El gigante asiático fue modificando sus posturas diplomáticas a medida que su poderío militar iba cambiando. Una visión de la evolución de la política de Defensa de Beijing, desde una visión académica. Por Juan Manuel Pippia. Licenciado en Ciencias Políticas (UBA). Magíster en Relaciones y Negociaciones Internacional (FLACSO). Miembro fundador de innovaes.com

Introducción: El Realismo Neoclásico

El Realismo Neoclásico es una corriente teórica que se desprende de la tradición realista y que se diferencia tanto del Realismo Clásico como del Realismo Estructural. Del primero, diverge por entender que las presiones competitivas del sistema internacional –y no la naturaleza humana– son la variable independiente. Del segundo, se distingue al reconocer un mayor número de variables explicativas; como por ejemplo la política doméstica, la percepción de los líderes, el rol de las ideas, la presión de la opinión pública, entre otros. En cuanto a su especialización, el Realismo Neoclásico se enfoca en la interacción entre el sistema internacional y la estructura interna de los Estados, y así busca dilucidar cómo serán las respuestas de estos a las presiones y oportunidades del sistema internacional. Por ejemplo: mientras que el Realismo Estructural predice que los Estados tenderán a balancear amenazas; el Realismo Neoclásico anticipa cómo, efectivamente, las balancearán. Con diferentes posibilidades, como la de balance interno (vía movilización de recursos propios); balance externo (vía alianza con otros Estados); una combinación entre ambos; o alguna forma subóptima de balance.

Es justamente esta especialización la que permitirá corroborar la hipótesis del presente artículo: “El poder militar del Estado –definido por sus mecanismos de movilización de recursos y la percepción de su dirigencia política– influye en su estrategia de balance”. De esto se derivan dos hipótesis auxiliares: “A menor poder militar del Estado, menor independencia en su política exterior y mayor propensión a establecer alianzas”; y, por el contrario, “a mayor poder militar del Estado, mayor independencia de su política exterior y menor propensión a establecer alianzas”. Así, se define por mecanismos de movilización de recursos a las políticas de los Estados que buscan transformar el poder potencial (riqueza, recursos naturales, población, etc.) en poder militar (Fuerzas Armadas). Y por estrategia de balance se entienden aquellas políticas del Estado destinadas a balancear un poder o una amenaza, real o percibida por la dirigencia política, y se incluirán tanto las alianzas con otros Estados como los esfuerzos hacia dentro del Estado por incrementar su poder militar.

La debilidad china, la amenaza soviética y la alianza sino-estadounidense (1971-1991)

A pesar de la rigidez del sistema de alianzas imperante durante la Guerra Fría, desde su creación en 1949, la República Popular China (RPCh) aspiró y trató de mantenerse independiente y no alinearse con ninguna de las superpotencias. No obstante, ya en 1950 China optó por aliarse con la URSS. Además de la afinidad ideológica, la decisión de Beijing se basó en considerar a EE. UU. como una amenaza. Dicha conceptualización se debía al continuo apoyo de Washington a Chiang Kai Shek y a su régimen exiliado en Taiwán pero reconocido como el legítimo gobierno de China. La inminente Guerra de Corea (1950-1953) y la intimidación contra Taipéi –conocidos como la primera y segunda Crisis del Estrecho de Taiwán (1954-1955 y 1958, respectivamente)– confirmarían los argumentos de la dirigencia política china.

La alianza con la URSS no estuvo exenta de problemas, ni de desconfianza mutua. Ya en el contexto de la Primera Crisis del Estrecho de Taiwán –cuando los soviéticos se negaron a prestarle ayuda militar a China– la relación comenzó a declinar. La no concesión por parte de los soviéticos de una bomba atómica a China también desgastó la relación. Desde la perspectiva soviética, pesó la negativa de Beijing a aceptar el establecimiento de una base naval y antena de submarinos en territorio chino. El punto de quiebre se dio en octubre de 1959, en el marco de la cumbre sino-soviética, cuando Mao Zedung y Nikita Khrushchev intercambiaron duras acusaciones. Mientras Mao lo acusó de tener una actitud revisionista (al criticar a la figura de Stalin); Khrushchev le recriminó sus ansias de conquistar el mundo y la imposibilidad de generar acuerdos. Como resultado, la alianza sino-soviética se quebró. Al año siguiente, Moscú canceló todos los programas de cooperación bilateral que beneficiaban a Beijing y así la relación bilateral comenzó mostrar un sesgo de rivalidad.

