En el tratamiento de la cuestión Malvinas, la diplomacia argentina debe combinar un alto grado de coordinación con los países vecinos, una relación seria y racional con EE. UU., y un vínculo estrecho con la Unión Europea, sin descuidar el papel que China tiene reservado en el Atlántico Sur.

Muchas veces se ha repetido que solamente la cuestión Malvinas activa el botón nacionalista argentino, tal como lo hace una campaña exitosa de la selección argentina de fútbol. Una mirada a la región y al mundo nos mostraría que la Argentina ha sido uno de los países que más ha aflojado y debilitado los reflejos y clichés nacionalistas que suelen existir en todos los países. Sin caer en la tentación de afirmar si esto está bien o mal, nos limitamos a describirlo.

El 30º aniversario de la guerra por las islas se ha combinado con dos gobiernos, el británico y el argentino, que han optado por entrar en una fuerte dialéctica histórico-político-diplomática. Hacer una comparación entre ese uso interno y el existente en Buenos Aires y Londres en marzo-junio de 1982 es una exageración, o la versión farsesca de una tragedia, retomando la vieja premisa de Karl Marx que afirmaba que la historia solía darse primero en forma de tragedia y luego como farsa. En este sentido, se puede enmarcar, por ejemplo, el supuesto envío de refuerzos militares británicos a la zona o la declaración de oficiales retirados del Reino Unido pidiendo evitar el recorte inevitable del gasto en defensa que motiva la crisis económica, con el argumento de que las fuerzas militares de la Argentina tendrían voluntad de su poder político y capacidad de ocupar y defender las islas en cuestión.

Ya la historia recuerda cómo nuestro país salvó, en 1982, a la Royal Navy del desguace de sus unidades de superficie para priorizar los submarinos de ataque con misiles balísticos y cómo la entonces primera ministra conservadora se salvó de una contundente derrota legislativa generada por el alto desempleo y huelgas. Un gobierno destinado a durar poco más de tres años terminó siendo una revolución neoconservadora de más de diez. Evidentemente, los inventos argentinos no se limitan al dulce de leche y el colectivo.

Antes de adentrarnos el eje central del presente artículo -esto es, el presente y, en especial, el futuro-, cabría recordar que los ingleses que estudian la historia o la recuerdan bien saben que el conflicto de 1982 distó de ser un paseo, tal como lo atestiguan más de 250 muertos declarados y centenares de heridos del lado inglés, así como dos destructores, dos fragatas, un gran portacontenedores y dos buques de desembarco hundidos, y una decena de unidades dañadas en diferente grado, sin olvidar el fallido ataque de fuerzas especiales de Londres al aeropuerto de Tierra del Fuego. Casi una década de guerra en Irak y Afganistán no provocó semejantes bajas en las fuerzas británicas. Tal vez por todo ello, en junio de 1982 los cansados mandos de las fuerzas del Reino Unido en las islas aceptaron una rendición “condicional” de la Argentina y no “incondicional” como querían.

CÓMO PREPARARSE

Si de presente y futuro se trata, el tema del Atlántico Sur está estrechamente ligado a la explotación de petróleo, gas, minerales de profundidad y el saqueo por venir de la Antártida y sus riquezas naturales. En este contexto, nuestro país debería trabajar sobre algunos de los ejes que detallaré a continuación.

En primer lugar, en establecer una diplomacia que logre óptimos niveles de comunicación política estratégica con Brasil, Chile, Uruguay y Sudáfrica; en segundo, en la construcción de un amplio y moderno puerto multipropósito en Tierra del Fuego. También se debería potenciar la exploración y explotación de petróleo y gas offshore; así como actualizar las capacidades de las fuerzas de submarinos de nuestra Armada y apoyar el desarrollo del primer submarino de propulsión nuclear. Esto solo, sin ninguna actitud agresiva, elevaría fuertemente los costos de los seguros que pagan las empresas petroleras británicas en el Atlántico Sur e implicaría una modernización de nuestra aviación naval y capacidad de exploración.

Por otra parte, tendríamos que establecer una relación seria y racional con los EE. UU., trabajar estrechamente con países de la Unión Europea -como España e Italia-; y luego de buscar posicionarnos en una postura ventajosa, encontrar canales de diálogo serios con el Reino Unido por el tema control y vigilancia de la zona en cuestión. Por último, no hay que olvidar que China está llamada a tener voz en el tema Atlántico Sur y Antártida; y debemos aprovechar la fobia brasileña a la presencia de potencias extrarregionales en el Atlántico Sur, vis a vis la presente y futura puja descarnada por los recursos naturales estratégicos.

En otras palabras, esto implica una posición argentina fundada en bases políticas, económicas y militares sólidas, o al menos aceptables, que garantice moderación y gestión y no alineamientos de los gigantes -entre los que no está el Reino Unido como actor central-, que avanzarán sobre estos y otros puntos estratégicos del mundo. Esta sería una versión inteligente y actualizada o “2.0” de la tercera posición.
Pensar que se trata de un tema bilateral o de mera lucha contra los resabios coloniales de la ex hegemonía británica de un siglo atrás, nos volvería a colocar frente a un error, ya cometido en 1982 de manera mucho más trágica, y significaría desconocer los juegos geopolíticos que se dan en este mundo en transición acelerada a la multipolaridad de potencias y multiplicación de actores estatales y no estatales. En 1982 no terminamos de entender e interpretar atentamente lo que pensaban Washington y Moscú. Hoy, a estas capitales hay que agregarles otras, empezando por Beijing y, por su cercanía regional, la propia Brasilia.

Asimismo, debemos centrar nuestra estrategia en el Consejo de Seguridad de la ONU, en momentos de plena guerra civil en Siria y vientos de guerra sobre Irán que no parecen pronosticar atención sobre nuestra problemática.

Las palabras filosas, los mapas, el conocimiento de la historia y la difusión de ideas vía 2.0 ayudan en las disputas geopolíticas de hoy y mañana, pero si están bien respaldadas por una diplomacia activa y profesional, un brazo militar disuasivo y alerta y un pleno desarrollo de nuestras actividades económico-comerciales en la zona, ayudarán mucho más, sin duda.