Abdulaziz y su familia escaparon de la guerra en Siria, su país de origen. Foto: JSM.

Abdulaziz, Lama, Omar y Sham son de Homs, una ciudad destruida en Siria. Se refugiaron en Líbano y hoy, en Córdoba, buscan reiniciar su vida. La dramática historia de una familia que cuenta lo que significa la guerra. Por Joaquín Sanchez Mariño

Durante mucho tiempo, Abdulaziz se negó a dejar Siria. Primero migraron internamente y probaron suerte en poblados aledaños. Después, en 2013, se fueron junto a Lamia –su mujer– y Omar –su hijo– a vivir a Beirut, en el vecino país Líbano. A los pocos meses les dijeron que las cosas en Homs se habían calmado, que la disputa entre el gobierno, los rebeldes y el Estado Islámico por el dominio de la ciudad había llegado a su fin. Volvieron. Omar tenía apenas dos años. Los tiroteos y las bombas seguían ahí. Abdulaziz decidió que esa no sería su vida.

Tiene el pelo peinado para atrás y parece que se hubiera puesto gomina para la entrevista, pero es apenas agua. Tiene una campera marrón clara con capucha y un celular chiquito que mira cada dos minutos. Está atento porque en cualquier momento lo puede llamar un agente de las Naciones Unidas o de migraciones. Es marzo de 2020, se acaba de declarar la pandemia, Abdulaziz (37 años, abogado), Lamia (27, estudiante), Omar (8) y la pequeña Sham (3), tienen pasaje para abandonar Líbano al día siguiente de nuestra entrevista.

Estamos en la que fue su casa los últimos cuatro años en Trípoli, al norte de Líbano. El living tiene varias alfombras rojas superpuestas, dos colchones finitos contra los laterales que foman una L, una salamandra apagada en el centro, un mueble de madera junto a una de las paredes, una tele sobre ese mueble, una radio, un reproductor de DVD, un florero, algunos –algunitos– adornos, una foto. Nada más en la sala, ni mesa ni sillas ni biblioteca ni lámparas, ni armarios.

“Nuestra casa en Homs era distinta”, dice Lamia. Se limita a eso, no explica la diferencia, pero en el tono de su voz, en la dirección de la mirada, en la timidez con que pronuncia el árabe –su idioma– se percibe que esa diferencia era grande.

Entre el living y el cuarto hay un pequeño baño a medio hacer: paredes de cemento a la vista, un inodoro sin tapa instalado con reboque a la vista en la unión con el suelo, una lamparita colgando que da una luz blanca que rebota contra las paredes sin ventanas. Más allá, la habitación, un cuadrado exactamente igual al living repleto de ropa y bolsos en el centro: Lamia está haciendo las valijas de la familia. Y detrás de ese ambiente, un pequeño rectángulo parecido al baño que oficia de cocina: hay una hornalla en el piso conectada a una garrafa, una bacha para lavar los platos, unos estantes –dos– con un aceite y una naranja, una ventana pequeñisima en una de las paredes, casi en el techo.

—¿Qué sé de Argentina?… Que es el país del mate, ¿no?

Aunque hace casi un año atrás le informaron que su destino para la relocalización sería la Argentina, Abdulaziz no sabe demasiado de la tierra que lo espera. Trató de estudiar español pero no hizo a tiempo, sabe que es la tierra de Messi y que está en Latinoamérica, “pero su gente llegó de Europa”, dice. No mucho más. Cuando supo que se iría para allá, su madre le dijo: “¿Para qué te vas a ir ahí? Es un país pobre”. Es marzo del 2020, acaba de anunciarse una pandemia y Abdulaziz tiene miedo de estar dejando un lugar en crisis para llegar a otro lugar en crisis.

La relocalización de su familia es parte de un programa de ACNUR (la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados). Abdulaziz postuló hace años para entrar en él, y luego de un largo proceso se le encontró destino. Para que eso suceda deben pasar varias cosas: por un lado, que haya un acuerdo entre el país de destino y Naciones Unidas (la cancillería argentina tiene el Programa Siria, que se ocupa de recibir refugiados), y dentro de ese país tiene que haber una familia llamante. Esto significa, una familia local que esté dispuesta a ser apoyo para los refugiados que llegan. La familia llamante para la familia de Abdulaziz está en Río Cuarto, Córdoba.

Una de las últimas fotos de Abdulaziz y su familia en Líbano, el país en el que se refugiaron antes de partir hacia Argentina. Foto: JSM.

Aunque todo parece resuelto, todavía hay medio mundo que recorrer, un país extraño al que llegar, una cuarentena que cumplir, y una cultura que conocer. Pero eso será después. Por ahora, Lamia hace los bolsos, Abdulaziz habla por teléfono y Omar y Sham juegan corriendo de acá para allá entre las alfombras.