A lo largo de la década de 1960, la política exterior de la RPCh se caracterizó por una suerte de militancia propia del Movimiento de Naciones No Alineadas y, al mismo tiempo, compitió con la URSS al buscar posicionarse como el verdadero “modelo socialista” a seguir para los países del Tercer Mundo. Paralelamente, la rivalidad ideológica con EE. UU. continuó; sin embargo, en 1965 y 1967 se realizaron conversaciones secretas con Washington, en Suiza y Polonia, con el fin de recrear cierta confianza e informarse sobre sus respectivas perspectivas estratégicas.

La relación con la URSS siguió empeorando y entre los años 1968 y 1969 llegó a su punto más álgido. Desde Moscú, se hizo una convocatoria internacional –a través de una revista– para apoyar a las fuerzas que se mantenían “leales al marxismo-leninismo” en China y resistían la persecución de Mao. En Beijing, la publicación fue entendida como el anuncio de un inminente golpe de Estado prosoviético. El panorama se volvió más sombrío cuando la URSS invadió Checoslovaquia y destituyó a su dirigencia política bajo los cargos de haberse desviado ideológicamente.

De esta forma, el 1° de marzo de 1969, la RPCh lanzó una ofensiva contra la isla Demansky, sobre el río Amur (zona en disputa), justificándose en la continua violación de su frontera por parte de la URSS. Pero el 14 de marzo, los soviéticos contraatacaron con fuerzas mucho mayores y los expulsaron de la isla. También se produjeron choques en Manchuria y Asia Central (Mandelbaum, 1988; y Menges, 2005).

Si bien los enfrentamientos quedaron limitados a escaramuzas y el conflicto no escaló a una guerra total, la posición internacional de la RPCh quedó severamente desmejorada. Beijing se encontraba todavía más aislada y amenazada, teniendo sobre sus fronteras Noreste y Noroeste alrededor de un millón de hombres del Ejército Rojo, situación que perduró hasta el fin de la Guerra Fría. En conclusión, tal como en la década de 1950, China volvió a encontrarse amenazada por una de las superpotencias del sistema internacional.

Paralelamente en EE. UU., la percepción de lo que representaba China estaba cambiando. Ya habían pasado los años de la temprana Guerra Fría, cuando la administración Truman deliberadamente había alentado una política exterior maniquea con el fin de ganar el respaldo de la opinión pública para su naciente estrategia de contención. En 1967, Richard Nixon (todavía no presidente) escribió un artículo donde reclamó un cambio en la política hacia China que privilegiase un enfoque cooperativo y que la acercase a Occidente. En 1971, una vez en el poder, Nixon envió a Henry Kissinger –en su calidad de asesor de Seguridad Nacional– a Beijing para encontrarse con el primer ministro Zhou Enlai. El encuentro se mantuvo en secreto, con vistas a restablecer la confianza y a no perjudicar la obtención de consensos. Lógicamente, la amenaza soviética fue el tema central de las discusiones y a pesar de la gravedad del asunto, la dirigencia política china no se encontraba dispuesta a firmar un tratado de mutua protección similar al que poseía Japón. Haberlo hecho hubiese sido significado una mella al orgullo nacional de China.

