La capital libanesa fue el epicentro de estruendosas manifestaciones por la situación económica que atraviesa el país. Foto: Joaquín Sánchez Mariño.

Un viaje frustrado hacia el corazón del conflicto interno en Siria se convierte en una cobertura sobre la renovada revuelta económico-social en el Líbano. Postales de una Beirut en crisis y en cuarentena. Por Joaquín Sánchez Mariño

Recuerdo el mundo en ese entonces y mi valija. Puse mudas de ropa para verano, mudas de ropa para invierno, un pasaporte, dos celulares, una cámara de fotos con tres lentes, un trípode pequeño, algunos remedios menores: ibuprofeno, diclofenac, sertal… Recuerdo que en mi camino al aeropuerto las preocupaciones eran casi automáticas, recuerdo dar mi pasaporte en el mostrador de la aerolínea, guardarlo en el bolsillo e ir a un bar a tomar un café para esperar. Pagar con billetes, sentarme en una silla y sentarme en otra silla a leer un libro, en ningún momento lavarme las manos, ni pensar en lavarme las manos. Recuerdo subir al avión y ver las caras de todos al descubierto, recuerdo haber tosido porque un pedazo del alfajor me atragantó, recuerdo incluso haber estornudado por el cambio de aire que genera el sistema de ventilación del avión.

Recuerdo muy claramente ver el mapa en la pantalla de mi asiento y pensar que era un gran póster libre de fronteras donde yo tenía que elegir dónde ir, dónde entrar, dónde morir incluso. Era febrero de 2020. El coronavirus comenzaba a sonar en Europa como en su momento lo hizo la influenza o la gripe A, pero no más que eso. Todo auguraba un viaje emocionante y, de algún extraño modo, exitoso. Entrar a ver el desastre de la guerra era el éxito por ese entonces, cuando el desastre todavía estaba reservado a algunas naciones, cuando aún era una guerra visible. Esta nueva guerra contra el covid democratizó el horror sobre el mapa.

El presente en Siria eran –son– nueve años de una guerra civil e internacional y contra el terrorismo. Una guerra clásica y una guerra proxy. Una guerra tribal y política a la vez, múltiple. Y entrar a esa guerra era mi recompensa. Una recompensa a una vida demasiado tranquila y demasiado lejana que, por algún motivo, intentaba comprender allá. Bien sabía que la inquietud del alma no es la condena de los desprotegidos sino el privilegio de los afortunados. Un privilegio con precio. Pero no llegué a cobrar esa recompensa ni a pagar el precio. En cambio, apenas pude aterrizar en el Líbano, me encontré con otra noticia: en el mundo, había caído una pandemia.

Llegué al Líbano a comienzos de marzo. Mi viaje comenzó en el aeropuerto de Ezeiza rumbo a Europa. Pasé algunas semanas en Noruega y Dinamarca, y desde Copenhague, volé a Beirut, previa escala en Estambul. Aquel vuelo fue, por primera vez, distinto al resto. Aún no se declaraba la pandemia, pero las azafatas recomendaban evitar ir al baño, y ya circulaban por WhatsApp distintas técnicas para lavarse las manos de manera eficaz.

Comenzaban a verse, en partes iguales, caras cubiertas por barbijos y caras al descubierto. Antes de pasar por la aduana para entrar a Beirut, por primera vez, me encontré con uno de esos termómetros con forma de pistola. Se iban introduciendo pequeños cambios pero eran, se presumía, modificaciones pasajeras.

Del aeropuerto al hotel, tomé mi primer Uber en suelo libanés. Le pregunté al chofer si él era oriundo del Líbano. Me miró raro. “¿Por qué?”, indagó. “Podrías ser sirio o palestino”, le respondí, con total naturalidad. Hizo unos segundos de silencio. Algo en su cara se tensó y me pareció notar que su modo de manejar de pronto se volvía agresivo: “Solo libaneses en Uber”, se limitó a decir.

Lo entendí bien pronto: aunque según la ONU, el 28,47% de la población del país son inmigrantes (principalmente sirios y palestinos), los libaneses no los consideran habitantes de la misma calidad. Y ser chofer de Uber, por caso, es solo para los “verdaderos ciudadanos”. Así me lo explicó un funcionario de Naciones Unidas que vive allí hace más de dos años. “Si ves gente durmiendo en la calle, pidiendo para comer o siendo maltratada… esa gente con seguridad viene de Siria”, me dijo.

Mis planes incluían unos diez días en Líbano, en los que iba a visitar los campos informales de refugiados, realizaría entrevistas a algunas familias y me reuniría con oficiales de la ACNUR, la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados. También, si podía, visitaría el Museo de Hezbollah y conversaría con algún parlamentario de ese mismo partido (considerado una organización terrorista por los Estados Unidos y, a partir del gobierno de Mauricio Macri, también por la Argentina, entre otros).

