Los mandatarios sudamericanos deberían repensar si Lugo no ha encontrado en este sumarísimo proceso una puerta de salida a un purgatorio que indefectiblemente iba a terminar de manera poco gloriosa en 2013.

El pasado 22 de junio se produjo uno de los juicios políticos mas rápidos que se registren no solo a nivel regional sino internacional. Siguiendo los pasos previstos por la Constitución y con la tácita y pasiva aceptación del propio perjudicado, el ahora ex presidente Fernando Lugo, se produjo su remoción por diversas causas, entre las cuales se destacaba el desmanejo que generó la muerte de 17 policías y civiles días atrás durante la ocupación campesina de un tradicional y disputado predio.

La abrumadora mayoría destituyente en el Congreso, 39 votos contra solo cuatro, habla por sí sola. Tanto los liberales como los colorados no dudaron en sacarse de encima a Lugo, este “externo” de la política y de las élites paraguayas. Como en tantos otros casos en el mundo, venir de afuera del barro de la política dista de dar garantías de nada. Es un buen sello inicial, pero que muchas veces no deja de defraudar como la “vieja política” o, en algunos casos, imitarla y aun empeorarla.

El gobierno de Lugo, con el respaldo masivo de la población, en especial de los jóvenes y de los campesinos del interior del Paraguay, estuvo caracterizado desde un comienzo por problemas y crisis. Uno de los mayores inconvenientes la fractura que se produjo con su vicepresidente Federico Franco -actual presidente- quien pertenece al estructurado e histórico Partido Liberal. Estructura que mas allá de sus defectos y problemas, fue un baluarte solitario en la lucha política contra la dictadura colorada-militar que controlo el país hasta 1989.

No olvidemos los sucesivos escándalos por paternidad que tuvo que soportar y reconocer el ex presidente Lugo, así como sus fuertes tensiones con la Iglesia Católica paraguaya y con el mismo Vaticano. No faltaron capítulos de tensión a partir de algunos cambios que se impulsaron en las aun poderosas Fuerzas Armadas. Así como la incapacidad de poner coto al avance del poder del narcotráfico y grupos terroristas como el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP).

El gobierno de Lugo se dio dentro de un esquema de política exterior que buscó estrechos lazos con Venezuela y que tuvo como contraprestación el envío de cargamentos de combustible a bajo costo, así como con un acercamiento con la potencia que más influye desde hace décadas en la tierra guaraní: Brasil. Todo ello no implicó que, por acción o más bien por omisión, el ex obispo dinamitara la presencia militar y de seguridad de los EE.UU., tal como hicieron los países bolivarianos. Es más, durante su mandato, algunos ministros del gabinete, demostrando amplios márgenes de autonomía, concretaron ejercicios y esquemas de cooperación con las agencias de Washington ligadas a temas militares, antiterroristas y antinarcotráfico, así como la compra de importantes cantidades de armamento liviano, más precisamente fusiles de asalto Galil y municiones a Israel, un país que dista de tener una visión positiva de Chávez, sus aliados y socios.

En materia de la estratégica energía que produce y vende Paraguay a la Argentina y Brasil, de la mano de las gigantescas represas de Yacyretá e Itaipú, Lugo planteó fuertes negociaciones para mejorar los precios de esta exportación y lograr obras complementarias, sin por ello caer en las posturas más extremas y nacionalistas que impulsaban algunos medios de prensa y políticos.

Los países de la región, en especial los del Unasur, agitaron críticas y advertencias sobre el proceso ocurrido en Paraguay y el ascenso de Federico Franco al poder. Una mirada atenta a la los hechos antes mencionados y la propia pasividad y tranquilidad política que demostró Lugo en las ultimas 72 horas –más allá de su repudio a lo que denominó un “golpe contra la democracia”– deberían hacer repensar a los mandatarios sudamericanos si en realidad este religioso abocado a la política no ha encontrado en este sumarísimo proceso una puerta de salida a un purgatorio que indefectiblemente iba a terminar de manera poco gloriosa en 2013. En algunos casos, irse como víctima es mejor que ser visto como un fracaso.