Para Zhou, la relación con EE. UU. debía categorizarse como de amistad y no de alianza. Consecuentemente, no sería necesario establecer un documento legal que obligase a Washington a asistir militarmente a Beijing (como es la OTAN). La mutua asistencia entre EE. UU. y China se basaría en una percepción común de amenaza. De esta forma, China no se vería forzada a reclamar asistencia exterior, sino que sería asistida espontáneamente por otros Estados que compartían su percepción de amenaza. Finalmente, Kissinger y Zhou acordaron dar a conocer la visita y simultáneamente anunciaron que al año siguiente, Richard Nixon visitaría la RPCh (Kissinger, 2011).

Consecuentemente, en febrero de 1972, Nixon arribó a China y se encontró con Mao; con quien tuvo la primera reunión en la cual se delimitaron los temas a ser desarrollados. Seguidamente, Zhou tomó el mando de las negociaciones, de las cuales la más importante fue la que mantuvo con Nixon y versó sobre la necesidad de dejar de lado los matices ideológicos, centrarse en el interés nacional de cada Estado y trabajar bajo un enfoque cooperativo.

Las conclusiones de las negociaciones se conformaron en un comunicado conocido como el “Comunicado de Shanghái”, el cual fue duramente negociado y estableció los parámetros para la relación bilateral. Su principal logro fue permitir que la RPCh y EE. UU. interactuaran e incrementaran sus vínculos bilaterales sin recaer constantemente en la cuestión de Taiwán. En la práctica, el comunicado estableció ciertas reglas de juego pero lo hizo con la suficiente ambigüedad como para ofrecerles un amplio margen de discreción en su aplicación.

Para EE. UU., el encuentro significó la separación definitiva de la RPCh del Bloque Soviético, el comienzo de un acercamiento hacia Occidente y, consecuentemente, la generación de un nuevo balance de poder global favorable a sus intereses.

Para China, la visita de Nixon representó la suscripción de EE. UU. al concepto de “una sola China” y, por lo tanto, un futuro reconocimiento diplomático. Subsiguientemente, se desprendió la concesión del asiento en el Consejo de Seguridad, el reconocimiento diplomático de democracias y aliados de EE. UU. (como Alemania Occidental y Japón).

Finalmente, el Comunicado de Shanghái remarcó que ninguna de las partes buscaría la hegemonía en Asia Pacífico y que ambas se opondrían a aquella nación o grupo de naciones que buscasen establecer dicha hegemonía (Mandelbaum, 1988; Menges, 2005; y Kissinger, 2011). De esta forma, Moscú no tendría la certeza de una victoria rápida y decisiva sobre su vecino. El apoyo de EE. UU. podría transformar lo que hubiese sido una guerra relámpago en una guerra de desgaste. En conclusión, el acercamiento sino-estadounidense (que en la práctica significó la formación de una alianza) configuró un nuevo balance de poder que resultó perjudicial para Moscú.

Si bien la alianza con EE. UU. cumplió su objetivo de balancear a la URSS, también es cierto que no fue una panacea para la RPCh. Con la salud de Mao en declive, el régimen comenzó a experimentar tensiones producto de la lucha intestina para sucederlo. En paralelo a este proceso doméstico, en el plano internacional se sucedieron una serie de hechos que congelaron el progreso de las relaciones sino-estadounidenses. En primer lugar, se produjo la retracción del liderazgo estadounidense como producto de la derrota en Vietnam (1973) y la renuncia del presidente Nixon, tras el escándalo de Watergate (1974). Y en segundo lugar, y más importante, la URSS experimentó el apogeo de su poder; al cual había arribado tras haber invertido cuantiosos recursos en sus FF. AA. De esta forma, a finales de la década de 1970, la Unión Soviética –por sí sola– representaba una potencia militar mucho más fuerte que la que en su momento representó la alianza sino-soviética. En paralelo, Moscú pudo desarrollar una política exterior expansiva que supo ampliar su influencia política, en cada oportunidad que se le presentó. Consecuentemente, la renovada expansión soviética volvió a generar en Beijing la percepción de hallarse rodeados. En efecto, la influencia soviética limitaba con la RPCh en cinco fronteras: la propia URSS, Mongolia, India, Vietnam y, a partir de 1979, Afganistán.

