“Medellín es una ciudad que ha pasado del miedo a la esperanza. Eso significa el miedo que había por la violencia que nos tocó y la esperanza de una ciudad que crece, que entiende las oportunidades, sabe los riesgos y las dificultades que se tienen, pero que ya se está moviendo en otra dirección”.

Sergio Fajardo, exalcalde de Medellín

(Entrevista del diario La Voz del Interior, 6/7/2008)

Nadie duda de que vivimos tiempos difíciles vinculados con la seguridad, el narcotráfico, la violencia y el poco valor que le damos hoy a la vida humana. Nuestra publicación, acercándose a la década de existencia, ha dedicado cientos de páginas a esta temática, varios libros de nuestra editorial Taeda la abordan, y con nuestra Fundación hemos generado múltiples actividades sobre el tema, en el convencimiento absoluto de que solamente una política integral de seguridad nos alejará del peligro del caos que podría instalarse en nuestro país. De lo contrario, su erradicación costará cientos de miles de vidas y será imprevisible la cantidad de años y de afanes que esta problemática le demandará a nuestra sociedad, como ya hemos visto en otros lugares de la región y del planeta.

Importa poco la estadística, cualquiera sea ella y provenga del signo político del que provenga, pues las cifras por sí solas no cambian el concepto de que vivimos una época sin antecedentes conocidos para nosotros. El contexto en el que nos movemos está mucho más cercano a las series y películas clase B que a la realidad cotidiana que supieron vivir nuestros padres y abuelos. La Argentina vive un proceso que aún está a tiempo de atenuar y luego detener, si toma conciencia de que ese proceso ya se ha iniciado y presenta características similares (con las naturales diferencias de contexto) a las que vivieron otros países amigos, como Colombia, Brasil y hoy particularmente México, cuyos costos en vidas humanas, recursos y calidad de vida debieran ser un espejo de alarma para nosotros. Hace muchos años que estos países luchan sin descanso por modificar su cruda realidad y la propia sinergia que generan hace que narcotraficantes, sicarios y delincuentes dedicados a la trata de personas y a todo tipo de delitos busquen destinos más cómodos para sus fatídicos quehaceres. Está claro que nuestro país se encuentra en la lista  de los circuitos elegidos. Solo así se puede explicar el incremento cotidiano de la violencia en las grandes urbes como Buenos Aires, el conurbano bonaerense y su extensión hacia otras ciudades del interior, como Rosario y Córdoba, que también sufren episodios de guerra entre bandas, policías involucrados con el narcotráfico y una enorme sensación de inseguridad.

La idea de esta columna no es enumerar la grave problemática que genera una situación nacional de defensa débil, de fronteras permeables y de un estado de seguridad complejo y peligroso, porque de esa situación estratégica se ocupa en esta publicación el presidente de nuestra Fundación, en un documento previo al seminario que realizaremos con la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá, el próximo mes de noviembre para tratar esa problemática en la región. Muy por el contrario, el análisis que propongo realizar, con una fuerte dosis de optimismo, intenta describir el recorrido que realizó una ciudad colombiana estigmatizada durante décadas por la muerte para lograr resolver de manera notable su destino trágico. Medellín ha sido elegida en estos días como la ciudad “más innovadora del planeta”, seleccionada entre 25 grandes urbes por el más prestigioso periódico económico del mundo, el Wall Street Journal. Esta noticia, impensada para muchos, llama poderosamente la atención. Quizás debamos encontrar la clave del éxito en los logros obtenidos por la segunda ciudad de Colombia, considerando el terrible lugar desde donde viene. Veamos entonces cuáles fueron sus antecedentes, ya que probablemente muchos lectores solo identifiquen a Medellín como la ciudad donde murió Gardel (de hecho, más recordado allí que en la propia Argentina) y también por la violencia que sembró Pablo Escobar Gaviria, el narcotraficante que dirigió un emporio del crimen único hasta morir en diciembre de 1993. Dejando de lado los prejuicios, podremos entender que Medellín es eso y mucho más que eso.

