 8 de marzo de 1970 en Apatzingán, en el corazón de la Tierra Caliente michoacana, un valle árido donde las temperaturas pueden llegar a los 50 grados centígrados. Aunque el nombre de la región proviene de esta característica geográfica, sin dudas la narcoviolencia le dio un nuevo sentido al mote.


Antes de convertirse en “El Más Loco”, las crónicas ubican a Moreno González en Estados Unidos, como un adicto en recuperación. Allí habría tomado contacto con el gurú evangélico John Eldredge y su obra; en especial con Salvaje de Corazón (Wild at Heart), un libro que vendió un millón y medio de copias y que hoy es lectura obligada para los Caballeros Templarios.


Eldredge asegura en Salvaje de Corazón que la violencia es parte intrínseca de la condición varonil. Según el autor, Dios creó la naturaleza masculina con esa característica, pero en el mundo contemporáneo se encuentra diluida e insatisfecha. En un largo reportaje sobre la figura de Nazario que publicó la revista mexicana Emeequis, el periodista Humberto Padgett señala que precisamente en esta concepción del hombre radica el atractivo de la obra del norteamericano para los narcos mexicanos. Para Eldredge, “Jesús era alguien más parecido a la Madre Teresa de Calcuta o a William Wallace, el guerrero escocés del siglo XIII en cuya vida se basó Mel Gibson para filmar Corazón Valiente. (…) Jesús no es un ‘sacerdote eunuco’, ni un monaguillo de rostro pálido con el cabello partido a la mitad que habla suavemente y evita la confrontación, quien al fin logra que lo maten porque no tiene salida (…) Es el Señor de los señores, el capitán de ejércitos de ángeles”, dice el gurú en su libro.


Esta tesis sobre la violencia humana y el voluntarismo para afrontar la vida calaron profundo en Nazario, quien adoptó esta manera de pensar para sus futuras actividades.


SAN NAZARIO


Luego de una estadía en una cárcel de Texas por tráfico de drogas de la que no se tienen muchos datos, “El Chayo” Moreno González volvió a México. Asociado a Jesús Méndez Vargas, creó “La Empresa”, que comenzó a funcionar como una célula del cartel del Golfo, cobrando cuotas a narcotraficantes para que pudieran operar en Michoacán. En su artículo, Humberto Padgett pinta a Nazario de pies a cabeza en esa época: “Todavía no era ‘El Más Loco’, pero ya recorría las ardientes cañadas michoacanas con una Biblia en la mano y el cuerno de chivo –como llaman los narcos mexicanos al fusil AK-47– en la otra”. Incluso “El Chayo” llegó a plasmar su visión del mundo en un libro, Pensamientos, donde otorga una guía de conducta moral y social.


Luego de la captura de Osiel Cárdenas Guillen, líder del cartel del Golfo, en 2003, los michoacanos buscaron su independencia. Entraron en guerra con sus antiguos patrones y con el cartel de los Zetas. Padgett señala que “desde su primer acto público, La Familia Michoacana mostró su capacidad propagandística y la pretensión de sus líderes de ser reconocidos y considerados como defensores del pueblo y justicieros sociales”. Esta característica fue continuada por los Caballeros Templarios. Además, mostró desde el principio una violencia extrema: un sello característico de La Familia era la decapitación de sus víctimas.


En un manifiesto publicado el 22 de noviembre de 2006 en los diarios locales La Voz de Michoacán y El Sol de Morelia, se identificaron como “miembros de La Familia Michoacana y trabajadores masivos de la Tierra Caliente organizados por la necesidad de salir de la opresión y la humillación a la que fueron sometidos por otras organizaciones criminales”. Su “misión” era muy clara: erradicar en Michoacán el secuestro, la extorsión, los asesinatos por paga, el secuestro exprés, el robo de tráileres, automóviles y casas. La Familia fue creciendo y posicionándose como uno de los carteles más importantes del país y la figura mesiánica de “El Chayo” se fue agrandando.


El 9 de diciembre de 2010, se informó que Nazario Moreno González había sido dado de bajo por las fuerzas federales tras dos días de enfrentamientos en Apatzingán, su ciudad natal. Su cadáver nunca fue exhibido, lo que generó un aura de misterio aun más grande para este mítico personaje. Esto lo convirtió en una especie de santo popular inmortalizado en estatuillas y estampitas.


LA ORDEN NARCO


A los pocos meses de la presunta desaparición de “El Chayo” -que finalmente fue falsa, en vista de su muerte confirmada en marzo de 2014- y fruto de una escisión interna, surgieron los Templarios. Su líder es Servando Gómez Martínez, alias “La Tuta” o “El Profe” –por su pasado como profesor rural–, heredero natural del antiguo jefe de La Familia.


Basado en los Pensamientos de Nazario, Servando organizó y publicó un Código de Conducta para los Caballeros Templarios, que los diferencia del resto de los carteles. Los integrantes de esta organización tienen estrictamente prohibido consumir drogas, conducir automóviles en estado de ebriedad, robar, secuestrar o agredir mujeres. Claro que las ejecuciones y extorsiones ordenadas por los jefes quedan al margen de las normativas de conducta.