Paradójicamente, el incremento del poderío soviético resultó un incentivo para que China y EE. UU. buscasen revigorizar su alianza. Y eso sucedería entre 1978 y 1979.

Para entonces, en China, la lucha por la sucesión había terminado, Deng Xiaoping se había consolidado en el poder y había decidido acelerar el progreso en las relaciones sino-estadounidenses. Esta decisión descansaba en dos motivos. En primer lugar, el renovado expansionismo y poderío soviético; y, en segundo término, los cambios en su política económica (la denominada reforma económica) necesitarían de buenas y fluidas relaciones con las economías avanzadas, de las cuales China necesitaría inversión extranjera directa y mercados para la exportación.

Paralelamente, en EE. UU. el expansionismo soviético –transcurrido durante la década de 1970– convenció a la administración Carter de retomar el acercamiento a China. De esta forma, en mayo de 1978, Zbigniew Brzezinski –asesor de Seguridad Nacional– viajó a Beijing con el objetivo de normalizar las relaciones y establecer las bases para reedificar la alianza (Kissinger, 2011).

En este nuevo encuentro, la cuestión de Taiwán volvió a emerger y la forma de resolverla fue reafirmando los principios aceptados por Nixon y Zhou en 1972. Básicamente, Washington ratificaba la política de “una sola China” mientras que Beijing debía consentir la venta de cierta cantidad de armas estadounidenses a Taipéi; bajo la excusa de mantener un sano balance de poder en el estrecho de Taiwán. Avanzando en la relación bilateral, el 1° de enero de 1979, EE. UU. finalmente reconoció diplomáticamente a la RPCh y, para febrero de dicho año, Deng visitó EE. UU. (Menges, 2005; y Kissinger, 2011).
Durante su visita, Deng y Carter comenzaron a debatir cómo lidiar con la URSS. Desde la perspectiva de China, se debía proceder con una estrategia de disuasión ofensiva; es decir, demostrarle a la Unión Soviética que ellos tenían la voluntad de enfrentarlos y que no les permitirían seguir expandiéndose a sus expensas. En el marco de esta estrategia, Deng le planteó a Carter su deseo de ejecutar una guerra punitiva contra Vietnam, aliado de Moscú.

El planteamiento de Deng le generó un dilema a Carter. Por un lado, no podía comprometerse con lo que a todas luces sería una abierta agresión. Pero por otra parte, comprendía que Vietnam continuaría expandiéndose si no hallaba ningún balance. Finalmente, el presidente estadounidense arribó a una conclusión: aprobaría tácitamente la acción china y se contentaría con recomendarle a Deng que se autorestringiera en su ofensiva. De esta forma, a la vuelta de su visita a EE. UU., Deng inició la guerra contra Vietnam. Si bien los resultados en el campo de batalla fueron pobres (en dos meses de campaña, murieron 26.000 soldados chinos), la guerra le sirvió a Beijing para enviarle un mensaje a Moscú sobre su resolución de no permitirle expandirse gratuitamente (Kennedy, 1994 [1986]; Xiaobing, 2007; y Kissinger, 2011).

En 1981, con la llegada de Ronald Reagan, la alianza sino-estadounidense experimentó su auge. En primer lugar, el nuevo líder de la Casa Blanca se decidió por una estrategia internacional más ambiciosa: ya no bastaba con contener la expansión soviética, ahora se la debía hacer retroceder (Roll Back Strategy). Dicha estrategia resultó afín con la disuasión ofensiva de Deng, quien –justamente– aguardaba un mayor liderazgo estadounidense en la lucha contra la URSS. En segundo lugar, la continuación del expansionismo soviético y la Guerra de Afganistán reforzaron e incentivaron una mayor cohesión en la relación sino-estadounidense.

En conclusión, a lo largo de la década de 1980 y en función de la alianza con EE. UU.; la RPCh pudo –por primera vez desde su fundación– habitar un contexto internacional crecientemente estable y sustantivamente menos amenazante que el experimentado en las tres décadas anteriores.