Zona vedada: uno de los principales problemas del Líbano es el alto número de inmigrantes que recibe. Foto: Joaquín Sánchez Mariño.

Luego, entraría a Siria. Así se indicaba en mi visa: no podía cruzar la frontera antes de esa fecha, tendría apenas cinco días para estar dentro (a menos que pidiera una prórroga ya una vez en el país, lo cual pensaba hacer). Viajaría a Damasco (la capital), luego a Homs (una de las ciudades más importantes, destruída por los bombardeos que sufrió durante los años en que estuvo dominada por la oposición al gobierno). La carretera de Damasco a Homs era segura, según el gobierno.

Luego, desde Homs hacia Idlib, hacia el norte, la cosa se ponía más caliente: el escenario de la nueva escalada de violencia entre Siria y Turquía, producto de la cual cerca de un millón de sirios se vieron forzados a desplazarse, luego de un tiempo en que incluso algunos estaban volviendo a su país.

Los números de personas desplazadas de sus hogares en estos nueve años de guerra son monstruosos. Mucho peor si miramos el mapa completo del planeta. En el mundo, hay 70 millones de desplazados forzosos (personas que debieron abandonar el lugar donde vivían por persecuciones, conflictos armados, violencia o violaciones de derechos humanos).

Muchos se mueven dentro de su país: se les llama “desplazados internos” (son casi 42 millones en el mundo). Otros lo hacen hacia otros países: ellos son los refugiados. Hoy, hay más de 26 millones de refugiados en toda la Tierra. Casi 7 millones son sirios. Al menos, el 50% son menores de 18 años. De ellos, cerca de 140.000 chicos y chicas están absolutamente solos (huérfanos o separados de su familia). El país que más refugiados recibió es Turquía (más de 4 millones, de Siria). Pero Líbano es el país que más refugiados tiene por habitante (al menos 1 de cada 6 personas).

Por eso, mi aventura empezaba por Líbano, para ir entrando de a poco en el corazón del conflicto. En mi mochila, llevaba pocos libros, los fundamentales. Uno de ellos: La guerra árabe-israelí, de Jorge Maffey, un coronel argentino que se dedicó a escribir. Me acuerdo de devorar sus páginas y de pasar a su tomo sobre La guerra en el Golfo Pérsico. Ahí estaba la historia en contraste y similitud con el presente. Ahí estaban los orígenes de lo que hoy conocemos como la guerra en Siria, las estrías ya viejas de un conflicto que, en el libro, llegaba apenas hasta fines de los 70, cuando fue publicado. No hablaba del presente, eso que yo quería contar, pero acaso no había tanta diferencia a pesar de las décadas.

En este punto, creo que conviene el spoiler: nunca pude entrar a Siria. El 13 de marzo, mientras paseaba por Beirut, me llegó un mensaje de la oficina de asuntos extranjeros en el que se me notificaba que mi visa para Siria estaba suspendida indefinidamente por la declaración de la pandemia.

Más temprano que tarde, casi todas las fronteras del mundo empezarían a cerrarse, incluso la del Líbano. Si quería volver a casa o recorrer algún otro lugar, debía moverme rápido: se corría el rumor de que en pocos días, el aeropuerto de Beirut también cerraría… Pero antes de llegar ahí, volvamos unos días para atrás.

Ahora es domingo 8 de marzo del 2020 en Beirut. La temperatura ronda los 18 grados. La gente pasea por la costanera en familia. Todavía no fue declarada la pandemia por la OMS y todavía el Líbano no entró en default. Lo hará, por primera vez en su historia, al día siguiente. Y aunque se sabe, la gente pasea alegre. El sol detrás del mar Mediterráneo hace lucir el color amarillento de muchos de los edificios de la ciudad, que parecen continuaciones verticales de los acantilados.

La cuarentena que se impone en Beirut para frenar el avance del coronavirus no impide que continúe la activa vida social de la “París de Medio Oriente”. Foto: Joaquín Sánchez Mariño.

La ciudad es una mezcla de lo nuevo y lo viejo, de lo reconstruido y lo abandonado. Es normal, al caminar por sus calles, encontrar edificios en ruinas, como si recién hubieran sido bombardeados. Y es normal, a su vez, que el edificio de al lado sea un canto a la modernidad. Es que muchas de las construcciones fueron en efecto bombardeadas durante la larga guerra civil libanesa que fue de 1975 a 1990 y que, de resultas, dejó a la París de Medio Oriente (tal como se la conoce), mitad en pie, mitad destruida. Durante esos quince años, muchos libaneses se fueron del país (de hecho, hay más gente de origen libanés fuera del Líbano que dentro), y al terminar la guerra, no volvieron. Aun así, siguieron siendo propietarios de sus viviendas –muchas de ellas destruidas–, pero decidieron no reconstruirlas por una cuestión económica, ya que igual no las iban a habitar. Entonces, cada calle de Beirut se convierte en un museo de la violencia.

