La erupción del volcán Calbuco en Chile ha puesto nuevamente en vilo a la Patagonia. Para comprender mejor el funcionamiento de este fenómeno natural, DEF conversó con Claudio Parica, geólogo y profesor de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

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Imagen: The Weather Channel

 

Imponentes, amenazantes y fabulosos, los volcanes han ejercido a lo largo de la historia una mezcla de atracción y temor en los seres humanos. Si bien es cierto que sus efectos pueden ser devastadores, el número de víctimas de estas manifestaciones en muy inferior comparado con los tsunamis, terremotos o inundaciones, entre otras catástrofes. Aun así, constituyen una amenaza permanente que acecha en la actualidad a alrededor de 500 millones de personas. “Los fenómenos volcánicos se originan por el desplazamiento de las placas de la corteza terrestre que al reacomodarse liberan energía”, explica Parica. Y agrega: “A mí me impactan por lo que representan. Los veo siempre desde dos puntos de vista: por un lado, representan un riesgo; pero por otro, no podemos olvidar que en buena medida el vulcanismo es la razón de que estemos en el planeta, que son generadores de los grandes yacimientos minerales y, en algunos casos, de energía. Son una manifestación de la vitalidad de la naturaleza que no se puede controlar pero sí prever y monitorear”, reflexiona.

Vigilar los volcanes activos para conocer su comportamiento y saber cuándo van a entrar en erupción sirve para disminuir los riesgos. “Hay que controlar todo el entorno teniendo en cuenta varios parámetros como las emisiones de gases, la temperatura del suelo, la actividad fumarólica – mezcla de gases y vapores que surgen por las grietas exteriores de un volcán a temperaturas altas-, la sísmica de baja intensidad, semejantes al movimiento que se puede sentir en un andén cuando pasa un tren a toda velocidad”, ejemplifica. “Cuando el magma –masa compuesta por rocas fundidas, cristales de minerales y gases- empieza a acercarse a la superficie estos parámetros, que son relativamente constantes, cambian. Si todas las variables se van incrementando, es indicativo de que se aproxima una erupción”. Entre las manifestaciones previas pueden presentarse la salida de lava con liberación de gases, diseminación de cenizas, ríos de agua caliente y aluviones de barro. “Hay volcanes que hicieron daño sin hacer erupción. Es el caso del Nevado del Ruiz en Colombia a fines de los 80, cuando se derritió la nieve del cráter generando un torrente de barro que arrasó con el pueblo que estaba al pie”.

Las erupciones presentan grandes diferencias y poder pronosticarlas permite establecer previsiones. Pueden provocar violentas explosiones de gases que forman nubes de humo y lluvia de piroclastos (fragmentos sólidos arrojados al aire) hasta lentas emisiones de lava. Un elemento importante es conocer el comportamiento pasado de un volcán. “Su historia es la que muchas veces indica qué clase de medidas se deben tomar. Por ejemplo, una erupción del tipo del volcán Llaima básicamente tiene lava y emisiones de piroclastos de no mucho alcance, preverlo posibilita actuar con tiempo y con cierta tranquilidad. En el caso de volcanes muy violentos, hay que dar la voz de alerta con antelación y despejar el área, al menos la más próxima, con la mayor velocidad posible”. Ejemplo de ello es el volcán Santa Helena ubicado en Washington, cuyas erupciones en mayo de 1980, mataron a 57 personas, destruyeron más de 200 casas y hectáreas de bosques de abetos, y cuyas cenizas cubrieron ciudades distantes a unos 400 kilómetros. “Fue una de las más violentas que hubo en la historia, con emisión de piroclastos en forma ultrasónica. Entonces lo que no destruyó el material eyectado, lo hizo la explosión. Esas erupciones son de alto riesgo y pueden acabar con grandes extensiones a su alrededor. Un dato para tener idea de su magnitud: se calcula que en el hemisferio norte la temperatura disminuyó medio grado durante un año, debido a la delgada nube generada por las cenizas que impidió la llegada de radiación a la superficie”.

Por su parte, las erupciones lávicas en general son tranquilas y, aunque arrasan todo lo que se encuentra a su paso y pueden provocar graves incendios, dan tiempo a abandonar el lugar. Un caso típico es el del archipiélago de Hawai donde la gente convive con los volcanes con una tranquilidad impresionante, además de servirse de ellos porque representan una gran atracción turística. “La lava tiene movimientos muy lentos y avanza muy pocos centímetros por minuto. Da tiempo a escapar y, muchas veces, si las coladas no son de gran extensión, le tiran agua para enfriar el frente y este mismo puede llegar a actuar como dique”.