No obstante, la vitalidad de la alianza sino-estadounidense se encontraba en una relación directamente proporcional al poderío de la URSS y en la medida que se percibía un declive en su poder, la alianza se debilitaba. Dicho fenómeno comenzó a ocurrir a mediados de la década de 1980 y motivó distintas acciones en cada Estado. A EE. UU., el declive soviético lo incentivó a redoblar la presión. Mientras que para China significó la oportunidad para restablecer un diálogo y mejorar la relación bilateral.

Pero el declive del poder soviético no necesariamente debía conducir hacia la disolución de la alianza; esto fue producto de una serie de hechos internacionales, sucedidos entre 1989 y 1991, que se enlazaron entre sí. Entre ellos se cuentan las sanciones y la marginación internacional que promovió EE. UU. como medida de protesta contra la represión de la Plaza Tiananmen; el derrumbe del bloque soviético y la creciente sensación de que China podría ser el próximo en caer; y el presupuesto de la dirigencia política china de que la Guerra del Golfo Pérsico sería larga y conduciría hacia una erosión de la flamante primacía estadounidense. No obstante, sucedió exactamente lo contrario (Oviedo, 2005; Kissinger, 2011).

El poderío militar de China y su estrategia internacional en la Post Guerra Fría (1991-2008)

Luego de la caída de la URSS y de la disolución de la alianza con EE. UU., la RPCh debió desarticular su estrategia de balance y elaborar una nueva estrategia internacional que comprendiera las especificidades del orden unipolar. Tal como lo prevé el Realismo Neoclásico, la respuesta no fue automática; se vio restringida por la distribución del poder a nivel sistémico y por la dinámica interna hacia dentro del Estado. De este modo, recién en 1997 –luego de la denominada Tercera Crisis del Estrecho de Taiwán (1995-1996), donde EE. UU. pasó a ser identificado como un rival–, la dirigencia política china cambió su estrategia internacional por la que se dio a conocer como la “nueva diplomacia de seguridad” o “nuevo concepto de seguridad”.

Dicha estrategia tenía por objetivo facilitar el ascenso de la RPCh sin generar temores –y por consiguiente políticas de balance– ni en sus vecinos, ni en EE. UU. La nueva estrategia tenía un enfoque mayoritariamente cooperativo, buscaba llevar buenas relaciones con Washington y solo admitía que se debía balancear a EE. UU., si sus intereses vitales se encontraban en juego. A pesar de haber logrado mejorar las relaciones con EE. UU. y sus vecinos; a partir de la década de 2000, las relaciones con Washington se vieron sistemáticamente perjudicadas por divergencias y problemas que no pudieron ser administrados. La dificultad en administrarlos se explica por dos motivos. En primer lugar, a lo largo de la década de 1990, China percibió que EE. UU. se encontraba en un proceso de expansión que se corroboraba en acciones tales como la ampliación de la OTAN hacia el exespacio soviético, la revitalización de las alianzas en Asia Pacífico, la intervención en conflictos étnico-religiosos en la periferia, etc.

El punto culminante fue la Guerra de Kosovo (1999), cuando EE. UU. y sus socios europeos de la OTAN crearon un Estado Nación en desmedro de  Serbia. Para la dirigencia política china, Washington podría jugar una carta similar pero con las distintas minorías étnicas de China. A partir de entonces, EE. UU. no solo era un rival sino también una potencia agresiva y poderosa.