Hay, sin embargo, una zona de la ciudad donde la destrucción es nueva. Todo alrededor de la Plaza de los Mártires (junto a la mezquita más grande del Líbano), todavía se pueden ver locales comerciales vandalizados. En la misma plaza, todavía hay carpas de la “nueva revolución libanesa” o “Revolución de Octubre”, tal como llamaron al movimiento social que estalló en octubre de 2019 en respuesta a una iniciativa del gobierno para cobrar las llamadas por WhatsApp. Sin embargo, como también sucedió en Chile con el aumento del metro, eso fue solo un gatillo. Las protestas fueron, en todo momento, por las profundas desigualdades económicas y por la impune repetición de los mismos nombres en el poder desde hace décadas.

Desde ese octubre, nada fue igual: las calles se volvieron turbulentas otra vez, el gobierno perdió el control de la situación, y el primer ministro Saad Hariri (hijo de Rafiq Hariri, también primer ministro en dos ocasiones, responsable de la construcción mezquita de la Plaza de los Mártires, y asesinado en el 2005) tuvo que renunciar.

Otra de las postales famosas de las protestas en Beirut fueron sus DJ. La ciudad tiene la fama de ser el lugar con la vida nocturna más intensa del planeta, y ni la crisis económica más profunda pudo con eso. En la carpa central de la plaza, había permanentemente un DJ pasando música. Así protestan los libaneses, al ritmo de una consola.

Todavía suena algo de música cuando paso por ahí. Sigue la carpa y hay cerca de 15 personas instaladas. Serán las dos de la tarde de un día de semana. Uno de ellos pasa música a volumen moderado. Al lado, sostenido en el mástil de la bandera, se ve el puño cerrado de la resistencia, y varias banderas de Líbano, blanca, roja, y el árbol de cedro.

“Las rayas rojas simbolizan la sangre derramada en el noble objetivo de la liberación. La franja blanca simboliza la paz, y el blanco de la nieve que cubre las montañas del Líbano. El cedro verde (cedro del Líbano) simboliza la inmortalidad y la estabilidad”, dice una rápida descripción de Google.

No es difícil reconocer por dónde brotó esa sangre o cuánto costó esa paz. No es difícil quedarse colgado mirando un edificio señorial imponente, o uno que seguramente algún día lo habrá sido. Pero todo sueño dura poco: cada dos minutos, alguien toca una bocina en las calles de Beirut. No es por el tráfico, son autos particulares que funcionan como taxis compartidos: tocan la bocina cada vez que ven un peatón para preguntarle hacia qué lado va y si le interesa un aventón.

Por estos días, el movimiento en las calles no representa ni el 20% de la normalidad. El pueblo libanés apenas supo del virus se guardó en sus casas. No esperó siquiera la orden del gobierno: la cuarentena fue voluntaria. Según dicen, tanta guerra los volvió a la vez invencibles y exagerados. Lo único que no aceptaron ceder fue el entrenamiento en los gimnasios. Si bien fue lo primero que se prohibió, la gente comenzó a pasarse santos y señas por WhatsApp para coordinar con los profesores y entrar en la clandestinidad. Por lo demás, todo cerró velozmente en Beirut.

Camino a eso iban las fronteras. “Si podés irte ya, andate ya”, me dijo un diplomático argentino destinado allí cuando le pregunté cómo estaba el panorama. Era un sábado de mediados de marzo. Mis planes de Siria ya habían sido abandonados (pospuestos) incluso en mi cabeza (no diré que no fantaseé con ir igual a la frontera e intentar entrar con alguna facción de la oposición… pero no me dio ni el coraje ni la irresponsabilidad ni el dinero en efectivo que seguro me iba a costar colarme por la frontera). Solo me quedaba reagrupar y, como dice la sabiduría popular, servir para otra guerra. Y además, la voz del diplomático, que volvió a sonar en mi celular: “Andate ya”.

Al día siguiente, abandoné Líbano, el chofer de mi último Uber me dijo que ni durante la guerra las calles habían estado tan vacías. “En ese entonces, todavía había bailes, y la gente iba a los restaurantes, aunque pudiera caerte una bomba al lado”, me dijo. La medida de los libaneses dio resultado: al cierre de esta nota, había solo 1473 casos confirmados y 32 muertes. Lo que no se resolvió fue lo que el pueblo ya había hecho sonar: la desigualdad. Ya en default, ya con la economía mundial en vías de contracción, ya conscientes de que el mundo no será igual a aquel domingo 7 de marzo templado, el pueblo libanés volvió a salir a las calles, volvió a levantar las piedras, volvió a encender los fuegos.

La misma Plaza de los Mártires que vio la protesta surgir en octubre del año pasado la vio renacer en junio de 2020. Pero yo no pude estar ahí para contarla. Yo partí, antes de que todos cerraran sus fronteras, a la aún más convulsionada isla de Lesbos. Pero esa será una historia para la próxima edición.

*La crónica fue publicada en la edición 133 de DEF.

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