La llegada al poder del clérigo moderado Hassan Rohani abre nuevas perspectivas de diálogo entre la república islámica y la comunidad internacional. Un análisis de los desafíos del nuevo mandatario iraní.

Una nueva etapa política comienza en Irán, con la asunción del presidente Hassan Rohani. Una novedad con sustanciales atenuantes, dado que el poder político, religioso y militar del país sigue en manos del líder espiritual Alí Khamenei, quien desde 1987 rige los destinos de este eximperio milenario. Rohani es asimismo un hombre de extrema confianza del líder y desde la década del 80 ocupó cargos por demás sensibles en el área de seguridad nacional. También tuvo a su cargo, a comienzo del presente siglo, las negociaciones nucleares con los EE. UU. y es recordado por haber “ganado tiempo” para que el programa avanzara, pese a las resistencias de la superpotencia y sus aliados.

Su nuevo gabinete tendrá como ministro de Relaciones Exteriores a Mohammad Javad Zarif, un experimentado diplomático que negoció con EE. UU. temas de rehenes en el Líbano y la relación Teherán-Washington en Afganistán, fue embajador en las Naciones Unidas y cuenta con un doctorado en la Universidad de Denver. Trascienden sus canales de diálogo más que discretos con figuras como el vicepresidente americano Joe Biden y el secretario de Defensa Chuck Hagel. Este nuevo ministro está ligado históricamente al expresidente Hashemi Rafsanjani, mandatario durante el período cuando se produjeron los ataques terroristas de 1992 y 1994 en Buenos Aires, y con pedido de captura de la Justicia de nuestro país. Un peso pesado en la política y en la economía de Irán. Asimismo, Rohani nominó a Mohammad Forouzandeh como jefe negociador del tema nuclear, quien integró durante estos años, junto al actual presidente, el estratégico Consejo Supremo de Seguridad Nacional. También preside una poderosa fundación de caridad y ayuda social del Estado. Es un ex Guardián de la Revolución, la élite armada del régimen.

De contar -como se espera- con el visto bueno de Khamenei, este equipo parece destinado a un póker decisivo y de alto nivel entre Teherán y Washington en materia nuclear. Los dos bandos saben que si no se llega a un acuerdo básico en los próximos 12 a 18 meses, la posibilidad de una escalada militar se acentuará fuertemente. Israel ha decidido por ahora darle tiempo a esa ventana de negociación y no adentrarse en un ataque unilateral, medida viable en lo técnico, pero de altísimos costos en todos los frentes imaginables.

La misma postura de la administración Obama, de apostar fuerte por la diplomacia o, mejor dicho, darle su oportunidad antes de apretar el gatillo, fortalece esta posibilidad de una negociación. Seguramente ríspida, con idas y vueltas, y sujeta a un eventual error de cálculo que termine en una tragedia. A todo ello se suma la guerra civil en Siria, principal socio político y militar de Teherán; al mismo tiempo, Washington no desea la consolidación de Assad en el poder pero tampoco su caída desordenada y caótica en manos de una multiplicidad de grupos armados sunitas que van de posturas laicas al más extremo fundamentalismo de Al-Qaeda. También, el programado retiro de Afganistán por parte del Pentágono es un tablero de tratativas entre los persas y los americanos. Los talibanes son enemigos naturales del chiismo iraní. El suelo afgano es una fuente masiva de heroína, y su cadena de violencia, de corrupción, va hacia Irán. Ni que decir de Pakistán, única potencia islámica dotada de cabezas nucleares y con activa y fuerte presencia de Al-Qaeda y milicias armadas como red Hakani. En Pakistán, se suceden permanentes ataques terroristas contra la minoría chiita, todo ello matizado por una fuerte inestabilidad política.

Para completar el marco regional o de la “ventana” a la que hemos hecho referencia, persiste la crisis y escalada de violencia en Egipto. El golpe en este Estado clave y el consiguiente derrocamiento de la Hermandad Musulmana, de tendencia fundamentalista y sunita, benefician a Assad y a Israel, y perjudican a la organización Hamas de Palestina, a los rebeldes sirios y, en cierta medida, también al gobierno islámico en Turquía. Por si fuese poco, hay una ascendente tensión geopolítica entre Egipto y Etiopía por una central hidroeléctrica que este último país africano quiere construir en el Nilo.