Adicionalmente, la Guerra de Kosovo suscitó un debate en Beijing sobre la conveniencia de la “nueva diplomacia de seguridad”. Para los “halcones”, de no cambiar la estrategia internacional, EE. UU. podría aprovecharse de la cooperación china para avanzar en sus intereses “hegemónicos”. Como ejemplo, citaban las restricciones que Beijing se había impuesto en materia de no proliferación y que como resultado le habían impedido transferirle tecnología misilística a Irán, contribuyendo de esa forma al poderío estadounidense en Medio Oriente. Como contrapartida, las líneas duras proponían abandonar las buenas relaciones con EE. UU. y pasar a cooperar más estrechamente con Estados que se oponían a ellos. En la práctica, esto significaba pasar a una estrategia donde predominaba el balance y no la cooperación. Contrario a los “halcones” se encontraba el presidente de China, Jiang Zemin. Para el líder chino, la relación sino-estadounidense era compleja y tenía matices que le daban tanto los “halcones” –quienes proponían una estrategia de contención– como de las “palomas” –quienes proponían una estrategia de compromiso–. Para Jiang, cambiar hacia una estrategia de balance sería fomentar en Washington una reacción que conduciría hacia una profecía autocumplida. Finalmente, el debate fue ganado por el presidente y se arribó a la conclusión de que bajo las actuales circunstancias no había alternativas a la necesidad de sostener positivas relaciones con EE. UU. Subyacentemente, se había hecho una estricta lectura del balance de poder; la cual afirmaba que el poder relativo de EE. UU. era muy superior al de China.  Además, se entendía que dichas buenas relaciones eran vitales para seguir apuntalando el crecimiento económico (Goldstein, 2005).

No le correspondería a Jiang reevaluar la estrategia internacional de la RPCh sino a la siguiente camada de líderes denominada la cuarta generación, encabezada por el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao; quienes ascendieron al poder entre los años 2002 y 2004. A ellos les concernió, por primera vez en la historia moderna, gobernar una China cuyo poderío era más real que potencial. Tras casi 30 años de ininterrumpido y acelerado crecimiento económico, la cuarta generación se hizo con una nueva autopercepción de su poder relativo que alimentó una mayor confianza, orgullo y autoestima (Kissinger, 2011).
El optimismo de los líderes de la cuarta generación no solo se basaba en los logros cumplidos, sino también en las expectativas a mediano y largo plazo. En ese sentido, la mayoría de los economistas e investigadores predecían la continuación del crecimiento; inclusive pronosticaban que hacia 2020 la RPCh superaría el PBI de EE. UU. (Elwell, Labonte y Morrison, 2007; Maddison, 2007; y The Economist, 2010).

Lógicamente, haciéndose de un PBI cada vez mayor, la RPCh podrá movilizar mayores recursos para la creación de poder militar. Según Mearsheimer, una vez alcanzado el PBI de EE. UU., China se transformaría en un potencial hegemón regional que no podría ser contenido ni sumando las fuerzas de Rusia, Japón, India, Corea del Sur y Vietnam. Más adelante, si superase el PBI de EE. UU., China se transformaría en el primer rival en poseer una mayor riqueza que Washington. Logro nunca alcanzado ni por la URSS, ni la Alemania nazi, ni ningún otro rival (Mearsheimer, 2001). Pero aun cuando todavía estas cifras son estimaciones, ellas son susceptibles de trasladarse a la política exterior. Para el Realismo Neoclásico, esto es posible dado que reconoce la existencia de una transmisión imperfecta entre los recursos materiales y la política exterior (Zakaria, 2000 [1998]). Esto significa que la dirigencia política china podría estar descontando su ascenso y comenzando a actuar en función del poder relativo que todavía no posee pero que considera inminente.

A comienzos de 2005, la nueva autopercepción de la RPCh comenzó a reflejarse en la relación con EE. UU. Según Aaron Friedberg, Washington observó que a las “tradicionales preocupaciones” en cuanto a las negociaciones con Corea del Norte, el programa nuclear iraní y la activa diplomacia china en el Sudeste Asiático, debieron sumarse el activismo chino en Europa, Latinoamérica, África y Medio Oriente, regiones que históricamente escapaban a la esfera de intereses geoestratégicos de China.

Reforzando la nueva autopercepción se sucedieron una serie de sucesos azarosos que magnificaron el poder relativo de China. Willian Wohlforth denomina a estos sucesos como “eventos catalizadores”. Estos actúan como bisagras que les indican a los líderes políticos el surgimiento de una nueva correlación de fuerzas la cual favorece una revisión optimista del balance de poder. Consecuentemente, los líderes políticos serán más propensos a cambiar su estrategia internacional (Wohlforth, 1993).