En el recuento que nos proponemos realizar, tenemos a favor el hecho de haber estado en este querido país en varias oportunidades y haber recorrido con nuestra revista y nuestro programa de TV, muchas y variadas ciudades de Latinoamérica, hecho que nos permiten hablar de esta en particular, poniendo en perspectiva nuestra experiencia. Visitamos Medellín en 2008 y convivimos con funcionarios, empresarios y gente común. Los cambios ya se vislumbraban en el horizonte. La capital antioqueña venía de una veintena de años extremadamente complejos, al ser el centro de operaciones elegido por Escobar Gaviria, fundador del Cartel de Medellín, cuya multiplicidad de actividades ilícitas siempre estuvo combinada con cierto apoyo social de los sectores marginales que veían en él una especie de “Robin Hood” latino. El llamado “Zar de la Cocaína” amasó una extraordinaria e incalculable fortuna y vivió desde 1984 una guerra particular no solo contra el Estado, sino también contra el archirrival Cartel de Cali y contra los paramilitares, en una batalla de todos contra todos. Se le atribuyen escalofriantes cifras de asesinatos (que superan las 10 mil personas), bombas, masacres, secuestros y ataques a políticos, militares y empresarios. Responsable de una extensa red de sicarios, justamente en estos días, cobra particular actualidad la próxima liberación de “Popeye”, luego de purgar 23 años de cárcel y ser el más destacado asesino a sueldo de Escobar. Omito, por razones de espacio, algunas de sus increíbles declaraciones actuales, pero es bueno repasarlas en Internet para comprender el grado de crueldad, trivialidad y de arbitrariedad para asesinar a mansalva, ellas rozan la incredulidad más absoluta. “Plata o plomo” era el dicho de la época, es decir, o aceptabas la corrupción si eras funcionario, empresario o policía, o eras condenado a muerte, mientras Escobar llegaba incluso a ser senador y a gozar de múltiples influencias en el mundo.

Podría pensarse que su violenta muerte en 1993 y la desarticulación parcial del emporio que había hecho de Medellín el centro del delito en la región, sacarían a la ciudad de esta triste situación. Por el contrario, el agravamiento fue feroz y, según las estadísticas de la Asesoría de Paz y Convivencia, la tasa de homicidios en la época ascendió a 444 personas cada 100 mil habitantes, por lejos la más alta de Sudamérica y a la cabeza de los rankings de violencia del planeta. Las divisiones que surgieron, las peleas entre bandas por el territorio y la batalla cotidiana entre narcotraficantes, delincuentes y milicias, palmo a palmo por cada barrio, por cada sector, por cada esquina, hicieron la situación absolutamente intolerable. El solo hecho de desplazarse por sus calles al anochecer era poner en riesgo la vida, en gran cantidad de barriadas de la ciudad. En un impensable hallazgo en una de nuestras visitas, dimos con un adolescente de 14 años, Alexis, a quien le hicimos una larga entrevista para DEF TV, tras cruzarnos con él en una de las más pobres y violentas zonas de la ciudad, que ya se encontraba en proceso de reestructuración y pacificación. Escuchar al pie del nuevo teleférico lo que había sido su vida de niño y sus pérdidas daba sinceros escalofríos. Al reverlo hoy para escribir esta nota, esas sensaciones se multiplican ante el temor de que algún día esa sea nuestra propia realidad.

El expresidente Álvaro Uribe, en aquella memorable cumbre de la 38º Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) en junio de 2008, presentó a Medellín como un logro. La ciudad pudo albergar entonces un evento cuyo calibre, con presidentes, funcionarios, empresarios y políticos clave del continente, era impensable tiempo atrás. Bien, pero mucho más allá de ello, importó lo que pudimos registrar con nuestros propios ojos, el tremendo compromiso personal de los colombianos con su país, que iba desde el más alto funcionario hasta la persona de la calle más humilde. Nos conmovió esa “pasión por Colombia”, sin discurso ni estridencias, que se manifestaba en cada acto cotidiano, desde el apoyo al visitante hasta la limpieza y el cuidado de la barriada más pobre. Dentro de este increíble conflicto de casi medio siglo, sufrió Medellín mil divisiones de su propia ciudad, pasando el poder del Estado a los narcos, de los narcos a los paramilitares o a las temibles “Bacrim” (bandas de delincuentes), llegando a figurar en la guía de Lonely Planet como la capital internacional del tráfico de cocaína.