La decisión de dejar Siria definitivamente vino después de una amenaza. Como necesitaba dinero, Abdulaziz –que hasta la llegada de la guerra era una persona más de clase media con un trabajo de abogado– comenzó a viajar a Líbano para trabajar de obrero en construcciones y así ahorrar algo de plata. Un día, volviendo de Líbano hacia Homs, lo detuvo un retén policial sirio. Le preguntaron qué hacía, él explicó que había estado trabajando y estaba volviendo a su casa –era verdad. Le preguntaron si tenía vínculo con los rebeldes opositores al gobierno del presidente Bashar al-Ásad, dijo que no –y era verdad. Por último, le preguntaron si tenía dinero. Dijo que no –pero no era verdad: tenía consigo los sueldos que había juntado. Lo revisaron, le dieron vuelta el auto, y encontraron el dinero. Inmediatamente, asumieron que esa plata venía desde Líbano provista por Hezbollah para financiar a los rebeldes o al Estado Islámico. Decidieron ejecutarlo ahí mismo.

Lo llevaron a un costado de la carretera y un oficial le dijo al otro: matalo. Abdulaziz, entre la desesperación y el ruego, les explicó que no, que era dinero para su familia, que él no tenía ningún vínculo con los rebeldes ni nada contra el gobierno. La decisión igual parecía tomada. Abdulaziz rompió en llanto. Antes de que lo ejecutaran, otro oficial corroboró su historia y le salvó la vida. Lo dejaron ir, pero entonces él decidió que era el momento de abandonar su patria.

Junto con su famiilia tomaron un remis que los llevó hasta Damasco, capital de Siria. Luego otro hasta Beqqa, ya en Líbano, donde están asentados la mayor cantidad de sirios que llegan al país. Desde ahí, otro transporte a Trípoli. Allí tenía el trabajo en la construcción, pero durante meses Abdulaziz negó estar trabajando de obrero. Le daba vergüenza ser abogado y haber perdido el privilegio de tener una carrera. Con los meses notó que muchos de sus compatriotas en la construcción eran también profesionales resignados a hacer cualquier cosa para sobrevivir.

Nuestra idea era irnos desde acá hacia Europa”, dice. “Si hubiera podido juntar mucho dinero lo hubiéramos hecho, hubiéramos cruzado a través del mar”. Trípoli está al norte de Líbano y desde sus playas es muy fácil llegar a la isla de Chipre, ya en territorio europeo, pero el mar es salvaje y un boleto –en una balsa ilegal– cuesta demasiado caro. El tráfico de refugiados por esas costas es una industria que mueve millones y no ofrece ninguna garantía.

“Me pedían cinco mil dólares para ir con toda mi familia. Sabíamos que la gente perdía sus vidas en el mar, pero no pensábamos en la muerte sino en esos que sí lo habían logrado. Queríamos hacerlo, pero no pude juntar toda esa plata”, dice Abdulaziz, arrodillado en el living de la que fue su casa en Trípoli.

—¿Por qué creés que fueron elegidos para ser reubicados?

—Creo que es porque somos una familia pequeña, con grandes planes para un mejor futuro… Nuestro futuro se suponía que iba a ser muy distinto a lo que está siendo, porque nosotros recibimos educación, Lamia estaba en la universidad… Pero ahora eso ya pasó, ahora deseamos que nuestros hijos tengan una mejor educación y mejores oportunidades.

—¿Cómo reaccionaste cuando les dieron la noticia de que habían sido aceptados en Argentina?

Cuando nos enteramos por supuesto que estábamos felices, pero teníamos sentimientos encontrados porque más allá de la felicidad, tenía miedo a lo desconocido. No sabíamos si la situación en Argentina sería mejor que acá o no. Y además nos sentíamos tristes de dejar a nuestros amigos y familiares acá en Líbano, por ejemplo, mi hermano.

—¿Qué sabías de Argentina?

—Cuando supe que sería el destino, mi primer pensamiento fue: hay muy buena gente ahí, hay muy linda naturaleza, pero también escuchábamos en las noticias que la situación económica era difícil. Esto fue un poco preocupante para nosotros.

—¿Cómo reaccionaron Omar y Sham?

—Sham es muy pequeña y casi no entiende. Omar sabe que vamos a viajar. Él habló con su primo por teléfono y le contó que iba a viajar en avión, así que entiende lo que pasa. Las principales preguntas que me hace son si habrá juguetes, si habrá escuelas, si tendrá amigos allá…

—¿Qué es la guerra para vos?

Lo más difícil en la vida es la guerra. Nadie puede saber el significado de la guerra a menos que la haya vivido. Las únicas cosas que puede traer la guerra es pobreza y hacer que pierdas a los que amás.

Ocho meses después de conocernos, Abdulaziz, su familia y este cronista están –otra vez– en el mismo país. Ellos viajaron un día después de la entrevista. Cuando llegaron a la Argentina, fueron aislados porque Abdulaziz presentó fiebre y otros síntomas compatibles con el coronavirus. No era COVID, pero tuvo que pasar una cuarentena estricta. Recién después llegaron a Río Cuarto, donde tampoco fue fácil: como venían de afuera, muchos los veían como una amenaza, una fuente de virus. También superaron ese tiempo. Hoy viven en una casa en Río Cuarto y están por comenzar un emprendimiento. Para ellos, la Argentina ya no solo es la tierra del mate, pero todavía están por descubrir qué otra cosa podrá significar.

Siria, allá lejos, sigue en guerra. Líbano sufrió una explosión en la que se destruyó gran parte de Beirut. El Estado Islámico amenaza con resurgir en la región. En Grecia el campo de refugiados de Moria, donde hay miles de ciudadanos sirios, quedó reducido a cenizas. El hermano de Abdulaziz sigue solo en Trípoli, buscando su futuro.

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