En 2008, los “eventos catalizadores” que magnificaron el poder relativo de China fueron: la exitosa realización de los Juegos Olímpicos de Beijing, la continuidad del crecimiento económico en China a pesar del estallido de la crisis financiera global y el cumplimiento de los 30 años de la reforma económica. En contraste, sucedieron hechos que minimizaron el poderío de EE. UU., como la crisis financiera y económica, y la percepción de estancamiento en las guerras de Afganistán e Irak (Kissinger, 2011).

Como resultado, Beijing comenzó a sentirse con una mayor confianza, orgullo y autoestima. Consecuentemente, la dirigencia política china experimentó una mayor propensión a optar por una nueva estrategia, más próxima al balance; dado que cree que cuenta con los recursos o que pronto los tendrá. Como contracara de la misma moneda, China se volvió menos partidaria de una estrategia cooperativa; tal como lo es la nueva diplomacia de seguridad.

Conclusiones

Aplicando el marco teórico del Realismo Neoclásico, se indagó cómo la República Popular China hizo frente a los distintos desafíos internacionales que se le presentaron a lo largo del período 1971-2008. Se focalizó el análisis en la evolución de su estrategia internacional, los cambios ocurridos en su estrategia de balance, la relación con las superpotencias, las percepciones de su dirigencia política sobre las amenazas y su autopercepción sobre su poder relativo.

En relación a estas decisiones, surge el núcleo duro de la investigación y en función de ordenar su entendimiento se distinguirán dos partes. En la primera parte, se comprenderá a la hipótesis y la conclusión que de ella se deriva. Y en la segunda parte, se desarrollarán tendencias que se desprenden a partir del presente artículo.
En cuanto a la primera parte, puede afirmarse que la presente investigación pudo corroborar la siguiente hipótesis: “El poder militar del Estado –definido por sus mecanismos de movilización de recursos y la percepción de su dirigencia política– influye en la estrategia de balance”.

A lo largo del primer período estudiado (1971-1991), la RPCh fue débil en términos militares. Su industria militar no era avanzada, su gasto militar se hallaba limitado a su pobre PBI y su dirigencia política fácilmente percibió que su poder militar no le permitiría ganar una guerra contra la URSS. Desde esa lectura, la dirigencia política china decidió sacrificar grados de independencia en su política exterior para conseguir balancear a la URSS vía una alianza con EE. UU. De esta forma, el primer período de la investigación permite corroborar la primera hipótesis auxiliar: “A menor poder militar del Estado, menor independencia en su política exterior y mayor propensión a establecer alianzas”.

En cambio, en la segunda etapa investigada (1991-2008), se puede corroborar la creciente fortaleza militar de la RPCh. Dicha fortaleza descansa en el sostenido y acelerado crecimiento económico, el cual le permitió a Beijing extraer más recursos para su gasto militar, reformar sus industrias militares y modernizar a sus Fuerzas Armadas. Los líderes del Estado pudieron percibir que su poderío militar se había incrementado y para mediados de la década de 2000, distintos especialistas militares señalaban que China se encontraba a 20 años de distancia de rivalizar de igual a igual con EE. UU. (Cliff, 2006; y Tai, 2009). Este creciente poderío militar le dio una mayor independencia en su política exterior y, aun en el marco de una estrategia internacional cooperativa –tal como es la “nueva diplomacia de seguridad”–, Beijing decidió que cuando sus intereses vitales se hallasen en juego (Taiwán, Mar Meridional Chino, etc.) debía balancear a Washington. Así, el segundo momento de la investigación permite corroborar la segunda hipótesis auxiliar: “A mayor poder militar del Estado, mayor independencia de su política exterior y menor propensión a establecer alianzas”.