Para que esta ciudad sacudida por la violencia y el crimen se convirtiera hoy en finalista y finalmente fuera elegida como la “ciudad más innovadora del planeta” –dejando atrás a Nueva York y Tel Aviv–, debieron ocurrir infinitos hechos que van mucho más allá de la voluntad y  pasión ya destacadas. Las bases de semejante cambio, que no significa que los problemas y dificultades hayan terminado, tienen que ver con algunos hechos simples, conocidos y universales, pero correctamente aplicados y desarrollados en el tiempo, a saber:

– Continuidad política con un plan claro y un objetivo de transformación consensuado. Los analistas reconocen que el inicio del cambio fue durante la gestión del alcalde Sergio Fajardo en 2004. Este planteó básicamente que solo con educación, cultura, renovación urbana y obra pública esencial se podría modificar una realidad de violencia extrema que ni el ejército ni la policía habían podido alterar. Llegar a las barriadas más pobres y romper su aislamiento y el control de la delincuencia en ellas era la clave del plan. Acordados con las demás fuerzas políticas el fin deseado, la política y el cómo hacerlo, fueron de la partida funcionarios, empresarios, fuerzas públicas, sociales y religiosas. Y este acuerdo se sostuvo hasta hoy a lo largo de tres gestiones políticas.

– Otro detalle fundamental fue una clarísima alianza entre lo público y lo privado, poco o nunca visto en la región, que prometió atacar –y lo hizo en forma frontal– el descuido, el abandono y esencialmente el aislamiento de regiones como la comuna nororiental y otras zonas muy marginales donde la delincuencia y el narcotráfico mandaban sin que las fuerzas del Estado se aventuraran a ingresar.

– Así fue como se pusieron en marcha el metrocable de uso social, particularmente construido para atender los sectores aislados; las escaleras eléctricas de San Javier (evitando el descenso cotidiano de 350 escalones desde las laderas de las montañas a miles de personas); y, particularmente, el metro, que es la columna vertebral que moviliza el transporte en la segunda ciudad de Colombia. Orgullo del pueblo Paisa, el metro es llamado la “taza de plata” y puedo decir, por experiencia propia, que no conozco otro transporte de este tipo en el mundo, con mayor limpieza y respeto hacia el usuario. Completa esta particular situación la excelencia de los servicios públicos, con estándares internacionales, manejados con eficiencia por los propios antioqueños, alejados de la corrupción y con un fuerte compromiso social empresario. Esta situación casi idílica suma la proliferación de bibliotecas, parques y colegios, donde antes habitaban francotiradores y la muerte era moneda cotidiana.

– Muchos alertan aún que el camino es largo  para cumplir tan ambicioso plan, pero pareciera que el reconocimiento internacional les dice esencialmente que están en la senda correcta.

Bien, muchos expertos han estudiado miles de situaciones similares, demostrando siempre lo poco conveniente que resulta extrapolar casos para aplicar recetas que sirven en un contexto y fracasan en otros por mil impensadas razones. Sin embargo, entender desde qué extrema gravedad regresó del infierno esta hermosa ciudad colombiana y pensar a fondo en la combinación básica de factores aplicados para ello, bien puede ser un buen punto de partida para invitar a la reflexión en lugares de nuestro país en los que crece la violencia todos los días.

Continuidad en las políticas públicas, compromiso empresario, responsabilidad de los funcionarios, actividad social, trabajo y condiciones de vida digna deben acompañar a serias políticas de seguridad, a las que se deben destinar recursos adecuados y que deben estar acompañadas de compromisos políticos que permitan alejar una violencia que, hasta hace pocos lustros, hubiera parecido impensable en nuestro país.