Y si hablamos a largo plazo, ayuda a los pronósticos el hecho de que el volcán tenga algún tipo de ciclicidad. “Hay fenómenos volcánicos, como por ejemplo el del Parque Yellowstone en Estados Unidos, con fumarolas que tienen periodicidad. Es un clásico: se vacía de agua el depósito volcánico, se vuelve a llenar, se calienta el agua, sale, etc. Más allá de indicar actividad, estas manifestaciones se consideran póstumas, es un volcán que está tendiendo a la extinción y se espera que no vuelva a tener erupciones violentas pero hay que vigilarlo”.

Temblores, rocas candentes, explosiones y lluvia de cenizas son algunas de las características responsables de la mala fama de los volcanes. Esta cinematográfica pirotécnia va acompañada por efectos devastadores que han ocasionado la desaparición de pueblos enteros, la mortandad de fauna y flora debido a la composición química de las cenizas, el envenenamiento de fuentes naturales de agua, la destrucción de infraestructura e incluso la alteración climática mundial. Un caso emblemático es el del Vesubio que entró en erupción en 79 a.C., provocando una lluvia de ceniza volcánica y columnas de gases y piedras que alcanzaron los 33 kilómetros, liberando una energía equivalente a 100.000 veces la de la bomba nuclear de Hiroshima, y sepultó la ciudad de Pompeya. “La gente no tuvo tiempo de nada, todo fue cubierto y las cosas quedaron como estaban es ese momento, intactas, sepultadas por las ceniza. Por ello en la actualidad es una de las grandes maravillas arqueológicas del mundo”, explica Parica.

Y aclara que el peligro está directamente relacionados con la distancia, son riesgos de proximidad. “Si se está muy cerca, seguramente será perjudicado por todo. Si hay lava, aunque se movilice lentamente, puede arrasar una zona y dejarla totalmente cubierta; además, como el material suele salir incandescente, no solo sepulta sino que incendia. A su vez, los gases contaminantes tóxicos -azufre, arsénico, etc.- pueden alterar espejos de agua o chorrillos, provocando envenenamiento por alta concentración de contaminantes. Cuando las erupciones son violentas, suele destruir el entorno del volcán y llegar a grandes extensiones. En la medida en que uno se aleja, los riesgos disminuyen muchísimo, incluso la caída de cenizas no alcanzan grandes espesores a la distancia, no sepultan”.

A esto, hay que sumarles también los efectos nocivos en la salud de la población como irritación de la piel y de las vías aéreas, alteraciones respiratorias, exacerbación del asma, estrés e incluso afección de las funciones inmunológicas y la contaminación atmosférica producida por los dióxidos de carbono y de azufre, principales gases contenidos en el magma.

Pese a esto, millones de personas viven expuestas a estos riesgos, incluso en las laderas o al pie de los volcanes. El fenómeno deja de ser incomprensible cuando analizamos la otra cara de la moneda: los suelos son extremadamente fértiles porque las cenizas, ricas en sales y minerales, abonan la tierra al punto de proporcionar varias cosechas al año. “Siempre hay que tener en cuenta que, más allá del miedo que generan, han sido benéficos para el planeta. Buena parte de los yacimientos minerales, el cobre por ejemplo, están asociados al vulcanismo así como el enriquecimiento del suelo. Un claro ejemplo es el del pueblo Los Antiguos, en la provincia de Santa Cruz, que sufrió la erupción del volcán Hudson en agosto de 1991 y a los pocos años se transformó en un exitoso productor de frutillas”.

Otro factor destacable es la utilización de la energía geotérmica, aquella que puede ser obtenida mediante el aprovechamiento del calor del interior de la Tierra. “Es una energía limpia y natural. En Islandia, por ejemplo, la usan para calefaccionar. El agua caliente hace que se puedan también mover turbinas para generar energía eléctrica”, detalla.

Respecto de la distribución geográfica de los riesgos volcánicos, una zona caliente es el denominado Cinturón de Fuego del Pacífico – que se extiende a lo largo de la costa oeste de América, las islas del Pacífico Sur y el Sudeste Asiático-, que concentra un cordón de volcanes y, junto a la cuenca mediterránea, libera el 80 por ciento de la energía sísmica total del Planeta. Dentro de él, una de las zonas más activas es la Cordillera de los Andes. “En nuestro país, la región de la Puna está plagada de volcanes que erupcionan en forma continua, pero no es considerada una zona de riesgo por la baja densidad poblacional”.

Respecto del monitoreo de la región, Parica considera que sería importante que hubiera un trabajo conjunto entre Argentina y Chile, país cuyo observatorio vulcanológico generalmente nos avisa si va a haber una erupción para que se tomen precauciones.

“¿Por qué es imperioso realizar el monitoreo? Porque a diferencia de los demás procesos, el vulcanismo como los terremotos es uno de los pocos fenómenos geológicos inmediatos. Analizar los riesgos potenciales   permite tomar las decisiones correctas”, finaliza.