Este dicho, que convive con la versión menos autóctona de “Lo salvó la campana”, se usa para indicar que se ha podido zafar, a último momento, de algún contratiempo o problema. De las dos interpretaciones sobre su origen, la que me parece más creíble es la que asegura que proviene del mundo del box.

Cuando este deporte se profesionalizó, a fines del siglo XIX, si un boxeador caía, el árbitro comenzaba la cuenta de 10 en voz alta, terminada la cual le levantaba la mano al ganador, salvo que el púgil caído se pusiera de pie o sonara la campana que diera por terminado el round. De allí el dicho “Lo salvó la campana”, a pesar de que esta regla del box ha caído en desuso, y la campana solo puede sonar en caso de que el boxeador noqueado se recupere. Sin embargo, en la actualidad, se ha conservado el sentido de que alguien puede salvarse en los últimos minutos.

Monzón derrota a Nino Benvenuti en Roma y se consagra campeón del mundo. Foto: El gráfico.

La otra interpretación se relaciona con la versión inglesa del dicho, ya que se cuenta que en la época victoriana se desató una psicosis colectiva cuando los sepultureros que abrían los ataúdes para convertir los restos de los difuntos en cenizas encontraron algunos de ellos rajuñados del lado de adentro. Es probable que se tratara de casos de catalepsia, propios de una época en la que la medicina no contaba con los medios adecuados para asegurar que un muerto estuviera bien muerto.

Pero lo cierto es que el terror de ser enterrado vivo aquejó a toda la sociedad a mediados del siglo XIX. Por esta razón, se idearon muchos artificios, uno de los cuales consistía en atar una cuerda a la mano del muerto, que conectaba el interior del cajón con una campana en el exterior para que este la tocara en caso de resucitamiento. De allí, el sentido de la campana como elemento de salvación.

A tal punto obsesionaba este tema a la sociedad de aquella época que se cuenta que, en el momento de su muerte, George Washington no se preocupó tanto por la fastuosidad de su entierro, sino más bien por la duración de su velorio, que,especificó, debería ser de dos días para asegurarse de que su cuerpo no fuera enterrado vivo.

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Andrea Estrada
Doctora en Lingüística (UBA), docente universitaria, editora, correctora y miembro del CONICET. Es presidenta de la asociación PLECA (Profesionales de la lengua española correcta de la Argentina). Ha publicado varios libros.