A diferencia de las décadas pasadas, en las cuales se desarrollaron otras escaladas bélicas en el Medio Oriente -en especial entre Israel y diversas coaliciones árabes-, la región está siendo cruzada por los vientos del choque entre laicos y fundamentalistas (en especial ligados a la Hermandad Musulmana en Egipto, Túnez y crecientemente en Turquía), y las escaladas de violencia de sunitas versus chiitas, o sus “primos hermanos” alauitas. Siria es un fiel reflejo de ello, pero también es claramente visible en Irak, Pakistán y Bahréin. Toda esta situación está condimentada por una red transnacional de terrorismo fundamentalista como es Al-Qaeda, cuyos dos primeros mandos son un egipcio, Aymán Al-Zawahiri, y su ascendente nuevo número dos, el yemenita Nasir Al-Wuhaysi. La presencia del grupo filoiraní Hezbollah en las operaciones militares de los alauitas de Assad en Siria contra los laicos y fundamentalistas sunitas (la amplia mayoría en el país) muestra la complejidad y permeabilidad del escenario. Cualquier decisión de los EE. UU. o Israel de operar militarmente dentro de los próximos 12 a 18 meses sobre el programa nuclear de Teherán, deberá tener en cuenta una multiplicidad de impactos cruzados pocas veces vistos.

A diferencia del blanco y negro tan propio del ajedrez, nacido en la antigua Persia, el Medio Oriente esta poblado de grises y zonas opacas. Uno de los tantos ejemplos es la ambigua relación entre el epicentro del chiismo como es Irán y el ultrafundamentalismo sunita de la red Al-Qaeda. Esta organización y sus filiales han masacrado más chiitas en Irak que soldados americanos y europeos. No obstante ello, posinvasión de los EE. UU. a Afganistán a fines de 2001, varios dirigentes de primer nivel del grupo de Bin Laden, -incluyendo a uno de sus hijos-, encontraron, según se dice, refugio en la tierra de los ayatolás. Bajo el universal lema “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, nació esta relación de conveniencia, donde nada es como parece. El propio nuevo segundo en el mando de Al-Qaeda, Nasir Al-Wuhaysi, fue uno de los que se refugiaron en Irán y luego fue “extraditado” casi cinco años más tarde a Yemen, donde escapó del control de las fuerzas de seguridad.

En otros planos, como el económico-comercial y energético, más mutaciones de primer orden se vienen produciendo. Entre ellas, el ascenso de China como principal importador de petróleo saudita, desplazando a los EE. UU. de esta histórica posición. En el mismo sentido, los saudís han abierto por primera vez la posibilidad de un contrato de compra de armamento ruso por 15.000 millones de dólares. Según dicen algunos medios, siempre y cuando Moscú deje de sostener al régimen antisunita de Assad en Siria. Históricamente, la superpotencia petrolera del Golfo y primer productor de “oro negro” del mundo, con 11 millones de barriles diarios, había centrado sus compras de material bélico en EE. UU. y, en menor medida, en Europa.

También, cabría tener cuidado de explicar todas las líneas de quiebre por el clivaje sunita versus chiita. Un ejemplo de ello son las fricciones geopolíticas que se dan entre dos monarquías suníes como son los propios sauditas y Qatar. Este último, lleva desde hace varios años una sorprendentemente activa política exterior que tiene como algunos de sus ejemplos su protagónica intervención en el respaldo económico y en armas a los rebeldes que tomaron el poder en Libia y a los que están combatiendo la sangrienta guerra civil en tierra Siria. También, su espaldarazo político al breve gobierno de la Hermandad Musulmana en Egipto. En tanto que el gigante saudita habría tendido a ver con buenos ojos el ascenso de los militares en la tierra de los faraones.

Por último, se está desarrollando una revolución a todo vértigo en el mercado de la energía, en especial el shale oil y el shale gas obtenido a partir de las perforaciones horizontales. Tecnología nacida de una pequeña empresa exploradora de hidrocarburos de los EE. UU. hace unos 15 años y que hoy es tema de atención y conversación en el mundo. La combinación de esa innovación y la quintuplicación o más del precio del petróleo, desde los 18 a 20 dólares el barril de fines de la década de los 90 a los 100 a 110 del día de hoy, ha creado una sinergia pocas veces vista. Con un barril a estos precios, comenzó a ser redituable sacar carburante a costos que iban de los 20, 30 a 40 dólares (versus los 2 a 6 dólares que cuestan en los pozos tradicionales). Eso hace que los EE. UU. comiencen a tener un horizonte de progresiva reducción de sus importaciones desde el exterior (básicamente de Canadá, México, Arabia Saudita y de la “díscola” Venezuela). Este giro copernicano, junto al desplazamiento del eje geopolítico del mundo al Asia Pacifico, donde Washington es una potencia activa y presente en todos los campos, hace que tanto Israel como los enemigos y aliados de la superpotencia mundial en el Medio Oriente deban comenzar a replantear más temprano que tarde el impacto de estas mutaciones.

Como se verá, estamos ante una partida de ajedrez con varios tableros simultáneos. Siempre recordando que, si bien los persas inventaron el ajedrez, los americanos tienen la primacía en las tablets, Internet y los juegos kinéticos. Muchos de ellos, muy simulares a tecnología usada para la guerra. Un póker digno de ver y analizar y no apto para ansiosos y cardíacos. Si de compararlo con juegos se trata, esperemos que el resultado sea más parecido al “Candy Crush” que a “Call of Duty”.