Además de los aspectos de la vida personal, el Código de Conducta de los Caballeros Templarios también abarca aspectos que hacen a la vida en sociedad. Por ejemplo, los conmina a “luchar contra el materialismo, la injusticia y la tiranía en el mundo”, a “prepararse y equiparse a sí mismos para la batalla y conseguir los objetivos de la orden” y a entablar “una batalla ideológica para la defensa de los valores que sostiene una sociedad basada en la ética y construida a través de los siglos”.


Todo este sistema de normas morales y éticas remite a la Regla Templaria, el código que reguló la orden religiosa de los Caballeros Templarios original creada en el siglo XII para cuidar a los peregrinos que se dirigían hacia Oriente. Al respecto, Padgett traza un interesante paralelismo: en los 72 preceptos de La Regla Templaria “se ordenan aspectos monacales y militares y se pretende resolver la coexistencia de ambas condiciones en un mismo hombre, como Nazario pretendió hacerlo respecto a la contradicción de dedicarse al narcotráfico, cometer despiadados asesinatos y, al mismo tiempo, predicar el amor, la humildad y el bien al prójimo”.


El barniz moral con el que se presentó el cartel de los Caballeros Templarios le significó el mote de “el cartel religioso”. Incluso, como si se tratara de un sacerdocio, una de las normas indica que no hay forma de renunciar a la orden. La pertenencia a la organización es de por vida y la deserción está castigada con la muerte. Esto está bien explicitado en el juramento de iniciación que todo miembro debe prestar.


RECLUTAMIENTO


Los Caballeros Templarios están organizados de manera vertical, con tintes eclesiásticos. Existe un comité máximo a cuyos integrantes se les llama “apóstoles”. Les siguen los “predicadores”, que son los responsables de sector, encargados de regiones o plazas. Por debajo, los administradores, que son contadores, pagadores de funcionarios públicos y asesores legales. Luego vienen los encargados de células, que operan sobre los sectores productivos y en los municipios controlados.  Al final de la cadena están los “guerreros celestiales”: sicarios y policías, el brazo armado de la organización.


El reclutamiento se realiza en centros de rehabilitación de adicciones relacionados con el propio cartel. Humberto Padgett explica esta metodología: “Tras pasar un programa de desintoxicación que subraya los pasos cuatro y cinco de Alcohólicos Anónimos –relacionados con la elaboración de un inventario de faltas de carácter y morales y su posterior confesión–, son evaluados de acuerdo a sus aptitudes para su integración en la organización. Estos centros de ayuda, según la Secretaría de Seguridad Pública Federal, sirven además para el lavado de dinero”, señala el periodista.


Uno de los elementos encontrados por la policía en allanamientos a estos centros de rehabilitación, fueron ejemplares del libro Pensamientos, de Nazario Moreno González, obra de cabecera para todo Caballero Templario.

“Los seleccionados inician un proceso de terapias motivacionales y adoctrinamiento cristiano evangélico. Luego de ello, son llevados a campos de entrenamiento para el manejo de armas, ubicados en la sierra michoacana. Solamente después de ello, son iniciados en un ritual que retoma la parafernalia caballeresca”, desarrolla Padgett.


Como se señaló con anterioridad, una vez ingresados en la organización, es muy difícil salir de ella. El sistema de castigos de Los Caballeros Templarios consta de tres etapas o advertencias. En la primera, el penitente es internado en un centro de rehabilitación durante tres días.


En la segunda, el castigado es recluido de nuevo en un centro de rehabilitación, pero en aislamiento total y durante 12 días. Además, se le vendan los ojos y se lo ata en posición de crucifixión, pose en la que recibe 12 tablazos frente a sus compañeros.


La tercera es la ejecución. Los caballeros realizan un ritual de muerte frente a los compañeros de célula del condenado y los jefes regionales. Se expone su deslealtad a la organización y, tras un juicio sumarísimo, se le invita a rezar por su descanso para luego ser ejecutado por la persona que lo introdujo en la organización o, en ausencia de esta, por el apóstol o predicador más próximo.


CONFLICTO ABIERTO


Desde que se formaron las Autodefensas, los enfrentamientos con los Templarios se transformaron en algo cotidiano. La persecución siempre la realizan durante el día y con al menos 100 hombres fuertemente armados en un convoy de 20 camionetas blindadas.


La presencia de estas milicias ciudadanas puso en un lugar incómodo al gobierno, tanto local como federal, en cuanto al efectivo ejercicio del monopolio del uso de la fuerza. Es más, las Autodefensas comenzaron a lograr mejores resultados que las fuerzas de seguridad. Poco a poco, fueron recuperando localidades de Michoacán, haciendo que la orden se replegara a su bastión fuerte en la ciudad de Apatzingán.


No obstante, a principios de este año, la policía de México logró detener a Dionisio Loya Plancarte, alias “El Tío José”, uno de los cinco principales líderes del cartel de los Caballeros Templarios. La noticia significó una notable mejora en la relación entre los paramilitares y las fuerzas públicas, ya que la captura de estos líderes es la principal exigencia de las Autodefensas para desarmarse. De hecho, el mes pasado, representantes del gobierno (tanto federal como del estado de Michoacán) y varios de los grupos de Autodefensa firmaron un acuerdo para que las patrullas de civiles armados “se incorporen a la normalidad institucional” (ver recuadro).


De todas formas, en la Tierra Caliente de Michoacán el conflicto sigue abierto. Policías locales y federales, Autodefensas, Caballeros Templarios y sicarios de otros carteles mexicanos siguen enredados en una realidad sangrienta en la que nadie resulta vencedor.