Consecuentemente, puede concluirse que el poder militar del Estado influye en su estrategia de balance. Careciendo de poder militar, los Estados se ven en la necesidad de recurrir a estrategias de balance externo; es decir buscar alianzas para balancear amenazas reales o percibidas por su dirigencia política. Con un mayor poder militar, los Estados no se ven en la necesidad de recurrir a alianzas y optan por enfrentar las amenazas a través de una estrategia de balance interno.

En cuanto a la segunda parte, puede afirmarse como tendencia que China preferirá mantener los mayores grados de independencia en su política exterior y, por consiguiente, habrá pocos espacios para las alianzas. Pudiendo por sí solos balancear a EE. UU., los líderes en Beijing no verán con buenos ojos establecer alianzas. Esto se explica por dos motivos. Por un lado, los potenciales aliados difícilmente puedan aportar un poderío militar similar al que ya aporta China. Y por otra parte, la alianza podría comprometer a China en campañas que dilapiden sus recursos militares en objetivos no estratégicos, ni vitales para Beijing. En ese sentido, Luttwak señala que Hitler perdió valiosas unidades militares –que podrían haberse utilizado contra la Unión Soviética– luchando en un área periférica –como lo fue el Mediterráneo y el Norte de África– en función de asistir a Mussolini en su condición de aliado (Luttwak, 1983). Desde esta perspectiva, las alianzas quedarían relegadas a Estados que busquen plegarse a China en función de hacerse con beneficios pero que puedan contribuir significativamente frente a un hipotético conflicto contra EE. UU. Este tipo de alianza es lo que Randall Schweller denomina “plegarse por beneficios” (bandwagoning for profit) (Schweller, 1994).

Rusia sería un Estado que podría entrar en esta categoría. Por un lado, Moscú podría capitalizar la distracción de Washington para hacer avanzar sus intereses en regiones como el Cáucaso, Medio Oriente y quizás en las zonas de Europa Oriental que no fueron cubiertas por la OTAN. Siguiendo a Schweller, Rusia podría comportarse como un “chacal” que se alimenta de las oportunidades que brindan las cacerías del “lobo”, personificado en este caso por China (Schweller, 1998). Por otra parte, Rusia como aliada significaría para China que su mayor frontera terrestre se encontraría estabilizada, no demandaría recursos militares y así podría concentrarlos contra EE. UU.

Otro país que podría establecer una alianza con China podría ser Myanmar, que contribuiría significativamente por su localización geográfica. El país se encuentra en el océano Índico, sobre el golfo de Bengala, y es el paso previo al estrecho de Malaca, principal punto de estrangulamiento de las líneas marítimas de comunicación que conectan al Índico con el Pacífico. Actualmente, Beijing se encuentra fuertemente vinculado con Rangún y distintos analistas especulan que Myanmar podría transformarse en una base naval china. Teniendo en cuenta que la rivalidad con EE. UU. es –y será más fuerte en el futuro– naval, las bases que la RPCh pueda colocar en distintos puntos estratégicos y le permitan ganar proyección son de capital importancia (Holmes y Yoshihara, 2008; y Mearsheimer, 2010).

Frente a un escenario internacional que parecería anticipar una profundización de la rivalidad y de la competencia geopolítica sino-estadounidense (Friedberg, 2011), el Realismo Neoclásico y su foco en la interacción entre el sistema internacional y la estructura interna de los Estados se ofrece como un instrumento útil para explicar las opciones estratégicas que las grandes potencias podrían emprender.

BIBLIOGRAFIA
-Cliff, Roger. 2006. Testimonio presentado ante la U.S.-China Economic and Security Review Commission. Washington, 16 de marzo. http://www.uscc.gov/hearings/2006hearings/written_testimonies/06_03_16_17wrts/06_03_16_17_cliff.php (Consultado: 13/06/2011).
-Elwell, Craig; Marc Labonte y Wayne Morrison. 2007. CRS Report for Congress: Is China a Threat to the U.S. Economy? Washington: Congressional Research Service. http://www.fas.org/sgp/crs/row/RL33604.pdf (Consultado: 10/06/2011).
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